Golpe de 1976: De la irresponsabilidad del Pocho Perón al sanguinarismo de la Junta para llegar a la hipocresía de los medios

Por Ernesto Simón 
@simondixit
Argentina: 24 marzo de 1976. El país deja de ser una república. Lo que era inminente se concreta. La violencia impera en las calles y se vuelve cotidiana.


Isabel Martínez, viuda del Pocho Perón, no puede dominar la furia con que la historia se comporta. Cae, o, mejor dicho, es derrocada. Ni la diplomacia de Ítalo Lúder, ni la astucia esotérica de López Rega pueden frenar la caída. El poder es débil como la carne. Se esgrime trémulo. Se estaciona. Se mantiene algún tiempo. Finalmente se deteriora y muere. Con la Triple A, comandada por funcionarios justicialistas, ya habían empezado a secuestrar y desaparecer argentinas y argentinos. Pocho, fuiste un chanta, nos dejaste en manos de una lunática improvisada y muerta de miedo. El periodismo observa la marcha de los hechos. Unos graban. Otros escriben. Casi todos recordamos.



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Cada año, cuando se cumple un nuevo año del golpe, aparecen imágenes que retrotraen a la fecha. Los principales canales de televisión realizarán producciones especiales. Ediciones fantasmas se aparecen en la pantalla. Testimonios nunca antes mostrados serán editados con música dramática. Como si no bastara con lo que sucedió. Años pasados, algunos canales se animaron a pasar la propaganda oficial con la que aquel gobierno ilegítimo e ilegal se auto proclamaba patriótico y necesario. El poder de los medios legitima, morigera, mata.

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Los diarios se ponen a tono. Todos preparan algo. Muchos hacen un despliegue exagerado, como si la ecuación fuese directa: a más páginas, más rápido se enjuaga la conciencia sucia. Aparecen artículos valiosos y notas que más de un lector guarda. Alguno pensará en mostrarle el material a sus hijos y nietos. La historia se escribe en casa, éso pensé el día que se lo llevaban en un Falcon verde.


Ilustración: Nico Suarez.
Algo molesta: luego de tantos años, el periodismo todavía no hizo su autocrítica. A su modo, muy sutilmente, cada sector ya hizo la suya. Las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica, algún sector de la dirigencia política y una ínfima porción del sindicalismo. Son muchos los que ya se sacaron el peso de encima. ¿Sirvió? Tal vez sí, tal vez no. La historia se escribe constantemente. Las conclusiones son como los días: cambian a cada rato. Jefes montoneros y dirigentes guerrilleros ya aceptaron lo suyo. Empresarios y funcionarios involucrados con la dictadura, todos dijeron algo. Hipócritas o sinceros, se animaron a hablar. Estuvimos ahí, parecen haber dicho. Fui parte, acepto mi cuota de responsabilidad, piensan y lo dicen. Arrepentidos y soberbios hicieron su descarga en la tele. El periodismo sigue mudo al respecto. Que alguien lo advierta: los errores se repiten. Lo que no se larga afuera, se pudre adentro.


Siguen vivas hoy las campañas de prensa interesadas, la degradación del lenguaje, el escarnio gratuito, la deformación de la verdad, la alteración de datos, el incumplimiento del principio que obliga a respetar la pluralidad de las fuentes y la invasión de la intimidad. Pecados de juventud, parece justificarse el periodismo. Pasaron más de 30 años desde que volvimos a vivir en democracia y el tiempo hace que las cosas se vuelvan rancias: en ocasiones los pecados se convierten en maldiciones.

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Un 23 de marzo de 2006, el entonces presidente, Néstor Kirchner, pidió a la prensa nacional que “algún 24 de marzo, los medios también hagan autocrítica”. Al día siguiente, sólo el diario Ámbito Financiero recogió el guante del reto presidencial y publicó una columna en su portada titulada “Autocrítica”. Hipocresía argentina. Tradición que no lleva poncho: los mismos diarios y canales que acompañaron mudamente a los militares hoy dedican páginas enteras a las víctimas del proceso. Ferocidad de la palabra. Narrativa que va y viene empujada por el viento. Todo puede significar una cosa u otra. A eso los saben todos.

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Es menester un sinceramiento para llegar a un balance equilibrado de los hechos. La historia espera hasta el final, y cuando se cansa, se vuelve en contra. La gran mayoría de los argentinos no tenemos nada que ver con las especulaciones perversas que se hacen. Pero para pensar un futuro en libertad, es necesario que desatemos el debate.

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Aún conservo la edición de un número del año 1995 de la revista Humor. Andrés Cascioli, director de la publicación, tituló en tapa: “¿Qué hiciste tú en el proceso, papá?”. En ese número escribió sobre el rol del periodismo. El artículo se tituló: “Del elogio a la hipocresía”. Entre otras cosas, puso que “algunos medios y periodistas que, sin arrepentimiento ni autocrítica, primero apoyaron el golpe de 1976 y ridiculizaron la cuestión de los derechos humanos, luego hablaron de crímenes y terrorismo de Estado”. Menciona algunos ejemplos: “Editorial Atlántida, revista Extra, dirigida por Bernardo Neustadt, revista La Semana, y los diarios Clarín y La Nación”. Mientras el Estado secuestraba, torturaba y desaparecía personas los medios criticaban los baches, las veredas en mal estado y el tendido descuidado de los cables de teléfono. Mariano Grondona, quien alguna vez redactó comunicados para los golpistas, hizo luego un tibio mea culpa. Neustadt fue casi un vocero de los poderosos de entonces.


El periodista Carlos Ulanovsky, un gran recopilador de la historia de los medios, dijo lo suyo hace rato. Nos recordó que el terror no empezó con la irrupción de Videla y la junta militar en marzo de 1976, sino antes. Después de la muerte del Pocho Perón, en julio de 1974, fueron clausurados los diarios El Mundo, Noticias, y los semanarios Satiricón y Chaupinela.

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Otras revistas y diarios tuvieron que cerrar tras el golpe: Mayoría, Cuestionario y Crisis. Humor fue una de las pocas que ofreció resistencia. Dijo lo suyo a tiempo y con dignidad. Hoy, en plena democracia, ya no está en la calle. Ingratitud de los que olvidan con afanosa prisa. Lectores invisibles de una historia que se desdibuja en la memoria porosa de los argentinos.

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Réquiem fatal de los que pagaron con su vida. No quiero terminar sin recordarlos: Enrique Raab, Edgardo Sajón, Rodolfo Walsh, Julián Delgado, Vicky Walsh, Hernán Ferreirós y Héctor Oesterheld, autor de El Eternauta.

Diario de Cuyo, hablan de "poder"
y no de "golpe". Legitiman con el
discurso lo que fue una atrocidad.
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En aquel entonces, la vida en el país no se detuvo. Siguió. Los que podían rajaban a Miami a comprar televisores a color. Otros se emocionaban con Galtieri cuando dijo que a los ingleses: “les presentaremos batalla”. Canal 13 no hablaba de la noche que imperó en las calles. Argentino Luna cantaba: “vea que lindo mi país paisano, si usted lo viera como yo lo vi”. Palito Ortega entonaba: “La felicidad”. Revista Gente, la que hoy pone en tapa a modelos esculturales, durante la guerra de Malvinas titulaba: “Estamos ganando”. Es verdad: hubo censura. Nadie olvida. Y para los que olvidan, es bueno recordárselos: La Razón, Clarín y La Nación fueron, además de cómplices, socios del gobierno en el fabuloso negocio de Papel Prensa S. A.. En San Juan, algunos periodistas que ahora se presentan como progres, exudaban alegría frente al micrófono. Muchos de la prensa gráfica vernácula hoy extrañan íntimamente aquellos tiempos en que los argentinos éramos "derechos y humanos". Medios locales, como Diario de Cuyo, hicieron notas verdaderamente festivas frente a la llegada al poder de los militares. Ningún periodista del país se animó a leer al aire la carta que dejó Rodolfo Walsh antes de que lo asesinaran. Antes de amagar con cualquier especial sobre el golpe, primero los medios deberían hacer una profunda y sincera autocrítica.

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Muchos argentinos presentían lo que vendría. Un tiempo abominable y terrible. Trágico. Algunos periodistas esperaban el golpe con indisimulable ansiedad. Lo cierto es que el 24 de marzo de 1976 los medios no se animaron a titular lo que realmente estaba ocurriendo. Era la instauración de de un régimen militar totalitario que había tomado el poder por asalto. Las urnas quedaban guardadas bajo llave.

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Eufemistas empedernidos: casi nadie usó la palabra “golpe” o “dictadura”. El ultraje no sólo fue para muchos conciudadanos, también le ocurrió al lenguaje. Algunos medios no hacen la autocrítica porque creen que actuaron bien. Otros, porque piensan que sería una acción poco aconsejable para el marketing de la empresa. El consumo es uno de los peores enemigos de la memoria.

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Chicos y chicas de 12, 15, 17, 20, 26 o 30 años, hoy se preguntan qué hacíamos cada uno de nosotros cuando sucedió el golpe. Yo tenía 7 años e iba a la escuela. Para ustedes escribí esta nota.

(Esta nota fue publicada por primera vez en marzo de 2006 y cada año es actualizada en El País Diario)

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