Periodismo Mutante

Por E. Simón 
@simondixit 
San Juan se ha visto desbordada por esa extraña rama de la comunicación llamada Periodismo Mutante. La variante no es nueva. Es esa clase de periodismo que muestra su mejor cara: siempre sonriente, complaciente, grotesca y luego, cuando el poder cambia de manos, se da vuelta y ataca. 


El género en San Juan se apareció en la postrimería del Gobierno de Leopoldo Bravo, de Jorge Escobar, con Alfredo Avelín no hizo falta, con Waldino Acosta asomó apenas y luego se consolidó en la última etapa del Gobierno de El Vale Todo Gioja. 

El Periodismo Mutante se caracteriza por ser crítico sobre el final de los mandatos de cada gestión para luego volver a portarse obsecuentemente con el nuevo gobierno que asume. Se arrodilla, se pone de pie, pero nunca mira a los ojos, es una clase de periodismo lamentable y penoso, muy practicado por una caterva de adherentes que siempre son mayoría y ocupan espacios en los diarios, radios y canales de TV. Los mutantes siempre terminan con la dignidad arrojada al piso, con la mirada puesta en el suelo y la honradez olvidada en el abominable arcón donde yacen sepultados los estoicos ideales de la mocedad.

Este género es ejercido por esa clase de trabajadores y empresarios de los medios que se comportan disciplinados a fuerza y rigor de plata. Se convierten en sobones libidinosos a la hora de elogiar a quien les paga mes a mes una suculenta suma de dinero que bien podría tomarse como un emolumento que reciben a cambio de silencio. El canje perfecto.

Pasado el tiempo, y ya a punto de vencer el mandato del funcionario de turno, sacan los colmillos y las uñas, se ponen en la posición de "críticos" y muerden a la presa que ya a esa altura está tirada y mal herida, casi indefensa. Un rasgo de la mutación es la aparición de colmillos y uñas. Son un esperpento patético, afanosamente hipócritas.

Nunca muerden al amo en su apogeo. Son aplicados seguidores de los consejos de Nicolás Maquiavelo, aunque nunca agarraron El Príncipe como para leer algo. Son intuitivos y acomodaticios. Se arrastran al ras del piso, vuelan a lo gallina y no les importa ser tomados por lacras humanas. Primero hacen del periodismo un panegírico insoportable y rastrero que desemboca en la lisonja vergonzante con la que conviven a diario. Luego, cuando el gobernador está por irse, muerden un poco como para lavarse la cara y mostrarse ante la sociedad como valientes profesionales custodios de la democracia.

En el día del periodista, es preciso hablar de este género inventado por profesionales cultores de la extorsión, que cada tanto, en las transiciones, hacen la parodia del rebelde intrépido y temerario. Luego vendrá el tiempo en que deberán agachar la cabeza de nuevo y dejar sonar en sus oídos esa vieja melodía que los acerca al silencio y a la ganancia.

Atravesamos un momento ideal para que muchos se den un baño de dignidad, aunque consideren perdida a esa extraña virtud.

Un mal consejo: Traten de hacer lo posible por parecer. Mucha gente se come la curva y sigue de largo, el recurso ha funcionado durante años; ¿por qué no debería funcionar ahora?

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