El taller del negro

Foto: Gentileza de DiarioLaVentana.com
Por Silvia Marcet 
@silviamarc_ 
El testimonio de #ManuelaFernándezMendy me sacudió de principio a fin. Me hizo temblar de horror y sentir frío. Luego asocié su mensaje, su alegato final, la columna vertebral de su experiencia con algo que viví hace pocos años.

Iba camino al trabajo. Distraída, hice lo que no debía. Contesté un llamado a mi celular. No vi de donde salió, pero en un segundo estaba completamente acostada en el piso por causa del empujón y la posterior presión con que me sostuvo un chico que, supe después, quería robarme el teléfono. Grité porque pensé que muchos reaccionarían. Error.

Estaba en plena vereda de la fábrica de juntas para motores Taranto -Pasaje Jorge Newbery, a metros de calle España, 9 de la mañana- y los cincuenta hombres que estaban tras la reja, trabajando, observaron la escena como si fuera una más de una serie de Netflix. El ladrón estaba acompañado por otro, ambos en bicicletas. Esto pude saberlo cuando se alejaron. En el momento solo intentaba entender qué palabras me gritaban sin parar.

La teoría, los años, la experiencia, lo leído, lo escuchado, todo se torna insustancial en ese momento en que uno es como un animal tratando de medir el repentino cambio de escenario y de buscar la más eficaz vía de escape. Por suerte o causalidad, solo fue un robo menor - ni el bolso se llevaron-. Pero el pánico me duró semanas y jamás volví a caminar por allí.

Sí tengo que "agradecer" el legado de un estado de alerta y un radar más agudo para percibir expresiones faciales, posturas y comportamientos de posibles agresores callejeros. Y no hablo desde prejuicios, sino de experiencias tan reales como fueron los posteriores eventos de los que me salvé por "sospechar" con cuadras de anticipación.
Pero sin duda, la prenda más duradera y amarga es la sensación de desamparo. ¿Por qué tuvieron que tirarme al piso si podían arrebatar el celular de un solo golpe? ¿Por qué se ensañaban durante largos segundos si ya tenían lo que querían? Conjeturo que debo haber intentado correr.

Y la pregunta: ¿por qué no reaccionaron los múltiples testigos? ¿Por qué no hubo un grito, un gesto, un golpe con una herramienta sobre cualquier superficie, una acelerada de auto... algo?

A metros del lugar fluyen cada día cientos de personas, autos, taxis, remises, colectivos de línea rumbo al Centro Cívico. Personas que se bajan de ambulancias y camionetas ayudando a otras que van a ser atendidas en la Clínica Mercedario, policías que ayudan a convalecientes, médicos, vecinos, abogados, secretarios, dueños y clientes de quioscos y negocios, parientes, chicos que esperan el ómnibus en esa misma esquina. Todo un mundo de heridos que arrastra lentamente sus dolores rumbo a la ART cercana.

Precisamente desde el centro de salud colindante con Taranto me llegó este dato: más del 60% de las rehabilitaciones de manos, dedos y/o brazos que realizan sus traumatólogos tienen como causa el robo o intento de arrebato de carteras. ¿La mayoría de las víctimas? Mujeres.

Pasado el momento del robo, entré hasta donde pude en el patio de la empresa. Me miraban como si fuera menos novedosa que un perro husmeando por comida. Ni una palabra, menos aún un gesto. Les grité por qué no hicieron siquiera un ademán de reaccionar y qué pensaban al ver a una mujer totalmente tendida en el piso frente a dos adolescentes violentos. El cerrado silencio me hizo pensar en una política empresarial, escrita o no.

Los que pasaban por esa misma calle, parecían estar detrás de un muro dimensional.

Pensé en armar más escándalo, en ir a hablar con más personas, publicar, hacer algo, pero las ganas de llegar a mi casa a refugiarme fueron más fuertes.

No faltarán los chistes sobre el estricto objetivo del asalto. "Silvia ya no se cuece al primer hervor" , dijo un ex jefe muchos años antes del episodio en cuestión. En tren de típico humor micromachista, asequible tanto para el salón como para la ofi. ¿La razón? En el grupo de pasantes era efectivamente la más entrada en años. Tenía la friolera de 24. Y yo me reía con el grupo: jajaja. Un chiste más.

Entonces pienso en todas las mujeres y las niñas. Porque pensar en uno siempre es más fácil. Pero el problema es que hay otras. Y otros.

Pienso en lo que me dijo una vez una profesora sobre un de intento de rapto perpetrado por tratantes de personas, justo en las calles de nuestra mismísima ciudad de San Juan: en la Justicia Federal de Mendoza nos asesoraron muy bien, contó.

Siempre doy rienda suelta a estas conversaciones. Creo que pueden ser constructivas en múltiples sentidos. Que las famosas redes, ahora llamadas de "sororidad" o - para saltar el cerco del género, del grito solidario del barrio: "¡se incendia el taller del negro!" (Made in Argentina, 1987)- tienen que servir para mucho.

- ¿Existe algún patrón, algo que uno pueda saber para protegerse?, pregunté.
- Los especialistas nos explicaron: son cazadores, operan como tales: buscan presas fáciles, distraídas, frágiles y en horarios en que la ciudad está más adormecida, contestó.
Las gacelas más lentas de la manada, pensé.
Me sentí reconfortada por tener algo para usar, para contar. Me animo a asegurar que, al menos una vez en la vida, todas las mujeres hemos pasado por un momento similar. Y más de uno también. Pero la calma me duró un instante. Cuando mi hija sea adolescente los cazadores serán infinitamente más sagaces. Y entonces: ¿quién nos dará un dato tranquilizador? Y buscando, recordé: "en horarios en que la ciudad está más adormecida".

El problema no es solo la presa fácil que se distrae bebiendo agua del charco. Es la economía, estúpido. Es el miedo, es el cuidarse. Y reservar las energías para correr cuando aparezcan Garfunkel y Vanucci meta blin blin y armas de guerra.

Habrá que ver a qué temperatura se cuecen los que no se juegan por algo que no reditúe para su estricto metro cuadrado.

Me siento indignada por la falta de solidaridad, no ya de justicia. Pero también esperanzada con la posibilidad de que podamos comprender que la única manera de vencer al abuso contra cualquier parte débil de nuestra sociedad es metiéndose, siendo parte activa y no testigos mudos, cómplices del mal ajeno.

Guardo escondida una esperanza humilde, como dice el tango, sobre este tiempo de cambios: que no se dé un paso atrás en la conciencia lograda y que sí queden cercados hasta languidecer los chistes que contribuyen con cualquier tipo de bullying y los miles de arroyuelos de indiferencia que engordan el río del abuso contra toda porción débil de la sociedad.

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