Hoy sería el cumple de Spinetta: En esta nota un sincero homenaje al Flaco

Luis AlbertoErnesto Simón cuenta en un relato ficcion-no ficcion cómo fue su experiencia cuando conoció a Luis Alberto Spinetta. El texto forma parte de su libro Argentinos por nada.



Cómo conocí al Flaco
Pará, Luis, le dijiste. Yo tengo mis cosas. Tiempo no tengo. Lo que sí puedo es leerte un poco las letras de las canciones y le metemos bisturí, algunas te salen muy largas. Te dijo que bueno, que confiaba ciegamente en vos. Spinetta acababa de pedirte que seas su representante. Necesito alguien que me consiga las tocadas en los bares mientras yo ensayo con los chicos, te explicó angustiado una tarde de abril de vaya a saber qué año.

flaco Spinetta
Amigos en una lejana época en que
el mundo no era tan mundo.
Mi amistad con El Flaco no fue una canción marcada por el anodino ritmo de la liviandad. No. Quien crea eso, peca de ignorancia supina. Fuimos tejiendo laboriosamente una amistad entrañable, austera, franca. No se ofendió cuando le dije que no. Por el contrario, nuestra relación se consolidó día a día hasta convertirse en suelo firme. Sobre ese suelo edificamos nuestra amistad.
Entonces éramos jóvenes. Yo no lucía canas y tenía los ojos más grandes y más curiosos. Y El Flaco era aquel eterno adolescente que nos hacía emocionar y vibrar con cada canción. ¡Cuánto nos quisimos!

La parca no llegó de golpe. Se anunció antes. Un día te enteraste por el noticiero de que Spinetta estaba luchando contra un cáncer de pulmón. No lo pudiste creer. Entonces, ya no vivías en Buenos Aires, estabas lejos. Extrañabas las calles de la gran ciudad. El ritmo vertiginoso que tiene la metrópoli. Corre, Buenos Aires, corre; y detrás va el bandoneón de Piazzolla marcándole el paso a los días que, lejos de detenerse, se enciman unos sobre otros provocando un aglomerado de semanas, meses, años.

Nos habíamos conocido en una pensión de mala muerte donde vivía Pappo Napolitano. Fue a finales de los años 60. En lo de Pappo nos juntábamos varios del palo y cada cual pelaba sus canciones. Entre otros, también caía un flaquito insignificante con voz aguda y filosa. Pasá, Flaco, pasá, le decíamos. Y él entraba con su guitarrita. Ya había tenido su pegada con Almendra, aunque la popularidad todavía le era esquiva. Muchos en el ambiente habíamos escuchado algo de ese grupo que, ya no se discutía, había sentado base vanguardista en la escena del rock argentino.

Poco a poco lo fuiste queriendo. El Flaco era un tipo amigable. Desde el principio te llamó la atención un detalle: componía raro. Eso te gustó. Cuando salían de la pensión donde vivía Pappo encaraban a un kiosco que había en la esquina. Era un lugarcito chico. Sacaban dos o tres mesas con sus sillas a la vereda. Ahí se aposentaban y pedían cerveza y se quedaban charlando por horas. Siempre de música, de poesía, de bagatelas que hoy al mundo no le interesan.

Cuando probés los mates de La Vieja Barrios, vas a querer ir siempre a los ensayos, me dijo una tarde mientras caminábamos no recuerdo por qué calle. Y se largó a reír. Eran los albores de los años 70. ¿De qué vieja me estás hablando, Luis?, le pregunté. Pensé que el loco estaba delirando. Estoy armando una banda nueva, se va a llamar Pescado Rabioso, me confió. Suena muy bien. Venite mañana, me interesa tu opinión. Dale, le dije, voy seguro.

Al día siguiente estuviste ahí, en la salita donde ensayaban. Te traje este librito, le dijiste a Spinetta, y le pasaste Una temporada en el Infierno, de Rimbaud. Ahí estaba Aníbal La Vieja Barrios. Era un plomo que con el tiempo se convirtió en compañero inseparable del Flaco, su sonidista y su mano derecha. Y te pareció que era como decía Luis, cebaba mates todo el tiempo. Unos mates de no creerse. Poco a poco te metiste en el microclima de la banda y fuiste un pescado más. Un pescado muerto de rabia. Rabia por todas las cosas que pasaban en el país. Por haber nacido en Argentina. Por no poder hacer algo por estos tipos que tocaban como los dioses y vivían recostados sobre un manto de indiferencia incomprensible. En los ensayos conociste a Black Amaya y a Osvaldo Frascino. Más tarde se incorporaron el tecladista Carlos Cutaia y unos meses después David Lebón sustituyó a Frascino. Buenos muchachos todos. Cuando salió Desatormentándonos no tardaste en darte cuenta de que Spinetta era un dínamo imparable que cambiaría para siempre la historia de la música popular argentina. Habían armado un lindo grupo de amigos. Se entendían, la pasaban bien. Lebón era el más chetito. No tomaba mates con ustedes. Acaso no quería poner la boca donde todos la ponían. Se los perdía, pensabas vos, los mates de La Vieja eran únicos.

Los años se convirtieron en un río de episodios que perdían continuidad y luego volvían a retomar su cause para desembocar en el mar. Había pasado el tiempo y con El Flaco nos seguíamos viendo. Cuando editó el disco Kamikaze, creo que en el año 1982, me partió la cabeza. Hermano, le dije, con este álbum le vas reventar la bocha a media generación. ¿Te parece?, me preguntó. Acordate de mí, Kamikaze acaba de hundir a La balsa, y me eché a reír. Él apenas esbozó una sonrisa, no había entendido el chiste. Yo seguí contraatacando: Acabas de confirmarte como protagonista indiscutido que vivirá para siempre en las irregulares y peliagudas páginas de la Historia del Rock nacional. Entonces sí, se largó una carcajada con tal desparpajo que todos en el café se dieron vuelta a mirarnos. Estábamos sentados en un bar sobre calle Santa Fe. Sé que el dato es irrelevante. Pero ahora que él ya no está, intento recuperar cada detalle, reconstruyo cada diálogo que tuvimos, hago un esfuerzo terrible por retener sus gestos. Cuando hablábamos siempre lo miraba. Era muy extraño y yo siempre lo cargaba: Loco, reíte un poco, no pongás esa cara de culo. Él soltaba una risa contagiosa que invitaba a la celebración fraternal. Teníamos una costumbre que era habitual en la época: él me decía loco a mí y yo le decía loco a él. Era, podría decirse, un ida y vuelta de locura.

Mientras duró su enfermedad, su arduo debate entre la vida y la muerte, hablamos varias veces. Flaco, ¿qué anda pasando?, le pregunté la primera vez que le llamé luego del diagnóstico infame. Me enteré que andas jodido de un pulmón. Demoró unos segundos en responder y luego preguntó: ¿Loco, sos vos? Y quién más, mi viejo, si sabés que siempre estoy. Se largó una carcajada que intuí, era sanadora. El humor cura, acuérdense siempre de eso. Sería largo de contar todo lo que charlamos. Antes de cortar, me pidió algo: Llamame todos los días, me haces reír mucho y eso me hace bien. Le prometí que sí, que en adelante, hasta el último día de mi vida, le llamaría. Cuando corté me eché a llorar. Y cada día, después que hablaba con él, lloraba a mares.

Una vez, estaban tomando algo en Café Einstein. Por ahí solían pasar casi todos los músicos que protagonizaron la escena del rock argentino de los fulgurantes años 80. Si no me encontrás acá, le dijiste, me encontrás en el bar La Paz. Ése era otro de los lugares que solían frecuentar los que eran del palo. De tal palo, tal astilla. Spinetta no era de ningún palo, pensaste esa vez. Era un ser de otro tiempo y otro universo. Aprendió a volar, y en ese vuelo rasante que siempre le pasaba por el filo a la esencia de todas las cosas, edificó un andamiaje sobre el que montó su mundo paralelo. Tu osamenta está constituida por una sustancia inasequible que, sospecho, es la quintaesencia del rock, le dijiste una tarde en el café. Unos metros más allá, en una mesa contigua, estaba Luca Prodan. Él pasaba muchas horas ahí, ustedes también. Era el barcito de Chabán. El Flaco se quedó serio y al rato explotó con una carcajada de las suyas.

Con los años llegó la hora de Privé. En ese disco sí, debo confesar, metí mucha mano en las letras. Fue un éxito rotundo que Spinetta no podía creer. Corría el año 1985. Viste que se dio lo que te dije. Sí, tenías razón, loco, el disco quedó bárbaro. El Flaco estaba feliz con esa placa. Por fin encontré el sonido que buscaba, me dijo eufórico. Los dos sentados en el bar de Chabán. Luca ya no iba tan seguido y, unos años más tarde, se iría para siempre y no volvería más. La letra de Una sola cosa sufrió duros recortes que Spinetta soportó con estoicismo admirable. En No seas fanática y Ventiscas de marzo hice algunos retoques y sugerí que le diera fuerza a la batería. Finalmente la canción Rezo por vos quedó adentro del disco, aún cuando el Flaco temía que Charly se encolerizara al escucharla. Le dije que no, que la incluya. Le expliqué que esa canción es maravillosa y que al loco le encantaría que el tema cierre la placa. Así fue.

Ha pasado mucho tiempo desde el día en que murió. Por momentos sospecho que no ha pasado nada. O tal vez sí: toda la vida dando vueltas y viniéndose abajo como un barrilete que ha sufrido el desencanto artificioso de pretender volar sin ser pájaro. Perdón, es que lo quise demasiado.

Tomábamos cerveza en el Café Einstein. Serían las dos de la mañana, las tres a más tardar. Habíamos ido al Parakultural a ver no recuerdo qué espectáculo. Es temprano para dormir, le dije cuando salimos, vamos a tomar algo. Y fuimos. 



Ernesto Simón
(del libro Argentinos por nada).

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