Tuvimos un presidente y no lo supimos ver

TobaresLa vida me ha premiado: "Si yo con Cristo ¿quién contra mí?". La poca sabiduría que hoy ostento se la debo, casi exclusivamente, a mi amigo Jorge Tobares. Fue aquel faro guía durante la incierta adolescencia, fue la luz señera en la noche cerrada de la ignorancia que a veces suele ceñirse sobre nosotros. Jorge fue ese ser especial que se acerca con la sencillez de la mañana y se convierte, sin proponérselo, en luminaria imprescindible que el apetito intelectual sabrá captar con crudeza inusitada.

Lo conocí en la calle, en la montaña, en la ciudad, en el barrio, en la cancha de fútbol; y lo disfruté en interminables charlas de café, donde los meandros del pensamiento nos conducían a laberintos inesperados de los que a veces es imposible salir.

¿Cómo olvidar a aquel paladín de la energía vital si en cada una de las conversaciones que teníamos nos dejaba un girón de su experiencia? Fue acaso el más generoso de todos los hombres que tuvo este país. Un ciudadano probo, ecuánime, racional, sensible, ilustrado y eficaz. De todos y todas, Jorge Tobares fue, sin hesitación, el más jugado, el más valeroso, el ser humano convertido en virtud que se arroja a la vida sin miedo. ¿Por qué? Porque sabe que está del lado de Dios. Sabe que el Todopoderoso lo acompaña y lo respalda, ¿es que acaso alguien duda de que Jorge fue, es y será un soldado de la Patria? Lo sabe y da testimonio en cada acto de su vida: "La Patria no es el hogar de las casualidades".

En su implacable y feroz lucha contra la ignorancia y el atraso, encontró los escollos necesarios para desalentar al libertador más intrépido. Aprecio su tesón y confianza en la razón, el iluminismo y la batalla incesante contra toda la furia del mal.

Yo nunca tuve dudas de su condición de liderazgo, de su honradez y decencia. En mi candorosa inocencia de aquellos años mozos, hasta llegué a pensar que él sería el próximo presidente que Argentina merecía y reclamaba. Solía verlo con su poncho y sus borcegos desafiando el frío y templando su espíritu. En definitiva, preparándose para gobernar el pago. Creo que ésa es aún su misión.

Sé que Jorge Tobares hubiese sido considerado con el paisanaje, justo con los ricos y solidario con los pobres. Seguramente hubiese limpiado al pago criollo de la infecta corrupción que hoy nos somete y nos convierte en una nación decadente y grotesca. Lamento que en aquellos duros años no hayamos estado a la altura de los hechos. Deberíamos haberlo apoyado. Fui parroquiano en su mesa de amigos y gracias a él sé muchas cosas de la vida que, de otra manera, no hubiese entendido nunca.

Acá mi sincero y acaso insuficiente homenaje a un líder con todas sus letras. A un hombre con sus agallas de patriota incansable intactas.
Tuvimos un presidente y no lo supimos ver.

E. Simón, febrero de 2017.

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