Sin uso no hay espacio público

Por Guillermo Alamino
@GuilleAlamino
El uso del espacio público ha sido un tema de discusión en estos días por la utilización que hizo un grupo de personas de la fuente de la Plaza del Bicentenario, como un lugar para refrescarse ante las altas temperaturas del verano. 

Muchos salieron a cuestionarlo y otros defendían el derecho ciudadano de aprovechar un sitio considerado como público. Si bien la Plaza del Bicentenario pudo haber sido diseñada con otros propósitos, no deja de ser un espacio público cuya función es determinada por la comunidad que hace uso de ella.

“El espacio público supone pues dominio público, uso social, colectivo y multifuncional”, expresa el profesor de geografía urbana Jordi Borja en su texto “Ciudadanía y espacio público”. De este modo, sin apropiación ciudadana lo que denominamos como espacio público perdería su esencia democrática, social y diversa, lo que lo convertiría en una mera disposición jurídica. Muchos se escandalizan cuando un área es ocupada por determinadas clases sociales o se realiza un aprovechamiento distinto al que “corresponde”, porque justamente ignoran la naturaleza participativa e interactiva del espacio público. En este sentido, la utilidad de los diversos lugares de una ciudad es determinada por la propia ciudadanía y no por el Estado o un determinado sector social. Por ejemplo, muchos jóvenes van a la Plaza Laprida a practicar skate aunque este paseo no fue planeado con esa finalidad. Por eso, es importante democratizar la elaboración de proyectos urbanos para evitar conflictos sociales, algo que en San Juan pocas veces es realizado.

Imagen relacionadaSin  embargo, las reacciones  negativas ante la utilización de la Plaza del Bicentenario como “piscina” denotan una problemática  común de las sociedades contemporáneas, caracterizadas por la agorafobia o el miedo a los espacios abiertos. “Hay un temor al espacio público. No es un espacio protector ni protegido. En unos casos no ha sido pensado para dar seguridad sino para ciertas funciones como circular o estacionar, o es sencillamente un espacio residual entre edificios y vías. En otros casos ha sido ocupado por las “clases peligrosas” de la sociedad: inmigrantes, pobres o marginados”, dice Borja. Cuando surge la agorafobia, las urbes comienzan a  dividirse, separarse y  zonificarse profundizando las desigualdades y destruyendo el tejido social.

Así podemos observar cómo van creciendo la cantidad de countrys, shoppings, parques cerrados, entre otros. “Si la agorafobia urbana es una enfermedad producida por la degradación o la desaparición de los lugares públicos integradores y protectores pero también abiertos a todos, la terapéutica y la alternativa parecen ser la instalación en los flujos y en los nuevos ghettos (residenciales, centros comerciales, áreas de terciario, de excelencia, etc.)”, afirma Borja.  Las ciudades construyen su identidad a partir de su   patrimonio cultural  que será más rico, interesante y dinámico  si se garantiza el derecho del pueblo a  manifestarse y expresarse libremente en los espacios públicos de San Juan. No obstante, la Plaza del Bicentenario y otros puntos urbanos están siendo transformados  en   sectores cerrados y custodiados para regular excesivamente su uso, con el objetivo  de negar la posibilidad de apropiación y resignificación ciudadana, lo que precisamente  otorga identidad al lugar. De esta manera, existe la intención de convertir a las áreas públicas en espacios cerrados  y reservados a ciertos segmentos de la población, algo totalmente perjudicial  para la convivencia social.

Lamentablemente no hay un debate sobre el uso, ni una reivindicación de lo público por parte de los funcionarios. Estamos a tiempos de unirnos y discutir lo planteado anteriormente  en procura de convertir a San Juan en una provincia más justa, equitativa y democrática.

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