La guerra nos exige dar batalla todos los días

Por E. Simón 
@simondixit 
Anduve por toda clase de lugares y atravesé infinidad de situaciones. Eso no me hace ni mejor ni peor. Sencillamente tengo una ventaja: conozco mejor a las personas, puedo percibirlas a primera vista, con una charla de tres minutos puedo saber con quién estoy hablando.

"El rodar no es ciencia", explica Yupanqui en El payador perseguido, "pero tampoco es pecado". El problema es que mientras uno más conoce, más insensible se torna. Y mientras a más personas se trata, más misántropo se vuelve uno.

Algunas categorías pueden resultar irritantes, pero debo decir que con el tiempo he tenido la dicha o la desgracia de conocer al burgués bohemio, al exitoso profesional eco responsable, a la burguesa show off, a la amiga comprensiva for sale, al asiduo a las fiestas electrónicas autodenominado gay friendly, al stanic geek, al campesino aturdido de la city reconvertido en aldeano silvestre, al queer talentoso e incomprendido, al tecno zen y a tantos otros que escapan a mi improvisada capacidad de categorizar tipologías sociales.

Son, si se me permite cierto grado de inmerecida arrogancia, tipos de consumidores inventariados por revistas pasatistas y consultoras de marketing que sólo responden a los parámetros que demanda el hiperconsumo y tributan devoción a Baal y a Mammon, máscaras ocultas de un Diablo imperceptible que ha logrado apoderarse de las almas vulnerables y frágiles de casi todas las personas que habitamos el siglo XXI.

Lamento haber sido dotado de una honestidad anormal, lo cual me hace incapaz de una actitud diplomática y correcta frente a ciertas situaciones y personas. Esa anormalidad se vuelve incómoda y provoca en otros sujetos cierto rechazo que íntimamente celebro con secreta alegría. Sé que ciertos episodios se vuelven insostenibles al pasar por el irritante tamiz de mi franqueza inexorable. Ése es acaso mi modesto triunfo en la batalla que libero todos los días. Triunfo que deberé anotar en la rudimentaria lista de logros que, acumulados, presentan resistencia a esos Dioses avasallantes y ridículos que el paraíso del Consumo alberga con notoria eficacia.

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