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Qué es la "cultura woke" a la que critican Donald Trump y Javier Milei

En su diatriba enfermiza y locuaz, donde la iracundia invade los espasmos de confusión que tienen ciertos líderes mundiales y también del pago criollo, la palabra woke ha comenzado a sonar en medios de comunicación y redes sociales.

El Presidente Milei tildó a la cultura woke de "socialismo cool" y Trump irá contra políticas de la anterior administración que simpatizaba de ese movimiento. Toda una declaración de aniquilamiento en tiempos de absolutismos irracionales y ataques furibundos contra la razón y la tolerancia.

La democracia no es lo que está en riesgo, eso es una mentira. Lo que sí está en riesgo es la convivencia. Nadie quiere cederle lugar a nadie. Vivimos en un país de ciegos, sordos y mudos, donde nadie quiere mirar al otro, nadie quiere escuchar al que opina distinto, y nadie está dispuesto a hablar, como si un enmudecimiento natural obrara sobre la multitud adocenada que se sube a olas efímeras que la moda ofrece con tiranía descomunal.

El término "woke" podría traducirse como "desperté", ya que proviene del tiempo pasado de "wake", que significa "despertar".

La palabra se suele usar en Estados Unidos para referirse a una postura ideológica en contra de las injusticias. No es un término nuevo.

Un poco de historia

Entre los años 1960 y 1970, se utilizaba para referirse a la necesidad de estar alerta frente al racismo y la opresión. Su uso surgió dentro de la comunidad negra de Estados Unidos y se entendía como una actitud de "estar alerta a la injusticia racial".

Se cree que quien primero la usó fue el novelista William Melvin Kelley, narrador afroamericano que falleció el 1 de febrero de 2017. Se hizo muy conocido luego de editar su primera novela, A different drummer, publicada en 1962. También fue profesor universitario e instructor de escritura creativa.

En la cultura woke desembocan varias corrientes intelectuales. La más marcada acaso sea el marxismo, sobre todo en la variante cultural que ofreció Antonio Gramsci.

Pero también se podría encontrar esta cultura en las teorías críticas que surgieron de la Escuela de Frankfurt, de la mano de los alemanes Herbert Marcuse, Theodor Adorno y Max Horkheimer.

Y por supuesto, en la llamada French Theory de los filósofos posmodernistas, y su propuesta de deconstruir la realidad, tal el caso de Michel Foucault, Louis Althusser, Jacques Derrida y su tocayo, Jacques Lacan.

Ya en 2017, el diccionario Oxford agregó este nuevo término: "woke", que fue definido como "estar consciente de temas sociales y políticos, en especial el racismo".

En definitiva, el término hace referencia por temas sociales como el racismo, el feminismo, el movimiento LGBT, el uso de pronombres de género neutro, el multiculturalismo, el uso de vacunas, el activismo ecológico y el derecho a abortar, entre otros.

La diatriba como forma de imprimir ferocidad en un mundo de por sí violento

En los lacerantes discursos que empuñan con lacerante iracundia los líderes mundiales, no hay aportes para la paz. Por el contrario, funcionan como fomento de odio para las sociedades modernas, ya divididas de por sí, polarizadas en discusiones inútiles y tautológicas, que parecen insolubles frente a una civilización que parece empecinada en la alevosía y el extremismo.

Tendremos, en adelante, la tarea primordial de sembrar el diálogo y la convivencia, si es que pretendemos dejar un mundo más pacífico que el que se advierte en el presente.

Lejos de la bravuconada fanática que las diferentes manadas urbanas están imponiendo con rutilante oscuridad, deberemos profesar la libertad, el respeto al prójimo y la amplitud de criterios, ya que todos somos diferentes y tenemos el derecho humano a serlo.

Ni de un lado, ni del otro, siempre del lado de la democracia, que es también el lugar de la libertad y la paz.

Allá vamos.

El abominable problema de la indiferencia

En este país hay más indiferentes que ciudadanos. Ese es uno de nuestros problemas. El indiferente entorpece todo, incluso, con su desaprensión, obstaculiza el desarrollo de la democracia.

El sujeto indiferente obtura el despliegue de la libertad y el avance de la civilización. Es una calamidad espantosa.

Es triste advertir que aquellos que se comprometen social y cívicamente son un porcentaje ínfimo. El resto se integra a esa legión de despreocupados que dejan que todo suceda sin inmutarse. Bástenos ver cómo les roban en la cara, les desmantelan el Estado, nada funciona bien en la administración pública y el enriquecimiento de la Casta Política, Judicial, Legislativa, Gremial y Empresaria es un bochorno que los argentinos soportan con lamentable resignación.

El indiferente es despreciable, patético y cómplice de los peores episodios de la vida política criolla, porque, en su "dejar pasar" las cosas, asesina sin piedad al que con su pensamiento y acción asumió una actitud ciudadana que lo lleva a la exposición y al riesgo.

Hace algunos años leí un libro de Antonio Gramsci que, con impertinencia moderada, me permito recomendar. Se trata de La citta futura, publicado en 1917. En ese trabajo, Gramsci expresa su odio por los indiferentes.

Dice así: "La indiferencia es el peso muerto de la Historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad: aquello con lo que no se puede contar. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, ¿habría pasado lo mismo? Odio a los indiferentes porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos, cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pide diariamente, qué han hecho y, especialmente, qué no han hecho".

La cita es impecable. El autor italiano, perseguido y encarcelado por el régimen fascista de Benito Mussolini, deja al desnudo a una sociedad hipócrita e insalvable.

Somos una legión de indiferentes, una caterva de resignados, una multitud confundida que boya extraviada en un mar decadente y putrefacto.

Así nos va.