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Hubo dos presidentes que nunca robaron

Raúl Alfonsín y Arturo Illia, dos presidentes argentinos que nunca tuvieron que atravesar el bochornoso sendero que conduce a Comodoro Py.

A los pocos meses de dejar la presidencia, Raúl Alfonsín salió a recorrer el país. No andaba con custodia, se manejaba en línea aérea pública, viajaba como un ciudadano más y recorría las provincias explicando a los ciudadanos el golpe cívico económico y gremial que le habían dado antes de completar los 6 años de gobierno.

Recuerdo también que caminaba por la calle sin que nadie tenga que preocuparse por su seguridad. Andaba tranquilo, se detenía a saludar a quien se le acercara. Nadie puso en duda nunca de su decencia. En aquel entonces, a nadie se le cruzaba por la cabeza que el viejo podría haberse quedado indebidamente con un solo peso del Estado.

Con Arturo Illia sucedió igual. Luego de ser derrocado por un golpe económico, cívico, militar y gremial, andaba en colectivo por Buenos Aires. Caminaba por las calles sin un solo policía al costado. Solía ir a Carlos Paz de vacaciones y andaba caminando por el centro. Saludaba amablemente y sin prejuicio. Nunca nadie sospechó de su entereza y decencia, por el contrario, no se llevó un solo peso del Estado y, durante su presidencia, vendió su auto para hacer operar a su esposa. Devolvió al Tesoro Nacional el total de los gastos de representación (viáticos) durante los 3 años en los que gobernó.

Son las cosas que quisiera recordar siempre de un expresidente, esa clase de anécdotas. Son las escenas que me emocionan, que un tipo que manejó toda la plata del Estado haya pensado en su pueblo y no en su familia y sus amigos. Que haya decidido, con la ética que el cargo demanda, no enriquecer a gente perversa, ladrona y mala entraña.

Lo que siguió después de Alfonsín fue calamitoso: El Turco Menem fue un ladrón y traidor a la patria. El Chupete De la Rúa y el Traico Chacho Álvarez, dos inservibles que nos empomaron a todos.

El Cabezón Duhalde fue una troglodita violento puesto en el sillón de Rivadavia sin haber ganado nunca una elección como presidente.

El Furia Néstor y Cristina La Muchacha Progre fueron codiciosos, hipócritas y además se convirtieron en un fenómeno delictivo inesperado: robaron como pocas veces se ha visto en la historia de Latinoamérica.

Más tarde llegó Mauricio Euforia Macri, un farsante que estafó a todos los argentinos y argentinas y dejó el país endeudado.

Fue el turno de Alberto Fernández, ¿qué se puede decir de Almermo? Un mentiroso ecléctico y gatero incurable que dejó hacer negocios a su alrededor, siempre bajo la óptica de un kirchnerismo obsesionado por robar plata del Estado.

Finalmente, llegó el Motosierra Javier Milei, entendido en economía, es un violento extremista que se obsesionó con eliminar todo pensamiento que no concuerde con el suyo y el de su hermana Karina, El Jefe.

Viendo los operativos que hacía Cristina Kirchner cuando iba a Tribunales, donde los adherentes a la cleptocracia progresista no se privaban de su "fiestita de regreso a casa", la pena pasa a ser el sentimiento más genuino que se puede tener para con un país inviable no solo económicamente, sino moralmente.

Cristina, ya condenada a 6 años de prisión, los cuales cumplirá en su domicilio particular, y también condenada a devolverle al Estado argentino la friolera de 85.000.000.000 de pesos, vivirá enfilando rumbo a Comodoro Py. Son muchas causas en su contra. Sin embargo, sus simpatizantes piensan que está de regreso para volver a gobernar. De hecho, no hace mucho la votaron como vicepresidenta y volvió.

Es entonces cuando no queda otra opción más que acudir al pensamiento inclaudicable para concluir en la penosa idea de que hemos descendido a una condición decadente y corrosiva, de la que solo podremos salir con voluntad, virtud y sacrificio, resaltando el mérito y condenando la delincuencia.

Rescato la ineludible figura de Raúl Alfonsín y de don Arturo Illia. Fueron dos presidentes que no robaron. No fueron ladrones, al contrario, fueron honestos.

Andaban por la calle sin operativos de seguridad y nunca nadie los molestó. Todo lo opuesto: los aplaudían sin fanatismo al verlos llegar a un sitio.

Así me gustaría que sea siempre. 

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Alfredo Leuco: Illia es la ética republicana

Se cumplieron 120 años del nacimiento de don Arturo Umberto Illia. Ya sé que hace poco le hablé de su vida y obra a propósito de un aniversario del golpe que lo derrocó.

Pero es tan angustiante la aparición cotidiana de ladrones de estado y de funcionarios absolutamente corruptos, que la única defensa que tenemos los ciudadanos honrados, es respirar el aire puro que dispara la figura de don Arturo.

Uno se llena de frustraciones y bronca cuando ve personajes tóxicos como los Mario Ishi y la falopa en las ambulancias o ese malandra que se robó en Salta los 35 kilómetros de gasoductos y ni hablar de los campeones mundiales de las estafas de estado encabezados por Cristina, Boudou, Lázaro y siguen las firmas.

Hoy cumpliría 120 años don Arturo Illia. Sería una buena idea designar al 4 de agosto como el día de la austeridad republicana o el día de la ética en la política. Porque ese fue su extraordinario aporte.

Así quedó instalado en la memoria colectiva de los argentinos. Pero también es cierto que, como dice Agustín María Barletti, don Arturo no fue solamente un presidente honesto.

Nos recuerda en su nota que Illia vivió en Europa durante un año, desde 1933 y pudo padecer en carne propia el surgimiento del fascismo de Hitler y Mussolini. Eso marcó para siempre su lucha por la libertad y en contra del horror criminal de todos los nazis.

Yo no sabía, pero Barletti cuenta que llegó a dormir un par de noches en un calabozo de Berlín por negarse a saludar con el brazo en alto ante el paso de una patrulla de las SS.

También nos ilustra sobre el coraje de don Arturo. El extraordinario gobernador de Córdoba de aquel momento, don Amadeo Sabattini, estaba jaqueado por una posible intervención federal a su provincia.

El radicalismo envió a Illia al norte argentino a negociar con peligrosos traficantes la compra de armas de rezago de la guerra chaco paraguaya para defender al gobierno constitucional y popular de "El Peludo Chico" como le decían a Sabattini por "El Peludo" que era Hipólito Yrigoyen.

A este país le faltan más políticos como don Arturo Illia. Gente que no meta la mano en la lata para enriquecerse en forma ilegal y que busque consensos y diálogo. Porque como dijo Alfonsín, si la democracia no es diálogo, es violencia.

Si lo sabrá don Arturo que hasta tuvo que sufrir un simulacro de fusilamiento. Justó el, que era un admirador del pacifismo de Ghandi y un practicante del yoga. Illia era un hombre del partido.

Recorrió todos los rincones del país y todos los cargos. Fue senador provincial, vice gobernador y luego gobernador de Córdoba y diputado nacional.

El golpe que lo derrocó, es un golpe que todavía duele. Todos los asaltos al poder protagonizados por los militares, tuvieron resultados nefastos porque dinamitaron las instituciones democráticas y la libertad.

Pero el de Juan Carlos Onganía contra don Arturo tuvo características especiales porque voltearon a Illia por todo lo bueno que estaba haciendo y porque al cerrar el camino de la democracia, los militares, le abrieron las puertas a la violencia de los civiles.

Mucha gente recuerda a ese médico rural con ponchito sobre los hombros que llegó a ser presidente de la Nación. Pero muchos jóvenes desconocían la dimensión ética de aquél hombre sencillo y patriota una verdadera leyenda republicana.

Pero que, además de atender a los pacientes, fue un gran colaborador de Salvador Mazza en la investigación y el cambio de la lógica para combatir el Mal del Chagas. Llegó a la presidencia en 1963.

Le doy apenas alguna cifras para tomar dimensión de lo que fue su gobierno. El Producto Bruto Interno en 1964 creció el 10,3% y en 1965 el 9,1%. "Tasas chinas", diríamos ahora. En los dos años anteriores, el país no había crecido, había tenido números negativos.

Asumió con 23 millones de dólares de reservas en el Banco Central y cuando se fue había 363. Por primera vez se redujo la deuda externa. Firmó con Eduardo Frei, el presidente demócrata cristiano de Chile, un acuerdo para exportar sus productos desde cualquiera de los dos océanos.

Fue el primer país occidental en comerciar sus productos, trigo en este caso, con la China Popular de Mao. Pragmático sabía que la responsabilidad de los hombres de estado es cuidar las necesidades y el interés nacional, no la ideología.

El desempleo en 1965 era del 4,4%. Las proyecciones para el año 66 eran que el salario real iba a experimentar un aumento promedio del 15 por ciento. Promulgó la Ley de Salario Mínimo Vital y Móvil. El presupuesto en educación y salud aumentó un 24 %, ¿suena a otro planeta, no?

Pero quiero ser lo más riguroso posible con la historia. Argentina tampoco era un paraíso. El gobierno tenía una gran debilidad de origen. Había asumido aquel 12 de octubre de 1963 solamente con el 25,2% de los votos y en elecciones donde el peronismo estuvo proscripto.

Le doy un dato más: el voto en blanco rozó el 20% y por lo tanto el radicalismo no tuvo mayoría en el Congreso. Tampoco hay que olvidar el encarnizado plan de lucha que Augusto Timoteo Vandor, alias El Lobo, y el resto del sindicalismo peronista le hizo para debilitarlo sin piedad.

Por supuesto que el gobierno también tenía errores como todos los gobiernos. Pero la gran verdad es que Illia fue derrocado por sus aciertos y no por sus errores. Por su histórica honradez, por la autonomía frente a los poderosos de adentro y de afuera.

Tuvo el coraje de meter el bisturí en los dos negocios que incluso hoy más facturan en el planeta, pese al gran crecimiento de las empresas punto com y las tecnológicas: los medicamentos y el petróleo. A Illia nunca le perdonaron eso.

Nunca le perdonaron tanta independencia, ley de medicamentos, anulación de contratos petroleros tal como lo había prometido en la campaña electoral. Si hasta se opuso al envío de tropas a Santo Domingo. Por eso le hicieron la cruz y le apuntaron los cañones.

A Illia no lo derrocaron los chistes irónicos ni la caricatura de una tortuga. A Illia lo derrocaron los militares reaccionarios cripto fascistas como Juan Carlos Onganía, los monopolios extranjeros y sus socios internos, los jerarcas sindicales, su debilidad de origen y la indiferencia de la mayoría de la sociedad que no salió a defender al Gobierno como se lo merecía.

El mismo lo dijo: "A mí me derrocaron las 20 manzanas que rodean la Casa de Gobierno".

Cuando lo voltearon, se instaló el oscurantismo cultural más reaccionario que reprimía libertades y profesores con bastones largos, alargaba minifaldas, allanaba hoteles alojamiento y cortaba pelos largos de rebeldía. Seamos sinceros con nuestra verdad histórica.

Aquel día, seguramente el más triste en la vida de don Arturo, cuando el general Julio Alsogaray le comunicó que lo destituían como presidente de la Nación, se tuvo que ir de la Casa Rosada rodeado por un pequeño grupo de amigos.

Don Arturo llamó "salteadores nocturnos" a los sediciosos de Alsogaray y del coronel Luis César Perlinger. "Sus hijos se lo van a reprochar", les vaticinó.

Y la historia se los reprochó: un hijo Alsogaray se sumó a la guerrilla con el tiempo y fue abatido en un enfrentamiento armado en el monte tucumano durante la dictadura de Videla. Y Perlinger le pidió disculpas públicas a Illia y le agradeció la lección que le dio.

Pero con el tiempo el coronel arrepentido sería un colaborador de la criminal insurrección armada trotskista del Ejército Revolucionario del Pueblo. El Gobierno de Illia tuvo el primer planteo militar a los dos meses de haber asumido. suficiente.

Nunca más un presidente en nuestro país volvió a viajar en subte o a tomar café en los bolichones. Nunca más un presidente hizo lo que él hizo con los fondos reservados: no los tocó.

Nació en Pergamino pero don Hipólito Yrigoyen le aconsejó que fuera a vivir a Cruz del Eje para llevar el radicalismo popular a los talleres ferroviarios. Allí, don Arturo, ejerció su vocación: el arte de curar personas con la medicina y de curar sociedades con la política.

Todavía no habían llegado los tiempos de los vidrios polarizados y los guardaespaldas. La plata robada no se pesaba ni se escondía en bóvedas. No se cobraban pensiones vitalicias como las de Cristina y Boudou.

A la luz de los Kirchner y su asociación ilícita, la figura de Don Arturo merece un monumento a la honestidad. Illia nació en un hogar de inmigrantes italianos. Sus padres se llamaban Emma y Martín. Su padre era chacarero.

Don Arturo tuvo un Renault Dauphine que debió vender cuando dejó de ser presidente para pagarle una operación en la ciudad de Houston a Silvia, su esposa, que, de todas maneras, murió poco tiempo después.

A Don Arturo Umberto Illia lo vamos a extrañar por el resto de nuestros días. Porque hacía sin robar. Porque se fue del gobierno mucho más pobre de lo que entró y eso que entró pobre.

Su modesta casa y el consultorio fueron donaciones de los vecinos y en los últimos días de su vida atendía en la panadería de un amigo. Hoy cumpliría 120 años. Fue la ética sentada en el sillón de Rivadavia.

Yo tenía 11 años cuando los golpistas y la brigada lanza gases de la Policía Federal lo arrancaron de la Casa de Gobierno. Mi padre, que lo había votado y lo admiraba profundamente, se agarró la cabeza y me dijo: Pobre de nosotros los argentinos. Todavía no sabemos los dramas que nos esperan.

Y mi viejo tuvo razón. Mucha tragedia le esperaba a este bendito país. Yo tenía 11 años pero todavía recuerdo su cabeza blanca, su frente alta y su conciencia limpia.