En nuestro hermoso San Juan, habitan historias maravillosas por cada uno de los espacios que constituyen su territorio. Una de ellas cuenta la leyenda, que se mezcla con ciertos datos reales, de aquel cacique huarpe que habitó en donde hoy se encuentra la localidad de Iglesia.
En ella, refiere la narración al devenir de Pismanta. Un líder que vivía en armonía y en paz. Que amaba la naturaleza y que no pudo soportar la llegada del conquistador. Pronto el cacique combatió contra aquel que consideraba su enemigo. Pero también pronto, fue derrotado. Dicen que la alianza que hizo otro cacique, Angaco, con los españoles, terminó por desmoralizarlo.
Esto lo llevó a tomar una decisión: busco una cueva entre los cerros de Angualasto y, allí mismo, condujo a su familia. Tal era la humillación que él sentía por perder sus tierras en manos de ese enemigo…
Cuentan que no se lo volvió a ver. Hasta que una noche, se escuchó una gran explosión entre los cerros. Cuando los huarpes se acercaron, encontraron un manantial que daba agua cristalina desde las mismas entrañas de la Pachamama. Todos entendieron que eran las lágrimas de Pismanta que lloraba por su tierra.
Y así, desde entonces, ese lugar se convirtió en un sitio sagrado y curativo. Si uno mira esos cerros, ese cielo límpido, que por la noche se inunda de estrellas, siente que esos mitos se restauran. La razón y lo real dejan paso a lo maravilloso, al sueño, a la magia, a los anhelos nunca olvidados, a la memoria de un pueblo cuyo ser aún habita entre esas montañas, a un ser que aún se desplaza por ese magnifico suelo.
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