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Quedó detenido Enrique Mathov, exfuncionario de la Alianza, por la represión de 2001

El exfuncionario quedó detenido en los tribunales de Retiro al quedar firme la condena en su contra por la represión de 2001.

El exsecretario de Seguridad del Gobierno de Fernando de la Rúa, Enrique Mathov, quedó detenido esta mañana en los tribunales federales de Retiro.

Mathov quedó detenido al estar firme la condena en su contra por la represión y las muertes que tuvieron lugar en diciembre de 2001. Lo hizo ante el Tribunal Oral Federal 6.

El citado tribunal es el que resolverá el lugar donde quedará alojado hasta que se resuelva si se le concede o no el arresto domiciliario que pidió su defensa.

El Tribunal Oral Federal 6 condenó a Mathov por la represión de 2001 y lo había citado para este jueves a fin de quedar detenido luego que la Corte Suprema de Justicia dejara firme la pena impuesta contra el exfuncionario.

La Jueza, Adriana Pallioti, resolvió que "habiendo adquirido firmeza la sentencia de cuatro años y tres meses de prisión dictada en autos, y encontrándose aquélla ejecutable, cítese a Enrique José Mathov, a través de su defensa, para que se presente en el Tribunal el jueves 19 de septiembre del corriente año a las 09.30 horas, a finde estar a derecho y hacer efectiva la detención", según la resolución a la que tuvo acceso la Agencia Noticias Argentinas.

La defensa del exfuncionario había pedido el arresto domiciliario en razón de que Mathov tiene más de 70 años, algo que tendrá que resolver el tribunal.

En cuanto al otro condenado, el exjefe de la Policía Federal Rubén Santos, está de viaje en España con permiso judicial, por lo que se lo intimó a regresar al país en las próximas 72 horas para quedar detenido. En su caso, la condena es a 3 años y seis meses de prisión.

Mathov fue condenado el 18 de mayo de 2021 por tres homicidios culposos y las heridas que sufrieron decenas de manifestantes en la zona de Plaza de Mayo durante la represión que precedió a la renuncia del fallecido expresidente Fernando de la Rúa, quien resultó sobreseído en el caso.

El exfuncionario estuvo preso por esta causa 6 meses y 25 días, desde el 1 de enero de 2002 hasta el 26 de julio de 2002, cuando se lo excarceló, por lo tanto, según el cómputo de pena que hizo el tribunal, su condena se dará por cumplida el 22 de mayo de 2028.

En el caso de Santos, estuvo detenido 5 meses y 19 días en 2002, por lo cual su condena se dará por cumplida el 28 de septiembre de 2027.

El Tribunal citó a ambos luego que de que este miércoles la Corte Suprema de Justicia dejara firmes las condenas y rechazara por "inadmisibles" los recursos extraordinarios que presentaron las defensas.

Santos y Mathov fueron condenados en un juicio oral en 2016 por el Tribunal Oral Federal 6.

El veredicto de ese juicio oral fue apelado, lo revisó Casación y ordenó modificar las penas, que fueron reducidas, y a las que ahora la Corte dejó firmes al rechazar los recursos.

Mathov y Santos quedaron condenados por la muerte de tres de los manifestantes, Gastón Riva, Carlos Almirón y Diego Lamagna, y por las heridas que la policía causó a otros 20 durante las protestas en Plaza de Mayo, en medio del estado de sitio que había decretado el gobierno de Fernando De La Rúa.

Ceferino Reato cuenta las horas finales de De la Rúa en el Gobierno

El analista político aborda el episodio como nunca nadie lo relató. Los protagonistas políticos que rodearon su caída: Duhalde, Cavallo y Alfonsín.

Este 20 de diciembre se cumple un nuevo aniversario de la renuncia del expresidente, que llegó al poder con la Alianza. Dejamos acá un relato crudo y pormenorizado que el periodista Ceferino Reato plasmó en su libro Doce Noches, de donde están extraídos los diálogos y hechos que propiciaron su salida en helicóptero y se reproducen aquí. El dramático desenlace de la gran crisis del 2001 durante la presidencia de Fernando De la Rúa.

A las 8 de la mañana del 20 de diciembre de 2001, Fernando de la Rúa comenzó su último día como presidente. A esa hora, en Olivos, recibió a su Jefe de Gabinete Chrystian Colombo, que le informó sobre las novedades de la reunión con dirigentes peronistas que había tenido lugar la noche anterior en el hotel Elevage. No se lo había podido contar a la madrugada porque, cuando llegó a la residencia, en la guardia le dijeron que De la Rúa no podía ser molestado: dormía.

Los peronistas no tenían una posición única sobre la última oferta del gobierno, que era la formación de un gobierno de coalición; un oficialismo lúcido y osado podía maniobrar sobre esas divisiones y tal vez incorporar a algunos dirigentes opositores. Eso sí: todos exigían el alejamiento del Ministro de Economía, Domingo Cavallo.

El Presidente coincidió en que la renuncia de Cavallo era, a esa altura, inevitable; eso lo conducía a la división del ministerio de Economía para desarmar el castillo de atribuciones que el polémico funcionario había acumulado. También charlaron sobre cuándo y cómo el gobierno anunciaría la salida de Cavallo y los cambios en el gabinete. Colombo, además, habló por teléfono con algunos economistas y gobernadores de confianza para tener una primera impresión sobre el impacto de esas decisiones.

Al mediodía, ya en su despacho en la Casa Rosada, Colombo recibió un llamado de Héctor Magnetto, el CEO del Grupo Clarín. Un empresario que, como todos, seguía el minuto a minuto de una crisis que, en el plano económico, incluía un tema de fondo: ¿continuaría la paridad 1 a 1 entre el peso y el dólar o habría una devaluación?

Colombo colgó con la sensación de que Magnetto pensaba que a De la Rúa no le quedaba otra salida que renunciar. También lo llamó el periodista Claudio Escribano, Secretario general de Redacción del diario La Nación: quería saber si el Presidente ya había renunciado.

Es que las imágenes de la televisión mostraban un gobierno desbordado, con la Policía Federal, que el día anterior aseguraba que la Capital estaba blindada, protagonizando una represión tan desmesurada como ineficaz justo frente a la Casa de Gobierno.

Los peronistas se alejaban cada vez más del gobierno. El más expresivo fue el flamante senador Eduardo Duhalde: “O el Presidente cambia o habrá que cambiar al Presidente”.

En el radicalismo, el también senador bonaerense Raúl Alfonsín consideraba que la suerte del gobierno ya estaba echada. Eso es lo que le dijo a las nueve de la mañana al jefe del bloque de senadores del oficialismo, Carlos Maestro. “Yo no voy más a la Casa Rosada; para mí, esto está agotado”, afirmó el expresidente.

Maestro cuenta que él evaluaba que la situación era dramática, pero que algo todavía se podía hacer. Por eso, partió a la Casa Rosada junto al titular del bloque de diputados del radicalismo, el catamarqueño Horacio Pernasetti. Un nuevo viaje al despacho de De la Rúa, esta vez los dos solos.

Alfonsín estaba molesto porque sus sugerencias habían sido olímpicamente ignoradas por De la Rúa, su rival de siempre en el radicalismo. Eso ocurrió el día anterior, el miércoles 19 de diciembre al atardecer, cuando una delegación formal de siete diputados y senadores de la Unión Cívica Radical se presentó en la Casa Rosada.

“Pensábamos —cuenta Maestro— que el Gobierno tenía que hacer algo; se nos ocurrió pedirle a De la Rúa la renuncia de Cavallo y una modificación sustancial del gabinete para distender la situación”.

Primero, fueron a ver a Colombo y le plantearon “la conveniencia de que renuncien todos los ministros para que el Presidente pueda retomar la iniciativa con un gabinete nuevo”.

—Hay que ir a un gobierno más amplio. Pero, por supuesto que no queremos que te vayas vos, Chrystian —le dijo Alfonsín.

—…

—Nosotros le queremos comunicar esta propuesta al Presidente —agregó el líder de la UCR.

—Ya le aviso.

Colombo se levantó, dejó a los correligionarios en su despacho, pasó al lado de los dos granaderos y se metió en el despacho presidencial. De la Rúa estaba reunido con Cavallo.

—Presidente, en mi despacho están Alfonsín, Maestro, Pernasetti y otros diputados y senadores del partido que vienen a verlo para proponerle un cambio total de gabinete. Yo pienso…

—Dejá que yo hablo con Alfonsín y lo convenzo —lo interrumpió Cavallo.

—Mingo, de economía podes saber más que yo, pero de política no entendés nada.

—Vamos a atender a los amigos que nos esperan —dispuso el presidente.

Maestro recuerda que la presencia de Cavallo en el principal despacho de la Casa Rosada los sorprendió porque habían ido a pedir, en primer lugar, la cabeza del ministro de Economía.

"Nos sentamos —describe— en una mesa ovalada: el presidente, en una de las puntas; a su izquierda, Cavallo; a su derecha, la senadora Amanda Isidori, de Río Negro; y al lado de ella, yo. Frente a mí, estaba Alfonsín".

—¿Qué andan haciendo por acá? —preguntó De la Rúa.

—Mirá Fernando, estamos muy preocupados. La situación es gravísima, pensamos que hay que hacer algo —abrió el fuego Maestro.

—Estamos haciendo todo lo que podemos; hasta ahora no hemos tenido suerte, pero tenemos que insistir en arreglar el tema del déficit, que es lo que exige el Fondo para efectuar los desembolsos prometidos.

Maestro le hizo una seña a Alfonsín para que siguiera él, pero la senadora Isidori aceleró los tiempos.

—Hay que decirle de una vez a qué vinimos —lo apuró por lo bajo a Maestro.

—Decíselo vos.

—Se lo digo yo… ¿Le puedo decir algo, Presidente?

—Sí, querida, por supuesto.

—Le voy a decir por qué vinimos hoy a verlo…

De la Rúa estaba reclinado sobre la mesa; Maestro observó que por detrás de la cabeza del Presidente, Cavallo miraba fijo a los ojos de la senadora, como si fuera un hipnotizador: "Amanda le devolvió la mirada y quedó un momento en trance, como enceguecida, y perdió el hilo de lo que venía diciendo".

—El gobierno tiene que hacer un gesto para calmar a la gente. Hay mucha gente pasando hambre.

—Lo sé, querida, pero no hay plata. Y para que el Fondo nos mande lo que nos prometió, tenemos que solucionar el tema del déficit.

Era el turno de Alfonsín.

—Mirá Fernando, con Carlos estamos muy preocupados. Nos parece que sería bueno una reestructuración del gabinete. Desde luego, Fernando, en el momento que vos lo creas más adecuado.

El encuentro se diluyó en frases de circunstancia. Alfonsín y los legisladores se retiraron molestos, convencidos de que la gestión no había servido para nada. El Presidente ya no escuchaba a su partido, preso de sus temores y debilidades, aislado de la realidad, encapsulado por su entorno, ganado por el discurso de Cavallo.

Cuando volvió a la Casa Rosada el jueves 20 de diciembre a las diez de la mañana, Maestro pensó que la Plaza de Mayo lucía como si hubiera sido el escenario de una lucha; todavía había olor a gases lacrimógenos de la represión de la madrugada contra los caceroleros. No podía saber que poco después la situación se volvería mucho peor, con muertos y heridos, un campo de batalla de verdad.

Maestro y Pernasetti fueron al despacho de Colombo. Recién se habían sentado y hablaban del alejamiento de Cavallo cuando entró el Presidente.

—Carlos, Horacio, ¿qué andan haciendo?

—Venimos a verte —dijo Maestro.

—Tenés que buscar ya un ministro de Economía para calmar los ánimos de la gente —le propuso Pernasetti.

—No es tan fácil; le ofrecí el cargo a Adalberto (Rodríguez Giavarini), pero no quiere; nadie quiere agarrar Economía.

—¿Y en el plano político? —preguntó Maestro.

—Estamos convocando a una reunión urgente con todos los gobernadores pero ninguno viene, ni siquiera los radicales. Nadie quiere venir.

—¿Para qué es la reunión de gobernadores? —quiso saber Pernasetti.

—Cuando hay problemas de este tipo, corresponde convocar al Consejo de Seguridad Interior, que está integrado por los gobernadores. Pero, no importa: podemos hacer la reunión igual, con los ministros de Interior de las provincias.

—¿Por qué no intentas un acuerdo con el peronismo? Incorporarlos al gobierno de alguna manera —sugirió Maestro.

—Lo hemos intentado. Yo no creo que se puedan hacer cosas muy distintas. Pero, si ustedes quieren, hablen con los peronistas.

—Yo puedo hablar con Ramón Puerta, en el Senado, y Horacio, con Eduardo Camaño (el titular de la Cámara de Diputados).

—Está bien. Yo estoy haciendo todo lo que puedo, pero que digan los peronistas qué es lo que quieren.

Maestro se llevaba muy bien con Puerta; por eso, le sorprendió que no lo invitara a sentarse cuando lo fue a ver a su despacho de presidente provisional del Senado, al mediodía.

—Mirá Ramón, vengo porque el Presidente quiere hacer algo en conjunto con ustedes, con el peronismo.

—Yo me estoy yendo a una reunión de gobernadores del peronismo en San Luis; el Adolfo (Rodríguez Saá) nos invitó a la inauguración del aeropuerto de Merlo y aprovechamos para juntarnos; también vamos algunos senadores y diputados. Pero, te adelanto que no queremos involucrarnos en esta crisis, que ha sido generada por el gobierno.

—Pero, el Presidente les ofrece participar del gobierno en las condiciones que ustedes quieran.

—Eso seguro que no. Ya le dijimos que lo apoyamos en todo lo que necesite, pero que tenemos que preservarnos como oposición porque si no, dejamos a la Argentina sin alternativa… Pero, igual le comento a los muchachos y te aviso.

—Bueno, Ramón… Acá se termina todo.

Maestro dio media vuelta, abrió la puerta y se fue. Puerta cuenta ahora que "no entendí bien lo que quiso decir porque era una frase dura, pero la conversación había sido muy amistosa, como siempre. Luego, entendí que se refería al gobierno".

Cuando Maestro volvió a su despacho, encontró que Alfonsín lo estaba esperando: quería saber cómo le había ido con el Presidente. No tuvieron tiempo de charlar mucho porque la secretaria de Maestro los interrumpió.

—Si ustedes se quedan acá, después no van a poder salir; me dicen que afuera se está juntando mucha gente —les avisó Noemí.

—Carlos, mejor nos vamos a mi oficina; ahí vamos a estar más cómodos.

Tuvieron suerte: pudieron abandonar el Senado sin que los manifestantes se dieran cuenta de que iban en el asiento trasero del automóvil guiado por el chofer del ex Presidente, junto con el jefe de su custodia, el comisario Daniel Tardivo. Una proeza teniendo en cuenta los abucheos que recibían por aquellos días todos los legisladores, incluidos los de la oposición.

Llevaban ya casi tres horas recluidos en la oficina de Alfonsín, un quinto piso de la avenida Santa Fe al 1.600, cuando, a las cuatro de la tarde, Maestro recibió el llamado de De la Rúa.

—¿Qué pasó con los peronistas?

—Puerta se estaba yendo a una reunión de los gobernadores peronistas en San Luis. Pero, no aceptan: dice que es un problema del gobierno, que es un problema nuestro. Que no se quieren involucrar… Me prometió que igual iba a comentar la propuesta con los gobernadores. Y Horacio dice que no puede encontrar a Camaño.

—Voy a hablar por radio y televisión.

—¿Cuándo?

—Ahora, dentro de unos minutos.

De la Rúa cortó y Maestro le contó a Alfonsín.

—¿Qué irá a decir? —preguntó el ex Presidente.

—Pongamos la televisión.

Hicieron varios intentos, pero no lograron encender el aparato.

—Vení Margarita, que no podemos conectar la televisión —gritó Alfonsín en dirección al cuarto donde estaba su secretaria privada.

—Ustedes, los hombres, no saben hacer nada —regañó Margarita Ronco mientras la imagen del Presidente aparecía en la pantalla.

Hasta el discurso de De la Rúa, las versiones de los distintos protagonistas coinciden en lo que fue sucediendo durante aquel día decisivo. Pero, a partir de este momento hay diferencias, algunas de ellas sustanciales.

Por un lado, Maestro asegura que cinco minutos después del mensaje, recibió un segundo llamado del Presidente.

—¿Qué te pareció el discurso?

—Mirá… Me pareció más atinado, mejor, que el de anoche. Esperemos a ver cómo reacciona el peronismo.

En realidad, Maestro no había visto ni escuchado el discurso de la noche anterior, aunque había leído párrafos en los diarios. Fue la mejor respuesta que encontró frente a una pregunta inesperada.

También afirma que el siguiente llamado fue el de Noemí, su secretaria.

—Ya puede venir a su despacho; parece que afuera está todo más tranquilo.

En aquel momento, Alfonsín saludaba a algunos radicales de confianza que habían llegado para analizar la crisis del gobierno: José “Chiche” Canata; Juan José “Manolo” Canals y el economista Mario Brodersohn, entre otros. Todos ellos eran fieles seguidores de Alfonsín y, como su jefe, pensaban que la caída de De la Rúa era cuestión de tiempo, de muy poco tiempo.

—Raúl, yo vuelvo al Senado; me avisó mi secretaria que está todo más calmado.

—Bueno Carlos, después nos vemos.

Sin embargo, otras fuentes sostienen que Maestro permaneció en la oficina de Alfonsín, desde donde —junto con el ex Presidente— conspiró para forzar —o, al menos, acelerar— la renuncia de De la Rúa. Tanto es así que varios correligionarios lo siguen considerando “un gran traidor”.

En ese sentido, De la Rúa asegura: “Yo decido renunciar cuando ya desde el departamento de Alfonsín me llama el presidente del bloque de senadores del radicalismo para decirme que, a juicio de ellos, no había nada que hacer, que consideraban conveniente mi renuncia. Lo que se produce después de que hablaron con Duhalde”.

De la Rúa recuerda ese diálogo de esta manera.

—Presidente, recién hablé con Duhalde, que me dijo que ya no hay nada que hacer —le informó Maestro.

—¿Y vos qué pensás?

—No hay otra salida que la renuncia.

—Bueno, tomo nota.

Incluso, el exconcejal porteño Humberto Bonanata asegura que Maestro —por sugerencia de Alfonsín— informó a algunos periodistas que el Presidente había renunciado cuando todavía no lo había decidido. “Eso precipitó la renuncia de Fernando, fue el golpe de gracia”, agrega Bonanata, que era partidario de De la Rúa y ahora dirige el sitio www.notiar.com, de “actualidad con opinión”.

Maestro niega esos dos testimonios. Ratifica que volvió a su despacho en el Senado, donde —afirma— atendió a un comandante de Gendarmería que le traía un mensaje del jefe de esa fuerza, el comandante general Hugo Miranda.

Siempre según Maestro, Miranda le avisaba que los saqueos se iban a multiplicar en el conurbano cuando “venga la noche porque ya no hay relevos en la Policía Bonaerense debido a que sus efectivos han estado trabajando durante cuarenta y ocho horas seguidas, sin descanso. Lo mismo pasa en la Policía Federal”.

"Además —agrega Maestro— la televisión ya informaba de muertos en el centro de la ciudad y también en otros lugares, como Rosario, Córdoba, en la provincia de Buenos Aires… Se hablaba de casi treinta muertos en todo el país, había imágenes de coches quemados en la 9 de Julio. Así que lo llamé a De la Rúa".

—Fernando, está habiendo muertos en Plaza de Mayo —le avisó, según su versión.

—No, a mí nadie me informó eso, ni mis funcionarios de Interior ni el jefe de la Policía Federal.

—La televisión está diciendo que hay muertos.

—La televisión dice muchas cosas que no son ciertas.

—Me parece que esta vez es cierto porque están mostrando imágenes de personas caídas.

Maestro asegura que, apenas cortó con el Presidente, un empleado le alcanzó un comunicado de prensa conjunto de los bloques de senadores y diputados del peronismo, donde la principal fuerza de oposición reclamaba a De la Rúa “un gesto de grandeza que permita superar la crisis”. Según Maestro, también “convocaban urgentemente a una Asamblea Parlamentaria”.

Maestro cuenta que volvió a llamar al Presidente.

—Mirá Fernando, el peronismo ha resuelto retirar su apoyo parlamentario al Gobierno. La situación está muy difícil y yo no le veo salida.

—Yo hice todo lo que pude; convoqué al peronismo a un gobierno de unidad nacional, pero no fui escuchado.

—Presidente, le doy un consejo: ponga su renuncia a disposición del Congreso para que el Congreso, a través de una Asamblea Parlamentaria, decida qué hacer frente a esta situación.

Maestro se refería a una sesión especial del Congreso, de todos los legisladores: los senadores y los diputados. La instancia prevista por la Constitución para analizar la eventual renuncia de un Presidente y designar a su sucesor.

De la Rúa se quedó unos segundos en silencio.

—Si no queda otra solución, lo voy a hacer.

Maestro cuenta que, aliviado, salió al pasillo a informar que la renuncia del Presidente era inminente a una patrulla de periodistas que deambulaba por el Senado en busca de información. Eran las seis y cinco de la tarde.

“El gobierno —explica Maestro— ya no tenía credibilidad ni podía dar ninguna respuesta. La verdad es que a los veinte minutos de que la renuncia fue informada no quedó nadie en la calle; todos se volvieron a sus casas. La renuncia era lo que se necesitaba. Fue como un bálsamo; la situación era terminal”.

Pero, algunos colegas de Maestro no lo entendieron así. Un ex legislador afirma que, luego de la renuncia del Presidente, un grupo de senadores radicales fue al despacho de Maestro.

—Carlos, están diciendo que vos le dijiste al presidente que no quedaba otra salida que presentar la renuncia —lanzó desde la puerta el misionero Mario Losada, que encabezaba la fila.

—Sí Mario, es cierto.

—Pero, ¿con quién lo consultaste?

—Con nadie Mario, si acá no había nadie. ¿Vos, por ejemplo, dónde estabas?

Alfonsín era uno de los que escuchaba la conversación del otro lado de la puerta, pero Maestro no podía verlo.

—Está bien lo que hizo Carlos. Esto era un desastre, esto iba a ser una carnicería. Había que sugerirle algo así al presidente —dijo Alfonsín, y clausuró la discusión.

De la Rúa firmó su renuncia minutos después de las seis y media de la tarde. La redactó a mano, luego de convocar a su despacho a algunos funcionarios de confianza, entre ellos Colombo; el canciller Rodríguez Giavarini; Gallo, el secretario general de la Presidencia; el ministro de Defensa, Horacio Jaunarena; su hermano Jorge de la Rúa, titular de Justicia, y Hernán Lombardi, secretario de Turismo.

—He tomado la decisión de renunciar. El justicialismo rechazó mi oferta de un gobierno de coalición, no con esas palabras pero sí con hechos: los gobernadores están reunidos en San Luis a la espera de mi renuncia, y el jefe del bloque de diputados, Humberto Roggero, pidió mi juicio político. En nuestro partido, el jefe del bloque de senadores, Maestro, me acaba de decir que no hay otra salida que mi renuncia. Mi actitud es este renunciamiento que quiero hacer para pacificar el país y asegurar la continuidad institucional.

Todos escucharon en silencio. De la Rúa salió del despacho privado, atravesó la oficina de los edecanes y entró a la Sala Verde, un lugar más pequeño pintado de ese color, decorado con un imponente retrato del general José de San Martín. Y allí se sentó a escribir su renuncia. “Creí que debía ser hecha en forma manuscrita”, recuerda. Sus funcionarios lo siguieron y se quedaron mirando cómo la redactaba. Algunos estaban a punto de llorar.

—Me parece bien que la hayas hecho a mano —lo alentó cuando terminó su amigo Rodríguez Giavarini.

De la Rúa llamó por teléfono a Virgilio Loiácono, que era el secretario de Legal y Técnica de la Presidencia:

—Por favor, lleva la renuncia al Congreso.

El texto fue dirigido al ingeniero Puerta:

“Me dirijo a Ud. para presentar mi renuncia como Presidente de la Nación.

Mi mensaje de hoy para asegurar la gobernabilidad y constituir un gobierno de unidad fue rechazado por líderes parlamentarios.

Confío que mi decisión contribuirá a la paz social y a la continuidad institucional de la República.

Pido por eso al H. Congreso que tenga a bien aceptarla.

Lo saludo con mi más alta consideración y estima, y pido a Dios por la ventura de mi Patria".

Humberto Roggero, cordobés de Río Cuarto, niega que él, como jefe del bloque de diputados del peronismo, haya mentado la posibilidad de un juicio político a De la Rúa: "Hicimos una conferencia de prensa, pero para rechazar la propuesta de un gobierno de coalición". Eso fue menos de cincuenta minutos después del discurso del Presidente. ¿Por qué tan rápido? Porque temían que sus compañeros de las provincias más chicas, que habían convocado al encuentro en San Luis, aceptaran la oferta de De la Rúa. "Pensábamos que con ese rechazo, el encuentro en San Luis se volvía abstracto", sostiene.

De la Rúa renunció cuando tenía 64 años y llevaba setecientos cuarenta días —dos años y diez días— en la Presidencia.

El ex senador jujeño Alberto Tell afirma que, luego de la renuncia, De la Rúa llamó por teléfono al ex presidente Carlos Menem: “Yo había ido a ver a Carlos junto con Daniel Scioli y otros dos compañeros, en el auto de Scioli. Fuimos al departamento de su esposa, Cecilia Bolocco. Recuerdo que Carlos estaba durmiendo, así que lo esperamos un rato. Estábamos charlando cuando lo llamó De la Rúa y Carlos puso el teléfono en manos libres”.

—Carlos, ya he redactado mi renuncia por esta crisis institucional que se ha creado.

—¿No hay manera de volver atrás?

—No, creo que mi renuncia contribuirá a la solución de esta crisis. Quería agradecerte tu permanente colaboración con mi gestión; fuiste uno de los pocos que nunca puso un palo en la rueda; por el contrario, siempre estuviste dispuesto a colaborar.

—Fernando, somos hombres de la democracia.

Uno de los funcionarios que lo acompañaron en aquel gesto del final, recuerda que, una vez que estampó su firma en el texto de renuncia, De la Rúa pareció recuperar la energía, como si se hubiera sacado un peso de encima

—Bueno, ya no tenemos nada que hacer hoy acá. Nos vamos —les indicó a sus acongojados colaboradores.

Y salió del despacho para tomar el ascensor privado, pero lo frenó el jefe de la Casa Militar, el vicealmirante Carlos Carbone, que llevaba menos de dos días en su cargo.

—Señor Presidente, no puede salir por allí. La seguridad depende de mí y hay muchísima gente en la Plaza.

—Me voy directamente, como lo hago siempre.

—No, señor Presidente, ya está listo el helicóptero. No se puede salir por tierra.

De la Rúa fue llevado rápidamente a la azotea, donde ya lo esperaba un helicóptero Sikorsky S76B apenas posado —sin descargar todo su peso— para proteger de posibles fisuras al techo y a las paredes del histórico edificio. A las corridas y en apenas un minuto, abordó la máquina, junto con su edecán, el teniente coronel Gustavo Giacosa, también en su segundo día en el cargo, y el subjefe de la custodia presidencial, el subcomisario Marcelo Lioni, el calvo al que muchos tomaron por Cavallo al verlo por televisión.

Eran las siete y cincuenta y dos de la tarde y el helicóptero blanco se elevaba en medio de aplausos, gritos e insultos de la gente que protestaba en la Plaza de Mayo. La imagen evocaba la partida de la presidenta Isabel Perón poco después de la medianoche del 24 de marzo de 1976, minutos antes de que fuera desalojada del gobierno por los militares. De la Rúa llevaba su ejemplar de la Constitución apretado entre las manos y apenas atinó a mirar por la ventanilla en los cuatro minutos y medio que duró el viaje hasta la residencia de Olivos.

El exconcejal Bonanata recuerda que esa noche llamó a su amigo. Sonaba tan lloroso que De la Rúa le contó un chiste sobre Osama Bin Laden en clave radical: "Dicen que a Bin Laden lo llevan preso a la Corte de La Haya y le preguntan.

—¿Es cierto que tuvo responsabilidad en el atentado contra las Torres Gemelas?

—Sí, es cierto.

—¿Y en el atentado al Pentágono?

—Sí, también.

—¿Tuvo que ver con las bombas a la Embajada de Israel y la AMIA?

—Sí, lo acepto.

—Una última pregunta antes de pasar al veredicto, ¿Conoce a… (y nombra a un dirigente radical involucrado en una denuncia por empleados "ñoquis" que cobraban pero no trabajaban en el antiguo Concejo Deliberante porteño).

—Ah no, en quilombos yo no me meto…"

Bonanata estaba muy sorprendido.

—Pero Fernando… ¿cómo tiene fuerza para levantarme el ánimo el peor día de su vida contándome un chiste?

—Porque hay que seguir viviendo, querido Humberto - le contestó De la Rúa con una voz tan segura y nítida como su interlocutor no le había escuchado nunca durante su tortuosa presidencia.

Gobierno de Fernando de la Rúa: el neoliberalismo moralizante

Las elecciones presidenciales del 24 de octubre de 1999 permitieron consagrar la fórmula presidencial de la Alianza, compuesta por Fernando De la Rúa y Carlos Chacho Álvarez.

Las expectativas iniciales no eran demasiado favorables. La deuda externa había escalado hasta los 146.219 millones de dólares y los vencimientos del año siguiente alcanzaban los 25 mil millones.

El desempleo estaba en el orden del 14 por ciento, la pobreza rondaba el 30, el déficit fiscal era elevadísimo y el PBI estaba en picada. Pese al pretendido "achicamiento del estado", el gasto público había aumentado casi un 42 por ciento entre 1991 y 1999, pasando de 68.815 millones a 97.594. Estos indicadores expresaban los resultados del menemismo.

El país tenía graves problemas en materia educativa y sanitaria. La dirigencia política tenía una imagen pública muy negativa. Además, las condiciones de ejercicio del gobierno no eran sólidas.

La Cámara de Senadores y la mayoría de las provincias estaban en manos del PJ, muchas de ellas al borde de la cesación de pagos. Las desavenencias al interior de la Alianza habían comenzado antes del acto electoral y, aunque existía cierta cordialidad entre De la Rúa y Álvarez, quedaba en claro que las diferencias entre ambos resultaban determinantes: en tanto el presidente expresaba al antiperonismo, el vicepresidente representaba al peronismo militante de los 70.

La Alianza no contaba con un sólido consenso programático más allá de la oposición a la reelección de Carlos Menem, y Menem ya había sido derrotado.

La Alianza había generado grandes expectativas en la sociedad, aunque no quedó muy en claro por qué razones: De la Rúa había prometido mantener la convertibilidad, argumento decisivo para atraer el sufragio de las clases medias, preocupadas en mantener la fantasía de los elevados estándares de consumo, aunque ello significase hipotecar el futuro de la Nación.

Llamativamente, sus críticas al menemismo no se centraban en su política de privatizaciones, de convertibilidad y de ajuste, que ante todo afectaban a las clases subalternas y a los "nuevos pobres", sino en la corrupción de sus prácticas, pasando por alto que todas se habían retroalimentado.

Por el contrario, quien había puesto en duda la continuidad de la convertibilidad había sido Eduardo Duhalde, y el núcleo duro de sus votantes podía reconocerse entre los más castigados por el ajuste. Paradójicamente, en lo referido a la propuesta económica, la Alianza oficiaba como heredera del menemismo, mientras que el PJ parecía decidido a liquidarlo.

Esto era así a tal punto, que el Ministro de Economía de De la Rúa, José Luis Machinea, era partícipe de los lineamientos doctrinarios de Cavallo y maestro en fogonear las privatizaciones como funcionario de Alfonsín.

Por si fuera poco, su gabinete incluía a otros dos fundamentalistas del mercado: Adalberto Rodríguez Giavarini y Ricardo López Murphy. Por eso no sorprendió que Machinea intentara apagar el incendio echando más leña al fuego y que, en lugar de buscar una salida a la inminente crisis a través de la producción, tomara nuevas medidas monetaristas, como el denominado "blindaje financiero", que significó la renegociación de los vencimientos de unos 40 mil millones de dólares para poder conservar la convertibilidad.

Más tarde, implementó el consabido ajuste, promoviendo los "retiros voluntarios" en el ámbito del Estado, al costo de solicitar nuevos préstamos al Banco Mundial, e impuso nuevos recortes a sueldos, jubilaciones y salud pública, y hasta intentó cerrar la agencia de noticias Télam.

La única iniciativa productiva de Machinea consistió en el lanzamiento de un Plan de Infraestructura por 20.000 millones de dólares, que nunca fue llevado a la práctica, por "razones presupuestarias".

El próximo paso de la política de ajuste consistió en la elaboración de un proyecto de reforma laboral, que provocó un escándalo en marzo de 2000, cuando el sindicalista Hugo Moyano denunció que el Ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, había comentado a un grupo de dirigentes gremiales que disponía de una tarjeta Banelco para conseguir que los senadores del PJ le dieran su aprobación.

De la Rúa, con inusual rapidez, salió a desmentir esa afirmación y la opinión pública pareció satisfecha, habida cuenta de la tendencia de Moyano a realizar declaraciones efectistas. Sin embargo, cuando el proyecto de reforma parecía retirado de la agenda, el 26 de abril de 2000 varios senadores del PJ dieron quórum y votaron afirmativamente la media sanción de la ley, que habilitó la firma de convenios laborales por empresa, en reemplazo de las convenciones colectivas de trabajo, lo cual debilitó la capacidad de negociación de los trabajadores y provocó un nuevo retroceso en sus niveles salariales y condiciones de trabajo. Pocos días después, el 11 de mayo, Diputados le dio aprobación definitiva.

El Vicepresidente Chacho Álvarez demostró públicamente su desagrado con lo sucedido y le solicitó a De la Rúa que los actores sospechados abandonasen sus cargos para preservar la imagen de la Alianza. De la Rúa, sin embargo, desestimó el planteo de su vice, quien optó por renunciar al cargo el 6 de octubre de 2000.

Aunque De la Rúa aseguró que no había crisis y que mantendría su gabinete, pocos días después fueron removidos varios funcionarios procedentes del Frepaso y del alfonsinismo, como Rodolfo Terragno, Nicolás Gallo, Ricardo Gil Lavedra, Juan José Llach y Alberto Flamarique. Para marzo de 2001, la ruptura se completó con el alejamiento de los ministros Federico Storani (Interior), Graciela Fernández Meijide (Acción Social) y José Luis Machinea (Economía), en disconformidad con el rumbo de la gestión. El nuevo gabinete expresó así al delarruismo en estado puro.

Octubre de 2000 marcó el inicio del declive sin retorno de De la Rúa. La renuncia de Álvarez había colocado como número dos y eventual reemplazo presidencial al senador del PJ Ramón Puerta, en tanto que el Frepaso, con Aníbal Ibarra, había reemplazado al radicalismo en el gobierno de la CABA. Para peor, la economía se hundía y la protesta social se incrementaba.

El reemplazo de Machinea por Ricardo López Murphy, en marzo de 2001, significó un nuevo impacto para la autoridad presidencial. El nuevo ministro expresaba la ortodoxia liberal más radicalizada, e inmediatamente anunció un duro recorte sobre áreas tan sensibles como la salud y la educación. El repudio fue general, incluido el Frepaso, Graciela Fernández Meijide se alejó del ministerio de Acción Social, y los sectores más progresistas de la UCR. Al cabo de dieciséis días el ministro debió renunciar y su proyecto quedó archivado.

De la Rúa no tenía ya candidato de recambio ni plan político. Ante la presión del establishment designó a Domingo Cavallo, otorgándole plena libertad para implementar las políticas que demandaba el mercado.

Nueve días después de su asunción, el Congreso Nacional le otorgó una serie de facultades extraordinarias, denominadas "superpoderes". Cavallo insistió con su tradicional arsenal de medidas, que paradójicamente eran las que habían producido la crisis.

Entre otras, disminuyó la carga impositiva sobre las empresas e implementó el impuesto a los débitos, que se aplicaba sobre los precios finales. Ante su fracaso, en julio lanzó un programa recesivo de "déficit cero", que a duras penas fue aprobado en el Congreso.

En noviembre implementó el llamado "megacanje", una pésima renegociación que incrementó la deuda externa, que trepó a 180 mil millones de dólares.

Fiel a su estilo, rechazó las sugerencias a favor de una salida ordenada de la convertibilidad y presentó lo que denominó "efecto empalme". Este anuncio tuvo un aspecto tragicómico cuando De la Rúa, al querer explicarlo, terminó por evidenciar que no sabía de qué se trataba ni cómo iba a funcionar.

Dicho "efecto empalme" consistía en incorporar el euro a la convertibilidad mediante un mix con el dólar, pero previamente las cotizaciones debían igualarse, ya que por entonces la paridad era de 1 euro por 0,80 centavos de dólar.

El deterioro de la institucionalidad política fue estimulado por los medios de comunicación. En ocasión de las elecciones legislativas de 2001, Clarín instó al ejercicio del denominado "voto bronca", por medio de la anulación del sufragio o la inasistencia electoral.

La mayoría de los medios le sirvió como caja de resonancia, ya que competían entre sí para ver quién sugería la leyenda más ingeniosa para introducir en los sobres electorales: "Todos prometen. Nadie cumple. Vote a Nadie", "Vote a Clemente: a lo mejor no roba porque no tiene manos", "Vote a las prostitutas: votar a sus hijos no dio resultado".

La campaña del "voto bronca" alcanzó un éxito de proporciones, a la luz de los resultados electorales. A nivel nacional, la opción más votada fue la negación de la política, ya que el 42,67% del padrón electoral, 10.300.000 ciudadanos, no asistió, votó en blanco o anuló su voto. Los partidos políticos perdieron 4.400.000 de votos en relación con la elección anterior. La Alianza perdió casi 6.000.000 de votos entre 1999 y 2001, ya que de 9.167.404 quedó en 3.250.396, en tanto el PJ resignó 2 millones, pasando de 7.254.147 a 5.267.136 de sufragios obtenidos.

Sin embargo, aun cuando la Alianza y el PJ habían perdido un importante caudal de votos, la merma no había sido equivalente ni tenía consecuencias similares. Para la Alianza, el colapso electoral significaba la pérdida de la mayoría en Diputados, una masiva desaprobación social de la gestión presidencial y un veto a las políticas desarrolladas hasta entonces.

El PJ, en cambio, había conseguido retener la Cámara de Senadores y alcanzar la mayoría en Diputados, lo que le asignó un papel protagónico para la segunda mitad del mandato de De la Rúa.

En particular, algunos actores eran los ganadores netos de la jornada electoral. En principio, los candidatos del PJ considerados como presidenciables, que habían conseguido revalidar su condición con excelentes resultados: José de la Sota, Carlos Reutemann, Carlos Ruckauf y Néstor Kirchner. Sin embargo, el gran vencedor de la elección había sido Eduardo Duhalde, quien, luego de su derrota presidencial y sin contar con el respaldo del Gobernador Ruckauf, había obtenido 1.900.000 sufragios, 300 mil más que el voto bronca y casi 650 mil más que su competidor, Raúl Alfonsín.

La campaña del voto bronca había conseguido que los indecisos y los independientes se autoexcluyeran de la elección, beneficiando a quienes ejercían el control de un aparato gubernamental o partidario. Clarín había propiciado la resurrección política de Duhalde.

Mientras que la situación económica y social se derrumbaba, el gobierno de De la Rúa se encontraba sumido en una especie de autismo, sin atinar a reaccionar. El único que demostraba iniciativa era el superministro Cavallo, pero sus medidas solo profundizaban la debacle.

El malestar social iba en aumento: los ingresos de jubilados y empleados públicos habían sufrido un recorte del 13 por ciento, en muchas localidades se pagaban los sueldos en bonos con escaso valor de compra y el empleo informal se extendía favorecido por las leyes laborales y la tolerancia de las autoridades.

Los ahorristas empezaron a retirar sus depósitos en divisas ante el temor a una devaluación, conducta que el ministro trató de contener haciendo aprobar, el 29 de agosto, una Ley de Intangibilidad que garantizaba que los depósitos estarían protegidos de cualquier intromisión estatal. Nadie le creyó. Su credibilidad se había esfumado.

Entonces, el 1 de diciembre, Cavallo instrumentó el corralito, autorizando a retirar un tope de 250 pesos semanales de las cuentas bancarias. También prohibió el envío de divisas al exterior para preservar la menguante base que sostenía la convertibilidad. La decisión llegaba tarde: los grandes tenedores se le habían adelantado, alertados por "filtraciones". Para peor, la medida recibió la sanción del FMI, que retuvo los 1.260 millones de dólares que quedaban pendientes del megacanje.

Los piquetes y manifestaciones de desocupados y trabajadores se volvieron cotidianos. A esto se agregó la rebeldía en los sectores medios, perjudicados por las últimas medidas bancarias adoptadas.

Ante la profundización de la crisis económica y social, el oligopolio Clarín y los grandes medios de comunicación profundizaron su discurso destituyente y se aplicaron a ridiculizar la ya desprestigiada figura del presidente, destacando su incapacidad y lentitud. La campaña parecía una remake de los tramos finales del gobierno de Illia. Al fin y al cabo, De la Rúa había llegado de su mano a Buenos Aires.

El paso siguiente fue la proliferación de saqueos a comercios, protagonizados por los sectores más humildes, en distintos puntos del país, acicateados por punteros y oportunistas. Muchos creyeron ver la mano encubierta del gobernador bonaerense, ya que el conurbano bonaerense se convirtió en el eje de un nuevo estallido social. Las angustiantes escenas del final del gobierno de Alfonsín se repetían en el epílogo de un nuevo gobierno de la UCR.

Desprovisto de todo apoyo partidario, De la Rúa dio una nueva muestra de su incapacidad política, decretando el estado de sitio el 19 de diciembre de 2001. La decisión fue tomada como una provocación, y la conflictividad se incrementó. Esa misma noche estalló una rebelión popular.

Columnas de manifestantes provistos de cacerolas y militantes de la mayoría de las organizaciones partidarias marcharon a Plaza de Mayo para exigir su renuncia. Entonces, quien había pretendido presentarse como una especie de prócer de la institucionalidad y de los valores democráticos, cambió su piel, de carnero a lobo, y ordenó una brutal represión, que concluyó con un saldo de 35 muertos y multitud de heridos y detenidos.

Esa misma tarde, aislado y repudiado socialmente, De la Rúa presentó su renuncia y abandonó la Casa Rosada a bordo de un helicóptero. La imagen quedó grabada en la memoria colectiva de los argentinos, como paradigma del naufragio provocado por la aplicación inmoral del programa neoliberal.

Habían transcurrido dos años y diez días de su asunción del gobierno. Para De la Rúa era el fin. En la calle, la sociedad argentina soportaba su propio infierno.

A 20 años de la caída de De la Rúa: las reflexiones de su exvocero Juan Pablo Baylac

Juan Pablo Baylac, quien fuera vocero presidencial de Fernando De la Rúa, dio detalles acerca de cómo se vivió ese momento en el interior de la Casa Rosada.

El estallido social de los días 19 y 20 de diciembre del 2001 desencadenado por el descontento social a las medidas económicas tomadas el 3 de diciembre con la firma del decreto Nº 1570 por el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, terminaron con el Gobierno de La Alianza, conducido por Fernando De la Rúa.

El comienzo del fin se había desencadenado mucho antes por conflictos internos en la alianza gobernante, la renuncia del vicepresidente Carlos Chacho Álvarez, a menos de 2 años de la llegada al poder, la falta de apoyo de los principales líderes de la UCR a un presidente de su partido, el desgaste de una oposición tóxica que se preparaba para tomar el poder.

Sumado a la grave crisis económica, la pobreza llegaba al 46 % de la población y 3 de cada 10 trabajadores eran desempleados; las medidas tomadas por el ministro "Todopoderoso" Domingo Cavallo fueron la gota que rebalsó el vaso.

Argentina se había sumergido en su crisis más profunda de su joven democracia. En ese diciembre negro empiojado por sectores que buscaban la caída de un gobierno democrático.

Colapsaron todos los resortes de la sociedad. Se abren heridas en una sociedad que no cicatrizan y están lejos de sanar.

El diario mendocino, MDZ habló con Juan Pablo Baylac, quien fuera vocero presidencial y uno de los funcionarios que estuvo con Fernando De la Rúa hasta el último minuto de su mandato.

La charla arrancó con la consulta acerca de que si existen similitudes de la crisis actual por la que atraviesa el país con el 2001.

El ex vocero presidencial afirmó que a nivel de superficie la situación que estamos viviendo se parece mucho al 2001, y agregó: "Hay una crisis de financiamiento, debilidad de la moneda, un presidente sin poder envuelto en una crisis en la coalición de gobierno agudizada por la derrota electoral. Que es la misma situación que ocurrió con De la Rúa ese 30 de octubre cuando el peronismo ganó en todos lados. Mirándolo superficialmente la situación es muy parecida".

Juan Pablo Baylac, se sumergió en el análisis: "A niveles profundos la situación no es parecida porque ocurrieron cosas que no ocurren en este gobierno. En el gobierno de De la Rúa el señor Chacho Álvarez, uno de los líderes de la Alianza, decidió renunciar a la vicepresidencia de la República. Ese fue el primer dato de debilidad del gobierno de carácter institucional muy importante. La renuncia fue con una justificación inédita, como fue darle verosimilitud a un panfleto anónimo en el que decía que habían existido coimas en el senado. Finalmente, la justicia declaró delito inexistente".

Aseguró además que "otra de las cosas por las cuales la situación actual no se parece a la del 2001, es porque no hay un Cavallo en el Gobierno todavía, que de alguna manera promueve en el peronismo un aislamiento del presidente. Como ocurrió con el radicalismo que le saco su apoyo a Fernando De la Rúa".

El exvocero presidencial afirmó que otro de los motivos que derivaron en la crisis económica del 2001 fue por el incumplimiento del Fondo Monetario Internacional: "El FMI no quería cumplir con lo que había prometido después del blindaje y del megacanje que eran 8.000 millones de dólares, que insuflaba una salida a la convertibilidad mucho más ordenada permitiendo de alguna manera resolver el déficit que se había heredado del gobierno de Menem. Las características de la herencia del gobierno de De la Rúa se parecen en cuanto al déficit y en cuanto a la recesión, pero no en la magnitud que eran de 11.000 millones de dólares. Hoy en día las negociaciones son más dinámicas con un gobierno normal. No como ahora que están haciendo de la negociación con el FMI lo mismo que hicieron con los holdouts, concebir como un enemigo al Fondo y tratar de negociar. La verdad es como jugar con el veneno de la cobra, con la cobra en la mano. No es entendible la estrategia".

Otra de las similitudes que marcó Juan Pablo Baylac, entre el gobierno de De la Rúa con el de Alberto Fernández tiene que ver con los actores que van horadando la figura presidencial, esto decía: "El scrum del empuje hacia el gobierno de De la Rúa estaba afuera del gobierno, acá está adentro. El scrum contra Alberto Fernández lo conforman Cristina y su gente desde el Instituto Patria, empujando todo el tiempo. Como se resuelve eso Dios lo dirá y cuál es el resultado de eso Dios lo dirá".

Agregó que "no existe un Duhalde y no existe un Alfonsín, como existieron durante el gobierno de La Alianza, en marzo del 2001 decidieron ser candidatos a senadores. A mi entender con la especulación, por las dudas, de que se aplique la Ley de Acefalia Que suponía la posibilidad de ser presidente Duhalde porque se había quedado con las ganas y Alfonsín porque no lo quería a Cavallo".

Por otra parte, el exvocero de Fernando De la Rúa sostuvo que quienes empujaron el golpe blando contra el gobierno de La Alianza hoy son oficialistas: "La verdad es que en la coalición de la decadencia en la Argentina integrada por sindicalistas como Moyano y tantos otros de aquel tiempo; el peronismo, la UIA, CAME y otras organizaciones empresariales de una u otra manera al grito de OID MORTALES, EL GRITO SAGRADO DEVALUACION. DEVALUACION… DEVALUACION… hicieron lo imposible para que no ocurriera otra cosa más que devaluar. Y la iglesia bendijo ese golpe blando que recibió Fernando De la Rúa, hoy está con el gobierno. Con lo cual digamos los devaluadores, los sindicalistas, el peronismo y la iglesia están con el gobierno. Esas fuerzas que las que empujaron al gobierno de De la Rúa a renunciar en vez de consensuar una salida hoy están del mismo lado de la vereda".

En la extensa charla, Baylac, contó un hecho poco conocido: "Felipe González, se había autoconvocado para juntar con México, el multimillonario Slim, el Gobierno de España y el Gobierno de Cardozo en Brasil, capitales para poder financiar una salida a la convertibilidad. Obviamente fue imposible, porque el peronismo con sus socios aceleró después de haber ganado la elección del 30 de octubre. Bloqueando toda posibilidad de acuerdos para que el gobierno caiga".

En cuanto a la posibilidad de que Argentina pueda llegar a revivir una situación similar, el exfuncionario de la Alianza aseguró que esa es una de sus mayores preocupaciones: "Yo no lo deseo, porque todo el caos que se generó alrededor del 19 y 20 de diciembre del 2.001 fue inducido por dirigentes peronistas, intendentes del conurbano y punteros. Las muertes de esos días no ocurrieron en la Plaza de Mayo. En el imaginario colectivo creen que las 39 víctimas de esas jornadas murieron en la Plaza de Mayo. En realidad, murieron 5 en la Plaza de Mayo y aledaños, 3 en manos de custodios de edificios y negocios y 2 que no se sabe todavía quien los mató. El gobierno no ordenó reprimir, fue la Jueza Servini de Cubría la que estaba a cargo de la plaza".

Por la represión del 20 de diciembre, Baylac responsabilizó al comisario encargado de la seguridad en la Plaza de la República: "Alguna vez la historia va a juzgar la actitud del comisario Giacomino que era el responsable de la Federal en Plaza de Mayo, el día 20 mando a la caballería a reprimir a los militantes que estaban ahí. Lo peor que le puede pasar a una manifestación es que la policía ingrese con caballos. Giacomino terminó siendo jefe de la Policía Federal con Duhalde, debería explicar esa decisión".

Afirmó también que fue Duhalde con el corralón de enero del 2002 quien le confiscó los depósitos a los argentinos y agregó: "El gobierno de Fernando De la Rúa sufrió un golpe blando, con factores que tenían intereses en el resultado de ese golpe como fue la pesificación asimétrica, perjudicando a todos los que tenían depósitos. En el imaginario colectivo está que en el corralito de De la Rúa les confiscaron los depósitos, en realidad fue el corralón de Duhalde del 6 de enero del 2002, al pesificar asimétricamente confiscó los depósitos de la gente. Devaluó un 40%, pago un año después los depósitos a $1,40 por dólar. Algunos ahorristas cobraron mucho después, tenían juicios, no aceptaron la propuesta que habían armado Duhalde y Lavagna de pagar a $1,40 por dólar".

Juan Pablo Baylac afirmó: "Sin embargo, en el imaginario colectivo, el pobre De la Rúa se llevó a la tumba esa monserga que no fue el corralito, esto debería ser aclarado porque la convertibilidad siguió en vigencia hasta el 2 de enero del 2002. Fue Duhalde con el corralón, quien le impidió a la gente sacar sus depósitos. Esto no se esclarece porque demostraría que la solución no fue mágica y que el dolor existió, lo que pasa que en la política argentina a los políticos no les gusta hacer conocer los dolores que provocan con sus decisiones".

Finalmente, Baylac responsabilizó a Eduardo Duhalde y al peronismo por la caída del gobierno de De la Rúa: "Sin esto no quiero dejar de responsabilizar acciones que ocurrieron en el gobierno de la Alianza. El golpe de gracia fue la neutralización que le hicieron a De la Rúa, para que el FMI no girará los fondos. A mí me consta que Duhalde y otros peronistas fueron al Fondo a pedir que no giraran el préstamo, porque el gobierno de De La Rúa no iba a seguir, por lo cual tengan cuidado en mandar los dólares".

En una entrevista radial del 2019, Eduardo Duhalde reconocería que tuvo que ver con la caída de Fernando De la Rúa. El exgobernador de provincia de Buenos Aires dijo: "Puede ser cierto que yo tenga que ver con la caída de Fernando de la Rúa".