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Camaralenta

a Paco Urondo

Y recién entonces, cuando la ciudad aparece a lo largo de los días sumergida en ese olor acre y dulzón, cuando la soledad se acumula a los tachos de basura; recién, lo podés ver caminando despacio entre todo  el humo de las fogatas mal apagadas.

Camina como en cámara lenta. Alza suavemente un pie, mientras el otro se queda precariamente inmóvil. Después, con ese mismo pie que desciende, corre hacía un lado una lata semivacía o un pedazo de caucho quemado.

Se queda un tiempo así, hasta que llegan ellos y, súbitos, van  a su encuentro. Y mientras los silbatos resuenan hasta en cada uno de los insterticios del cemento, ves como se desploma, con sus pulmones despiden un líquido espeso, compañero (imaginás) de esa última sensación, aquella, la de la ciudad sitiada apagándose diafanamente.

Cierras los ojos y vuelve la inevitable certidumbre del viaje, las prolongadas palabras negándose a ser pronunciadas. Y entonces fue como decir “agua” en lugar de “te voy a extrañar” o aquello otro, posible y verdadero, más que lo marchito que por fin salía: algo mágicamente seco, ya procesado en un fondo vacío, donde esas palabras se disfrazaban de lo que no eran, que nunca habían sido y que pobremente has remachado en tu memoria.

Cierras los ojos y  te ves a vos misma, a tu hijita y a Martín en un día frío y silencioso. Y lo podés ver solo, con una mano tendida al cielo, en esa calle desierta. Y podés verte encontrando las palabras adecuadas, ya agotadas, agolpándose, mezcladas en el ámbito desolado de ese colectivo de vidrios empañados y paisaje difuso.

Cierras los ojos que perciben un rápido destello de la pantalla del televisor. Y en él, la cámara ha paneado suavemente sobre ese otro hombre, evadiendo cualquier objeto para centrarse en su cuerpo baleado.

"Cierro los ojos y pienso, compañera, que la revolución es permanente. Un sueño permanente. Tiene que serlo, amiga mía. Y más en nosotros que somos los portavoces de ella. Y si cierro los ojos es para vislumbrar la mejor estrategia. El enemigo puede habitar en cada uno de nuestros deseos, por eso es allí, donde debemos empezar a hacerle frente. Como bien sabrás, él se desboca ante la manifestación más inocente. Claro que ya en estos tiempos no las hay, inocentes digo, y por esto, debemos ser cuidadosos.

El aparato montado por el poder es implacable y no puede omitir ni las palabras más lavadas y ante la duda ha optado por hacer desaparecer libros, discursos y personas bajo su gran maquinaria. Y entonces ante tanto temor que este provoca, estamos nosotros, con la palabra y el gesto de los oprimidos. El obrero, el estudiante, el poeta son una sola y gran mirada. Son una sola y gran palabra. Y decimos ¡basta!¡aquí estamos nosotros para frenar tanto desenfreno!¡por todos nuestros compañeros caídos!

Cierro los ojos, querida, y mi pensamiento es mi confianza que se apoya en el profundo desprecio por este mundo desgraciado. Y me digo que daré mi vida para que nada siga como está".

Ahora ves a Martín que camina como en cámara lenta. Alza suavemente un pie y en ese instante un viento se levanta abrupto, helando la ciudad oscurecida. Algo de basura liviana rueda indefinidamente. Ya no hay gente a esas horas de la noche. En las calles adoquinadas de provincia, aun sin quererlo, los pasos resuenan con golpes secos. Ves a Martín. Ha cubierto la retirada de unos compañeros, pero ahora está emboscado. Y él lo sabe. Camina como en cámara lenta. Con una de sus manos empuña el arma y con la otra se lleva una cápsula de cianuro a la boca. Mira hacia los costados, arriba, abajo; su mirada puede captar el movimiento mínimo. A unos metros está el auto salvador, pero no tiene ilusiones. No tiene más que el sigilo de un gato y la ferocidad que da la cercanía de la muerte.

Y ves a Martín allí, parado, casi indefenso. Y aunque no querés, lo volvés a ver una y  otra vez.

"Abro los ojos, mi amor, y esta lágrima es por nosotros; por vos chiquita, por mí, por papá. Por esos hombres y mujeres que caminan por la calle, incrédulos.

Toda la vida he pensado que algo tenía que cambiar. En un tiempo, cuando estaba con tu padre, me pareció que el cambio era inminente. Luego sucedió todo. Esa terrible desolación que aún no termina. Y me digo que nunca se hizo lo suficiente para que esto cambie. Y claro, el miedo me acobarda, una vez más, como a todos esos, los de la calle.

Y pienso que por vos algo tendría que valer la pena y sigo, día tras día, llevando a cuestas el fantasma de no saber qué fue de tu padre. Es cuando reflotan sus pensamientos. Su conducta inamovible. Su ética clara...

Abro los ojos y la televisión me muestra al hombre muerto. Y pienso en su familia, en su desdicha. Y también pienso en los asesinos. En sus caras. En la desfachatez de cómo aseguran que todo debe ser así. Desde siempre. Y yo inmóvil como los demás, mirando todo desde nuestros encierros. Y entonces un gran odio me llena, me rebasa y no lo contengo.

Lloro. Y tu padre está aquí nuevamente, acariciándome, llamándome la compañera de sus días, besándome, haciendo un amor dulce y libre, como solo un hombre libre puede hacerlo".

Abre los ojos y ya no volverá a cerrarlos. El frío ha logrado penetrarlo y lo adormece acompasadamente. Más allá, detrás del haz de luz concentrado sobre un sector del camino, el auto.

De pronto lo ves caminar, después, correr. El auto está lejos todavía cuando se abre el fuego desde la amplia oscuridad. Sentís como su carne es perforada, pero aun así, él puede llegar al auto, malherido y probablemente ya sin frío. Los ves venir desde todos lados y es ahí cuando él lleva al paladar y muerde la cápsula que descansaba debajo de su lengua. Cuando le descerrajan dos tiros en la cabeza, tenés la certidumbre de que Martín los está mirando imperturbable y muerto.

Y recién entonces, cuando el viento llega a la ciudad, que a lo largo de los días, se halló sumergida en ese olor acre y dulzón; recién y gracias al aire nuevo que trae consigo, podés respirar mejor. Llega con la noche, cuando los barrenderos municipales tratan de limpiar las calles, después de la huelga general de veinte días. Después de las manifestaciones y de la muerte del obrero.

Poco a poco todo vuelve a su lugar y solo los noticieros tienen las imágenes, suspendidas, interminables, de lo que fueron los sucesos.

Y mientras el viento se levanta suave y helado, y en tu casa preparás el mate y el agua se calienta, pensás en el hombre muerto ese día. Pensás en Martín, en vos misma y en tu hija, quien se encuentra a tu lado. En un momento la joven pregunta por cualquier cosa y, tomando una iniciativa repentina, vas y traes varias carpetas con fotografías.

Te quedás así, mirando fotos y hablando hasta que te inflamás de cansancio, en un amanecer que bulle silencioso por la pequeña ventana de la cocina.