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"Felices Pascuas, la casa está en orden", la frase que inmortalizó el expresidente Alfonsín

En 1987, un alzamiento carapintada, comandado por el Teniente Aldo Rico, mantuvo en vilo al país mientras transcurría Semana Santa.

Durante aquellos inolvidables cuatro días de 1987, que tuvieron su inicio el 19 de abril, el Teniente Coronel Aldo Rico y sus carapintadas tomaron la Escuela de Infantería de Campo de Mayo.

Todo terminó en la rendición de las tropas sublevadas frente a la presencia de Raúl Alfonsín, que había volado hasta el lugar en el helicóptero presidencial.

En aquel tenso momento en que la joven democracia argentina estaba en peligro, hubo negociaciones y una charla entre el golpista Aldo Rico y el entonces Presidente Raúl Alfonsín.

La aeronave trasladó al presidente desde Casa Rosada a Campo de Mayo y, tras lograr que las tropas sublevadas depusieran su actitud, Alfonsín fue de nuevo a Casa Rosada y desde el balcón dio un mensaje a la ciudadanía, intentando llevar tranquilidad a todos los hogares argentinos.

Hubo dos discursos de Alfonsín, uno antes de ir a Campo de Mayo y otro al regresar, ambos ofrecidos desde Casa Rosada.

Fueron 9 minutos que luego se convertirían en una lección de educación cívica y de compromiso con la democracia para todos los argentinos y argentinas de buena entraña.

La sombra del Señor Presidente

Reproducimos en esta nota una historia verídica escrita por el periodista Jorge Fernández Díaz. Este relato fue publicado en La hermandad del honor, libro editado por Planeta Argentina.

La sobra del Señor Presidente

Nunca tuvo conciencia de que estaba sacando la Browning 9 milímetros. Después se la encontró en la mano. La razón va en cámara lenta, pero el instinto viaja a la velocidad de la luz. Tampoco tuvo conciencia de que había interrumpido el discurso de un expresidente arrebatándolo de la tribuna, arrastrándolo hasta el piso y protegiéndolo con su propio cuerpo. Todo eso había ocurrido por acto reflejo, en dos o tres segundos, luego de ver por el rabillo del ojo que abajo, hacia la izquierda, un hombre entre la multitud había extraído un revólver calibre 32 con la intención de matar de un tiro a Raúl Alfonsín.

Era una noche calurosa de febrero de 1991, estaban en una calle céntrica de San Nicolás, y el público se desbandaba a los gritos. Daniel Tardivo pertenecía a la División Custodias Especiales, y desde 1983 oficiaba de sombra armada de un gallego cabeza dura que andaba predicando la democracia por cada pueblito del país a pesar de haber tenido que entregar el gobierno antes de tiempo y también de haber caído provisionalmente en desgracia política.

Tardivo, esa noche, había colocado a varios de sus hombres en lugares estratégicos. Y de hecho uno de ellos surgió de la muchedumbre que escuchaba a don Raúl y le levantó a último momento el brazo a aquel desconocido que blandía un revólver negro.

El desconocido había prestado servicios en Gendarmería Nacional, tenía algunos problemas mentales, y en el instante de ser atrapado intentó igualmente disparar. Gatilló el revólver 32 pero la bala quedó atascada en el cañón, y el custodio atenazó al sujeto, lo desarmó y lo redujo en un santiamén. Arriba del palco, Tardivo se revolvió con la Browning y por unos minutos dio órdenes y mantuvo el alerta.

Alfonsín quería incorporarse, pero su guardián no lo dejaba: podían no ser uno sino varios los asesinos, podían atacar el escenario. En esos momentos de confusión todo puede ocurrir y nada debe descartarse.

Cuando estuvieron seguros de que el peligro había terminado, Tardivo quiso meter al doctor en un auto y sacarlo de aquella ciudad. Pero Alfonsín se negó enfáticamente, se limpió y acomodó el traje, tomó el micrófono y minimizó, con pocas palabras, lo que había ocurrido. Recibió una ovación y el acto siguió como si nada. Luego tocaba una cena partidaria en un club, y habían recibido amenazas de bomba. Tardivo trató de persuadir a su "protegido" de que fueran directamente al hotel, pero "el padre de la democracia" lo miró con cariño y le dijo: Mentira, Danielito, nos quieren joder. Vamos a comer igual.

Fueron a comer después de que la brigada de explosivos revisara el lugar. Danielito jamás vio un atisbo de miedo en los ojos del abogado de Chascomús. El agresor de aquella noche fue indagado, procesado y condenado. Lo confinaron a un neurosiquiátrico y a los dos años se quitó la vida.

Tardivo entró en la policía por influencia de un vecino y revistó tres años en la Comisaría 32, pero no corrió allí muchas aventuras: sólo atendía al público y hacía tareas de oficina. Un superior que le tenía una confianza ciega influyó para que, con sólo 23 años, integrara la flamante División Custodia Presidencial, que se abría para proteger en democracia al presidente electo dentro y fuera de la Casa Rosada y la Residencia de Olivos. La unidad se inspiraba en metodologías del FBI y del servicio secreto norteamericano. Casi todos eran policías jóvenes y sin mucha experiencia operativa. Pero fueron entrenados para la discreción total, para identificar a un sospechoso de una ojeada, para subir a un "protegido" en tiempo récord a un auto, para cubrirlo con su cuerpo, para disparar en movimiento, para armar itinerarios de seguridad y para comprobar entradas y salidas.

Tardivo tiene ochenta por ciento de efectividad en tiro de pistola, y aprendió los trucos del escudo humano con rapidez. En 1983 había votado por primera vez en su vida. Y lo había hecho por Raúl Alfonsín. Cuando lo vio en el Hotel Panamericano, donde el líder radical preparaba la transición, sintió por dentro la emoción de esa coincidencia, pero se cuidó mucho de hacerla visible. Tardivo es parco como una sombra. Tardivo es una sombra. Protegió a Alfonsín durante sus años de gobierno, vio por dentro la Semana Santa carapintada y no lo acompañó al Messidor, cuando el gobierno radical se cayó a pedazos, porque su misión consistía precisamente en quedarse a preparar el regreso a Buenos Aires. Lo acababan de trasladar a la División Custodias Especiales, y estaba asignado al expresidente, que alquiló una casa en el barrio de Belgrano y un estudio en la Boca.

Desde ese momento, Tardivo le dedicó a Raúl Alfonsín días, tardes y noches; de lunes a lunes, con feriados o sin ellos. Lo acompañó a todos los viajes y campañas, y cenó con Alfonsín casi todas las noches de su vida: el expresidente tenía comidas con políticos y Danielito iba primero, revisaba el restaurante, colocaba un custodio en la vereda y luego ocupaba una silla, mesa por medio, para mirar todo el tiempo de frente a su "protegido" mientras un compañero vigilaba la puerta de calle.

La relación entre el viejo caudillo y el joven y silencioso guardaespaldas, que también le servía de chofer y de compañero de paddle, se fue haciendo cada vez más estrecha. Todo lo que Tardivo aprendió en la vida se lo enseñó, por lección, acción u omisión, Raúl Alfonsín. Y al cabo de los años ya era parte de la familia. Daniel Tardivo es un profesional frío y eficiente, pero ese magnífico viejo gruñón lo perdía. En el cruel invierno de 1999, por la ruta provincial 6, que une Bariloche con Ingeniero Jacobacci, se pegó el gran susto de toda su carrera. Fue cuando marchaba en un jeep en medio de la nevisca, abriendo paso y mirando para atrás una y otra vez. En un momento dado percibió que la camioneta donde los seguía Alfonsín con otros dirigentes rionegrinos se había perdido de vista. Retomó de inmediato la ruta escarchada y resbalosa y al volver de frente vio, como en una alucinación, que la camioneta había volcado y que en medio de la nieve yacía un bulto negro: el cuerpo de su "protegido".

El expresidente nunca quería colocarse el cinturón de seguridad: Es un agravio para el conductor, Danielito, ironizaba. Colocárselo implica sospechar de la poca pericia del chofer.

Daniel trató cien mil veces de convencerlo, pero jamás pudo. Ahora la camioneta había volcado y Alfonsín había atravesado el parabrisas y estaba incrustado en la nieve. Tardivo corrió hacia don Raúl, lo dio vuelta y agradeció escucharlo quejarse porque pensaba seriamente que se había mudado al otro barrio. Lo subieron entre varios a su jeep y lo llevaron inconsciente kilómetros y kilómetros en medio de esa maldita tormenta blanca. Alfonsín gemía de dolor, con los ojos cerrados y la cara acerada. Su ángel guardián sentía impotencia. Ni los celulares tenían señal en aquellos páramos. Llegaron a una precaria sala de auxilios y lo subieron luego a una frágil y destartalada ambulancia. Daniel iba a su lado, sin sentir siquiera el frío y con los testículos en la garganta. Al final internaron al expresidente en General Roca con un diagnóstico aterrador: "Traumatismo de tórax con once fracturas en las costillas, contusión pulmonar, derrame pericárdico e insuficiencia respiratoria".

Estuvieron toda la noche en vela, esperando que los médicos dieran un nuevo parte, y recibiendo miles de llamadas de todo el país. Después se decidió su traslado a Buenos Aires y su ingreso a una sala de terapia  intensiva del Hospital Italiano.

Tardivo montó un cerco de seguridad en el hospital, y pasaron allí cuarenta días angustiantes. Principalmente los primeros: Alfonsín estaba en coma y el médico les recomendaba a los familiares que le hablaran porque eso podía ayudarlo a recuperar el conocimiento. Tardivo entraba a las seis de la tarde a su habitación y lo saludaba, y se quedaba esperando en vano, tímido y respetuoso, que el hombre atado a ese respirador hiciera el mínimo gesto.

Alfonsín fue recuperando paulatinamente la lucidez y la motricidad. Lo dieron de alta, pero tardó tres meses en volver a su rutina. Nadie puede proteger al "protegido" de la fatalidad. Se lo puede incluso proteger, y hasta cierto modo, de la muerte inducida. Pero nadie puede proteger a un hombre de su destino.

Apenas dos años más tarde, durante los tristes sucesos de 2001, el guardián sentía la renovada bronca de Alfonsín. Que se vayan todos, que se vayan todos, repetía entre dientes Raúl cuando escuchaba los cánticos. ¡No somos todos iguales! Ya residía en el octavo piso de un edificio de departamentos de la avenida Santa Fe. En el quinto tenía sus oficinas. La Argentina era un polvorín y no había distingos: todos los políticos estaban acusados de ineptos y de ladrones.

Alguien avisó por teléfono a Tardivo que había una manifestación frente al domicilio de don Raúl. Voy a bajar, Danielito, le advirtió. Tardivo manejaba lentamente el coche y trataba de disuadirlo. No, voy a bajar igual, ¿sabés?, insistía Alfonsín, lleno de ira. Pará acá. ¡Pará ya mismo! Cuando Daniel dobló en la esquina, Alfonsín levantó la traba y abrió la puerta. El custodio tuvo que frenar para que el expresidente no se lastimara. Alfonsín salió con ánimos de plantar cara y, si era necesario, agarrarse a piñas. Tardivo dio aviso por radio y se tiró desesperadamente a tierra para cubrirlo y sacarlo del tumulto. Eran ochenta contra dos. Los exaltados lo insultaban y Alfonsín les devolvía el obsequio con argumentos gritados y también con puteadas largas. Tardivo se había puesto en el medio, pero no podía impedir que le pegaran por detrás: el caudillo recibió patadas en los tobillos y trompadas en los riñones. Su custodio lo arrastró como pudo, y vio que aparecía un patrullero, y en un impulso lo metió en el edificio y cerró la puerta.

En los últimos tiempos Alfonsín no salía mucho de su casa. Daniel Tardivo había ascendido a comisario y le habían otorgado la jefatura de su unidad, que está a cargo ahora mismo de la seguridad de los expresidentes, los embajadores de Estados Unidos e Israel, varios jueces de la Nación y muchos de los testigos protegidos.

Alfonsín siempre le preguntaba por su pequeño hijo Vicente y por su trabajo, y se alegraba sinceramente de sus progresos. Las últimas veces lo encontró en cama: la sombra se sentaba a su lado y hablaban de cosas incidentales y también de Boca e Independiente. Este año no estoy para el fútbol, Danielito, le dijo en las vísperas con un hilo de voz.

Los días previos a la muerte se notaba el movimiento y la gravedad de la situación en el rostro de sus colaboradores más íntimos. El 31 de marzo, a las seis de la tarde, Tardivo decidió quedarse en el quinto piso a esperar las novedades. Cerca de las ocho y media empezaron a llegarle rumores de que su jefe se había muerto. Cuando los medios empezaron a difundir la noticia no pudo más, se acercó al escritorio de Margarita Ronco, la eterna secretaria del "doctor", y le preguntó si era cierto. Marga se lo confirmó. Medido y elegante, alejado de la imagen tradicional del cana y del lenguaje taquero, ensimismado y racional, el comisario pestañeó un dolor profundo y tragó saliva amarga. Las sombras no ríen ni lloran. Sólo son sombras.

Subió al rato a saludar con abrazos a todos, y les pidió permiso a los hijos de Alfonsín para despedirse. Pasó a su cuarto y lo vio dormido, y le agarró la mano y le dio un beso en la frente. No estaba dormido, estaba muerto, y había mucho que hacer. Reunió a su equipo y le dio instrucciones. ¿Cuándo se acaba la responsabilidad de un custodio? Alfonsín ya no corría peligro, la misión había cesado. Pero Tardivo puso a tres hombres suyos en un auto y él mismo subió con el féretro y viajó en el interior del furgón hasta una sala de velatorios de Belgrano. Esperaron en la funeraria que prepararan el cadáver, y luego repecharon solos la larga noche en esa sala helada cerrada al público, haciéndole compañía al hombre muerto como si aún estuviera vivo.

A las siete de la mañana siguiente trasladaron el cadáver en su ataúd al Congreso, y Tardivo verificó que todo estuviera en orden dentro del Salón Azul. Muchos le daban el pésame a Daniel: no podían concebir a Raúl Alfonsín separado de su inseparable guardaespaldas. Se mantuvo en guardia setenta horas en ese salón. Sólo se retiró un momento para darse un baño y cambiarse el traje y la camisa, pero regresó de inmediato a su puesto de comando. Finalmente, acompañó a la familia hasta la Recoleta en aquella larga y emocionante caravana. Y como aquella vez en San Nicolás volvió a actuar por instinto. Al bajar el cajón envuelto en la bandera argentina, por acto reflejo se puso detrás. Siempre se ponía en esa posición cuando Raúl Alfonsín entraba en un lugar o subía a un palco para hablarle a una multitud. La razón va en cámara lenta, pero el instinto viaja a la velocidad de la luz. Las fotos lo inmortalizaron en ese trono, con cara seria y compungida, mientras los granaderos cargaban el ataúd hasta la bóveda de los caídos en la Revolución del Parque.

Se quedó con sus hombres hasta que se retiró la última persona y el sol empezó a irse a pique. No atinaba a moverse mientras los empleados del cementerio no terminaran su trabajo en el panteón. Cuando ya no había nada que hacer, uno de sus hombres le dijo: Comisario, ¿y ahora? Era completamente extraño entrar con Raúl Alfonsín a un predio y marcharse luego sin él. Ya no podían llevarlo a ninguna parte y estaban más solos que nunca. Ahora nos vamos, respondió la sombra, dio media vuelta y caminó despacio hacia el olvido.

Este relato fue publicado en el libro: La hermandad del honor. Autor: Jorge Fernández Díaz. Editorial: Planeta Argentina. Páginas: 360.

Raúl Alfonsín: El último presidente honesto

Un 31 de marzo de 2009 murió Alfonsín, pero la historia lo recordará por aquel 10 de diciembre de 1983, cuando Argentina recuperaba la democracia. Fue el último presidente honesto.

Aquel 12 de marzo de 1927, cuando Raúl Alfonsín nació en Chascomús, nadie imaginaba que llegaría a ser presidente. Mucho menos su padre, Serafín Raúl Alfonsín, comerciante minorista, nieto de inmigrantes gallegos, ni su madre, Ana María Foulkes.

Hace algunos años, en 2009, el ciclo de su vida terminó en el sentido biológico. Pero en el sentido histórico, su emblemática figura quedará grabada en la memoria colectiva de todo un pueblo. "Murió Raúl Alfonsín", titularon casi todos los diarios en aquel entonces. Fue una tristeza subrepticia que recorrió el país, "a lo largo y a lo ancho", como le gustaba decir a él cuando en campaña rumbo a la presidencia no dejó un sólo pueblo por visitar.

Asumió después de ganar las elecciones con el 51% de los votos. Veníamos de una cruenta dictadura cívico militar que se extendió desde 1976 hasta 1983. Cuidó siempre la democracia. Supo aceptar errores, escuchar voces disonantes. Durante su gobierno nunca censuró. Lo más importante: no hizo negocios personales con la plata del Estado, cosa que, no cabe duda, sí hicieron los presidentes que lo sucedieron.

Es necesario decirlo: hace algunos años moría el último presidente honesto de la República Argentina. Fue el infatigable labrador de la libertad en un país tantas veces generoso y otras tantas ingrato; mezquino casi siempre.

Terminó su educación secundaria en el Liceo Militar de la Nación. Estudió en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata, donde se graduó como abogado en 1950. Allí comenzó a profesar su convicción ideológica en la Unión Cívica Radical, a la que había ingresado atraído por el discurso de su líder, Ricardo Balbín. Se convirtió rápidamente en baluarte de la juventud radical.

Fue electo diputado provincial en 1958 y luego en 1963 llegó al Congreso de la Nación y fue distinguido con la vicepresidencia del bloque radical en la Cámara de Diputados. Dejó su banca en 1966, cuando las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno de Don Arturo Illia, otro hombre honesto a quien el país no supo cuidar. Ese mismo año fundó el Movimiento de Renovación y Cambio.

Bajo la dictadura cívico militar se distinguió por la defensa de los derechos humanos, algo que luego pesaría a la hora en que le tocó disputar la presidencia de la Unión Cívica Radical. Alfonsín se casó con María Lorenza Barreneche. Tuvieron seis hijos: Raúl Felipe, Ana María, Ricardo Luis, María Marcela, María Inés y Javier Ignacio.

Cuando a los asesinos de la dictadura ya no les quedaba opción, llamaron a elecciones. Año 1982: enfrentó junto a su candidato a vicepresidente, Martínez, la fórmula del peronismo integrada por Lúder y Bittel. Ganó con el 51% de los votos. El 10 de diciembre de 1983 asumió la presidencia de la Nación siendo artífice y protagonista de una fiesta cívica que marcó el retorno de Argentina a la vida democrática.

Entre sus primeras medidas, creó la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (CONADEP), que concluyó su investigación con el libro “Nunca Más”. Llevó adelante el juicio a los integrantes de las Junta Militar golpista y asesina. Implementó importantes planes que dieron al país un gobierno que promovió la igualdad de oportunidades: Plan Nacional de Alfabetización (premiado por la UNESCO), Plan Alimentario Nacional, cuyo modelo interesó y se puso en varios países de América Latina, y Plan Deporte con Todos.

Quijote republicano, enfrentó tres levantamientos militares, dos de ellos encabezados por Aldo Rico y el Coronel Alí Saineldín, quienes estaban disconformes con el castigo que se había aplicado a las cúpulas castrenses. Se sobrepuso a doce paros nacionales de la CGT liderada por el inefable Saúl Ubaldini, quien posteriormente fue premiado con una diputación nacional por el partido Justicialista.

Un golpe financiero de los poderosos de la economía argentina lo dejó mal herido. Faltaban 7 meses para entregar del mando. Pero ante el riesgo de las instituciones democráticas y la eventualidad de un nuevo golpe militar, Alfonsín renunció el 9 de julio de 1989 para anticipar la entrega del mando al peronista Carlos Menem, quien había ganado las elecciones.

El pueblo lo ovacionó en un sólido adiós por las calles de Buenos Aires, dándole un último saludo fervoroso y pasional. Sin movilizaciones hipócritas, ni plata para que la gente vaya a su velatorio: fue saludado con aplausos y lágrimas. No era para menos: los argentinos despedíamos al último presidente honesto.

Se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de Raúl Alfonsín, el padre de la democracia en Argentina

Fue el presidente elegido para salir de la dictadura cívico militar y en 1983 protagonizó el regreso a la democracia.

El 12 de marzo de 1927 nació en Chascomús, Buenos Aires, Raúl Alfonsín, apodado El Padre de la Democracia argentina.

Hijo de Ana María Foulkes y Serafín Raúl Alfonsín, fue un notable dirigente de la Unión Cívica Radical. Cursó los estudios primarios en la Escuela Normal Regional y los secundarios en el Liceo Militar General San Martín, donde se graduó como subteniente en la reserva y tuvo de compañero de clase al dictador asesino Leopoldo Fortunato Galtieri.

En 1946 ingresó a la carrera de Ciencias Jurídicas en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata, de la cual egresó como abogado en 1950.

Fue allí donde comenzó a militar en el Movimiento de Intransigencia y Renovación, una fracción que se había desmembrado de la Unión Cívica Radical, que en aquel entonces era liderado por Ricardo Balbín.

Tras casarse con María Lorenza Barreneche, Alfonsín abrió un estudio de abogados y comenzó con su carrera política. También empezó a colaborar como periodista en diario El Imparcial.

Cierre de campaña de Raúl Alfonsín frente al Obelisco, en octubre de 1983

Camino a la presidencia

En 1954 fue elegido concejal por Chascomús, sin embargo, al año siguiente fue encarcelado por la Revolución Libertadora, tal como se llamó al golpe de Estado que derrocó al Presidente fascista Juan Domingo Perón.

En 1958 fue elegido diputado provincial por provincia de Buenos Aires, y diputado nacional durante el Gobierno radical de Arturo Illia, que se desarrolló entre 1963 y 1966.

Durante aquel gobierno ejemplar y honesto, Alfonsín fue vicepresidente del Bloque de Diputados Nacionales de la Unión Cívica Radical del Pueblo. Llegado el 1965 fue electo presidente del Comité Provincia de Buenos Aires de la UCRP.

Por entonces ya era conocido en todo el país, y decidió lanzarse como precandidato a gobernador de Buenos Aires en los comicios que debían celebrarse en 1967.

Pero un nuevo golpe de Estado, el de 1966, encabezado por el asesino Juan Carlos Onganía, despojó a Alfonsín de su banca como diputado y terminó con el Gobierno honesto de Arturo Illia.

En aquel tiempo, el joven dirigente estuvo nuevamente detenido por los militares cómplices del peronismo.

Defensor de Balbín

Alfonsín ejerció como abogado la defensa legal de los perseguidos por el régimen militar, entre ellos al propio Ricardo Balbín.

Una vez que murió el líder radical Ricardo Balbín, en septiembre de 1981, el joven Raúl decidió ponerse a la cabeza de la UCR.

En el transcurso de los días previos al regreso de la democracia en Argentina, Alfonsín marcó profundas diferencias con el Partido Justicialista, acompañó a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y denunció a los golpistas de la dictadura.

Ya en campaña, rumbo a la presidencia, Alfonsín fue el candidato que más habló sobre la democracia y de las Fuerzas Armadas como institución subordinada al poder civil.

Tras el proceso militar que dejó en el piso al país, Argentina llegó a las elecciones del año 1983, las cuales ganó Raúl Alfonsín, venciendo a la fórmula peronista integrada por Lúder y Bittel.

En su campaña ofreció a los electores un discurso de unión entre los argentinos y de justa condena a las juntas militares.

La fórmula conformada por Raúl Alfonsín y el cordobés Víctor Martínez llegó a las elecciones y se impuso en las internas del partido radical, venciendo a Fernando De la Rúa.

El Justicialismo, por su parte, presentó como candidatos al binomio Ítalo Argentino Lúder y Deolindo Felipe Bittel, quienes pasarían a la historia como los primeros peronistas en perder, sin condicionamientos ni proscripciones, unas elecciones nacionales ante otra fuerza política.

El 10 de diciembre de 1983, asumió la presidencia Raúl Alfonsín, dejando atrás una dictadura cívico militar sangrienta y asesina.

Durante su gobierno, tal como lo había prometido en campaña, anuló la autoamnistía dictada por los militares y creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), con el fin de investigar los crímenes cometidos por las tres juntas de la dictadura.

En 1984 se publicó el Nunca Más, el informe donde se detallan los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura en Argentina.

A fines de 1985, la Justicia argentina condenó a cinco mandatarios militares a penas que iban de cuatro años a la reclusión perpetua.

La amenaza de un nuevo golpe de Estado de los militares era constante y fue casi obligado a firmar la Ley de Punto Final, pero no fue suficiente: ante el levantamiento carapintada de Semana Santa de 1987, se vio sin apoyo militar alguno y para evitar nuevos enfrentamientos debió promover la Ley de Obediencia Debida.

La economía fue el el factor que terminó por desgastar su gestión. Lejos habían quedado los buenos resultados que, en un principio, mostró el Plan Austral.

La brutal inflación y la falta de fondos estatales estaban sepultando su presidencia.

El Plan Primavera fue una última medida que no bastó para frenar la hiperinflación, la corrida cambiaria del dólar, el aumento de la pobreza y saqueos. Las elecciones presidenciales se adelantaron al 14 de mayo de 1989, y Alfonsín debío entregar el gobierno 6 meses antes. Eso sucedió el 9 de julio, cuando cedió el mandato a su sucesor, el peronista delincuente Carlos Saúl Menem.

El 31 de marzo de 2009, Alfonsín falleció en su domicilio situado en avenida Santa Fe. Aquel día se decretó duelo oficial por tres días y tuvo su funeral de Estado, que se llevó a cabo en el Congreso.

El 1 de abril de 2009, los restos inmortales de Alfonsín se velaron a féretro abierto en el Salón Azul del Senado.

Quedó vivo y para siempre en el corazón de cada argentino y argentina. No robó, no enfrentó juicios por enriquecimiento ilícito y fue muy diferente a todos los presidentes delincuentes que le sucedieron.

Se cumplió un nuevo aniversario del intento de copamiento de La Tablada

El Movimiento Todos por la Patria, liderado por Enrique Gorriarán Merlo, llevó adelante un intento irresponsable para copar el Regimiento de Infantería 3 del Ejército argentino. Sucedió el 23 de enero de 1989, durante el Gobierno de Raúl Alfonsín.

El incongruente ataque del MTP dejó 41 muertos y constituyó la última acción de importancia que concretó un grupo guerrillero en Argentina.

Durante la calurosa mañana del 23 de enero de 1989, el entonces presidente, Raúl Alfonsín, quien atravesaba su último año de gestión, tuvo que afrontar un episodio inesperado y lamentable.

Por aquel entonces, Argentina atravesaba una crisis energética grave y había cortes de electricidad programados. Además, la economía estaba montada sobre una hiperinflación que no permitía el trazado de un plan concreto de recuperación. Todo estaba mal, y el intento de copamiento de La Tablada empeoró las cosas, dejando al descubierto la fragilidad de una democracia de transición liderada por el último presidente honesto que tuvo el país.

Los militantes de izquierda, agrupados en el Movimiento Todos por la Patria, habían advertido que se lanzaron panfletos en la puerta del cuartel. En los volantes se reivindicaba al Coronel Mohamend Seineldín y al Teniente Coronel Aldo Rico, líderes de los levantamientos carapintadas que habían puesto en jaque al Gobierno radical de Raúl Alfonsín.

Desde ese sector de jóvenes revolucionarios, liderados por el cobarde Gorriarán Merlo, planeaban tomar La Tablada y doblegar al personal militar para alcanzar el poder por las armas, siempre y cuando el pueblo los apoyara.

Los historiadores contemporáneos hablan del "Operativo Tapir", el cual tenía como objetivo un plan trazado por Gorriarán Merlo, exjefe del Ejército Revolucionario del Pueblo. La idea era hacer creer a la sociedad que venía un golpe de Estado liderado por el movimiento de Carapintada, que tenían como mentores a Mohamend Seineldín y a Aldo Rico.

Los guerrilleros estaban convencidos de que cuando los ciudadanos y ciudadanas tomaran conocimiento de que estaba en marcha un intento militar contra la democracia, se produciría un levantamiento popular que reclamaría cambios drásticos en la economía y la política. Entonces, desde el MTP se presentarían como los salvadores de la patria proponiendo un gobierno revolucionario de izquierda.

Pero cuando avanzaban para tomar el Regimiento de Infantería 3 del Ejército, los atacantes encontraron una dura resistencia en el Casino de Suboficiales de la base militar, a lo que sobrevino una importante intervención de la Policía de Buenos Aires y el posterior despliegue de más de 2.000 efectivos del Ejército argentino, que cortaron cualquier posibilidad de repliegue.

En las primeras horas, hubo confusión en torno a quiénes eran los que intentaban el copamiento de La Tablada. Incluso se especuló con un ataque de los Carapintadas para desestabilizar la democracia.

Sin embargo, a las pocas horas se confirmó la noticia de que se trataba de un operativo del Movimiento Todos por la Patria.

Los noticieros informaron que participaban en la toma antiguos militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo, la guerrilla que había operado en Argentina durante los sangrientos años 70.

El Ejército militar rodeó la unidad de La Tablada y tendió un cerco sobre los atacantes. Allí se libró un combate que duró 36 horas.

Se utilizaron morteros y proyectiles disparados desde tanques y hubo participación de la infantería mecanizada. El saldo fue lamentable: 32 militantes del Movimiento Todos por la Patria muertos, más 7 fallecidos entre militares y policías.

El pueblo, contrariamente a lo que planearon los militantes de izquierda, salió a las plazas para apoyar a la democracia. El Presidente Alfonsín llegó hasta La Tablada y fue testigo del desparramo que allí había quedado.

Como era de esperarse, el líder del intento golpista, Enrique Gorriarán Merlo huyó y se escondió en México, como buen cobarde y líder guerrillero. Fue encontrado en los años 90 y deportado al país.

Años después, en 2002, todos los detenidos por aquel episodio, más los presos por los levantamientos Carapintadas fueron indultados por el presidente mafioso Eduardo Duhalde, quien concedió el beneficio al exjefe guerrillero, Enrique Gorriarán Merlo, y al líder Carapintada Mohamed Alí Seineldín, además de indultar a una veintena militares detenidos por insurrección contra el Estado.

Fue una historia lamentable a la que los argentinos volvimos a decirle Nunca Más.

Se cumplió un nuevo aniversario del regreso a la democracia de la mano de Raúl Alfonsín

Un 10 de diciembre volvió la democracia a Argentina. Antes, un 30 de octubre de 1983, el dirigente radical Raúl Alfonsín se imponía sobre la fórmula peronista con el 51,75% de los votos.

El nuevo presidente asumiría su cargo un 10 de diciembre de 1983 y Argentina recuperaba la democracia para siempre.

La última dictadura cívico militar argentina, autodenominada: Proceso de Reorganización Nacional y ocurrida entre 1976 y 1983, fue la etapa más oscura y sangrienta de la historia del país.

Y, si bien el debilitamiento institucional y político de Reynaldo Bignone, el último presidente de facto argentino, comenzó antes, se señala el 30 de octubre de 1983 como la fecha en la que la democracia volvió a estar vigente en nuestro país a través de elecciones libres.

El 30 de octubre se realizaron elecciones presidenciales y la disputa fue entre el radical Raúl Alfonsín, el representante del Partido Justicialista, Ítalo Argentino Lúder, Oscar Alende del PI, Rogelio Frigerio del MID, Francisco Manrique, Álvaro Alsogaray de la UCD, Rafael Martínez Raymonda, Francisco Cerro, Luis Zamora, Guillermo Estévez Boero, del Partido Socialista, Jorge Abelardo Ramos, de la izquierda, y Gregorio Flores.

Se cumple hoy un nuevo aniversario del regreso a la democracia. Y se recuerda el 10 de diciembre de 1983 como la vuelta a la institucionalidad en Argentina ya que ese día asumió la presidencia de la Nación Raúl Alfonsín.

El 18 de junio de 1982, días después de la derrota en la Guerra de Malvinas, donde murieron 649 militares argentinos, la Junta Militar exigió la dimisión inmediata de Leopoldo Galtieri, presidente de facto argentino que había impulsado la guerra contra Reino Unido.

Al dejar su cargo, el poder fue tomado por Reynaldo Bignone, quien con una fuerza política casi inexistente y totalmente debilitado, anunció que se iba a realizar un traspaso democrático al año siguiente.

Para las elecciones se establecía una única vuelta, sufragio indirecto y por colegios electorales en todas las provincias del país. Además, quien resultase ganador, se quedaría en el mando durante 6 años sin posibilidades de reelección.

Las dos fórmulas más importantes eran la de la Unión Cívica Radical, con Raúl Alfonsín y Víctor Martínez, y la del Partido Justicialista, con Ítalo Lúder y Deolindo Bittel.

Al llegar las elecciones, la fórmula integrada por Alfonsín y Martínez acumuló el 51,75% de los votos y la mayoría absoluta de 317 electores, mientras que la fórmula peronista compuesta por Lúder y Bittel quedó segunda, con el 40,16% de los votos y 259 electores.

Horas antes de emitir su propio voto, Raúl Alfonsín dialogó con Daniel Cecchini, un joven periodista que había tenido que ocultar su ideología durante el régimen, y, cuando éste le preguntó qué significaba haber llegado a ese día, Alfonsín le respondió: "El comienzo de cien años de democracia".

Tras cumplirse un nuevo año de la vuelta de la democracia, siempre vale la pena recordar aquel primer discurso de Alfonsín que quedó para los anales de la historia.

"Los argentinos hemos aprendido, a la luz de las trágicas experiencias de los años recientes, que la democracia es un valor más alto que el de una mera forma de legitimidad del poder. Porque con la democracia no sólo se vota, sino que también se come, se educa y se cura", dijo el último presidente honesto que tuvo Argentina.

Un 30 de octubre de 1983, Alfonsín ganaba las elecciones y Argentina recuperaba la democracia

Tras una etapa oscura que tiñó de muerte y locura al país, las elecciones democráticas volvían a celebrarse luego de aquellos tristes años de dictadura cívico militar.

La etapa oscura de militares secuestrando personas y montoneros matando ciudadanos se terminaba para siempre en Argentina. Raúl Alfonsín, el candidato de la UCR, como pocos en la historia, había logrado interpretar el deseo de las mayorías y logró encausar esas expectativas rumbo a las urnas.

Del otro lado, Ítalo Argentino Lúder, el candidato del peronismo, había quedado derrotado luego de un pasado turbio y truculento que había sabido ocultar muy bien durante la campaña.

En 1983, el padrón electoral era de 18.000.000 de habitantes habilitados para votar. El Partido Justicialista tenía 2.795.000 afiliados, en tanto, la UCR contaba con 1.400.000 afiliados.

Por aquel entonces se registraron actos multitudinarios. El cierre de campaña de ambos partidos reunió a más de 1.000.000 de personas alrededor del Obelisco y avenida 9 de Julio.

En las provincias no fue menor la euforia democrática: en rosario se hicieron actos de 400.00 personas. En Córdoba se llegaron a juntar unos 300.000 ciudadanos. En La Plata llegaron a ser 200.000, en Mendoza 120.000, en Tucumán se registraron actos de 70.000 y en Mar del Plata se juntaron unas 60.000 almas.

Es indudable que Alfonsín había ganado con votos de los independientes, pero también con sufragios de peronistas que no estaban convencidos de su propio candidato.

No en vano, el candidato radical había disparado hasta el hartazgo durante la campaña aquella famosa frase que, luego lo entendimos, le sirvió para colectar votos de todas las estratificaciones ideológicas y políticas: "He convocado en toda la republica a todos los compatriotas sin distinción de partidos, y les he dicho que los radicales ya estamos en marcha. Y al frente de nuestra columna van nuestros grandes muertos: Yrigoyen Alem, Pueyrredón, Sabattini y Lebensohn; Larralde, Balbín, Illia".

Pero el discurso no se detenía ahí, era un verdadero compendio de la historia argentina, porque seguía así: "Los que estén a nuestra derecha pueden inspirarse si lo desean en Sáenz Peña o en Pellegrini. Los demócratas progresistas en Lisandro de la Torre, Luciano Molina. Los socialistas en Juan B. Justo o Alfredo Palacios. Los peronistas en Perón o en Evita, pero todos juntos los argentinos".

El PJ y su complicidad con la violencia de Estado

El 18 de agosto de 1983 había comenzado oficialmente la campaña. Pasó un mes para que la Junta Militar decretara la Ley de Pacificación Nacional. La ley era un intento camuflado de amnistía para todos los militares por los crímenes cometidos entre el 25 de mayo de 1973, día en que asumió la presidencia el peronista Héctor Cámpora, hasta el 17 de junio de 1983.

Los argentinos se encontraron ante dos paradigmas en plena elección: el candidato justicialista, Ítalo Lúder, quien se manifestó cómplice y aseguró que respetaría la ley de amnistía y perdón a los militares. Y del otro lado estaba Raúl Alfonsín, quien anunció que la vetaría y juzgaría a los responsables.

Además, denunció un pacto entre el sindicalismo y las fuerzas armadas. Dos miradas, dos historias, dos propuestas para un electorado que volvía a las urnas luego de una década nefasta.

El candidato peronista, Lúder, venía de firmar los decretos 2770/75, el 2771/75 y 2772/75, extendiendo a todo el país y bajo el mando directo de las Fuerzas Armadas la política represiva de "neutralizar y aniquilar el accionar de los elementos subversivos".

El aniquilamiento a civiles comenzó en pleno Gobierno peronista, cuando Lúder había sido presidente interino en el año 1975, tras el pedido de licencia de la inepta María Estela Martínez de Perón, que presidió el país entre el 1 de julio de 1974 hasta el 24 de marzo de 1976, día del golpe militar a las instituciones.

Por su parte, Alfonsín había sido siempre el hombre de la democracia. Fue miembro de la asamblea permanente por los derechos humanos, firmando cientos de pedidos de habeas corpus ante la Junta Militar requiriendo información sobre detenidos desaparecidos y poniendo a disposición su estudio jurídico en forma gratuita para los familiares de las víctimas.

Resultados

Aquel 30 de octubre de 1983 el resultado fue inequívoco: la Lista 3 de la UCR ganó las elecciones obteniendo 7.724.559 votos, es decir, un 51.7%, contra 5.995.402 sufragios del peronismo que logró el 40.16%.

Epílogo

La democracia ha sido en Argentina algo zigzagueante, pendular, motivo de orgullo y también de frustración.

Lejos quedaron aquellas palabras que se convirtieron en un mantra de libertad para una república que pretendió ser justa e igualitaria: "Con la democracia se come, se cura y se educa", dijo Alfonsín alguna vez.

Todavía eso no ha sucedido, pero se puede pensar que sí, que algún día sí. Por ahora, y al ritmo que vamos, es un "no", pero hagamos algo para que un día sea "sí".

Ese día, ganamos todos.

Hubo dos presidentes que nunca robaron

Raúl Alfonsín y Arturo Illia, dos presidentes argentinos que nunca tuvieron que atravesar el bochornoso sendero que conduce a Comodoro Py.

A los pocos meses de dejar la presidencia, Raúl Alfonsín salió a recorrer el país. No andaba con custodia, se manejaba en línea aérea pública, viajaba como un ciudadano más y recorría las provincias explicando a los ciudadanos el golpe cívico económico y gremial que le habían dado antes de completar los 6 años de gobierno.

Recuerdo también que caminaba por la calle sin que nadie tenga que preocuparse por su seguridad. Andaba tranquilo, se detenía a saludar a quien se le acercara. Nadie puso en duda nunca de su decencia. En aquel entonces, a nadie se le cruzaba por la cabeza que el viejo podría haberse quedado indebidamente con un solo peso del Estado.

Con Arturo Illia sucedió igual. Luego de ser derrocado por un golpe económico, cívico, militar y gremial, andaba en colectivo por Buenos Aires. Caminaba por las calles sin un solo policía al costado. Solía ir a Carlos Paz de vacaciones y andaba caminando por el centro. Saludaba amablemente y sin prejuicio. Nunca nadie sospechó de su entereza y decencia, por el contrario, no se llevó un solo peso del Estado y, durante su presidencia, vendió su auto para hacer operar a su esposa. Devolvió al Tesoro Nacional el total de los gastos de representación (viáticos) durante los 3 años en los que gobernó.

Son las cosas que quisiera recordar siempre de un expresidente, esa clase de anécdotas. Son las escenas que me emocionan, que un tipo que manejó toda la plata del Estado haya pensado en su pueblo y no en su familia y sus amigos. Que haya decidido, con la ética que el cargo demanda, no enriquecer a gente perversa, ladrona y mala entraña.

Lo que siguió después de Alfonsín fue calamitoso: El Turco Menem fue un ladrón y traidor a la patria. El Chupete De la Rúa y el Traico Chacho Álvarez, dos inservibles que nos empomaron a todos.

El Cabezón Duhalde fue una troglodita violento puesto en el sillón de Rivadavia sin haber ganado nunca una elección como presidente.

El Furia Néstor y Cristina La Muchacha Progre fueron codiciosos, hipócritas y además se convirtieron en un fenómeno delictivo inesperado: robaron como pocas veces se ha visto en la historia de Latinoamérica.

Más tarde llegó Mauricio Euforia Macri, un farsante que estafó a todos los argentinos y argentinas y dejó el país endeudado.

Fue el turno de Alberto Fernández, ¿qué se puede decir de Almermo? Un mentiroso ecléctico y gatero incurable que dejó hacer negocios a su alrededor, siempre bajo la óptica de un kirchnerismo obsesionado por robar plata del Estado.

Finalmente, llegó el Motosierra Javier Milei, entendido en economía, es un violento extremista que se obsesionó con eliminar todo pensamiento que no concuerde con el suyo y el de su hermana Karina, El Jefe.

Viendo los operativos que hacía Cristina Kirchner cuando iba a Tribunales, donde los adherentes a la cleptocracia progresista no se privaban de su "fiestita de regreso a casa", la pena pasa a ser el sentimiento más genuino que se puede tener para con un país inviable no solo económicamente, sino moralmente.

Cristina, ya condenada a 6 años de prisión, los cuales cumplirá en su domicilio particular, y también condenada a devolverle al Estado argentino la friolera de 85.000.000.000 de pesos, vivirá enfilando rumbo a Comodoro Py. Son muchas causas en su contra. Sin embargo, sus simpatizantes piensan que está de regreso para volver a gobernar. De hecho, no hace mucho la votaron como vicepresidenta y volvió.

Es entonces cuando no queda otra opción más que acudir al pensamiento inclaudicable para concluir en la penosa idea de que hemos descendido a una condición decadente y corrosiva, de la que solo podremos salir con voluntad, virtud y sacrificio, resaltando el mérito y condenando la delincuencia.

Rescato la ineludible figura de Raúl Alfonsín y de don Arturo Illia. Fueron dos presidentes que no robaron. No fueron ladrones, al contrario, fueron honestos.

Andaban por la calle sin operativos de seguridad y nunca nadie los molestó. Todo lo opuesto: los aplaudían sin fanatismo al verlos llegar a un sitio.

Así me gustaría que sea siempre. 

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Se cumplió un nuevo aniversario de la muerte del expresidente Raúl Alfonsín

Cuando asumió como presidente de la Nación, el 10 de diciembre de 1983, Raúl Afonsín se convirtió en la cara visible del comienzo de la democracia en nuestro país y del fin de los gobiernos militares en Argentina.

Su consigna "con la democracia se come, se cura y se educa" marcó un camino que, con un sinfín de dificultades, sirve de guía a cada argentino que ejerce el derecho del voto.

Un 31 de marzo de 2009, a causa de un cáncer de pulmón, falleció a los 82 años. El expresidente radical, considerado el Padre de la Democracia, fue despedido por más de 80 mil personas en el Congreso de la Nación.

En aquel entonces, el Gobierno decretó tres días de duelo nacional. Al día siguiente, sus restos fueron llevados en una cureña militar escoltada por el Regimiento de Granaderos a Caballo al Cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires.

El expresidente descansó provisoriamente en la bóveda de los caídos en la Revolución del Parque hasta que el 16 de mayo fue trasladados a un monumento individual en el mismo cementerio en un lugar construido sobre mármol gris.

Alfonsín solía repetir durante la campaña presidencial de 1982 una frase extraída de la Constitución nacional que ahora está grabada sobre un mármol, como reseña de sus intenciones y legado: "Con el objetivo de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino".

Su figura como hombre de Estado, demócrata y republicano, ha quedado grabada en la memoria de cada argentino y argentina, y lo ubica al expresidente junto a los próceres de nuestro país.

Fue el último presidente honesto que tuvo Argentina.

Las 3 veces que quisieron matar a Alfonsín y salvó su vida de milagro

Fue el político más amenazado en la democracia moderna. Grupos de ultraderecha le tendieron emboscadas y le colocaron bombas. El líder radical solía decir que ya se había acostumbrado a las intimidaciones.

Tres años después de imponerse con el 51,7% de los votos y ser elegido como el primer presidente de la democracia tras siete años de dictadura militar, Raúl Ricardo Alfonsín conoció en carne propia el precio de su reivindicación a los derechos humanos.

Su indeclinable decisión de juzgar a los miembros de las tres Juntas militares como máximos responsables del extermino y desaparición sistemática de militantes políticos en la década del 70 expuso a su Gobierno a amenazas y represalias de todo tipo, incluidos los levantamientos carapintadas.

A lo largo de su vida política fueron tres los atentados frustrados dirigidos al líder radical, y salvo por el último de ellos sus autores nunca pudieron ser identificados. Las sospechas apuntaron entonces a grupos de ultraderecha engendrados en sectores castrenses y/o policiales, convulsionados ante la evidencia de que los crímenes y excesos durante la guerra sucia no serían perdonados.

Blanco presunto de milicianos anónimos, el primero de los atentados ocurrió a los tres años de asumir la presidencia, el 19 de mayo de 1986. Hacía pocos meses que 5 de los 9 de los máximos exponente militares sometidos a proceso habían sido condenados y destituidos, a partir de un decreto primigenio que el líder radical rubricó a los pocos días de asumir su mandato.

Como jefe de Estado, en mayo del '86 Alfonsín cumplía con una visita protocolar al comando del Tercer Cuerpo de Ejército, en Córdoba. Todo estaba dispuesto para blindar la seguridad y el recorrido presidencial en el terreno.

Eran las 10.30, minutos antes de que la comitiva presidencial arribara, cuando un miembro del Comando Radioeléctrico cordobés, el oficial principal Carlos Primo, vislumbró un elemento sospechoso, un cable negro asomaba cerca de una alcantarilla a pocos metros de una unidad móvil donde Alfonsín sería honrado para disparar un cañón. La acción era parte de la ceremonia castrense.

Aquel cable negro serpenteaba entre los pastizales a prudente distancia del corazón del cuartel. Primo y su compañero, el cabo Hugo Velázquez, siguieron el rastro y hallaron un artefacto explosivo con gran capacidad letal. Semienterrada, una bala de mortero calibre 120 mm con 2,5 kilos de TNT se hallaba adosada a dos panes de trotyl de 450 gramos cada uno.

A través de un complejo mecanismo, la bomba debía accionarse cuando el mandatario se posara cerca del lugar. Inmediatamente se dio aviso al Comando de Explosivos que logró desactivar el artefacto.

Según narran las crónicas de la época, el Juez federal Miguel Villafañe ordenó una minuciosa reconstrucción del hallazgo del explosivo y posó sus sospechas tanto en miembros del Ejército como de la policía provincial. Aunque el hecho nunca pudo ser esclarecido ni sus autores identificados.

Una semana después se ordenó detonar el artefacto. Tras la implosión, sobrevino una columna de humo de 600 metros de altura y las esquirlas de la bomba cubrieron un radio de 70 metros, lo suficiente como para asesinar al presidente.

El fallido atentado produjo el pase a retiro del Jefe del escuadrón, el general Aníbal Verdura. Anfitrión y máximo responsable de la seguridad presidencial, Verdura negó cualquier vinculación con el hecho y se describió "como el pato de la boda".

Amenazas constantes y una gran explosión

Tanto Alfonsín como las distintas sedes de los comités radicales que él solía frecuentar estaban acostumbrados a recibir amenazas de bomba que nunca se concretaban. Hasta que una vez ocurrió, aunque sin aviso previo.

Tres meses después de traspasarle anticipadamente el poder a Carlos Menem, el líder de UCR se había mudado a un departamento en Ayacucho al 100, cerca del Congreso, cedido por uno de sus correligionarios amigos.

Transcurrían los primeros días de octubre de 1989 y el hogar del mandatario servía además como sede de febriles mitines políticos. Milagrosamente, Alfonsín se había ausentado de la vivienda, que permanecía vacía cuando un fortísimo estruendo derribó varios ambientes del departamento. La Justicia nunca pudo determinar quién o quienes habían atentado contra el expresidente.

Orador en la mira

Quizás el más conocido de los intentos de asesinato que sufrió el expresidente fue el ocurrido en la ciudad de San Nicolás, provincia de Buenos Aires, el 23 de febrero de 1991.

En una de las campañas proselitistas de la UCR para las elecciones legislativas, Alfonsín recorría las sedes partidarias de las localidades del norte de la provincia. Previo paso por San Pedro el día anterior, el líder radical era esperado un sábado de verano por la noche en el pueblo. Sería el orador principal en una arenga política dispuesta frente al búnker radical en San Nicolás de los Arroyos.

Rodeado por correligionarios y custodios, pasadas las 22, según lo pautado, subió al palco. Comenzó con un discurso pausado y cadenciosos que se extendió por unos 15 minutos, cuando desde la marea de 5.000 almas que lo vitoreaban, un joven a tan solo metros del estrado alzó un revólver calibre 32 largo y disparó.

La bala se percutió y hasta se escuchó el chasquido, pero por una insólita falla del mecanismo quedó atascada en el tambor. Mientras los custodios de Alfonsín se abalanzaban sobre él en el piso del palco, abajo la multitud se aprestaba a linchar al potencial homicida: Ismael Abdalá, operario de la exsiderúrgica estatal Somisa, exgendarme, con un largo historial de tormentos psiquiátricos.

Entre el público se armó una trifulca confusa. Un anciano, "feligrés" radical, logró arrebatarle el arma a Abdalá y la alzó en alto. El gesto desorientó a la Policía que creyó ver en ese brazo al autor de la agresión. Hubo golpes y gritos hasta que un patrullero de la policía bonaerense logró identificar y apresar al frustrado homicida.

Como si se hubiera tratado de una imprevisible contingencia, Alfonsín llamó a la calma a la multitud. Minutos después reanudó su discurso y exhortó el ideario del partido de Alem.

Internado en un neurosiquiátrico, Abdalá se suicidó tres años después.

Cuando lo consultaron sobre las agresiones de las que había sido blanco a lo largo de su vida política, y de aquella última en particular, Alfonsín las minimizó: "Estoy acostumbrado a recibir amenazas anónimas y algún día tenía que pasar algo así. Creo que se trata de fanáticos y yo los tomo como tales".