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A 43 años del terremoto de Caucete, la tierra tiembla

El dramaturgo y escritor Juan Carlos Carta Silva traza un hilo narrativo que atraviesa el terremoto de 1944 y el de 1977, ambos con epicentro en San Juan.

I

El 15 de enero, a las 20.52hs de un verano caluroso de 1944, ocurrió el fin del mundo. Por lo menos es lo que pareció en San Juan cuando la tierra tembló. En cuarenta segundos casi todo en la provincia quedó destruido. Pronto llegó la noche y la oscuridad se unió a la desolación y a la angustia. El olor a adobe roto, a tierra seca, a sangre y a muerte, invadió la ciudad. Numerosos gritos, en plena negrura, se vinieron a sumar a los llantos de los sobrevivientes asustados. Los perros no dejaron de aullar durante toda esa noche y también en las sucesivas, por las constantes réplicas del gran sismo.

Al día siguiente de aquel 15 de enero, el horror no terminó. Es decir, los habitantes se dieron cuenta que recién empezaba la catástrofe. Peste, hambre, muerte, se habían presentado sin avisar. Entonces, la tristeza de ver todo reducido a escombros, el saber que debajo de esos escombros estaban sus familiares, amigos, hizo que toda la población se sumergiera en el silencio.

Días después se supo que más de siete mil personas habían perdido la vida en ese minuto fatal.

Días después también, en un festival artístico en el Luna Park para ayudar a las víctimas del terremoto, se produciría el encuentro entre Eva Duarte y Juan Domingo Perón, hecho que cambiaría la historia de los argentinos.

Pero volviendo al terremoto, desde ese día muchas cosas fundamentales cambiaron en la forma de vida de los sanjuaninos. Por ejemplo, durante mucho tiempo no se construirían edificios altos, lo que dio a la ciudad una homogeneidad visual en medio del valle.

II

En 1977, a las seis y veinte, de un 23 de noviembre, yo me preparaba para ir a la escuela. Algo que comenzó como un cimbronazo interminable, y que con mi madre confundimos con el vibrar que producen los camiones grandes, pronto se descubrió como otro terremoto. Muchos dicen que fue mayor en intensidad que el del 44. Dio como resultado 125 víctimas, aproximadamente. Aún recuerdo los arboles y plantas sacudiéndose de un lado a otro, la sensación de la tierra abriéndose, la seguridad rápida de que nada hay seguro en esta vida, incluido el suelo que uno pisa. Nadie, que no haya vivido realmente esto, puede tener una idea de lo que significan estas palabras. El suelo ya no es más eso donde corremos, caemos, saltamos. No hay suelo. Es decir, no hay seguridad. Todo es inestable cuando la tierra tiembla. Y no hay tiempo para que nuestro pensamiento procese este hecho. No hay tiempo ni suelo. No hay espacio fijo. Y cuando no hay suelo, sabemos que se nos ha llevado directamente hacia una zona de horror, donde es difícil el raciocinio. Por eso en nuestras escuelas se enseña a los niños actos mecánicos de protección. Que sepan lo que tienen que hacer sin pensar, como por actos reflejos. Aun así, cuando llega el momento, lo primero que le invade a uno es la desesperación, el ritmo cardíaco se acelera y la confusión es general.

Ustedes se preguntarán qué nos hace vivir en esta gran falla del valle de Tulum. Por qué, sabiendo que todo puede volver a ocurrir, la gente no se va...

Demás esta decir que a lo largo de los años uno ha terminado por perderle el miedo a la tierra que tiembla. El miedo, pero no el respeto. Más, esta tierra, como una gran entidad física, nos ha enseñado contundentemente cuestiones que tienen que ver con un acercamiento al ser desde un lugar distinto. El ser de estos valles tiene otro horizonte metafísico, hecho del temor y respeto a una naturaleza que, él sabe, cuando decide manifestarse es temblor y furia. Una naturaleza que nos interpela constantemente con su fuerza y también, con su sabiduría.

Ojalá todos entendamos esta lección.