Sueño que me levanto en medio de la noche del 6 de enero y me encuentro a los Reyes Magos en el patio de casa. Los miro asombrado, sin poder creer lo que estoy viendo. Me froto los ojos una vez. Otra más. Dos veces más. Ahora me arden de tanto fregarlos. Cuando logro aclarar la vista los vuelvo a mirar. Hago foco. Entonces sí, no hay dudas: estoy ante Melchor, Gaspar y Baltasar. ¿Ustedes son los Reyes Magos que visitaron a Jesús la noche de su nacimiento?, les pregunto. Los Reyes me miran sin comprender. Se miran entre sí y menean la cabeza para hacerme saber que no entienden lo que digo. Belén, urgente, Belén; tenemos un problema, digo en voz alta a la espera de alguna respuesta sea desde la Nasa, el Mosad, la Side, la KGB, o de los Emiratos. Alguien me debe estar monitoreando, pienso. Me parece que los Reyes no hablan español. Por las dudas, apuro una segunda pregunta: ¿Quién de ustedes es el que trae oro?, el incienso y la mirra no corren peligro por ahora pero mientras estén en Argentina tengan cuidado con el oro. Creo que cuando dije oro entendieron perfecto porque los vi encenderse de una manera descomunal.
Quiero decir algo que todavía no he contado: Los Reyes Magos no son los padres. Y algo más: Melchor, Gaspar y Baltasar son rubios y de ojos celestes. Uno de ellos arrastraba la z al hablar. Entiendo que no me lo crean, yo tampoco podía creerlo cuando los vi por primera vez. Pero ustedes tienen pinta de gallegos, les digo. ¿Cómo pueden ser rubios y de ojos azules? Algo no anda bien. ¿Lo pensé o se los dije? Da igual. Uno de ellos, el más campechano, me dice que algo de español engancha. Eso me trae alivio y la angustia, poco a poco, se empieza a disipar hasta trocarse en una sensación reconfortante. La confusión llegaría más tarde.
¿Vos sos Melchor, Gaspar o Baltasar?, le pregunto al que habla a media lengua y con zeta. Soy Melkon, el más conocido, me dice. ¿Cómo Melkon?, yo te tenía por Melchor. Sí, claro, me responde, ustedes castellanizan todo. Cuando dijo castellanizan me tenté, porque el tipo arrastró la z por todo el patio. Es un error, me corrige. Los tres Reyes Magos somos Melkon, Gaspard y Balthazar. Le digo que entiendo lo que dice. Se miran y ríen. Por lo poco que sé, digo tímidamente dejando al descubierto cierta inseguridad, ustedes no vienen de Oriente como todo el mundo cree. Se miran sorprendidos y apenas si ensayan una mueca que zigzaguea entre el asombro y la alegría. A esto no me lo dijeron pero intuyo que deben haberse sentido por primera vez importantes en la historia universal. La gente nos conoce, habrá pensado uno de ellos. El otro habrá imaginado su cara inmortalizada para siempre en la tapa de la Rolling Stone. Pobres hijos de puta, si supieran que los recordamos una condenada vez al año. Pero no les dije lo que estaba pensando. No era la idea confrontar. Los Reyes Magos estaban en el patio de mi casa y no iba a ser yo quien jodiera la situación.
Les pregunto si quieren tomar algo fresco: El calor es lo que mata, Melchor. El rubio me mira y hace un gesto como de haber entendido. Entonces mira a Gaspar y a Baltasar y les explica en no sé qué idioma lo que acabo de ofrecer. Los otros dos rubios cabecean, aceptan: Dicen que sí, me responde Melchor, con quien ya, a esta altura, nos entendemos al dedillo. Tengo agua fresca de la heladera, tengo una cerveza negra, Imperial, aclaro, y si no, preparo el mate. ¿Qué prefieren? Agua fresca está bien, me dice Melchor. Entonces encaro a la heladera que está en la cocina, saco la botella de agua, tomo tres vasos y vuelvo al patio. Melchor, Gaspar y Baltasar están conversando entre ellos. Melchor, Gaspar y Baltasar en mi casa, quién diría. Mañana cuando les cuente a todos no me lo van a creer.
Antes de seguir quiero, necesito y debo explicar una tercera cosa. Al principio dije que los Reyes Magos no son los padres y que Melchor, Gaspar y Baltasar son rubios y de ojos celestes. Lo otro que tengo para decir es que esto no fue un sueño. Me sucedió de verdad. Fue en el patio de mi casa, fue una madrugada del 6 de enero, fue así, como lo cuento.
Les pregunto si en la parte del Evangelio de Mateo donde se menciona a unos magos, se refiere a ellos. Melchor me dice que probable-mente sí. Mateo contó que nosotros seguimos una estrella, explica el rubio. Esa estrella es la que nos guiaría hasta el nacimiento del rey de los judíos que supuestamente estaba en Jerusalén. Pero no estábamos seguros. Todavía recuerdo aquella noche, dice Melchor con cierta melancolía en los ojos.
Los otros dos advierten, a pesar de la barrera del idioma, lo que está contando su compañero de aventuras. Decidimos llevar nuestras ofrendas, dice Melchor, ahora poseído por la historia que cuenta. Creíamos que era una buena manera de desearle prosperidad a la humanidad, al rey naciente y a los hombres y mujeres de buena fe que lo seguirían hasta la cruz. Llevamos ofrendas de oro, incienso y mirra. Gaspar y Baltasar miran ahora al suelo.
Están ostensiblemente conmovidos. Melchor tiene lágrimas en los ojos pero no detiene su relato. Sigue: Hijos de puta, dice de repente. Si supieran lo que nos costó dar con el rey de los judíos para que al poco tiempo lo mataran de la manera en que lo mataron. Siempre les dije a Gaspar y a Baltasar: Estos romanos son unos hijos de puta. Se seca las lágrimas con una de las puntas de su capa de Rey Mago. Por primera vez estoy a punto de hacer contacto con uno de ellos. Con Melchor. Belén, urgente Belén, tenemos un problema. Entonces pongo mi mano sobre el hombro de mi nuevo amigo y le digo que no se angustie. Todo va a llegar a buen puerto, camarada. Tampoco la hemos llevado tan mal, algo ha quedado. Melchor me mira a los ojos. Ustedes son recordados hasta el día de hoy, mi viejo, ¿quién en este atolondrado planeta no habló alguna vez de los Reyes Magos? El rubio les transmite lo que acabo de decir. Se miran y ríen, uno levanta la palma de su mano y los otros dos la chocan. Festejan cual banda de rock que acaba de dejar el escenario tras un concierto inolvidable. Lo hicimos dice, Melchor. Estamos en las páginas grandes de la historia. Ríen de nuevo.
La voz cantante de los Reyes Magos me pregunta si leí el último libro del escritor alemán, Joseph Aloisius Ratzinger. Le digo que no: Pero decime el título y lo busco. La infancia de Jesús, dice Melchor. Me suena, digo, y le pregunto si no es el que escribió el papa Benedicto XVI. Sí, es ése, responde presuroso, habla sobre Jesús y en algunas páginas nos menciona. Hace una pausa y agrega orgulloso: Diría que somos figuras estelares ahí. Apura un trago de agua. Me mira. Los otros dos se miran y sonríen. Beben agua como si vinieran del desierto. En su libro, Benedicto asegura que los Reyes Magos no venían de Oriente, como se ha creído tradicionalmente, sino de Tartessos, una zona que los historiadores ubican entre Huelva, Cádiz y Sevilla, en España. El detalle me aporta claridad. Recién ahora entiendo por qué son rubios y de ojos celestes. Son gallegos natos, pienso. Gallegos petulantes, seguro que se engolosinaron con la fama. Miro a Melchor que sigue tomando agua. Los otros dos también. La sed cala hondo en verano, lo sabrán estos tres infelices que cruzaron el desierto para llevarle un puñado de mirra, incienso y oro a Jesús.
¿Te diste cuenta que lo de Jesús fue una locura?, le pregunto a la voz cantante de los Reyes. ¿Cómo? Claro, no sé si me explico. Ahora Melchor me mira azorado. Le digo que Jesús ya no debería despertarles tanto fervor a ellos que son tipos veteranos. Después de todo, insisto, él habló para los jóvenes, ¿no te parece? El viajero errante me mira confundido, entonces me doy cuenta que tengo que explicarme mejor: El Hijo de Dios fue intransigente, digo. Desafió al imperio romano, creyó que podía cambiar el mundo. ¿No te parece que se dejó arrastrar por la impetuosa efervescencia idealista de la juventud? Hago una pausa, y sigo: Rebeliones juveniles, camarada, apenas eso. Lo dejo masticar un segundo mi hipótesis y remato: Macanas, mirá como terminó. Melchor reflexiona unos segundos y mira a sus dos compañeros. Supongo que su preocupación en este momento es que no me hayan escuchado. Y si me escucharon, que no me hayan entendido. Sería una caída muy dura. Me hace una seña que comprendo claramente. Su índice vertical sobre la boca: que me calle. Entiendo perfectamente, mi querido Rey Mago, cambiemos de tema.
Tengo la impresión de que los tres están enfermos. Están cansados, viejos y abatidos. Ya no dan más. Ahora conversan entre ellos y si no fuera que estoy a centímetros de los Reyes, diría que casi se han olvidado de que están en el patio de mi casa y que estoy ahí. Hablan animados, recuerdan anécdotas, episodios que vivieron en diferentes países. Baltazar parece querer explicar que en Chile hacía menos calor que acá. Gaspar asiente y recuerda el frío que les tocó en Rusia el año pasado. Por los gestos que hacen voy pescando algo de lo que charlan. No entiendo en qué idioma hablan. Supongo que será una lengua muerta. Melchor ha dejado de interesarse en mí, conversa con sus compañeros de aventuras. Cada tanto se ríen. Confieso, y espero no se me tome a mal, que siento un poco de envidia por la vida errante y azarosa que llevan estos tres viejos extraviados en el tiempo, que camellean contra viento y marea para cumplir el sueño efímero de hacer felices por un día a los niños del mundo. El día de Reyes todos los chicos, casi todos, saltan de sus camas y vuelan al patio a ver si los camellos tomaron agua, si comieron pasto y si los condenados Reyes Magos les dejaron un juguete. Al día siguiente, el engranaje se pondrá en marcha de nuevo y la maquinaria seguirá devorando ilusiones y escogiendo a sus víctimas en el automático acto de la vida.
Todo esto pienso mientras los miro charlar y divertirse. Quisiera ser uno de ellos: el quinto Beatle, el apóstol número 13, el noveno pasajero, el quinto Rolling Stone, el manager de Sinatra, el guitarrista de Gardel, el dealer de Bob Marley, el segundo de Gandhi, el cuarto Rey Mago. Perdón, no creo que deba seguir en este sentido. Sería una distracción imperdonable.
La historia cuenta que un ángel se les apareció y les advirtió del peligro que corría Jesús ya que Herodes había mandado a matar a todos los niños de la región. Era peligroso ir hasta el establo donde estaba la parturienta María. Podrían seguirnos, pensó Melchor, que es el más despierto de los tres. Aquella noche Melchor desconfía. Duda hasta de su sombra. Agudiza su estrategia al punto de convertirse en un expedicionario dispuesto a todo para despistar. Mira a sus compañeros de aventura. Departe un par de instrucciones. Finalmente parten y, lo que ya se sabe, siguen la estrella de Belén.
La noche que pasé junto a los Reyes Magos se me ha ido desdibujando a lo largo de los años hasta convertirse casi en un sueño. Algunos detalles ya fueron devorados por el olvido. Sin embargo, cada vez que cuento que estuve con ellos es como si el suceso aún me rozara la piel. Aquella noche el cansancio me fue tomando de a poco hasta que me sentí casi anestesiado y me fui alejando de los tres nuevos amigos que seguían conversando animosamente en el patio de casa. Siéntanse cómodos, camaradas, alcancé a decirles y me fui a mi habitación. Cuando llegué a la cama pude escuchar una última carcajada. Por lo tosca y socarrona, sospecho que era la de Baltazar. Luego sentí un murmullo y la inconfundible voz de Melchor que les susurraba a los otros dos que hablen más despacio. Parece que nuestro anfitrión se ha ido a dormir, dijo. Cerré los ojos y nunca más volví a soñarlos.
Del libro Argentinos por nada (Editorial Wu Wei - Publicado en 2015).
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