Distintos economistas explicaron cómo el Doughnut Economics Action Lab está llevando las ideas de un nuevo modelo económico a distintas las partes del planeta.
Ámsterdam, Bruselas y Copenhague: no es casualidad que las ciudades ricas hayan sido las primeras en abrazar el nuevo modelo de "economía de la dona", también conocida como "economía dónut" o "doughnut" en inglés. Tienen capacidad para actuar más rápido.
La propuesta, ideada por la economista Kate Raworth, nacida en Londres en 1970, fue publicada por primera vez en 2012 y convertida en un exitoso libro después. En el texto se explica una visión de lo que significa para la humanidad prosperar hoy y los pasos necesarios para lograrlo.
La premisa central es simple: el objetivo de la actividad económica debe ser satisfacer las necesidades básicas de todos y hacerlo en equilibrio con el planeta.
Hay quien ha descrito a Raworth como la "John Maynard Keyenes del siglo XXI", por considerar que sus ideas "redefinen los fundamentos de la economía" y su planteamiento no tardó en llamar la atención internacional: fue presentada como un documento de trabajo para Oxfam en 2012, tomó protagonismo en la Asamblea General de la ONU y fue un referente para el movimiento social Occupy London.
La teoría de Kate Raworth tuvo tanta repercusión que las ideas se expandieron más allá de las páginas de un libro para dar vida a Doughnut Economics Action Lab, un proyecto que se encarga de proporcionar herramientas y equipar a todo aquel que quiera poner en práctica este modelo de economía, ya sea un barrio, una aldea o una ciudad entera.
En qué consiste la economía de la dona
"Muchas personas creen que no hay alternativa al modelo económico actual, pero la economía es una ciencia social hecha por personas y las personas pueden cambiarla", según explicó la economista española Carlota Sanz, cofundadora de ese espacio que se encarga de llevar a la práctica las ideas de Kate Raworth.
"El hemisferio sur todavía tiene las oportunidad de hacer las cosas diferentes", indicó la economista, quien sostuvo que "no se trata de un simple debate teórico. Los datos empíricos indican que el capitalismo a su ritmo actual no es sostenible".
El modelo "consta de dos anillos concéntricos: una base social, para garantizar que nadie se quede corto en las necesidades básicas, y un techo ecológico, para garantizar que la humanidad no sobrepase los límites de la Tierra", explicó.
Entre estos dos conjuntos de límites se encuentra un espacio en forma de rosquilla, o dona, que es ecológicamente seguro y socialmente justo. Este es el espacio en el que la humanidad puede prosperar.
Las obsoletas teorías económicas desarrolladas en el siglo XX
Las teorías económicas más ortodoxas de siglo pasado se centraron únicamente en el valor que genera el mercado y en el papel que juega luego el estado en provisionar bienestar.
Hasta hace muy poquito, la narrativa predominante era la lucha entre el mercado y el Estado, y la dicotomía entre ellos.
La propuesta de la "economía de la dona" va mucho más allá: entiende la economía como algo que está por encima de ese debate.
Lo que propone es que hay que levantar la cabeza y ver que hay más agentes que generan valor, como el de los hogares, el de la economía doméstica tradicionalmente a cargo de las mujeres, pero también el valor que se crea en los comunes, o sea, en tu barrio.
El capitalismo es una palabra muy grande. La teoría hace blanco sobre las dinámicas del sistema capitalista que se han quedado obsoletas. Una de ellas es este sistema industrial degenerativo.
Esa dinámica de tomar, hacer, gastar y perder, es lo que está provocando que ya estemos excediendo los límites que tiene nuestro planeta vivo.
Usamos plásticos, metales, vidrio, producimos cosas y luego las desechamos. Eso tiene impacto en los océanos y lagos de todo el mundo. Y vemos residuos electrónicos en los vertederos de los barrios más pobres del mundo.
Las consecuencias de todo esto van desde el cambio climático a niveles de pérdida de biodiversidad catastróficos, o niveles de conversión de tierra que son excesivos.
También hemos heredado, a través de este sistema, unas dinámicas divisivas que centralizan el valor que se genera en una economía en las manos de unos pocos.
La forma en la que hemos estructurado las empresas, la forma en la que se ha desarrollado la ley, las tecnologías, provoca la centralización del poder y que la riqueza estén concentrados.
Hoy por hoy, el 1% más rico de la población mundial acapara el 50% de la riqueza global. Asimismo, en la última década el número de millonarios en todo el mundo aumentó de 1.000 a 2.000.
Asistimos a una concentración no solo del valor, sino también de las oportunidades.
Al final hemos heredado un sistema donde el progreso tiene una forma de crecimiento indefinido y exponencial medido por el Producto Interior Bruto.
Tenemos economías que dependen estructuralmente de la expansión, sin importar que se esté traduciendo en una prosperidad real de las personas o que se tenga en cuenta el planeta en el que vivimos y del que dependemos.
A día de hoy, tenemos economías que son más ricas que nunca y, sin embargo, todavía creemos que prosperar significa una expansión ilimitada de una cifra económica como es el PIB.
Esto tiene implicaciones muy grandes en los países del hemisferio sur donde el crecimiento tiene cabida. Pero en los países ricos del hemisferio norte, hay que ver hasta qué punto una economía que ya está creciendo puede seguir expandiéndose indefinidamente.
El debate no es si una economía crece o no, lo importante es qué tipo de crecimiento tiene. Pero además, hay que reconocer que tenemos países y economías que están creciendo, sin importar que estén prosperando o no.
Para definir qué significa prosperar, tenemos que pensar qué progreso buscamos en el siglo XXI. Este siglo hemos visto repetidas crisis, como la Gran Crisis Financiera de 2008, la crisis del colapso climático que estamos viviendo o la pandemia mundial.
Las consecuencias económicas surgen como consecuencia de esos sistemas que hemos heredado. Son sistemas que se han creado por las personas y que, por tanto, las personas los pueden cambiar.
Los cambios que sugiere la economía de la dona
El libro de Kate Raworth explica que hay que cambiar ese sistema degenerativo a uno que sea regenerativo y circular por diseño. Uno que funcione dentro de los ciclos de la biosfera y el planeta.
Afirma que necesitamos una economía que esté basada en la energía renovable, en la que el principio más importante sea que la basura de un proceso se convierte en combustible para el siguiente proceso.
Requerimos de una economía que pueda ser modular por diseño; es decir, donde los objetos, los productos que compramos, puedan desmontarse fácilmente para ser reparados, y así no utilizarlos y desecharlos continuamente a la biosfera.
Pero para que una economía funcione es necesario consumir. Si alguien repara el tostador, significa que no voy a comprar un tostador nuevo y que la marca venderá menos, la fábrica producirá menos, tendrá que despedir trabajadores.
Es verdad: la economía, tal y como está diseñada, depende de que consumamos productos nuevos.
Y lo que plantea la "economía de la dona" es que habría que cambiar el diseño de esa economía hacia una regenerativa y distributiva.
Esto significa que la renta y la riqueza generada por terceros se reparte de forma mucho más equitativa.
O sea, necesitamos consumir, porque si no la economía no crece y entonces no funciona.
Lo que se plantea en el modelo de la dona es que en lugar de una economía que dependa de esa expansión indefinida, lo que se necesita son economías donde el progreso sea un equilibrio entre lo que las personas necesitan para satisfacer sus necesidades y preservar sus derechos en el marco de los recursos que tiene el planeta.
Está implícito en casi todos los discursos económicos que el bien es una curva exponencial, creciente, pero esta teoría habla de un equilibrio nuevo.
Y este equilibrio tiene una forma distinta. Y en ese en este caso concreto, es por ello que la autora del libro que dio origen a esta teoría lo simbolizó con la forma de la dona (doughnut).
Ámsterdam fue pionera en usar la dona
El primer ejemplo sobre la "economía de la dona" es de Ámsterdam, una ciudad que ha adoptado el modelo para guiar su recuperación social y económica tras la pandemia de Covid-19.
En un barrio a las afueras de la ciudad se está construyendo un edificio que se ajusta completamente a los principios de construcción de esta propuesta.
Está hecho de materiales recuperados como madera o aluminio, es eficiente energéticamente y tiene un diseño modular.
Los muros no están pegados o cementados, sino que están atornillados y recortados para que se puedan desenlazar y desechar si hay partes que necesitan reparación.
Hoy en día, Ámsterdam está exigiendo a sus contratistas unos mínimos en cuanto a materiales y formas de producción para los edificios públicos.
Estas son medidas que están llevando a que la ciudad se convierta cada vez más en regenerativa por diseño.
El caso de India
En India, una comunidad ha instalado microrejillas comunitarias de energías renovables.
Es una red local y descentralizada de generación y distribución, donde la energía fluye alrededor de una comunidad de acuerdo con la demanda.
Esto permite que millones de personas, especialmente en zonas rurales, consigan acceso a la electricidad y hay un uso más eficiente, ya que la transmisión no es centralizada.
Pero es que además, con este sistema se beneficia más gente. Hay más población que ve cubiertas sus necesidades. Los beneficios se reparten de forma más igualitaria.
La propiedad de esa energía no esté en manos de una multinacional, que al final responde a la maximización de beneficios de los accionistas a corto plazo, sino que se distribuye.
Cómo se implementa la economía de la dona
Poniendo en marcha políticas que incluyan esa visión de economía más distributiva, como tener en cuenta a los empleados, asignar unos salarios dignos o establecer prácticas éticas a través de toda la cadena de producción.
También con compromisos fiscales. La cadena de cosméticos Lush es una de las marcas comprometida con el fair tax pledge (pagar la cantidad de impuestos justa) en el país donde se debe pagar y en el momento correcto.
Esta política contrasta con la de muchas empresas, que lo que están haciendo es lo contrario.
Es decir, emplean mucho esfuerzo y recursos en no pagar lo que tiene que ser y al país que debe ser.
A día de hoy la transformación que hace falta requiere un cambio muy profundo de mentalidad, de paradigma y de valores.
Hay un movimiento y hay interés por cambiar que se traduce en administraciones un poco más radicales e innovadoras en su forma de abordar los problemas ciudadanos.
Al final también es un tema de intereses y poderes, y de quién tiene poder para cambiar las cosas. Tenemos que pasar a tener un equilibrio.
La esperanza está ahí, en la escuela, en los profesores que se ponen en contacto con el Doughnut Economics Action Lab por que quieren enseñarle a sus alumnos otro tipo de economía.
Hay profesores de universidad que están intentando cambiar currículums, introducir nuevas ideas, introducir nuevos contenidos, explorar nuevos planteamientos.
También en muchos casos, no solamente va a depender de esperar a que el Gobierno o que la jefa de turno de los pasos.
Mucha de la presión va a venir por el movimiento de abajo, por una red de calle que va a impulsar esos cambios.