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Esperando el Mundial de Qatar

Ilustración: Ignacio Ledesma.

Desde la escolástica peronista aún no pueden explicar el poder sobrenatural que tiene Cristina Kirchner para reinstalarse en el centro de un país desbarrancado y herido como Argentina.

Tampoco habían podido con Perón, ni con Evita, ni con Menem. El Furia Néstor no les dio tiempo al ensayo filosófico: el materialismo avaro que caracterizó al expresidente no dio paso a la posibilidad de aplicar filosofía aristotélica a la vida de un bandido incurable.

Mientras el nuevo Ministro de Economía, Sergio Mantequita Massa, hace el ajuste bautizado como "reasignación de partidas", la ladrona Cristina Kirchner y Alberto Fernández, el presidente protocolar, esperan ansiosos la llegada del Mundial Qatar 2022.

La euforia descomunal que el pueblo argentino expresa por su Selección de fútbol sería el antídoto ideal para el brutal dolor que causará el ajuste que hoy pone en práctica el cuarto Gobierno kirchnerista.

Cristina Kirchner y Alberto Fernández, también Mantequita Massa, esperan ansiosos la llegada del Mundial de Qatar 2022. Cada gol, cada jugada de Messi, cada momento de emoción provocado por alguno de los 11 titulares, será sin duda un motivo disuasivo para los explotados criollos que encontrarán en el placebo de la tele un refugio provisorio contra la pobreza que carcome sus vidas.

El DT Lionel Scaloni tiene hoy más responsabilidad que el propio presidente de la Nación. En sus manos está el éxito y la posibilidad de que el ajuste peronista pase sin dolor por los fregados cuerpos de argentinos y argentinas.

Cómplices de la pobreza

En el elocuente silencio ensordecedor que experimenta la amenazada Cristina Kirchner se esconde una complicidad absoluta con este Gobierno peronista que está provocando hambre, inflación, desempleo, pobreza y angustia.

Si bien no hubo una devaluación formal en este periodo, hubo sí una devaluación de facto. Mientras la inflación se come los ingresos de los ciudadanos, la pérdida del poder adquisitivo tras la emisión monetaria está devaluando el peso argentino y el poder de compra.

Ergo: la devaluación se está haciendo sola, sin la mano ejecutora del estafador Sergio Massa y sin la anuencia de la cómplice del hambre Cristina Kirchner.

Al Presidente protocolar Alberto Fernández no hay que culparlo de todo lo que está sucediendo: él es sólo un instrumento electoral en desuso. Sirvió hace dos años para amalgamar y recaudar votos de los electores que habían sido estafados por Euforia Macri.

Una vez terminada la elección del 2019, la ladrona Cristina se encargó de hacerle sentir al Tío Beto que ya no hacía falta y que su papel en el Gobierno kirchnerista estaba destinado al olvido y el desplazamiento humillante.

Las últimas devaluaciones que hubo en Argentina

En diciembre de 2015, el Gobierno de Mauricio Macri decretó el fin del cepo cambiario, medida que generó una suba del dólar del 40%. Pasó de $9,83 a $13,95. Así, la depreciación del peso argentino fue del 29%.

En enero de 2014, durante el Gobierno peronista de Cristina Kirchner, el entonces Ministro de Economía, Axel Kicillof, y el Presidente del Banco Central, Carlos Fábrega, convalidaron un salto cambiario de más del 20% en un solo mes. El verde pasó de $6,50 a $8. La devaluación llegó a ser casi del 20%.

En enero de 2002, durante la presidencia del mafioso peronista Eduardo Duhalde, se anunció la derogación de la Ley de Convertibilidad y se promulgó la pesificación. El dólar pasó a valer $1,40 y pronto llegó a costar $4. La devaluación salvaje del Cabezón Duhalde fue del 75%.

El día que anticipamos el fracaso prematuro

El 30 de diciembre de 2020, anticipábamos en este mismo diario el fracaso prematuro del inútil Alberto Fernández.

"El Tío Beto, un constitucionalista que está cada vez más lejos del pueblo y más cerca del kirchnerismo de Cristina, se desvanece en la pálida sombra de un fracaso prematuro y un destino de olvido", escribimos en aquel pálido artículo de opinión.

También explicábamos que apenas había pasado "un año desde que asumió como presidente y que ya habían sucedido "hechos que marcan la agenda de un político sin poder. Recordarlo es innecesario, y hasta parece un ejercicio que anticipa el fracaso de un Gobierno que se desinfló antes de empezar a cruzar el río".

Evidentemente tan lejos del pronóstico incómodo no estábamos. Parece que el vaticinio se cumple con la pulcritud menesterosa y la dedicación devota de alguien que pudo asomarse y ver un poco más allá de la coyuntura chata.

Habrá entonces que tener paciencia con Alberto Fernández y dejarlo fracasar tranquilo, como se lo dejó fracasar también a Mauricio Macri.

Así nos va.

Sergio Massa, el ecléctico incurable que llegó para fracasar

Caricatura: Ignacio Ledesma

Especular sobre el acierto o desacierto de la llegada de Sergio Massa al poder real implica, sin hesitación, deducir que Alberto Fernández ya renunció al ejercicio de la presidencia para quedar como figura decorativa de un Gobierno que se derrumbó a pocos meses de empezar.

El Frente de Todos ha fracasado de manera prematura, dejando en el imaginario colectivo el sinsabor de una coalición que sólo sirvió para ganar una elección y sacar al inútil de Mauricio Macri de la Casa Rosada.

En lo demás, es todo igual, un gris parejo y amorfo, desdibujado, que dejó un paisaje desolado y pobre, casi una postal de Antonio Berni en pleno siglo XXI.

Es raro lo que hace el Gobierno nacional: en medio de una crisis de confianza, pone como hombre fuerte para ejercer el poder a un político zigzagueante en el que nadie confía.

Mantequita Massa es un fofo intelectual sin ideología definida y sin formación cívica coherente. Según algunas encuestas, apenas si goza de un 9,1% de imagen positiva, mientras que el 70,3% tiene una pésima imagen del flamante ministro de Economía.

Es inevitable recordar a Massa cuando uno escucha la canción del artista kirchnerista León Gieco, cuando en Ojo con los Orozco entona con inusual ironía:

"Sopló corno, trombón.
Tocó son sonoro con los cocos
rock, pop, folk, pogo.
Nos contó como oyó todos los: Oh, oh, oh, oh, oh.
Tocó con todos,
por poco no tocó con Colón".

Massa viene a curar Argentina de una pandemia incurable: el fracaso. El problema no es el diagnóstico sino el médico que buscaron.

El kirchnerismo, supuestamente de izquierda, terminó poniendo en el poder a un cipayo de derecha, alguien mimado por la Embajada de Estados Unidos y protegido por el Imperio americano por sus maleables condiciones de facilitador de negocios para las multinacionales.

Nadie le cree, nadie confía en él y no tiene elementos propios como para generar cierta credibilidad entre ciudadanos y ciudadanas.

El hombre que metería "presos a los corruptos", el candidato eterno que terminaría "con los ñoquis de La Cámpora", hoy se presenta como un estadista empoderado por la ladrona Cristina Kirchner, quien debería estar en la cárcel y no presidiendo el Congreso de la Nación.

El desafío de Mantequita Massa es bajar la inflación, reducir el déficit fiscal, conseguir dólares para el Banco Central y acomodar la economía preservando el poder del salario.

Entendamos que la Economía no es una ciencia exacta y precisa, se basa en la confianza. Un sistema económico, un plan, depende mucho del poder político que lo implementa y el nivel de confianza o crédito que genera.

Por ahora sólo ha dado anuncios: dijo qué hay que hacer pero no explicó cómo. Habrá que ver de qué manera implementa medidas que apunten a corregir la distorsionada economía criolla.

Confiar en el nuevo ministro es confiar en el alacrán que picó a la rana que lo ayudaba a cruzar el río sobre su espalda.

Massa es aquel ecléctico incurable que llegó para estirar el tiempo, para dejar pasar los días y meses e intentar hacer que el Frente de Todos llegue al final del mandato de ese gran fracaso llamado Cristina Kirchner y Alberto Fernández.

Mientras eso sucede, la mentira será el placebo de la agonía y la angustia el medicamento de cada día para los argentinos y argentinas.

Así nos va.