Especular sobre el acierto o desacierto de la llegada de Sergio Massa al poder real implica, sin hesitación, deducir que Alberto Fernández ya renunció al ejercicio de la presidencia para quedar como figura decorativa de un Gobierno que se derrumbó a pocos meses de empezar.
El Frente de Todos ha fracasado de manera prematura, dejando en el imaginario colectivo el sinsabor de una coalición que sólo sirvió para ganar una elección y sacar al inútil de Mauricio Macri de la Casa Rosada.
En lo demás, es todo igual, un gris parejo y amorfo, desdibujado, que dejó un paisaje desolado y pobre, casi una postal de Antonio Berni en pleno siglo XXI.
Es raro lo que hace el Gobierno nacional: en medio de una crisis de confianza, pone como hombre fuerte para ejercer el poder a un político zigzagueante en el que nadie confía.
Mantequita Massa es un fofo intelectual sin ideología definida y sin formación cívica coherente. Según algunas encuestas, apenas si goza de un 9,1% de imagen positiva, mientras que el 70,3% tiene una pésima imagen del flamante ministro de Economía.
Es inevitable recordar a Massa cuando uno escucha la canción del artista kirchnerista León Gieco, cuando en Ojo con los Orozco entona con inusual ironía:
"Sopló corno, trombón.
Tocó son sonoro con los cocos
rock, pop, folk, pogo.
Nos contó como oyó todos los: Oh, oh, oh, oh, oh.
Tocó con todos,
por poco no tocó con Colón".
Massa viene a curar Argentina de una pandemia incurable: el fracaso. El problema no es el diagnóstico sino el médico que buscaron.
El kirchnerismo, supuestamente de izquierda, terminó poniendo en el poder a un cipayo de derecha, alguien mimado por la Embajada de Estados Unidos y protegido por el Imperio americano por sus maleables condiciones de facilitador de negocios para las multinacionales.
Nadie le cree, nadie confía en él y no tiene elementos propios como para generar cierta credibilidad entre ciudadanos y ciudadanas.
El hombre que metería "presos a los corruptos", el candidato eterno que terminaría "con los ñoquis de La Cámpora", hoy se presenta como un estadista empoderado por la ladrona Cristina Kirchner, quien debería estar en la cárcel y no presidiendo el Congreso de la Nación.
El desafío de Mantequita Massa es bajar la inflación, reducir el déficit fiscal, conseguir dólares para el Banco Central y acomodar la economía preservando el poder del salario.
Entendamos que la Economía no es una ciencia exacta y precisa, se basa en la confianza. Un sistema económico, un plan, depende mucho del poder político que lo implementa y el nivel de confianza o crédito que genera.
Por ahora sólo ha dado anuncios: dijo qué hay que hacer pero no explicó cómo. Habrá que ver de qué manera implementa medidas que apunten a corregir la distorsionada economía criolla.
Confiar en el nuevo ministro es confiar en el alacrán que picó a la rana que lo ayudaba a cruzar el río sobre su espalda.
Massa es aquel ecléctico incurable que llegó para estirar el tiempo, para dejar pasar los días y meses e intentar hacer que el Frente de Todos llegue al final del mandato de ese gran fracaso llamado Cristina Kirchner y Alberto Fernández.
Mientras eso sucede, la mentira será el placebo de la agonía y la angustia el medicamento de cada día para los argentinos y argentinas.
Así nos va.
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