En el pasado aún está Cortázar, jugando con sus gatos, en algún sitio de París. Toma mate mientras escucha un disco de vinilo de Charlie Parker.
Es una tarde fría y lentamente ha comenzado a lloviznar. Él mira por la ventana y tiene en su cabeza una historia que se empieza a gestar. Está vivo. Su respiración, el humo del tabaco, el olor dulzón de tarde, impregnan todas las cosas del lugar. Sabe que no existe el tiempo ahí. Sabe que el terreno de la memoria, de la imagen de alguien que lo sueña, no corresponde al tiempo devenido: el pasado es ahora y se actualiza constantemente sobre sí. Se pliega y se expande. No existe la carne, ni aquello que la corrompe. Todo es puro deseo de existencia.
La gente viaja, come y bebe, se ama, se enferma, pero allí, donde habita Cortázar, es puro instante que se constituye sólo a sí mismo.
Los filósofos han especulado sobre el tiempo, han referido a su contingencia, a su trazo lineal, al roce y a la decadencia que trae sobre las personas y los objetos. Pero también, han previsto, oracularmente han preanunciado, que ese mismo tiempo se contrae sobre sí. En innumerables pliegues hay, probablemente, un instante que es eterno. Donde Cortázar, sus gatos, esa llovizna permanente sobre París, aún no han terminado de suceder.
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