Ese día había llovido toda la tarde. Al llegar la noche se quedaron junto a la estufa. Habían caminado por el bosque y estaban empapados.
No se tenían más que a ellos, en toda la soledad del lugar. El viejo y su perro. El perro y su viejo.
El hombre preparó la cena para los dos y luego se quedaron junto a la estufa a leña: uno echado cerca del fuego, el otro mirando un libro antiguo y roto.
Habían pasado más de diez años así. Acompañándose. Creando una amistad que es difícil describir con palabras.
Alguno de los dos moriría primero. El otro, seguro, lo haría un tiempo después. Pero eso no importaba. Lo que se tenía era ese instante en que estaban vivos.
Ahora junto al fuego. Mañana ante la luz resplandeciente del día. La tierra blanda y oscura. Y el bosque cobijando.
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