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Los libros del cine

Hablar de libros cuyo tema específico es el cine, es hablar de aquello que comprende la técnica, la estética, la filosofía y la historia del arte cinematográfico.

Si tenemos que mencionar algunos libros que refieren a la técnica es necesario mencionar aquellos de Sergei Eisenstein: El sentido del cine y también, La forma en el cine (Editorial Siglo XXI). Libros en los cuales se lleva a cabo una investigación sobre los alcances del montaje en un film.

Con un recorrido por su obra, el autor despliega todo su saber, su experimentación, dándole importancia a lo que conocemos por sutura, por unión entre un plano y otro, es decir, el montaje y sus distintas posibilidades conceptuales.

Si tenemos que hablar de una construcción de poéticas, de paradigmas como el neorrealismo italiano, uno de los mejores libros sigue siendo, a mí criterio, ¿Qué es el cine? (Ediciones Rialp) del tempranamente desaparecido André Bazin. Libro que se puede descargar en pdf en internet.

Allí, el gran crítico cinematográfico de la revista Cahiers du Cinéma (de la cual salieron también los directores Francois Trufautt y Jean Luc Godard) hace una fuerte defensa de lo que él llama "realidad objetiva" que comprende films documentales y también los de la escuela italiana neorrealista.

Geniales pasajes encontraremos en el libro El cine según Hitchcock (Alianza Editorial) cuyas conversaciones con este realizador y Truffaut nos sorprenderán por la amplia experiencia de los dos, entrevistado y entrevistador.

A nivel teórico y filosófico, libros fundamentales para comprender la esencia del arte cinematográfico son los de Siegfried Kracauer: De Caligari a Hitler, una historia psicológica del cine alemán, (Editorial Paidos Ibérica) y los de Gilles Deleuze: La imagen movimiento y La imagen- tiempo Estudios sobre cine 1 y 2, (Editorial Paidos Ibérica) donde los autores despliegan un amplio campo de saber, indagando en la historia, en la filosofía y en la poética de los distintos realizadores.

Y si de entender cuestiones sustanciales en cuanto poéticas se trata, que mejor que ir a los libros escritos por los realizadores. Un maravilloso texto es el que escribe Andrei Tarkovski: Esculpir en el tiempo (Ediciones Rialp) que funciona como un extenso diario de trabajo de gran Andrei.

Linterna mágica (Tusquet editores) de Ingmar Berman es un libro bellamente escrito por uno de los grandes directores a nivel mundial. En este escrito, Bergman nos habla de todo lo que para él ha significado el ser realizador de cine y teatro. De cómo la vida se nos va en perseguir un sueño muchas veces costoso.

Indudablemente hay mucho material para entender el cine. En esta columna sólo he querido acercar a los lectores algunos de los libros que me parecen fundamentales a la hora de entender qué cosa es el cine.

Para qué sirve este instrumento tan importante de la cultura de nuestros días. La lista se amplía, por supuesto, con aquellos que usted tiene en mente en este preciso momento...

El cine de Leonardo Favio

Cuando uno ve El dependiente, tiene la certeza que el cine nacional, a lo largo de su historia, ha capitalizado la gran lección del maestro: un guion que tiene mucho de la literatura de ese momento, es decir, de Borges, Cortázar y Bioy Casares, entre otros.

El trabajo ambiental, fruto probablemente de la influencia de Leopoldo Torres Nilson. También aquellos personajes desfasados, casi al borde de la locura, son un gran acierto de la, para mí, mejor película del gran Leonardo Favio (1938 - 2012).

Mucha de la solidez de nuestro cine se muestra en este film estrenado en 1969 por un director con mucho para dar, mucho para decir. Basada en un cuento de su hermano, Zuhair Jury, protagonizada por Graciela Borges y Walter Vidarte, la historia cuenta la vida de un empleado de ferretería y su relación de galanteo amoroso con una mujer que vive encerrada con su madre en una casa por demás extraña.

Hay mucho ahí: expresionismo en las imágenes, grotesco en las actuaciones, una seguridad desde la dirección de cómo debe ser narrada la historia, que sorprende a todo espectador.

A la película, en su momento, no le fue tan bien. No tuvo el apoyo del Instituto de Cine, ni del público, pero vista a la distancia, cuando uno piensa en Favio y su cine, lo primero que aparece es El dependiente.

¿Es necesario aclarar a esta altura que Leonardo Favio fue un gran cineasta? ¿Uno de los mayores que ha dado el cine argentino? ¿Qué ha logrado construir "mitos" como ninguno

Ya su primer largometraje indagaba en el neorrealismo italiano. Crónica de un niño solo (1965) es una maravillosa obra. Inspirado, probablemente, en el Truffaut de Los 400 golpes, Favio cuenta la historia de un niño pobre cuya vida transcurre entre villas miserias y el reformatorio. Luego vendría El romance del Aniceto y la Francisca… (1967) con Federico Lupi y Elsa Daniel. Esta película está considerada para la crítica y el público como la más importante de este realizador.

Títulos como Juan Moreira (1973), Nazareno Cruz y el lobo (1975), como así también films no del todo logrados entre los que podemos nombrar Soñar, soñar (1976) con Carlos Monzón y Gian Franco Pagliaro; pasando por su cine de militancia peronista como Gatica, el mono (1993) o Perón, sinfonía de un sentimiento (1996 – 1999), hacen de Leonardo Favio un cineasta fundamental en la filmografía argentina.

El prestigio de Favio como realizador se ha extendido en todo el mundo y hoy, cuando se estudia al cine argentino no se puede soslayar todo su aporte. Sus personajes nunca serán olvidados.

Transitando la desesperación, la locura, la valentía o un amor desolado, ellos se han conectado desde siempre con un cine que tiene la fuerza de una pasión popular.

Un cine que le habla a todos, que transcribe desde sus imágenes los sentimientos universales que cualquier ser humano lleva consigo.

Tener la eficacia de ser popular, sólido como director, maestro de nuevo cineastas, es algo que no es poco y que al gran Leonardo Favio se le daba a manos llenas.

El cine de David Lynch

Desde siempre el cine se ha ubicado del lado del realismo, de la fábula clásica, con actores que respondían a algo tan artificial como cualquiera de las posiciones en donde se ubica esta estética.

La finalidad siempre ha sido alcanzar esa realidad que se nos escapa constantemente. Pero, aun en películas cuyo paradigma es el naturalista, este realismo, se presenta extraño, armado, lejos de lo que nosotros entendemos por sucesos de la vida.

Y es que el arte no es la vida. Sólo puede acompañarla creando un objeto que indague en ella, pero con una autonomía propia. Y es que el hecho artístico puede nutrirse de la vida, pero nunca pretender ser ella.

En el cine sólo cuando un film ha vencido sus propios lugares comunes, esto es, con un guion que se aleja de los gustos e imposiciones del mercado, de las preceptivas de toda estructura dramática ortodoxa, o de los clichés propios de las técnicas de actuación, sólo allí, se asemeja, se acerca, a ciertas instancias de lo real.

Entonces gracias a los tiempos muertos, los diálogos que no pretenden nada, las actuaciones que se dejan transcurrir en busca de ese momento inasible que da lo vivo, el cine va acercándose a eso que llamamos realidad. Es decir, el devenir de hombres y mujeres en este mundo.

Y esto es lo que hace, de algún modo, el cine de David Lynch. Este cineasta que ha indagado desde sus primeras experiencias en el terreno de lo onírico, de lo siniestro, llevando parte de su saber en las artes plásticas a su cine, ha comprendido algo muy interesante que tiene esta herramienta artística: para acercarnos a la dimensión de lo real, de nuestro suceder en el mundo de hoy, tenemos que encontrar una forma periférica, un comprender la fábula desde otro lugar, sabiendo que hoy, más que nunca, que el que termina de construir el mensaje es el espectador. Es decir, otorgar la posibilidad al espectador de ser tan creativo como el artista mismo.

En uno de sus primeros trabajos Eraserhead (1977), traducida como Cabeza Borradora, David Lynch entraba de lleno en un mundo sombrío, absolutamente extraño, más cerca de los sueños que de un relato lineal. Tardó seis años en concretar esta película, pues nadie quería financiarla. Hoy es un objeto de culto.

La historia de un hombrecito nervioso que trabaja en una imprenta, le sirve a este director para presentar un conjunto de imágenes y de hechos, casi inconexos, que poco a poco producen un hondo efecto en el espectador.

En otros trabajos, quizás los más destacados de su filmografía, Blue Velvet (1986) y posteriormente Mulholland Drive (2001), Lynch llega al fondo de la cuestión. Esto también, lo podemos encontrar en su serie para la tv: Twin Peaks (1992) y sobre todo en su tercera temporada en 2017. En estos trabajos, desarrolla todo lo que ha comprendido de su propio lenguaje.

Allí puede describir la maldad como ninguno, la soledad, el misterio de la vida y la muerte. Y sobre todo: minar lo que entendemos por realidad. Pues, a la manera platónica, sabe que el mundo sensible donde nos movemos es una mera copia de aquel otro, el mundo ideal. Sólo que, para David Lynch, por una paradoja que describe lo que es el hombre mismo, no hay Bien en ese otro lado. Todo lo contrario.

Para resumir, podemos contar cualquier clase de historia, basta que las enfoquemos desde otra mirada, libre de los prejuicios y las formalidades que la misma forma del cine nos impone.

El cine de Ingmar Bergman

Ingmar Bergman entendió siempre que el cine era la herramienta y el medio con el cual podía desarrollar todas sus preguntas metafísicas: la vida y la muerte, la presencia o ausencia de Dios, la disquisición entre el bien y el mal.

Todos los temas que recorrerían su obra. En sus memorias, al recordar su niñez, Bergman diría: "Casi toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como pecado, confesión, castigo, perdón y misericordia, factores concretos en las relaciones entre padres e hijos, y con Dios".

Tal es así, que mucha de su producción pasa por la revisión de estos conceptos. En Fanny y Alexander (1982) cuenta la historia de dos niños atravesada por la muerte, el misterio, el castigo. Bergman, hijo de un pastor Luterano, no iba a estar exento de todas estas preocupaciones a lo largo de su vida.

Con un amor por el teatro, tan grande como el que tenía por el cine, Ingmar Bergman puso en escena obras de Ibsen y Strindberg. Sumamente interesante es una adaptación que hace de Sueño una obra del último.

Hablar de este director sueco, es quizás, hablar de alguien que dio en el centro de lo que puede significar un cine que trascienda todo lo que uno conoce como aquello que es común en una producción cinematográfica.

Ejemplo: guiones que no responden a las características clásicas de este medio, es decir, que están más cerca de la dramaturgia del teatro que del lenguaje del cine. O el trabajo con el actor, muy inteligente, muy sensible, por parte de la dirección.

Bergman deja que su actor vaya hacia un estado de organicidad destacable. Fresas salvajes (1957) con el gran Victor Sjöström, es una clara muestra de esto. Otras grandes películas son El séptimo sello (1957), Persona (1966) o Gritos y susurros (1972). En todas encontramos el misterio de ser humanos, el temor por las cosas que nos son desconocidas, el dolor y la locura.

Asistir a una película de Bergman, hace unos 20 años, cuando aún persistían esas salas donde se daba cine de autor, era un gran acontecimiento. Se tenía la seguridad de tener un encuentro con la cultura en su forma más sublime.

El cine de este director nos dejaba hablando largas horas después de una proyección, en un café, en una cena. Con la llegada de internet, esto poco a poco ha ido desapareciendo. Aunque aún hay valientes que nos proponen ciclos de cine en pequeñas salas o donde sea. Sirvan estas palabras también como homenaje para ellos.

Ingmar Bergman ha dejado un cine que habla de sus sueños, sus temores, sus anhelos. Si uno lee sus escritos, se da cuenta que la vida de este creador pasaba por un todo: sus reflexiones eran sus películas, sus películas eran su vida.

Hoy podemos encontrar gracias a internet casi toda su producción en You Tube y otros sitios donde se almacenan las películas de los grandes cineastas.

No será lo mismo nunca que verlas en una sala de cine, pero si una posibilidad de acercarse a estas obras. Y mirar. Y asombrarse por la maravillosa creación de hombres y mujeres a lo largo de los años, en ese registro de imágenes, palabras y sonidos que definen el paradigma de nuestra época.

Juan Carlos Carta recuerda al poeta José Campus

Conocí al poeta José Campus hace más de treinta años. Yo era un joven entusiasta del teatro y él ya era esa leyenda provinciana de director y dramaturgo difícil.

Difícil por su trato con la gente, difícil por sus bellos textos de teatro, casi imposibles de llevar a escena. Pasábamos horas en un espacio que le cedía la municipalidad, lidiando tan sólo con una oración de alguna de sus obras. Quería él, el tono perfecto para cada línea de sus textos, en esos llamados trabajos de mesa que se llevaban a cabo en un tiempo remoto.

El desánimo era lo primero que acudía cuando trabajábamos con él. Llevaba en sí la maldición de haber sido un gran director en el tiempo de su juventud. Y no podía con eso. No podía entender esas nuevas tendencias que llegaban a ramalazos en donde se les daba prioridad al cuerpo antes que a la palabra. No podía entender a aquellos que nos decíamos actores y todo nuestro desinterés por la voz y la palabra. Yo hoy, puedo decir que tampoco puedo entender eso.

Nos hicimos grandes amigos. Peleándonos, queriéndonos. Él me decía siempre: “Carta, usted quiere hacer de todo. Cine, teatro, mimo, escribir… ¿No le parece mucho? Así no se llega a las esencias de las cosas. Vaya, enciérrese un tiempo. Escriba”. Y yo no lo entendía, pero en este tiempo de mi vida es lo que más hago.

Mi amigo vivió en la pobreza digna. Sin pedir nada al otro. Sin estafar, sin ser desmedido en sus intereses como los hay tantos hoy. Había escrito: "Y llenó sus valijas con todo su cansancio obrero". Y eso era más que suficiente para mí. Lo quise como se quiere a un padre, a un gran amigo. Yo comprendo su devenir cada vez más, cuando miro toda su trayectoria. Fue Poeta, amigo, padre. Sé que de varios. Siento mucho sus palabras. Ellas están para siempre. Me trazan un camino. Él siempre tiene una palabra para mí.

el hombre
vive enredado sin mirarse
sin entender si le toca ser ángel
o foto desteñida.

En el último tiempo, Marina, su mujer me dijo que parecía un pajarito. Comía muy poco. Su sustancia era la levedad. Así se fue este poeta sanjuanino. Dejándonos sus palabras. Su amistad de padre. Legándonos algo que nos costará mucho tiempo aún, a cada uno de nosotros, a todo el pueblo sanjuanino, develar.

Juan Carlos Carta recuerda a Oscar Kümmel

A través del face, veo fotos que subió en algún momento a su muro Katia Kümmel. Son fotos de Ullúm. De la casa que fue construyendo lentamente Oscar.

Hay mucha vegetación ahora. Grandes árboles se levantan a un costado de la entrada. Álamos bordean el camino desde el portón de madera hasta la casa, al fondo. Ella, Katia, ha sacado fotos bellas que dejan ver lo especial que es ese lugar. Aun los atardeceres son más bonitos allí.

Recuerdo cuando fui por primera vez a la casita de Ullúm. Yo tenía 17 años y fuimos con mi amiga Patricia a visitar a Oscar Kummel. Estábamos deslumbrados con nuestro maestro. En un momento, todo en nuestras vidas comenzó a circular en torno a la presencia de él. Nos llenábamos la cabeza con unos cuantos nombres: Peter Brook, Stanislavsky, Brecht, Barrault, Marceau, Decroux, Lecoq, Pina...

A todos ellos nos había abierto la puerta Oscar. Entonces los días ya no fueron los mismos. Sentíamos la respiración de la tarde en todo su esplendor. Y las noches se llenaron de libros, de piel y de huesos en movimiento. Un simple fundido, lento, definía un trazo especial en un espacio cualquiera.

Después que Oscar nos invitara a su casa de Ullúm, vinieron momentos de salir a pescar en su bote. Noches en campamentos mineros abandonados. El río y su furia. Los inviernos y los veranos nos encontraron siempre igual: creando en su atelier, a partir del más mínimo de los movimientos. Yo nunca he amado al teatro como lo amé en esa época.

El país despertaba de una larga pesadilla, y entonces el teatro, que es la mayor fiesta que puede tener un pueblo en democracia, se diseminaba en todo los sitios. Plazas, bares, sótanos, galpones abandonados; cualquier lugar nos vino bien.

Yo sé que uno desarrolla siempre ese transitado ejercicio de la memoria que consiste en revisar el pasado y terminar pensando que todo lo que vibra en ese pasado fue mejor. Pero, ¿saben qué? Para mí fue mejor. Ese pasado. Porque fue mejor encontrarme en Córdoba, en los festivales latinoamericanos, con una inmensa fiesta desbordada de alegría. Porque fue mejor viajar a Buenos Aires y encontrar un Parakultural lleno de la energía de Batato, Omar, Olkar, Gerardo y tantos otros.

Porque fueron mejores las tardes de visita a Emeterio Cerro y quedarme asombrado de su luminosa locura. Porque fue mejor ese gesto lento que comenzaba Oscar Kümmel en sus clases, y que se expandía, y que nos llegaba casi siempre al centro de nuestro corazón.

Literatura sanjuanina: Sarmiento

Si alguien me pregunta qué puede leer de escritores de San Juan, yo comenzaría, por supuesto, con el primer narrador destacado que tenemos, en el siglo XIX: Domingo Faustino Sarmiento.

Más allá de ser un escritor y político muy discutido por sus pensamientos, hay algo que me gustaría mencionar: la enorme maestría que tiene para narrar.

Sarmiento construye un narrador muy potente desde la soledad de su educación, desde los libros que sus mentores le hacían leer, desde la intuición: nunca tuvo una educación formal.

No fue aceptado en el Colegio de Ciencias Morales en Buenos Aires. Pero si pudo discutir, luego, con cada uno de sus alumnos. Ya escritor, es aquel que inaugura muchos estilos desde su tiempo.

Con sus escritos políticos - narrativos logra varías cuestiones: que ellos se transformen en un arma para la lucha, que describan toda la sociedad de la época (de la cual él tiene una visión muy enmarcada), etc. Panfleto- diatriba- novela de aventuras- arma política - objeto de estudio social y otras tantas impresiones podemos tener al leer su Facundo, por ejemplo.

El joven Sarmiento, puesto a exiliarse por el régimen, se promete combatir a Rosas por todos los medios posible. Ya en Chile y trabajando en periódicos de allá, logra escribir "Facundo o civilización o barbarie". Libro que entrará a la Argentina de manera clandestina. Llegará hasta las manos de Rosas. El mismo Rosas se dará cuenta del poder que tiene ese objeto - arma.

Su tesis sobre civilización o barbarie, devendrá en innumerables hechos políticos, sociales, etc, que terminarán poniendo al autor en una zona muy criticada.

Todas sus ideas sobre educación también tendrán su repercusión en los tiempos venideros.

Hoy hay lugares en nuestro país que a Sarmiento se lo lee de distinto modo: acá en San Juan como prócer y maestro.

En La Rioja, cuna de Facundo Quiroga, es probable que nadie tenga ganas de leerlo. Lo cierto es que Sarmiento en su siglo inaugura un pensamiento y una estrategia literaria que no puede ser soslayada de ninguna manera.

Muchos hoy se preguntan si nuestro libro fundante es el Martin Fierro o por el contrario, el Facundo…

Tal es la potencia de este narrador y político en los momentos en que se construía la idea y el rumbo de nuestra Nación Argentina.

Narrativas de verano: Instante

En el pasado aún está Cortázar, jugando con sus gatos, en algún sitio de París. Toma mate mientras escucha un disco de vinilo de Charlie Parker.

Es una tarde fría y lentamente ha comenzado a lloviznar. Él mira por la ventana y tiene en su cabeza una historia que se empieza a gestar. Está vivo. Su respiración, el humo del tabaco, el olor dulzón de tarde, impregnan todas las cosas del lugar. Sabe que no existe el tiempo ahí. Sabe que el terreno de la memoria, de la imagen de alguien que lo sueña, no corresponde al tiempo devenido: el pasado es ahora y se actualiza constantemente sobre sí. Se pliega y se expande. No existe la carne, ni aquello que la corrompe. Todo es puro deseo de existencia.
La gente viaja, come y bebe, se ama, se enferma, pero allí, donde habita Cortázar, es puro instante que se constituye sólo a sí mismo.

Los filósofos han especulado sobre el tiempo, han referido a su contingencia, a su trazo lineal, al roce y a la decadencia que trae sobre las personas y los objetos. Pero también, han previsto, oracularmente han preanunciado, que ese mismo tiempo se contrae sobre sí. En innumerables pliegues hay, probablemente, un instante que es eterno. Donde Cortázar, sus gatos, esa llovizna permanente sobre París, aún no han terminado de suceder.

La infancia del Teatro

Todas las potencialidades de la creación están reunidas en la infancia. Mujeres y hombres, cuando niños, despliegan desde su imaginación esos mundos a los que acudirán a lo largo de sus vidas. Islas misteriosas, viajes infinitos, terroríficas casas abandonadas, se presentan abonando la imaginación del que juega.

Un patio con el pasto crecido es una enorme selva amazónica.
Cualquier zona de árboles se transforma en paraje de bandidos.
Meterse debajo de la cama es entrar en un túnel desconocido.

En la infancia, también, está el teatro. Es decir, la representación y la mímesis aristotélica ya se establecen de manera orgánica, sin teoría ni filosofía, en aquellos que juegan: héroes y heroínas, inventores, astronautas, deportistas increíbles, son representados por niños que juegan en las siestas o en las tardes de invierno. O mejor, en todos los días de cualquier estación. Porque los días de la infancia no miden climas ni fechas para crear su juego.

Dos grandes creadores del teatro: Tadeusz Kantor y Peter Brook, pensaban que en la infancia se encontraba el germen inventivo de sus trayectorias como artistas.

Cada uno, para hablar de su teatro, se trasladaba a su niñez. Fue allí, dicen en textos autobiográficos, que encontraron la llama de su arte sagrado. Fue allí, donde se manifestaron sus máximas creaciones o vieron lo que más los deslumbró.

Para el niño Tadeusz, quien creció en Polonia, en medio de las guerras mundiales, hallar la luminosa energía del teatro a través del juego se transformó en una necesidad esencial.

Un día, jugando, encontró lo que siempre consideró su mayor creación: con cajas de zapatos unidas por un hilo y ante una boca de escena precaria, descubrió la posibilidad de cambios de escenografías. Como por las vías de un tren, deslizaba los vagones - cajas ante la boca de escena. Cada una de esas cajas representaba una escenografía y espacio diferente...

Para el niño Peter, a quien no le gustaba el teatro, pero si el cine, su mayor descubrimiento fue el día en que su padre lo llevó a ver una representación en una librería de Oxford Street: una función para niños de un teatro de juguetes del siglo XIX.

Todo estaba hecho en cartulina. De repente, como por un acto mágico vio en un lago hecho de tiras de papel azul, la figura lejana de un hombre montado en un bote. Pronto, a través de los recursos de la iluminación y de la oscuridad, la figura del hombre pasó a un primer plano. Había nacido el concepto de montaje en la cabeza del pequeño Peter Brook.

Los descubrimientos que tenemos en nuestra niñez son aquellos materiales con los que después trabajaremos como artistas. La metáfora, la sinécdoque, todos los tropos, están naturalizados en la infancia. Un niño juega y esa tabla es una espada, la luz tenue de una lámpara la luna y el agua de un charco después de la lluvia, la laguna donde anidan animales ancestrales.

Anticipo del libro "Escritos sobre teatro" de Juan Carlos Carta

Estética Teatral

Lo más importante para un director teatral es encontrar su estética. Acompañada por una técnica y una teoría. Es decir, las cuestiones formales en teatro, se ven condicionadas y dirigidas por la praxis escénica. Praxis que a su vez define forma y contenido. Por eso el desarrollo en nuestro trabajo es desde un conocimiento empírico.

Construir una poética en el teatro implica tener en cuenta previamente muchos elementos y herramientas conceptuales. Pero también, tener en cuenta lo que se produce en la experiencia profunda del cuerpo en situación de representación y en todas sus posibilidades.

Lo efímero del acto creativo en el teatro se ve respaldado por un cuerpo vivo y en constante cambio. Cambio que se da por incorporar nuevas técnicas, por una nueva comprensión del hecho escénico, por el devenir del cuerpo inscripto en el tiempo que vivimos.

La experiencia estética se produce ahí: cuerpo, espacio metafórico, incidencia de la luz y el sonido, texto - tejido incorporado orgánicamente. Ideología, historia, antropología, fábula, se en involucradas una vez que se apagan las luces y se encienden los cuerpos en movimiento en cualquier espacio teatral.

Luz

Si tuviera que escribir la historia de la luz en el cine o en el teatro o en la fotografía, comenzaría por decir que en ella se concentra toda la poética del artista. La luz define la estética. La luz es pura metáfora; lo que ilumina o no deviene en sustancia esencial. La tarde que se va, la lámpara que alumbra tenuemente, el invierno gris y su luz un poco sucia, el resplandor de un día primaveral, esa luz que se desliza por las rendijas de una ventana desvencijada…

O en el teatro. Aquella luz que sectoriza o aquella que sorprende por su fino trazo como un cuchillo cortando el espacio. La luz del cuerpo. El contraluz creando fantasmas. Los claros y oscuros de cualquier representación teatral. Y aquella otra, la que describe el sentimiento de los personajes, una luz mucho más metafísica…

La luz lo es todo. La luz dispone de todos los pinceles para expresarse. El artista cuenta la historia de la luz y mientras cuenta, ella va graduando su intensidad. Luz. Vida. En. El. Mundo.

Bertolt Brecht y el distanciamiento

La idea de Bertolt Brecht que el distanciamiento (verfremdungseffekt) de la posibilidad al actor para que pueda discutir con el texto del autor, nos ha llevado a pensar que ese mismo concepto se podría desplazar hacia otras zonas de la puesta: un sistema de iluminación que pueda conducir al personaje hacia otros derroteros.

Que pueda sugerir, describir o preanunciar sus estados de ánimo. Un sonido, una melodía, que sea la manifestación de algo que NO cuenta el personaje, que no está en su devenir dramático, pero que sin embargo, también lo complementa.

Un complejo de técnicas sonoras y de iluminación que ayudan a que se produzcan elipsis temporales y espaciales en el texto espectacular. Recursos que hablan de algo que permanece invisible, como una segunda línea de intención más densificada, más oscura o metafísica.