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¿Por qué Godard fue el mejor?

A pocos días de su muerte, recordamos al gran cineasta francés: Jean - Luc Godard.

La pregunta de por qué Godard fue el mejor, a nuestro criterio, se contesta así: Porque fue el artista que inscribió su arte en el futuro. Porque aún nos queda muchísimo por develar de lo que él nos enseñó.

Godard, que comenzó como intelectual y crítico escribiendo en Cahiers Du Cinema, la mítica revista que pensó al cine y propuso una mirada muy precisa sobre su esencia, pronto se pasaría a las filas de los realizadores cinematográficos. Para suerte de todos nosotros. Y es que después de la larga charla con intelectuales como Bazín, Truffaut y tantos otros, Godard se hallaba preparado para darnos el mejor cine.

Ese cine que NO es el del streaming, ni el de los grandes relatos almidonados, ni el del cine taquillero. No, su cine, en el fondo, se inscribe en el lugar más ansiado por todo artista: el de la experimentación. El del cruce. El del lugar que está tan cerca de lo sublime como de las cosas no terminadas, mal ordenadas, abiertas a lo que vendrá...

Es decir, cuando el arte necesita del marco, de la estructura narrativa clásica, de lo cerrado, Godard siempre buscaba algo diferente. Un cine para terminar de construir desde nuestro lugar de espectadores. Un cine que no tenía transacción con nada que no fuese su propia forma.

Podemos nombrar varias de sus películas: Sin Aliento, El desprecio, El soldadito hasta llegar a su último film: El libro de la imágenes, que hoy se puede ver en la plataforma MUBI.

En todas, llegan al centenar, Godard nos enseña algo. Nos enseña de cine. De cómo entender el arte después de la revolución de Duchamp. De cómo podría llegar a ser el cine del futuro: un cine de lo abierto, que se desplaza a las zonas donde el pensamiento del artista construye con nuestro propio pensamiento.

Fragmentos de Escritos sobre el Teatro, de Juan Carlos Carta

Estética teatral

Lo más importante para un director teatral es encontrar su estética. Acompañada por una técnica y una teoría. Es decir, las cuestiones formales en teatro, se ven condicionadas y dirigidas por la praxis escénica. Praxis que a su vez define forma y contenido. Por eso el desarrollo en nuestro trabajo es desde un conocimiento empírico.

Construir una poética en el teatro implica tener en cuenta previamente muchos elementos y herramientas conceptuales. Pero también, tener en cuenta lo que se produce en la experiencia profunda del cuerpo en situación de representación y en todas sus posibilidades.

Lo efímero del acto creativo en el teatro se ve respaldado por un cuerpo vivo y en constante cambio. Cambio que se da por incorporar nuevas técnicas, por una nueva comprensión del hecho escénico, por el devenir del cuerpo inscripto en el tiempo que vivimos.

La experiencia estética se produce ahí: cuerpo, espacio metafórico, incidencia de la luz y el sonido, texto - tejido incorporado orgánicamente. Ideología, historia, antropología, fábula, se en involucradas una vez que se apagan las luces y se encienden los cuerpos en movimiento en cualquier espacio teatral.

Luz

Si tuviera que escribir la historia de la luz en el cine o en el teatro o en la fotografía, comenzaría por decir que en ella se concentra toda la poética del artista. La luz define la estética. La luz es pura metáfora; lo que ilumina o no deviene en sustancia esencial. La tarde que se va, la lámpara que alumbra tenuemente, el invierno gris y su luz un poco sucia, el resplandor de un día primaveral, esa luz que se desliza por las rendijas de una ventana desvencijada…

O en el teatro. Aquella luz que sectoriza o aquella que sorprende por su fino trazo como un cuchillo cortando el espacio. La luz del cuerpo. El contraluz creando fantasmas. Los claros y oscuros de cualquier representación teatral. Y aquella otra, la que describe el sentimiento de los personajes, una luz mucho más metafísica…

La luz lo es todo. La luz dispone de todos los pinceles para expresarse. El artista cuenta la historia de la luz y mientras cuenta, ella va graduando su intensidad.

Luz, vida en el mundo.

Manuel Belgrano

Si alguna vez pudiésemos entender que cada uno de los hombres que hoy conocemos como próceres, fueron simplemente hombres, entenderíamos también, que esa voluntad que ellos tuvieron podría estar en cada uno de nosotros.

Muchos, aun teniendo en contra todos los avatares de su época, traicionados, vilipendiados, tuvieron la fuerza para seguir con sus convicciones…

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano fue uno de estos hombres.

Hoy su gesto flamea en esa bandera que aquí vemos, movida por el viento. Pero ese gesto es uno, de los muchos que su voluntad de hombre libre nos legó.

Manuel, fue uno de los primeros que tuvo ese sueño, que es el sueño maravilloso de nuestra patria liberada. Patriota fundamental en nuestra Revolución de Mayo, de nuestra lucha por la independencia, nunca dejó de pensar y escribir sobre nuestro territorio liberado.

Pero, claro, no sólo lo pensó. Tomó las armas, aun sabiendo poco de ejércitos y pertrechos militares, y se cargó al hombro el fusil: salió a pelear por nuestra patria.

Esa patria que en esos días sólo se vislumbraba en palabras y deseos. No le importaban los honores a Belgrano, ni la paga de sus honorarios como jefe militar: donó siempre lo que pudo.

Él entendía que hay cosas que están mucho más allá de las ambiciones de los hombres. Como el anhelo de un territorio libre, donde puedan crecer hombres y mujeres libres y honren siempre su libertad.

En el año 1816 estuvo en el directorio del Congreso de Tucumán que proclamó lo que tanto persiguió: La Independencia de las Provincias Unidas en Sud América.

Otro, el gran San Martín, padre de nuestra patria, siempre respetó a ese hombre...

Belgrano murió sumido en la pobreza. Dicen que quiso pagar con un reloj que el llevaba siempre consigo al médico por su trabajo…

Hoy cuando un niño o un joven izan la bandera, sueño de colores que Belgrano alguna vez pensó, hay algo de ese gesto suyo con el que él trazó su vida. Con el que decidió su vida.

Flamea la bandera y un viento suave o enérgico según el suelo de nuestra nación en donde esté, nos habla de esa gesta, de esos hombres. Golpea contra sí, contra ese mástil y es como si nos hablara y nos dijese que basta el pensamiento de un mundo mejor para echar a andar y transformar y transformarnos…

Eugenio Barba, el Odin Teatret, la antropología teatral

Parte I

Una de las incógnitas y mayores preocupaciones que tiene un director de escena es aquella que se plantea al comienzo de su labor: cómo planificar la puesta en escena, qué decisiones tomar con respecto al entrenamiento y ensayo del actor.

Muchos, desde que se estableció a comienzos del siglo XX la profesión de Director de Teatro, han optado por los caminos que trazó el gran maestro ruso Constantin Stanislavski.

Una Técnica vinculada a los presupuestos del realismo, con una lógica del acontecer en el devenir de personajes y tramas. ¿Pero qué sucede cuando no se persigue esto?

La respuesta la darían pronto Meyerhold, Gordon Craig, Artaud, y otros tantos artistas. Sabemos de uno de ellos, un polaco que entendía al teatro como un acto ritual (cosa que es en sí), que entendía el trabajo del actor desde la reclusión y el entrenamiento como una búsqueda constante en relación con su cuerpo, su voz, su existencia.

Estamos hablando de Grotowski. Hoy podemos acceder a su pensamiento y a su práctica por un alumno que se compromete en la publicación de su único libro: Hacia un teatro pobre.

Este alumno es Eugenio Barba. Un italiano que se formó en la Escuela Estatal de Teatro de Varsovia y en el Teatro Laboratorio de Jerzy Grotowski, y que pronto crearía en Oslo al Odin Teatret, uno de los mayores grupos teatrales contemporáneos.

La vida de Eugenio Barba es rica en acontecimientos, rica en experiencias. Viajero incansable, acuña en uno de sus libros, Más allá de las islas flotantes, el concepto que somos viajeros permanentes y que nuestra única patria es nuestro cuerpo. Una isla flotante atravesada por la cultura de nuestro tiempo y los anteriores.

Eugenio entiende, pronto también, en viajes al oriente, en la comparación de las distintas culturas teatrales en el mundo, que hay determinadas constantes que se dan en todas las tradiciones. Entonces allí, habiendo absorbido una gran experiencia empírica, está muy cerca de entender la tradición teatral desde una perspectiva antropológica.

¿Cómo se manifiestan las tradiciones teatrales? ¿Existe una sola posibilidad para el teatro? ¿Es siempre necesario el texto dramático como instancia previa al montaje? ¿El entrenamiento del actor siempre discurre por los mismos caminos?

Muchos interrogantes se le presentan a Eugenio Barba, mientras su imaginación vuela, su caminar descubre, su asombro se ilumina ante lo que ve a lo largo del ancho mundo.

Tres microrrelatos de Juan Carlos Carta

El dramaturgo y escritor sanjuanino ofrece tres ficciones cortas para compartir con los lectores de El País Diario.

Ancianos mirando el viento

Afuera el viento, su bramido y la tierra alzada en toda su furia. Adentro todas las cosas cubiertas por una espesa capa de polvo.
Toda la tarde estuvo el pueblo asediado por los elementos. Cuando llegó la noche, trajo la oscuridad y la luz tenue de las velas. Los dos ancianos sólo miraban por la ventana, en silencio. Uno de ellos pensó que tal vez eran fantasmas de un pueblo perdido en la cordillera, atrapados por el viento caliente. Espectros que aún no se daban cuenta que lo eran. Quiso mencionarlo. Dar cauce a una conversación… Pero el silencio siempre se imponía; sólo el bramido y la tierra venían hablando. Ganándole a la vida.

Cambios

Estuvo un año entero usando la ropa de su padre. Sus amigas en el colegio no podían entenderlo, tan estrafalaria la veían. Su padre había muerto de repente, de un día para otro. No le dejó palabras, un gesto, algo a lo que aferrarse cuando llegaba toda esa melancolía. Por eso, ella, decidió apropiarse de su ropa. Fundamentalmente se ponía sus pantalones y sus sweaters. También sus camperas. En el colegio, en los bares, en los teatros, siempre se la veía vestida con esa ropa demasiado holgada. Así iba por la vida. Todo esto le duró más o menos un año. Tiempo suficiente para terminar preguntándose si era por su padre o sencillamente le gustaba esa ropa de hombre.
Entonces comenzó a tomar otras decisiones. Otros caminos se abrían. Y en su trayecto, ella se encontraba.

Bolero

Me dijo…
"Esa noche bailamos al ritmo de un bolero. Sabíamos que era nuestra última noche. Que la vida nos separaría para no volvernos a encontrar más. ¿Podés imaginarte la tristeza, la melancolía, al compás de esa música? La música. De nuestros corazones. La noche…
El lago, el enorme jardín. Todos esos invitados, esos músicos de congoja. Y el alcohol que nos iba llevando hacía ese momento donde el tiempo se expandía.
Nos besamos.
Nos dijimos adiós.
Y yo, después de cuarenta años aún no he olvidado un solo gesto.
Fue el amor de mi vida. Algo que sucede sólo una vez. Algo en donde nos quedamos para siempre".

Étinne Decroux

Cuando Étinne Decroux enterró sus libros en el jardín de su casa de Boulogne-Billancourt, asediado por la ocupación nazi en Francia, no imaginaba la enorme trascendencia que tendría su persona en los tiempos futuros.

Solo a duras penas podía pensar en algo, pues el desánimo y la desesperación imperaban en ese momento lleno de represiones y asesinatos.

Étinne miraba con tristeza sus libros y los enterraba para alguna vez poder rescatarlos. Él, que había sido un promulgador de ideas que defendían siempre a los pobres y excluidos, ahora se llamaba a silencio.

Y no era el mismo silencio que promovía desde su arte cada vez que concretaba un espectáculo, que daba una conferencia, que trabajaba en los ensayos en su atelier. Era un silencio conformando por la angustia de tener frente a sí un estado totalitario y cruel. Étinne observó entonces la paradoja que representaban esos silencios en su vida.

Mucho tiempo atrás, un joven Étinne Decroux había experimentado con el silencio desde su cuerpo. Tenía la certeza de que si producía un espectáculo desde la rítmica de sus movimientos, eso bastaría para llevar la propuesta del Mimo hacia un lugar central en su búsqueda de la pureza de un arte mayor.

En 1931 crea su primer obra de mimo: La vida primitiva, que es representada en el escenario del Theatre de L`Atellier. Allí comienza la búsqueda de una forma expresiva que no se relacionaba con ninguna de las propuestas de ese momento.

Pero si con las ideas de Gordon Craig y Antonín Artaud. Una nueva concepción de las expresividades del cuerpo, donde la columna es el eje fundamental, donde piernas y brazos sólo son portadores de lo que se gesta en el tronco, hacen que su escuela se disemine poco a poco a lo largo del mundo.

No es realismo, no es danza, lo que busca Decroux. Es más bien, algo que se emparenta con la poesía, con una manifestación del ser en toda su potencialidad.

En 1937, bajo toda esta poética, crea su obra emblemática: Carpintero. Allí se despliega todo su saber. Un trabajo que, de solo mirarlo aún hoy, está bajo el halo de la magia y el misterio. Uno de sus amigos y colegas, Jean Louis Barrault, ha escrito en "Mi vida en el teatro" que el espacio comprime, que quiere ganarle a la vida. Y que el cuerpo lucha contra eso.

Cada movimiento, entonces, está atravesado por esa resistencia. Esto es lo que lograba Étinne Decroux en cada una de sus creaciones. Desde el Mimo Corporal Dramático, desde la Máscara Neutra. Desde esos trabajos breves en donde llevaba a cabo lo que él había aprendido de la vida al observar al carpintero, al transeúnte, a las mujeres y hombres de su pueblo en sus actividades cotidianas.

Luego de la segunda guerra mundial Decroux siguió creando. Su actividad fue imparable. Creó un corpus teórico y fundamentalmente práctico, que dejó como legado. Un legado que se inscribe como una de las técnicas y concepciones esenciales del teatro de hoy.

El joven Bertolt Brecht busca su lugar en el mundo

El joven Bertolt Brecht, desde muy temprano en su vida, sabía lo que quería.

Quería, por ejemplo, aprender el arte que a Karl Valentin se le daba a manos llenas. Ese payaso metafísico del que tanto aprendería: su "Hombrecito" era un personaje que al joven Brecht le despertaba ganas de crear. Por esa época, Bertolt, recorría todos los bares de Munich con su guitarra y sus canciones. Y a partir de allí, comenzó a relacionarse con el grupo de Valentin. Hay fotografías en que aparece sentado junto a Liesl Karlstadt, compañero actor del gran cómico.

En esos años, también, Bertolt comienza a escribir:
"Yo, Bertolt Brecht, vengo de la Selva Negra…".

Las ciudades de asfalto, el humo de los puros en los bares, las canciones y el teatro, su enorme dramaturgia, comienzan a formar a una de las personalidades más importantes del siglo XX.

También los años oscuros en donde se gestaba una de las mayores catástrofes del siglo pasado, el nazismo, hacen de Bertolt uno de los intelectuales con formación política más sólidos de la época. Perseguido por Hitler, perseguido más tarde por el macartismo en Estados Unidos, Bertolt sabe perfectamente lo que quiere. Y lo lanzará al mundo, a lo largo de los años, en forma de textos dramáticos que se inscribirán en la historia de la literatura como uno de los momentos más destacados del siglo.

Crece tanto que se mide con Aristóteles y su poética.
Crece tanto que se mide con Shakespeare y sus dramas y comedias.
Crece tanto que elabora una teoría estética que hoy muchos de sus conceptos rigen las propuestas de vanguardia.

Yo me quedo con ese Bertolt Brecht joven. Llevando su guitarra a cuestas, cantando y riendo junto a Kar Valentin. Entendiendo que está en el momento justo y en el lugar apropiado para desarrollar su maravillosa creatividad.

Esas voces, ese tiempo que se fue

Sucedió en una noche de verano. En la estación San Martín. Salí un momento de la sala donde dicto el taller de teatro y vi a un hombre mirado fijamente toda la zona de la vieja estación.

Es decir, el gran espacio donde estaba la boletería, el andén, donde estaban las vías, hace ya mucho tiempo. Su mirada traía voces, gente recorriendo ese andén…

¿Recuerdos?, le pregunté. Y él, con los ojos húmedos, me dijo que sí.

Recuerdo cuando me fui para siempre de San Juan. Había decidido entrar en marina. Y los recuerdo a mis padres acá, donde estás parado vos, despidiéndome. De esto hace 40 años.

Perdoname que llore, pero todo ha vuelto a mí, de repente. Yo me fui a marina, en el 79. Estuve allí varios años. Estuve en la Fragata Libertad. Estuve yendo de un lugar a otro durante la guerra de Malvinas. Estuve cuando todos lloramos a los más de 300 marinos muertos del Crucero General Belgrano…

Luego dejé. Anduve por mil lugares. Y ahora, que he vuelto, que vine a visitar el nuevo teatro del Bicentenario, me he encontrado con este lugar. Con toda mi vieja historia…

El hombre se quedó en silencio. Los dos nos quedamos quietos, mirando la vieja estación. Más allá, jóvenes se sacaban fotos, reían y charlaban. Eran ajenos a todo lo que repentinamente se había congregado en esta conversación.

Una luna límpida, en el cielo, iluminaba toda la noche.

1976

En memoria de Marie Anne Erize, detenida desaparecida el 15 de octubre de 1976 en San Juan.

Esta es una historia triste. De esas que suceden a menudo en un lugar desolado. De esas que se cuentan en susurros. Es sobre una chica joven. Ella llega al pueblo buscando a su amor. El hombre, ella sabe, hace unos meses llegó a esa provincia desierta.

Viene escapando de algo. Han quedado los dos en verse allí, cuando las cosas se hayan calmado. Bueno, nada se ha calmado.

Ella llega y lo busca por todos los rincones del pueblo, pero no lo encuentra. Alquila una casita, se compra una bicicleta para buscarlo.

Se relaciona con la gente pobre de las villas. Ella es muy hermosa y buena y pronto toda la gente la conoce.

Un día se le desinfla una rueda de la bici, va hasta una gomería, pero no alcanza a llegar. Un camión del ejército la detiene y se la lleva. Y nunca más la volvemos a ver.

Fin de la historia…

Una pequeña historia que podría ser transportada en una botella arrojada al mar. Alguien en otro lugar destaparía la botella, leería el mensaje, vería en él cosas que no cuenta, pero que están, como por ejemplo las sucesivas sesiones de tortura y violación a la que es sometida la protagonista. Y pensaría, acertadamente, que tiene suerte de no vivir en un lugar tan horroroso.

Pensar el futuro desde el arte

Pensar el futuro desde el arte. Para mi el arte siempre ha contribuido a pensar el futuro, pero también nuestro presente y nuestro pasado.

Ese pasado que se va dando en una forma de no- olvido. Y que se proyecta desde allí, desde esa historicidad, para pensar un futuro mejor. Un futuro que se deja entrever como un anhelo, como una forma de utopía.

Y es que el arte viene entonces, a ser una condensación y una potencialidad de ese futuro probable. De un presente y un pasado que se incrusta en nosotros, que nos condiciona a ser de una manera y no de otra, que construye nuestra identidad a partir de allí y quizás, sólo de allí.

Porque observemos en la historia: ¿Cuántas veces pudo el arte vislumbrar formas que después se darían en la realidad, en un futuro muy cercano? ¿Qué son sino esas sociedades extremadamente coercitivas y burocráticas en lo obra de Franz Kafka?

Esa obra que pudo preanunciar muchos horrores que tomarían cuerpo después en el nazismo. ¿Qué es sino, la descripción pormenorizada, la estadística y la cartografía que traza Rodolfo Walsh en su obra para hablar de una maquinaria que después lo exterminaría a él mismo?

¿Qué son todas estas narraciones sino una manera de proyectarse al futuro, descubrirlo desde su formas más siniestras, denunciarlo y tener a la vez la convicción, el deseo, de que ese futuro se presente como un mejor modo de vida para todos nosotros?

Es decir entonces, que el arte siempre ha pensado en el futuro y se ha pensado a sí mismo inscripto en ese futuro. Es algo inherente al mismo arte. El viejo dicho de que toda obra es hija de su propio tiempo, que habla por él, y que se extiende hacia el futuro es una de las improntas esenciales del arte. La obra siempre va a decir lo que quiso expresar el artista y también, si sabemos ver, va a decir más, mucho más. Nos va a hablar de un tiempo histórico y de cómo las personas de ese tiempo tratan de pensar su pasado, su presente, su porvenir.

A mi me interesa particularmente, al construir mi trabajo, interrogar algunas problemáticas que mi sociedad se quiere sacar de encima, que quiere tapar en la banalidad de un discurso político. Me interesa todo aquello que es considerado la escoria, lo que perturba, lo que no se debe ver.

Es allí, para mi, donde el arte puede contribuir para un futuro mejor, pues todo aquello que la sociedad se ha sacado de encima es justamente lo que la constituye como sociedad. Y hasta que nuestra sociedad no se enfrente con todo esto, que lo mire y que se haga cargo, no va ser una sociedad con buen futuro.

El arte entonces, como espejo de nosotros mismos.

Pensar el futuro desde el arte. Yo creo que ya Homero en la vieja Grecia lo pensó. Lo pensó en la mirada de miedo de Héctor ante la furia de Aquiles. En esa mirada en donde se dibuja ya la muerte, está toda la historia de Grecia y toda la historia de la humanidad.

Es como si Homero nos dijese que no habrá consideración de un ser humano ante otro, que nunca habrá un tiempo de paz, y desde allí, el poeta se expande hacia su futuro, que somos nosotros hoy acá. Y en eso estamos aun, con esos mismos miedos, preguntándonos las mismas cosas, vislumbrando apenas un porvenir que se nos aparece y se nos desaparece cuando lo pensamos.

Pienso finalmente que el arte se inscribe en lo por venir para describirlo, para preanunciarlo, para volver hacia las cosas que aún no se resolvieron. Pero también el arte se inscribe como una ética, una estética, una filosofía, una antropología de nosotros, en toda las posibilidades de ese futuro.