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A 80 años del asesinato de Trotsky: León

Trotsky, en México, tenía sus días contados. Su muerte era inminente y sabía, como realmente sucedió, que sería feroz. El camarada Stalin, había hecho de su asesinato un imperativo de estado.

El estallido, la posible ráfaga que perforaría su cuerpo y las cosas a su alrededor, eran motivo de sus pesadillas recurrentes. Todos los días, al levantarse, en un país extraño, con gente demasiado calma y de mirada inquisitiva, él entendía que vivía sus últimos momentos sobre esta tierra. Igual no dejaba de escribir. "Mi vida", una "Historia de la revolución rusa", son ejemplos certeros de su labor intelectual en el exilio.

En México vive en la "Casa Azul", cedida por Frida hasta su desavenencia política, o quizás por celos, con Rivera. Luego se trasladará a la "Calle de Viena", su última morada, siempre en Coyoacán. Sufre en esa vivienda un primer atentado: cerca de cuatrocientos disparos no logran dar con su objetivo, según el mito que rápidamente se crea en la época.

La muerte de Trotsky vendrá de la mano de una madre y su hijo. Caridad y Ramón Mercader, instrumentos de la voluntad de Stalin, serán los encargados de asesinar a León. Cuentan que Mercader, al comienzo, se gana la confianza de toda la guardia del condenado, para después, y con el pretexto de saber la opinión del gran revolucionario sobre unos escritos suyos y a solas con él, asesinarlo. Le clava brutalmente una piqueta en la cabeza. Un grito desgarrador invade todos los rincones de la casona. Un día después, Trotsky muere.

Muchas de las ideas de León se diseminan antes y después de aquella muerte.

En la revolución permanente, palabras tomadas de Marx y Engels, pero luego apropiadas para sí, Trotsky piensa al proletariado como el verdadero motor para el paso al socialismo, vinculando a este, con una revolución internacional y constante.

No fue el fuego de la balacera, ni la horca, ni los gulags, los que exterminaron a este pensador y verdadero revolucionario. Fue una piqueta, que de un golpe seco, partió su cabeza.

Otra vez, la vana esperanza que las ideas se silencien con la muerte.

Apuntes sobre Edgar Allan Poe

Edgard no tuvo una vida buena. Ni siquiera alguna que se acercara a una más o menos mediocre, con algo de buen pasar. No. El destino aciago, su mala estrella, aquello que quizás es indescifrable en la vida de las personas, lo llevaría por dolorosos derroteros, se empeñaría en hacer de toda su existencia un perfecto martirologio.

Tempranamente, la figura de su padrastro se alza en la vida del joven Poe, como signo de su desavenencia con el mundo. De su extrañeza ante un tiempo en el que sus contemporáneos no lo comprenderían ni estarían dispuestos a comprenderlo. El padre. Virginia Clem. El eterno deambular de un lugar a otro. ¿Podemos decir que fueron estos los que se empeñaron en hacer de la vida de Edgar Allan Poe lo que fue? ¿O en su reverso, no está quizás el trazo del destino que él mismo marcó para sí, el que finalmente decidió transitar?

Porque, paradójicamente, el tortuoso camino por el que se empeña Poe, es justamente, aquel ante el cual despierta y se alimenta su genio.

Un genio aún más malicioso que el de la duda cartesiana, es lo que hace que Edgar quite el velo de lo que llamamos Real en este mundo, para des-ocultar lo siniestro del mismo, lo trascendental en una inversión hacia el horror. Si fenomenológicamente, las cosas y los seres, están para Poe, despiertas hacia su entramado maligno, también, estas se dejan conducir hacia un razonamiento que ve en todo la fuerza de un mecanismo perfecto en donde acontecimientos, personas y cosas brillan en su esencia más oscura.

Pero volviendo a Edgar, decíamos, su vida poco a poco comienza a ser un compendio de horrores sucesivos. Si enumerásemos lo que vienen a significar algunas personas en su vida, podríamos decir que:

John Allan será el que siempre rechaza a Edgar como hijo, desheredándolo y condenándolo a la extrema pobreza.

Hellen (Ms Stenard) el pasaje, tempranamente, al amor y a la enfermedad. Su primer acceso a la locura.

Virginia Clem, el amor de su vida. Su prima, su niña, su mujer. La tuberculosis, la locura definitiva y su derrota.

Y aún más allá de estas personas, encontraremos siempre en Poe, como fieles compañeros de su viaje, al alcohol y al opio, ingredientes necesarios para magnificar toda su desolación.

Mucho se ha especulado, que a veces, en la obra de todo autor mayor, encontraremos una vida decantada hacia la desgracia, hacia la locura definitiva. Esto es lo que encontramos en Artaud, Nietzche, Poe y tantos otros. En el reverso de esto mismo, encontraremos la sosegada calma de un Kant, Kafka o un Borges. Y a veces, se nos da por pensar que en esa inmensa calma, en ese horario convenido hasta el hartazgo, también allí, se encuentra agazapado el desquicio del hombre. Lo cierto es que cada uno, a su forma, ha hecho de su devenir, de su encuentro con el mundo, la materia con la que amasó su obra escrita.

La locura como forma luminosa de expresión. La perfección como forma secreta de la locura.

2020: año de Manuel Belgrano

Si alguna vez pudiésemos entender que cada uno de los hombres que hoy conocemos como próceres fueron simplemente hombres, entenderíamos también, que esa voluntad que ellos tuvieron podría estar en cada uno de nosotros.

Muchos, aún teniendo en contra todos los avatares de su época, traicionados, vilipendiados, tuvieron la fuerza para seguir con sus convicciones. Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano fue uno de estos hombres.

Hoy su gesto flamea en esa bandera que aquí vemos, movida por el viento. Pero ese gesto es uno, de los muchos que su voluntad de hombre libre nos legó. Manuel, fue uno de los primeros que tuvo ese sueño, que es el sueño maravilloso de nuestra patria liberada.

Patriota fundamental en nuestra Revolución de Mayo, de nuestra lucha por la independencia, nunca dejó de pensar y escribir sobre nuestro territorio liberado. Pero, claro, no sólo lo pensó.

Tomó las armas, aun sabiendo poco de ejércitos y pertrechos militares, y se cargó al hombro el fusil: salió a pelear por nuestra patria. Esa patria que en esos días sólo se vislumbraba en palabras y deseos. No le importaban los honores a Belgrano, ni la paga de sus honorarios como jefe militar: donó siempre lo que pudo.

Él entendía que hay cosas que están mucho más allá de las ambiciones de los hombres. Como el anhelo de un territorio libre, donde puedan crecer hombres libres y honren siempre su libertad. En el año 1816 estuvo en el directorio del Congreso de Tucumán que proclamó lo que tanto persiguió: La Independencia de las Provincias Unidas en Sud América.

Otro, el gran San Martín, padre de nuestra patria, siempre respetó a ese hombre.

Belgrano murió sumido en la pobreza. Dicen que quiso pagar con un reloj que el llevaba siempre consigo al médico por su trabajo.

Hoy cuando un niño o un joven izan la bandera, sueño de colores que Belgrano alguna vez pensó, hay algo de ese gesto suyo con el que él trazó su vida, con el que decidió su vida.

Flamea la bandera y un viento suave o enérgico según el suelo de nuestra nación en donde esté, nos habla de esa gesta, de esos hombres.

Golpea contra sí, contra ese mástil y es como si nos hablara y nos dijese que basta el pensamiento de un mundo mejor para echar a andar y transformar y transformarnos.

Walter Benjamin deja su vida en Port Bou

Walter Benjamin fue uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX. El hombre que fue capaz de vislumbrar, cuando la tecnología recién comenzaba su largo e increíble camino, la revolución que ella misma traía en sí.

El que llegó a pensar y a conceptualizar que, poco a poco, nos sumergíamos en una época de reproductibilidad técnica, donde el arte se masificaría, donde la copia ganaría su lugar: en la publicidad, en todas las formas de la cultura, en la vida cotidiana de cada persona. Benjamín, el que llegó a teorizar sobre el momento aurático en la obra de arte. El que llegó a ser uno de los intelectuales más respetado en su siglo y que hoy crece, día a día, cuando tratamos de comprender nuestra contemporaneidad. El hombre que padeció como tantos, debido a su condición judía, la furia y el horror en un lugar y un momento en que se desplegaba toda la violencia sobre ese mismo pueblo judío. Donde de una vez y para siempre, se mostró la crueldad a la que podemos llegar los seres humanos…

En 1940, con sólo algunos manuscritos por equipaje, Walter Benjamín escapa de la Gestapo. Sabe que ese lugar en la frontera franco española es su última posibilidad de escapar de los campos de concentración nazis y de una muerte segura. Llega con pocas cosas allí. Entre ellas, una visa española de tránsito (aunque carece de otra visa francesa para salir) y una dolencia cardíaca que hace toda fuga más difícil. Y como decíamos, papeles: textos escritos por él, perdidos ahora para siempre. Esos son, sus últimos textos.

Cuando llega, junto a un grupo de refugiados, se entera que ese mismo día España ha cerrado la frontera. Se le pide que regrese a Francia. Esto, Benjamín sabe, es el fin. Es un día aciago, donde se han concentrado todas las fuerzas de la fatalidad. Probablemente ya hastiado, desesperado, él tomará la decisión de suicidarse. El solo hecho de regresar y terminar en los campos de exterminio, de los que muchos hablan por lo bajo, hace que su convicción sea inclaudicable.

Dejará una nota para la posteridad: Sobre la muerte, nadie tiene potestad. Y esa nota, aún hoy, nos habla de la desolación, de la desesperación, por aquellos días.

Michel Foucault: últimas ideas, últimas palabras

En el último tiempo de su vida, Michel Foucault encontró algo que venía dándose forma lentamente en su pensamiento.

No fue un hallazgo tan sorpresivo, ni tan audaz como los que habían hecho de su persona una figura pública mundialmente, esto es: el resplandor y la pulida superficie de su palabra; el ensañamiento sobre todas las formas de poder; la muerte del hombre y del autor; el valor y la trampa del discurso inmerso en enunciados casi inhallables; la furia dionisíaca; el constante dialogo con Artaud, Bataille, Sade y su querido Nietszche.

La arqueología, la genealogía, la ética, el historicismo… ninguna de estas cuestiones, pudo prever ese hallazgo casi en el borde de su muerte. Un encuentro simple y pequeño. Lo definió quizás el interrogante que él mismo había abierto en sus últimas cinco conferencias sobre los cínicos y Diógenes en el Collége de France, entre febrero y marzo de 1984.

La voluntad de interrogarse sobre las formas de la verdad y la construcción política devenida en esta verdad.

El término con que se establecía esta preocupación pasó a invadir casi todo su pensamiento: Parresía. Palabra de origen griego, que Edgardo Castro, en su Diccionario Foucault, la define de la siguiente forma: "Parresía es el coraje de la verdad en el que habla y corre el riesgo de decir, a pesar de todo, toda la verdad que piensa; pero es también el coraje del interlocutor que acepta recibir como verdadera la verdad hiriente que escucha".

Decir la verdad absoluta. Escuchar esa verdad. Con todo lo que eso significa. Con su contradicciones, sus paradojas, sus posibilidades de herir.

Parresía entonces, una palabra que en la agonía de Foucault, se expandía hacía lo político, hacia lo histórico, hacia la microfísica de cada una de las formas en las que se relacionan los seres humanos.

La leyenda del cacique Pismanta

En nuestro hermoso San Juan, habitan historias maravillosas por cada uno de los espacios que constituyen su territorio. Una de ellas cuenta la leyenda, que se mezcla con ciertos datos reales, de aquel cacique huarpe que habitó en donde hoy se encuentra la localidad de Iglesia.

En ella, refiere la narración al devenir de Pismanta. Un líder que vivía en armonía y en paz. Que amaba la naturaleza y que no pudo soportar la llegada del conquistador. Pronto el cacique combatió contra aquel que consideraba su enemigo. Pero también pronto, fue derrotado. Dicen que la alianza que hizo otro cacique, Angaco, con los españoles, terminó por desmoralizarlo.

Esto lo llevó a tomar una decisión: busco una cueva entre los cerros de Angualasto y, allí mismo, condujo a su familia. Tal era la humillación que él sentía por perder sus tierras en manos de ese enemigo…

Cuentan que no se lo volvió a ver. Hasta que una noche, se escuchó una gran explosión entre los cerros. Cuando los huarpes se acercaron, encontraron un manantial que daba agua cristalina desde las mismas entrañas de la Pachamama. Todos entendieron que eran las lágrimas de Pismanta que lloraba por su tierra.

Y así, desde entonces, ese lugar se convirtió en un sitio sagrado y curativo. Si uno mira esos cerros, ese cielo límpido, que por la noche se inunda de estrellas, siente que esos mitos se restauran. La razón y lo real dejan paso a lo maravilloso, al sueño, a la magia, a los anhelos nunca olvidados, a la memoria de un pueblo cuyo ser aún habita entre esas montañas, a un ser que aún se desplaza por ese magnifico suelo.

"Ausencia, según Maité", de Juan Carlos Carta

Maité y Juan se vieron, por última vez, una tarde fría de invierno del 77. Ella se iba por tener la certeza que todo estaba perdido. Él se quedaba por orgullo. Por sentir que algo, aún, podía cambiar.

Revolución era una palabra que siempre le acompañaba por esos días. Ella temía y preanunciaba el horror de ese sacrificio. No lo soportaba. Por eso se iba. Cuando se despidieron en esa terminal fría, salieron de ella unas palabras empobrecidas. Una justificación. Un perdón. Un gesto inconcluso. Él simplemente la miró en silencio.
Tal es así, que Maité y Juan se separaron en aquel invierno. Luego vendría el reproche de aquello que no tuvo lugar y que tardíamente encontró las palabras adecuadas, ya agotadas, en esa calle vacía de aquel domingo lluvioso o en ese ómnibus de vidrios empañados y paisaje difuso.

Muchos años más tarde, en una de sus giras por el país, Maité lo buscó casi con temor al llegar al pueblo. Lo buscó en las calles en que se dejaron, en domicilios ahora inexistentes; preguntó y nadie sabía nada sobre Juan. O si… Aún quedaba el miedo de hablar en la gente. Entonces lo buscó en la memoria, en fotos viejas, en palabras sueltas, en el llanto tardío.

Una noche, en una ciudad donde representaba una versión de Orfeo, Maité sintió la presencia de Juan mientras actuaba. Y, extrañamente, las palabras de su texto vibraron de otra forma, con otra cualidad. La invadió, también, una alegría inusitada. Luego, en la cama del hotel y junto a otro hombre que dormía, Maité no dejó de pensar. Tenía la sensación de que Juan había estado con ella y que esa sensación ya no la abandonaría. Y no se equivocó. En las noches siguientes, siguiendo los derroteros de Eurídice, sucedió algo extraño en ella. Tenía la sensación, mientras actuaba, que los poros de su piel se dilataban, que sus ojos podían percibir todo lo que acontecía en la sala, que el torrente de su sangre fluía llena de una fuerza vital. Sentía que podía cargar con sí misma, y también, con todas sus ausencias. Por una paradoja del destino, era Eurídice la que buscaba en su vida. Pero sin encontrar nada, ni siquiera la imagen de aquel Orfeo…

Y entonces ella, sentía que Juan renacía fugazmente en algún sitio, en alguna mirada, en el aliento, durante esas noches de gira por el país del que alguna vez se fue.

"“Somos un cuerpo que envejece, la memoria de lo que vivimos, la ausencia de los que ya no están. Todo eso está en nosotros y nos acompañará hasta el último día. La ausencia es presencia. No hay olvido allí. Sólo lo perdurable de aquel amor que fue. De esa tristeza por lo que no pudo ser. El instante en que decidiste unirte a la idea de cambiar al mundo, en un lugar infecto de asesinos. El instante en que me besaste por primera vez. El instante de la partida".

Así pensaba Maité mientras la ruta hacia otro pueblo se expandía interminable.

Autor: Juan Carlos Carta.