Trotsky, en México, tenía sus días contados. Su muerte era inminente y sabía, como realmente sucedió, que sería feroz. El camarada Stalin, había hecho de su asesinato un imperativo de estado.
El estallido, la posible ráfaga que perforaría su cuerpo y las cosas a su alrededor, eran motivo de sus pesadillas recurrentes. Todos los días, al levantarse, en un país extraño, con gente demasiado calma y de mirada inquisitiva, él entendía que vivía sus últimos momentos sobre esta tierra. Igual no dejaba de escribir. "Mi vida", una "Historia de la revolución rusa", son ejemplos certeros de su labor intelectual en el exilio.
En México vive en la "Casa Azul", cedida por Frida hasta su desavenencia política, o quizás por celos, con Rivera. Luego se trasladará a la "Calle de Viena", su última morada, siempre en Coyoacán. Sufre en esa vivienda un primer atentado: cerca de cuatrocientos disparos no logran dar con su objetivo, según el mito que rápidamente se crea en la época.
La muerte de Trotsky vendrá de la mano de una madre y su hijo. Caridad y Ramón Mercader, instrumentos de la voluntad de Stalin, serán los encargados de asesinar a León. Cuentan que Mercader, al comienzo, se gana la confianza de toda la guardia del condenado, para después, y con el pretexto de saber la opinión del gran revolucionario sobre unos escritos suyos y a solas con él, asesinarlo. Le clava brutalmente una piqueta en la cabeza. Un grito desgarrador invade todos los rincones de la casona. Un día después, Trotsky muere.
Muchas de las ideas de León se diseminan antes y después de aquella muerte.
En la revolución permanente, palabras tomadas de Marx y Engels, pero luego apropiadas para sí, Trotsky piensa al proletariado como el verdadero motor para el paso al socialismo, vinculando a este, con una revolución internacional y constante.
No fue el fuego de la balacera, ni la horca, ni los gulags, los que exterminaron a este pensador y verdadero revolucionario. Fue una piqueta, que de un golpe seco, partió su cabeza.
Otra vez, la vana esperanza que las ideas se silencien con la muerte.
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