Voy a comenzar hablando de una imagen. La imagen de una actriz, en una improvisación, en donde ella se deja ir rodando sobre sí, de una pared a otra, y así se va gestando la idea de una posible puesta en escena. Solo ese gesto, el de alguien que suavemente se desliza a un ritmo propio, hecha a andar numerosas sensaciones, imágenes, posibles aconteceres.
¿Qué hace esta mujer en acción? Es decir, desde lo mínimo que se requiere en la actuación, desde el movimiento, se van disparado innumerables posibilidades para la construcción de lo dramático.
La vieja idea de Aristóteles de que somos potencia de un acto futuro, un acto que puede contener en sí infinitas actualizaciones, se manifiesta en esa tejne, es decir en la técnica del actor. Entonces: el universo empírico del actor, que es su fuente de trabajo, ese complejo de pasos, risas, besos, llantos, gritos; es el material fundante del teatro. No tengamos dudas sobre esto.
Ahora bien: ¿alcanza con esto para que el suceso dramático se produzca?
Si y no. Si, si esa misma actriz puede ir tejiendo en los distintos caminos al que la llevan sus improvisaciones, si puede ir desentrañando zonas, tomando decisiones sobre un camino rector. Un camino que, digámoslo sinceramente, en estos tiempos tendrá que contener oscuridades, ambigüedades, nada de formas explicitas.
Un camino en donde el espectador deberá sentir que está ante un acontecimiento único. Puede la actriz, para estos fines, contar con un director, quien también tendrá algo para decir sobre el tema. Quien aportará su saber, es decir el trabajo sobre el tempo en lo dramático, sobre lo simbólico, sobre la luz y el sonido, sobre el trazo de las acciones.
Pero también puede ser que no alcance todo esto para producir el hecho dramático. Puede que ambos, director y actriz, se confundan con todas las posibilidades del material, que esas mismas imágenes, movimientos, terminen pronto, es decir, que se vacíen de un contenido primero, formando un esquema sin sentido, aburrido y sin dirección.
Y es aquí, donde la trama, la historia, el cuento se hace necesario.
Y es aquí, donde aparece la figura del dramaturgo como elemento también fundante del acontecer teatral.
En un ambiente donde hay por lo menos tres voluntades creativas, actor, director y dramaturgo, por no mencionar todo lo que se puede llevar a cabo desde el sonido, o en la luz, o en la escenografía; en estas tres voluntades, entonces, hace falta que cada una de ellas delimite su especificidad.
¿Por qué esto? Pues para entender que en estas disciplinas se haya un elemento de singularidad inherente a cada una de ellas. En lo que comprende a la dramaturgia, siempre habrá la necesidad de un tejido de sentido, la necesidad de una historia, sea monologada, dialogada, o solamente dirigida por acciones.
Sin hablar del universo poético al que podemos acceder en cuanto al conocimiento del dramaturgo, ese universo también singular, formado por una cantidad de palabras y no otras, por el particular encadenamiento de acontecimientos y por esa producción de imágenes que hacen que el escritor de teatro sea alguien que está parado sobre la literatura, pero también sobre ese devenir empírico cuya regla principal es la acción de sus personajes.
La areté griega hace mención a la excelencia. A mi me gustaría tomar la idea de excelencia para desde allí promover un teatro en donde la mejor perfomance, tanto actoral, como dramatúrgica, o desde los aspectos que comprenden la dirección de un espectáculo, sean la necesidad primera. Solo cuando se lleguen a entender cada una de estas especificidades en las disciplinas, podremos trabajar en conjunto.
Respetando entonces, una dramaturgia del actor que muchas veces es sofocada desde la dirección, el texto escrito al que muchas veces se acude como mero disparador, o todo aquello que comprende la dirección y que la mayoría de las veces no es entendido ni aprobado por el autor de teatro.
Y desde esta excelencia me gustaría proyectarme hacia la búsqueda de aquella sustancia original que hace que las cosas brillen de una manera y no de otra.
Ese actor, y no cualquier actor; ese director con determinada poética y no cualquier director; o ese dramaturgo cuyo universo personal hace de su escritura un acontecimiento único.
En el interior del país siempre se estuvo ante la expectativa de lo que llegaba de Buenos Aires o desde el exterior, hoy es necesidad buscar ese saber en nuestro propio ámbito de trabajo.
Partir de la excelencia en cada una de las disciplinas da como resultado el encuentro de las infinitas posibilidades de construcción de un acontecimiento, que contenga en si, el encuentro de aquellas pulsiones que nacen en esta sociedad, la tejne de cada uno de los artistas y el complejo de nuevos mitos, éticas, problemáticas, que se van gestando día a día.