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Postales de un año triste

Juan Carlos Carta Silva deja un escrito meticuloso y profundo sobre el año que se termina.

1 Un hombre joven, pero sin dientes, con un gorrito de Papá Noel saluda y se ríe. Está metido en un cubo de basura, esos, los de la municipalidad.

2 Un perro loco gira tratando de agarrarse la cola en el medio de una calle antes transitada, pero ahora vacía.

3 Un enfermero mira la entrada del hospital. Toma aire. Entra.

4 Un niño mira desde la ventana de su casa pensando que esas pocas personas con barbijos que pasan por su vereda llevan el mal en sí.

5 Una joven, en su cuarto, no sabe si volver a agarrar el celular o escuchar música o ponerse a mirar el techo o llorar toda la tarde.

6 Un viejito va en camilla, se lo llevan. Ve a su hijo preocupado, pero como no quiere preocuparlo más, no le dice que quizás esa sea la última vez que se vean.

7 El hombre no puede dormir en toda la noche y eso que tomó unas cuantas pastillas para relajarse.

8 Lava tres veces la fruta, de forma diferente cada vez. Pero agrega una nueva limpieza, por las dudas.

9 Ella no puede creer que él haya vuelto. Que alguien los obligue a vivir juntos. No sólo es el comienzo de la tristeza, es también el comienzo del miedo.

10 Alguien tiene una nueva manía: mirar fotos viejas en dónde está abrazado con todo el mundo.

Notas sobre Roberto Arlt: como un cross a la mandíbula

El 26 de Julio de 1942, a las diez de la noche, fallecía de un infarto múltiple a los 42 años uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina: Roberto Arlt.

Cuentan, que debido a lo estrecho de los pasillos de su edificio, tuvieron que sacar el ataúd por una ventana. La visión de roldanas y sogas sosteniendo ese ataúd en el aire, ha quedado en la memoria de toda la literatura nacional.

Como una metáfora de aquel hombre increíble, como lo que él viene a significar en las letras nacionales: el outsider, aquel que llegaría con sus palabras como el boxeador llega a su oponente, con un cross a la mandíbula.

Pero hay otras metáforas. Por ejemplo, aquella, la del significado de la rosa de cobre en Los siete locos. Esa rosa que brillará eternamente en su fulgor, en la locura de su alquimia. Y es que Arlt, se conecta con la literatura, el teatro y el cine desde ese lugar: el de una invención enloquecida, transubstanciada de angustia. Cuando el teatro o el cine toman esa sustancia, lo primero que aparece es una maquinaria inusitada, hecha de demencia, deseo y de furia.

Los siete locos y la continuidad de la primera Los lanzallamas, son novelas que han alimentado durante mucho tiempo al teatro y al cine. Su personaje principal, Remo Erdosain, ha quedado inscripto para siempre entre los grandes personajes de la literatura universal. El hombre de las ciudades, el inventor de la rosa de cobre, aquella que lo sacará de la pobreza. Erdosain, el ser angustiado e incapaz de alguna acción que no sea la de llevar la desolación y la muerte a su alrededor, es quizás el prototipo de lo que vendría, años después, a inscribirse en los postulados del existencialismo.

El argumento es simple: siete locos, comandados por el Astrólogo (tan importante como Erdosain en la novela) deciden organizar una revolución violenta.

La locura de una revolución conformada por seres delirantes en ese momento histórico en que se inscribe la historia, 1929. Es decir un año antes del comienzo de la Década Infame.

Arlt entonces, como el profeta de lo que sería el porvenir, del devenir de un pueblo que se preparaba para una larga noche de golpes de Estado, del temblor y la furia en cualquier sombra que se agazapara en la oscuridad.

El Ciudadano

Ahora que se revisita Citizen Kane a través de la figura de su guionista Herman J. Mankiewickz, en el estreno de Netflix: Mank, de David Fincher, sírvanos este momento para hablar de uno de los grandes directores del cine mundial: Orson Wells.

Todos los años veo por lo menos una vez El Ciudadano. Hablar del aporte que hizo Orson Welles al cine es mencionar muchas de las cosas que este arte capturó para sí.

Desde el tratamiento con las imágenes hasta los aspectos narrativos, se extiende la influencia de este gran creador. El trabajo con el sonido, con el expresionismo en el encuadre, con la oscuridad y la luz en sus geniales contrapicados, contraluces, entre otras cosas, son algunos aspectos de su legado. La maravillosa manera de tratar el guión, con sus flashbakcs, sus elipsis y formas narrativas, son también aportes que se establecerán para siempre en el lenguaje del cine.

Al arte cinematográfico se lo puede estudiar desde los libros de teoría y técnica, como por ejemplo, los libros de Eisenstein, o por el contrario, viendo todas las películas que realizó Orson Welles.

Este maravilloso cineasta ingresó al cine un tiempo antes de hacer su primera película. A los 23 años realizó una proeza increíble: trabajando en una versión radiofónica de La Guerra de los Mundos (1938) de H. G. Wells, causó absoluto temor en los oyentes que sintonizaron la emisión de ese día. Todos pensaron que verdaderamente la tierra había sido invadida por seres extraterrestres.

En 1941 realizó Citizen Kane, conocida en Argentina como El Ciudadano. En ella cuenta la vida de Charles Foster Kane, personaje interpretado por el propio Welles, que se inspira en la trayectoria de un magnate de la prensa estadounidense William Randolph Hearst. La ambición desmedida, la soberbia, las formas del poder, son analizadas por la inmensa lupa deformada y certera que es la mirada de Orson Welles.

Esta película, considerada hoy como una de las obras maestras del cine de todos los tiempos, en su momento fue muy bien aceptada por la crítica, pero no por el público de entonces.

Los años pasaron y vinieron genialidades como Macbeth (1948), Otelo (1952), El Proceso (1962) y hasta un film inacabado, como es la versión de este director sobre El Quijote de la Mancha (1969).

Welles vivió toda su vida a un ritmo frenético. Eso haría de él quien fue, eso lo llevaría a la muerte, un día, de un ataque cardíaco.

Decir que Orson Welles contribuyó al crecimiento del arte cinematográfico, es decir poco. Fue el que dio, como hacen los grandes maestros, una forma de entender lo que este instrumento artístico significa.

Muchos de estos maestros, aún hoy, nos hablan con un lenguaje que necesita ser descifrado, analizado, revisitado, por eso me parece saludable volver sobre sus films.

El estudiante, el aficionado, el crítico, no dejarán de asombrarse cuando en la comodidad de sus casas o en un ciclo de cine de autor, comience una vez más aquella película, como lo es El Ciudadano, que viene a hablarnos del devenir de hombres y mujeres a lo largo de la historia.

Sus vínculos, sus alegrías y tristezas, sus transformaciones, sus sueños y anhelos. Y de la manera más bella y certera posible.

Ser actor, director y dramaturgo en las provincias

Viviana Moya en la obra Metamorfosis. Círculo de Tiza Teatro.

Voy a comenzar hablando de una imagen. La imagen de una actriz, en una improvisación, en donde ella se deja ir rodando sobre sí, de una pared a otra, y así se va gestando la idea de una posible puesta en escena. Solo ese gesto, el de alguien que suavemente se desliza a un ritmo propio, hecha a andar numerosas sensaciones, imágenes, posibles aconteceres.

¿Qué hace esta mujer en acción? Es decir, desde lo mínimo que se requiere en la actuación, desde el movimiento, se van disparado innumerables posibilidades para la construcción de lo dramático.

La vieja idea de Aristóteles de que somos potencia de un acto futuro, un acto que puede contener en sí infinitas actualizaciones, se manifiesta en esa tejne, es decir en la técnica del actor. Entonces: el universo empírico del actor, que es su fuente de trabajo, ese complejo de pasos, risas, besos, llantos, gritos; es el material fundante del teatro. No tengamos dudas sobre esto.

Ahora bien: ¿alcanza con esto para que el suceso dramático se produzca?

Si y no. Si, si esa misma actriz puede ir tejiendo en los distintos caminos al que la llevan sus improvisaciones, si puede ir desentrañando zonas, tomando decisiones sobre un camino rector. Un camino que, digámoslo sinceramente, en estos tiempos tendrá que contener oscuridades, ambigüedades, nada de formas explicitas.

Un camino en donde el espectador deberá sentir que está ante un acontecimiento único. Puede la actriz, para estos fines, contar con un director, quien también tendrá algo para decir sobre el tema. Quien aportará su saber, es decir el trabajo sobre el tempo en lo dramático, sobre lo simbólico, sobre la luz y el sonido, sobre el trazo de las acciones.

Pero también puede ser que no alcance todo esto para producir el hecho dramático. Puede que ambos, director y actriz, se confundan con todas las posibilidades del material, que esas mismas imágenes, movimientos, terminen pronto, es decir, que se vacíen de un contenido primero, formando un esquema sin sentido, aburrido y sin dirección.

Y es aquí, donde la trama, la historia, el cuento se hace necesario.

Y es aquí, donde aparece la figura del dramaturgo como elemento también fundante del acontecer teatral.

En un ambiente donde hay por lo menos tres voluntades creativas, actor, director y dramaturgo, por no mencionar todo lo que se puede llevar a cabo desde el sonido, o en la luz, o en la escenografía; en estas tres voluntades, entonces, hace falta que cada una de ellas delimite su especificidad.

¿Por qué esto? Pues para entender que en estas disciplinas se haya un elemento de singularidad inherente a cada una de ellas. En lo que comprende a la dramaturgia, siempre habrá la necesidad de un tejido de sentido, la necesidad de una historia, sea monologada, dialogada, o solamente dirigida por acciones.

Sin hablar del universo poético al que podemos acceder en cuanto al conocimiento del dramaturgo, ese universo también singular, formado por una cantidad de palabras y no otras, por el particular encadenamiento de acontecimientos y por esa producción de imágenes que hacen que el escritor de teatro sea alguien que está parado sobre la literatura, pero también sobre ese devenir empírico cuya regla principal es la acción de sus personajes.

La areté griega hace mención a la excelencia. A mi me gustaría tomar la idea de excelencia para desde allí promover un teatro en donde la mejor perfomance, tanto actoral, como dramatúrgica, o desde los aspectos que comprenden la dirección de un espectáculo, sean la necesidad primera. Solo cuando se lleguen a entender cada una de estas especificidades en las disciplinas, podremos trabajar en conjunto.

Respetando entonces, una dramaturgia del actor que muchas veces es sofocada desde la dirección, el texto escrito al que muchas veces se acude como mero disparador, o todo aquello que comprende la dirección y que la mayoría de las veces no es entendido ni aprobado por el autor de teatro.

Y desde esta excelencia me gustaría proyectarme hacia la búsqueda de aquella sustancia original que hace que las cosas brillen de una manera y no de otra.

Ese actor, y no cualquier actor; ese director con determinada poética y no cualquier director; o ese dramaturgo cuyo universo personal hace de su escritura un acontecimiento único.

En el interior del país siempre se estuvo ante la expectativa de lo que llegaba de Buenos Aires o desde el exterior, hoy es necesidad buscar ese saber en nuestro propio ámbito de trabajo.

Partir de la excelencia en cada una de las disciplinas da como resultado el encuentro de las infinitas posibilidades de construcción de un acontecimiento, que contenga en si, el encuentro de aquellas pulsiones que nacen en esta sociedad, la tejne de cada uno de los artistas y el complejo de nuevos mitos, éticas, problemáticas, que se van gestando día a día.

Poesía y belleza en el cine de Wim Wenders

Lo que une a Wim Wenders, con Herzog y Alexander Kluge, los tres directores alemanes, es aquella necesidad de buscar en las imágenes que ofrece el mundo, su belleza oculta.

Desentrañar esa belleza. Desde sus comienzos como cineasta esto ha sido una constante a lo largo de toda su carrera. Tempranamente, en films como “Alicia en las ciudades” (1973) o “En el curso del tiempo” (1975), Wenders ha hecho de cada fotograma un tratado sobre la imagen. Cada una de sus fotografías puede existir autónomamente como obra de arte.

Por otro lado, el trabajo constante con grandes dramaturgos y guionistas, como pueden ser Sam Shepard en “Paris - Texas” (1984) o Peter Handke en “Cielo sobre Berlín” (conocida en Argentina como “Las alas del deseo” 1987) lo ha elevado a la altura de los grandes maestros del arte cinematográfico.

Textos exquisitos, para imágenes de una potencia y hermosura inigualables. Dos ángeles que deambulan entre la gente, preguntándose cómo será eso de estar vivo, de ensuciarse las manos con el periódico, de sentir el gusto del café todas las mañanas... hasta que uno de ellos, gracias al deseo, puede transformarse en ser humano. Un hombre que camina solo, habitado por la angustia, la sed y el hambre, ante un desierto inconmensurable, buscando a su mujer amada que habita en una ciudad lejana. O aquella que nos habla desde el fondo del mar, que es el fondo, los abismos de nosotros mismos (Inmersión, 2017)Todas potentes historias para desarrollar su devenir en el ámbito oscuro de una sala de cine.

Hablar de Wim Wenders, es hablar de un poeta que ha decidido buscar y hacer poesía a través de las imágenes. De un rostro. De una ciudad urbanizada. Del desierto agreste. Pero también es hablar de alguien que ha buscado en la fuerza de la realidad esa belleza. Los trabajos que emprende Wenders con determinadas figuras, films tejidos con diferentes géneros, entre documental, biográficos y de búsquedas, son parte fundamental del corpus de su producción.

"Relámpago sobre agua" (1980) que describe los últimos momentos de la vida de otro maestro del cine: Nicolas Ray; o " Tokyo Ga" (1985) un diario filmado que quiere rastrear las huellas del gran Yasujiro Ozu, son films cuya experiencia al verlos no se olvida. En uno de sus recientes trabajos, la figura de la maravillosa Pina Bausch se alza lentamente en la memoria de todos los entrevistados.

La unión de la exquisita fotografía, con la danza de los cuerpos, en las coreografías de Pina, hacen de esta película un objeto de culto. Una muestra del paso del hombre, del artista, por este mundo muchas veces violento y sin sentido.

Wenders recupera en sí, la belleza de las cosas y de las personas. Recupera a ese niño que todos llevamos dentro, que alguna vez soñó con la pureza y la hermosura de la vida...
Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño no sabía que era niño,
para él todo estaba animado
y todas las almas eran una.
Peter Handke, Wim Wenders, para "Las alas del deseo".

A 43 años del terremoto de Caucete, la tierra tiembla

El dramaturgo y escritor Juan Carlos Carta Silva traza un hilo narrativo que atraviesa el terremoto de 1944 y el de 1977, ambos con epicentro en San Juan.

I

El 15 de enero, a las 20.52hs de un verano caluroso de 1944, ocurrió el fin del mundo. Por lo menos es lo que pareció en San Juan cuando la tierra tembló. En cuarenta segundos casi todo en la provincia quedó destruido. Pronto llegó la noche y la oscuridad se unió a la desolación y a la angustia. El olor a adobe roto, a tierra seca, a sangre y a muerte, invadió la ciudad. Numerosos gritos, en plena negrura, se vinieron a sumar a los llantos de los sobrevivientes asustados. Los perros no dejaron de aullar durante toda esa noche y también en las sucesivas, por las constantes réplicas del gran sismo.

Al día siguiente de aquel 15 de enero, el horror no terminó. Es decir, los habitantes se dieron cuenta que recién empezaba la catástrofe. Peste, hambre, muerte, se habían presentado sin avisar. Entonces, la tristeza de ver todo reducido a escombros, el saber que debajo de esos escombros estaban sus familiares, amigos, hizo que toda la población se sumergiera en el silencio.

Días después se supo que más de siete mil personas habían perdido la vida en ese minuto fatal.

Días después también, en un festival artístico en el Luna Park para ayudar a las víctimas del terremoto, se produciría el encuentro entre Eva Duarte y Juan Domingo Perón, hecho que cambiaría la historia de los argentinos.

Pero volviendo al terremoto, desde ese día muchas cosas fundamentales cambiaron en la forma de vida de los sanjuaninos. Por ejemplo, durante mucho tiempo no se construirían edificios altos, lo que dio a la ciudad una homogeneidad visual en medio del valle.

II

En 1977, a las seis y veinte, de un 23 de noviembre, yo me preparaba para ir a la escuela. Algo que comenzó como un cimbronazo interminable, y que con mi madre confundimos con el vibrar que producen los camiones grandes, pronto se descubrió como otro terremoto. Muchos dicen que fue mayor en intensidad que el del 44. Dio como resultado 125 víctimas, aproximadamente. Aún recuerdo los arboles y plantas sacudiéndose de un lado a otro, la sensación de la tierra abriéndose, la seguridad rápida de que nada hay seguro en esta vida, incluido el suelo que uno pisa. Nadie, que no haya vivido realmente esto, puede tener una idea de lo que significan estas palabras. El suelo ya no es más eso donde corremos, caemos, saltamos. No hay suelo. Es decir, no hay seguridad. Todo es inestable cuando la tierra tiembla. Y no hay tiempo para que nuestro pensamiento procese este hecho. No hay tiempo ni suelo. No hay espacio fijo. Y cuando no hay suelo, sabemos que se nos ha llevado directamente hacia una zona de horror, donde es difícil el raciocinio. Por eso en nuestras escuelas se enseña a los niños actos mecánicos de protección. Que sepan lo que tienen que hacer sin pensar, como por actos reflejos. Aun así, cuando llega el momento, lo primero que le invade a uno es la desesperación, el ritmo cardíaco se acelera y la confusión es general.

Ustedes se preguntarán qué nos hace vivir en esta gran falla del valle de Tulum. Por qué, sabiendo que todo puede volver a ocurrir, la gente no se va...

Demás esta decir que a lo largo de los años uno ha terminado por perderle el miedo a la tierra que tiembla. El miedo, pero no el respeto. Más, esta tierra, como una gran entidad física, nos ha enseñado contundentemente cuestiones que tienen que ver con un acercamiento al ser desde un lugar distinto. El ser de estos valles tiene otro horizonte metafísico, hecho del temor y respeto a una naturaleza que, él sabe, cuando decide manifestarse es temblor y furia. Una naturaleza que nos interpela constantemente con su fuerza y también, con su sabiduría.

Ojalá todos entendamos esta lección.

El gato negro que acompaña nuestras vidas

Notas sobre la nueva novela de Alejandro Zambra, Poeta chileno.

Con la certeza de saber que estamos ante un autor absolutamente fundamental para la literatura latinoamericana, entramos en el nuevo trabajo de Alejandro Zambra: Poeta chileno.

La historia que nos cuenta allí es la del devenir de Gonzalo, Carla, el hijo de esta, Vicente y la Gringa Pru, una bella norteamericana que ha llegado a Chile para escribir sobre sus poetas. Gonzalo ansía ser un gran poeta. Luego seguirá el hijo de su ex compañera, Vicente.

La novela está relatada desde el tiempo en que Gonzalo y Carla eran adolescentes. Después cuando ya Carla es madre de un niño que come alimentos para gatos. Un gato que, simbólicamente por una razón u otra, estará a lo largo de toda la novela. La trayectoria de la narración sigue con la adolescencia de Vicente y el encuentro con una ensayista norteamericana que, como decimos, ha llegado a chile para escribir sobre sus máximas luminarias: los poetas.

En toda la novela los narradores están subordinados a los poetas. Tomando el camino trazado por el genio de Roberto Bolaño y su novela Los detectives salvajes, el texto de Zambra nos deslumbra poco a poco al hablar de la poesía chilena en donde se recorre desde Neruda, Gabriela Mistral, Nicanor Parra hasta poetas contemporáneos e inventados por el autor.

Tiene a su favor varias cuestiones:
1 – Al basarse en la poesía, hace que su autor sea interpelado por ésta y necesariamente tenga que incluir poemas de sus personajes y de poetas reconocidos. Sale airoso de tamaña empresa. Fundamentalmente donde debe instalar poemas de acuerdo al grado de complejidad alcanzada por el personaje poeta.
2 – Zambra es impredecible. Es decir, toma para su narración posibilidades que le otorgan la poesía o el ensayo. Juega audazmente con el narrador omnisciente, etc. Esto hace que su novela tenga un estado orgánico y audaz en todo momento.
3 – No desmerece este trabajo ante otras escrituras sobre el tema como la del citado Bolaño. Es más, logra una fluidez que lo instala entre los mejores narradores contemporáneos.
4 – Hermosa historia. Un libro para leer una y otra vez.

Alejandro Zambra ya había sorprendido desde Bonsai, su primer libro. Allí se destacaba como un escritor sólido e inclasificable.

Luego vinieron otros trabajos excelentes como La vida privada de los árboles y Formas de volver a casa. Entre las tres pueden considerarse una trilogía. También el volumen de relatos Mis documentos y sus libros de poemas Bahía inútil y Mudanzas, nos hablan de esta solidez como escritor.

Demás está decir que recomendamos esta novela. Allí Zambra da un nuevo paso en cuanto a la extensión para contarnos una historia llena de poetas, anhelos, fracasos, algunos logros, tal cual la vida misma.

Una historia de verano

En una de esas noches de este último verano, cuando el coronavirus era algo que sucedía allá lejos en China, salí un momento de la sala en la estación San Martin dónde dicto mis clases de teatro y vi a un hombre mirado fijamente toda la zona donde se mantiene la vieja estación.

Es decir, el gran espacio donde se sacaban los pasajes para el viaje en tren, hace ya mucho tiempo. Esa inmensa boletería. ¿Recuerdos?, le pregunté. Y él, con los ojos húmedos, me dijo que sí. Recuerdo, me comentó el hombre, cuando me fui para siempre de San Juan. Había decidido entrar en marina. Y los recuerdo a mis padres acá, donde estás parado vos, despidiéndome. De esto hace 40 años. Perdoname que llore, pero todo ha vuelto en mí, de repente. Yo me fui a marina, en el 79. Estuve allí varios años. Estuve en la Fragata Libertad. Estuve yendo de un lugar a otro durante la guerra de Malvinas. Estuve cuando todos lloramos a los más de 300 marinos muertos del Crucero General Belgrano...

Luego dejé. Anduve por mil lugares. Y ahora, que he vuelto, que vine a visitar el nuevo teatro del Bicentenario, me he encontrado con este lugar. Con toda mi vieja historia...

El hombre se quedó en silencio. Los dos nos quedamos quietos, mirando la vieja estación. Más allá, jóvenes se sacaban fotos, reían y charlaban. Eran ajenos a todo lo que repentinamente se había congregado en esta conversación.

Una luna límpida, en el cielo, iluminaba toda la noche.

Tarkovski: El hombre que modelaba sobre el tiempo

Cuando el cine no es documento, es sueño. Por esto Tarkovski es el más grande de todos.
Ingmar Berman, Linterna Mágica.

Hablar del cine de Tarkosvski, es para el que escribe estas breves notas, hablar de un poeta, de un músico, de una mente lúcida que puede hacer visible en imágenes, aquello de lo que nos habla la metafísica: hay Dios en Tarkovski, hay existencia. Hay también, lo que es pertinente a las regiones del sueño y el deseo.

Si el cine alguna vez quiso ir más allá de lo que cuenta en sus historias, de los personajes memorables, de la belleza de las imágenes; si alguna vez trascendió todo esto, lo hizo de la mano de Andrei Tarkovski.

Este realizador nació en 1932, en una Rusia manipulada por las ideas del “Realismo socialista”, tanto como de la desmesura de Stalin. Creció en un momento histórico en el que los artistas sufrían la persecución si no se amoldaban a las ideas del régimen. Eisenstein, Mayakovski, Meyerhold, Zinaida Reich, como tantos otros, sufrieron la presión, la angustia y, alguno de ellos, la muerte, por pensar de manera diferente a las preceptivas que imponía el Estado.

Felizmente, Tarkovski, comienza su producción cinematográfica, después del fallecimiento de Stalin. No sin problemas y a pesar de que muchos de sus films son prohibidos, su actividad artística se desarrolla durante la Guerra Fría, en la era Kruschev y luego durante el gobierno de Brezhnev.

Ya con sus primeras realizaciones: “La aplanadora y el violín” y “La infancia de Ivan”, las dos de 1960, se percibe que se está ante la presencia de un cineasta de mucha importancia. Pero serán, primero “Andrei Rublev” (1966) en donde filma la vida del pintor de iconos medieval, y luego en la década del 70, con “Solaris”, “El Espejo” y “Stalker”, que su fama se hará mundial. Esta consagración lo ubicará para siempre en como una estela luminosa en la historia del cine. Como aquel que de una vez y para siempre le dará un estatuto de arte esencial al cine.

La idea de un planeta pensante, de un ser universal o al menos planetario, que puede influir en los recuerdos de los hombres y desde allí, crear materialmente sus deseos más recónditos, es el tema de Solaris. El texto de Stanislav Lem, le sirve a Tarkovski para indagar sobre la vida, los recuerdos, la muerte, el ser, la existencia.

Valga sólo un ejemplo de dicha potencialidad poética: el protagonista de Solaris, que ha perdido a su mujer amada en la tierra, en el nuevo planeta, la vuelve a constituir a imagen y semejanza de aquella otra, la muerta.

Con menos de diez títulos, debido a una muerte temprana a los 54 años, Tarkovski se inscribió para siempre en la historia del cine, del arte, del pensamiento. Hay un libro que aparece póstumamente, “Esculpir en el tiempo” en donde despliega una profunda reflexión sobre la estética y la poética del cine.

La idea de crear un flujo de tiempo individual para la creación, de que el cineasta debe actuar como el escultor ante su materia, pero arrancando, cortando, desechando trozos de tiempo, es una maravillosa imagen para definir todo lo que comprende el arte cinematográfico.

El hombre que sabía demasiado

¿Sabía Rodolfo Walsh aquel fatídico día en que salió a dejar en todos los buzones su "Carta abierta a la Junta Militar" de la inmensa transcendencia que tendría su nombre con el correr de los años? ¿Lo podía prever? ¿Él que siempre se jactó de no ser un buen narrador, un militante disconforme, un periodista al que le costaban mucho las cosas?

Lo cierto es que Rodolfo Walsh trascendió. De la mejor manera. Como hombre jugado con su tiempo. Como gran escritor. Hoy, por ejemplo, en el día del periodista siempre se recuerda su nombre.

Pero Rodolfo fue mucho más que eso. Fue, por ejemplo, el escritor que alguna vez escribió uno de los mejores cuentos en la historia de la literatura argentina: Esa mujer. Allí, el cadáver momificado de Eva Perón es el elemento tácito para desplegar un relato político contundente, con una eficacia narrativa que lo coloca entre lo mejor de nuestras letras nacionales. O el investigador que terminaría escribiendo Operación Masacre, uno de sus textos emblemáticos, donde conjuga investigación periodística con narración literaria, y donde se cuentan los fusilamientos de cinco civiles en los basurales de José León Suarez en 1956.

A Rodolfo Walsh siempre se lo conoció por sus relatos de no ficción, es decir textos en donde preponderaba la investigación como es el caso de la mencionada Operación Masacre o ¿Quién mató a Rosendo? Textos que inmediatamente despertaban reacción en la sociedad. O también por aquella Carta Abierta a la Junta Militar, la que probablemente le trajo la muerte al mismo escritor. Aquel texto en donde la valentía de un hombre confrontaba con un inmenso aparato de poder destructivo como fue el de la dictadura militar. Lo que no se conoció tanto de toda la producción de Walsh fueron sus cuentos. Que son, como decía, de lo mejor de nuestra literatura: Variaciones en Rojo, Un kilo de oro, Los oficios terrestres, entre otros, vienen a completar el corpus de una producción que es necesario revisar, investigar y no olvidar.

Palabras de un hombre que sabía demasiado, de un hombre valiente que se jugó su vida por lo que pensaba, de alguien que supo plasmar en sus textos a su tiempo histórico. Textos para pensar y no olvidar. Para que el recuerdo de Rodolfo Walsh sea un sendero en el camino de todos aquellos que pretenden trabajar con la palabra, informar, contar, este tiempo en que vivimos.