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Juan Carlos Carta despide a Reyna Domínguez

La poeta sanjuanina murió este miércoles 1 de septiembre durante la mañana.

A mis 18 años conocí a esta enorme poeta sanjuanina. Estaba deslumbrado por tanta poesía al comienzo de la democracia en nuestro país.

Reyna, José Campus, Chiquito Escudero alumbraban esas noches maravillosas llenas de poesía, canciones, teatro. Noches que parían amaneceres luminosos.

Hoy, con ella, se va un pedacito de esos momentos, pero ellos están ahí, en la memoria o en sus palabras.

Con Reyna, la última vez que nos vimos fue de jurados en el San Juan Escribe. Allí pudimos premiar a ese otro enorme poeta que fue Adrián Campillay.

Hoy pienso que nosotros estamos un poquito más solos. Pero en el cielo de los poetas hay fiesta. Ellos están juntos y creando belleza: las noches eternas les pertenecen.

Acá nos dejaron sus libros y sus palabras. Esas que hablan de la vida, del amor, de la lucha, de la niñez de la humanidad. Nos honra saber que esta tierra es tierra de poetas. Y es por ellos.

Siempre estará esa luz que no se apaga. Es la que se enciende cada vez que los nombramos. Es la que se desliza por cada rendija de nuestro corazón.

La luz de un tenue día lluvioso, la luz y el viento que arrastran, la luz que nos dice que este será un día más en esta tierra.

La luz.

Un sueño, un recuerdo en la vejez

Un solo hombre que de a poco ha desarrollado un plan de liberación continental. Un hombre que mira la inmensa mole de roca, allá a lo lejos y sueña; la cordillera lo espera como un gran animal dormido.

Este hombre está, en ese recuerdo, en el mejor momento de su vida: tiene a su familia con él, por primera y única vez. Su hija acaba de nacer. Tiene casi todo el apoyo del pueblo cuyano para su empresa.

Al hombre, por momentos, una tos bruta lo hace llenar de sangre los pañuelos bordados y le habla de la finitud de la vida, de lo inconmensurable de algunos anhelos imposibles. Este hombre magnífico y demasiado humano, respira el aire límpido de la mañana, alza sus manos y, por una ilusión de su visión, ellas casi tocan los picos nevados.

San Martín, en ese sueño, en ese recuerdo, muchos años después en Boulogne Sur Mer aún siente ese aire frío de la montaña, toda la emoción de su gesta.

Y se dice: "Esto es lo que me llevo. Para esto es que se trazó mi destino: la memoria de los pueblos liberados. El anhelo de un territorio libre. Nada más me importó en esta vida. Asi fue y será. Aunque la patria me olvide. Aunque hoy mi vida termine".

Siesta

Siesta. Adentro, en la casa vieja, el calor se pega a la ropa, a la respiración, que se vuelve más lenta. Afuera el desierto resplandece como un gran chapón metálico.
Y ellos, que buscan aquellas palabras inalcanzables.

En el sopor, buscan desesperadamente aquello que los transforme, que los haga comenzar de nuevo.

Todos hemos bebido, fumado. Hemos confrontado nuestras ideas sobre la política, el arte y la vida. Pero ahora, sólo ellos se han quedado hablando. Casi en un murmullo. Dirimen algo que en sí, hoy, es una aporía en su historia: el dilema del amor que se desvanece.

Han llegado casi juntos, pero no juntos. Y después, de inmediato, se han ido a un rincón apartado y se han puesto a discutir sin levantar la voz. Él se sorprende cuando ella le dice que se va a Europa. No lo puede creer. Vemos como su mirada se pone vidriosa. De repente, él también dice que se va a otro lugar también lejos. Al carajo. Donde pueda olvidarla, olvidar todo. Ahora es ella quien se desmorona y llora.

Así están todo el tiempo. Tratando de entenderse, hablando bajo, cansados y lejanos.

Uno de nosotros dice, en un susurro: "El lento aprendizaje del amor, día a día lo perdemos, día a día lo encontramos".

La siesta. El calor insoportable.

Si hasta el vino se ha ido terminando.

Arlt, la invención de la rosa de cobre

El 26 de Julio de 1942, a las 10 de la noche, fallecía de un infarto múltiple a los 42 años uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina: Roberto Arlt.

Cuentan que debido a lo estrecho de los pasillos de su edificio, tuvieron que sacar el ataúd por una ventana. La visión de roldanas y sogas sosteniendo ese ataúd en el aire, ha quedado en la memoria de toda la literatura nacional.

Como una metáfora de aquel hombre increíble, como lo que él viene a significar en las letras nacionales: el outsider, aquel que llegaría con sus palabras como el boxeador llega a su oponente, con un cross a la mandíbula.

Pero hay otras metáforas. Por ejemplo, aquella, la del significado de la rosa de cobre en Los siete locos. Esa rosa que brillará eternamente en su fulgor, en la locura de su alquimia. Como el mismo cine, que brillará eternamente.

Y es que Arlt, se conecta con la literatura, el teatro y el cine desde ese lugar: el de una invención enloquecida, transustanciada de angustia. Cuando el teatro o el cine toman esa sustancia, lo primero que aparece es una maquinaria inusitada, hecha de demencia, deseo y de furia.

Los siete locos y la continuidad de la primera Los lanzallamas, son novelas que han alimentado durante mucho tiempo al teatro y al cine. Su personaje principal, Remo Erdosain, ha quedado inscripto para siempre entre los grandes personajes de la literatura universal.

El hombre de las ciudades, el inventor de la rosa de cobre, aquella que lo sacará de la pobreza. Erdosain, el ser angustiado e incapaz de alguna acción que no sea la de llevar la desolación y la muerte a su alrededor, es quizás el prototipo de lo que vendría, años después, a inscribirse en los postulados del existencialismo.

El argumento es simple: siete locos, comandados por el Astrólogo (tan importante como Erdosain en la novela) deciden organizar una revolución violenta.

La obra fue llevada al cine de la mano de Leopoldo Torres Nilson, en 1973, con un magnifico Alfredo Alcón en el personaje de Erdosain. Lo acompañaron Norma Leandro, Héctor Alterio, Sergio Renán, entre otros. La película se puede ver en Youtube y es una pieza fundamental del cine argentino de los setenta, ha quedado como una muestra de lo que fue Nilson como director.

Pero quisiera también hacer referencia a otro trabajo sobre la obra de Arlt: Los siete locos y los lanzallamas, que emitió la TV Pública hace unos años. Sobre una adaptación del gran Ricardo Piglia, se trabajaron 30 episodios para las dos novelas.

Con dirección de Fernando Spiner y Ana Piterbarg y protagonizada por Diego Velázquez, Carlos Belloso, Daniel Fanego, Belén Blanco, entre otros. Este trabajo fue maravilloso. Un gran esfuerzo de la TV argentina. Utilizando la extensión en el tiempo que da el hacer una serie, esta serie pudo ir conformando de a poco el denso laberinto que es la mente de Erdosain.

La locura de una revolución conformada por seres delirantes en ese momento histórico en que se inscribe la historia, 1929. Es decir, un año antes del comienzo de la Década Infame.

Arl, como el profeta de lo que sería el porvenir, del devenir de un pueblo que se preparaba para una larga noche de golpes de Estado, del temblor y la furia en cualquier sombra que se agazapara en la oscuridad.

Arlt entonces, como aquel que propone siempre material para adaptar en teatro y cine, tal es su extenso y rico imaginario. Como esa rosa de cobre cuya metáfora es de una invención desmesurada y permanente.

Manuel Belgrano, el hombre que soñó una bandera

Si alguna vez pudiésemos entender que cada uno de los hombres que hoy conocemos como próceres, fueron simplemente hombres, entenderíamos también, que esa voluntad que ellos tuvieron podría estar en cada uno de nosotros.

Muchos, aun teniendo en contra todos los avatares de su época, traicionados, vilipendiados, tuvieron la fuerza para seguir con sus convicciones. Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano fue uno de estos hombres.

Hoy su gesto flamea en esa bandera que aquí vemos, movida por el viento. Pero ese gesto es uno, de los muchos que su voluntad de hombre libre nos legó. Manuel, fue uno de los primeros que tuvo ese sueño, que es el sueño maravilloso de nuestra patria liberada. Patriota fundamental en nuestra Revolución de Mayo, de nuestra lucha por la independencia, nunca dejó de pensar y escribir sobre nuestro territorio liberado. Pero, claro, no sólo lo pensó.

Tomó las armas, aun sabiendo poco de ejércitos y pertrechos militares, y se cargó al hombro el fusil: salió a pelear por nuestra patria. Esa patria que en esos días sólo se vislumbraba en palabras y deseos.

No le importaban los honores a Belgrano, ni la paga de sus honorarios como jefe militar: donó siempre lo que pudo. Él entendía que hay cosas que están mucho más allá de las ambiciones de los hombres.

Como el anhelo de un territorio libre, donde puedan crecer hombres libres y honren siempre su libertad. En el año 1816 estuvo en el directorio del Congreso de Tucumán que proclamó lo que tanto persiguió: La Independencia de las Provincias Unidas en Sud América.

Otro, el gran San Martín, padre de nuestra patria, siempre respetó a ese hombre…
Belgrano murió sumido en la pobreza. Dicen que quiso pagar con un reloj que el llevaba siempre consigo al médico por su trabajo.

Hoy cuando un niño o un joven izan la bandera, sueño de colores que Belgrano alguna vez pensó, hay algo de ese gesto suyo con el que él trazó su vida. Con el que decidió su vida.

Flamea la bandera y un viento suave o enérgico según el suelo de nuestra nación en donde esté, nos habla de esa gesta, de esos hombres. Golpea contra sí, contra ese mástil y es como si nos hablara y nos dijese que basta el pensamiento de un mundo mejor para echar a andar y transformar y transformarnos...

Día del periodista: el hombre que sabía demasiado

¿Sabía Rodolfo Walsh, aquel fatídico día en que salió a dejar en todos los buzones su "Carta abierta a la Junta Militar", aquel día en que murió acribillado por el grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, de la inmensa transcendencia que tendría su nombre con el correr de los años? ¿Lo podía prever? ¿Él que siempre se jactó de no ser un buen narrador, un militante disconforme, un periodista al que le costaban mucho las cosas?

Lo cierto es que Rodolfo Wlash trascendió. De la mejor manera. Como hombre jugado con su tiempo. Como gran escritor. Hoy, por ejemplo, en el día del periodista siempre se recuerda su nombre.

Pero Rodolfo fue mucho más que eso. Fue, por ejemplo, el escritor que alguna vez escribió uno de los mejores cuentos en la historia de la literatura argentina: "Esa mujer".

Allí, el cadáver momificado de Eva Perón es el elemento tácito para desplegar un relato político contundente, con una eficacia narrativa que lo coloca entre lo mejor de nuestras letras nacionales. O el investigador que terminaría escribiendo "Operación Masacre", uno de sus textos emblemáticos, en donde une investigación periodística con narración literaria, donde se cuentan los fusilamientos de cinco civiles en los basurales de José León Suarez en 1956.

A Rodolfo Walsh siempre se lo conoció por sus relatos de no ficción, es decir textos en donde preponderaba la investigación como es el caso de la mencionada "Operación Masacre" o "¿Quién mató a Rosendo?", textos que inmediatamente despertaban reacción en la sociedad.

O también por aquella "Carta Abierta a la Junta Militar", la que probablemente le trajo la muerte al mismo escritor. Aquel texto en donde la valentía de un hombre confrontaba con un inmenso aparato de poder destructivo como fue el de la dictadura militar.

Lo que no se conoció tanto de toda la producción de Walsh fueron sus cuentos. Que son, como decía, de lo mejor de nuestra literatura: "Variaciones en Rojo", "Un kilo de oro", y "Los oficios terrestres" vienen a completar el corpus de una producción que es necesario revisar, investigar y no olvidar.

Palabras de un hombre que sabía demasiado, de un hombre valiente que se jugó su vida por lo que pensaba, de alguien que supo plasmar en sus textos a su tiempo histórico.

Textos para pensar y no olvidar. Para que el recuerdo de Rodolfo Walsh sea un sendero en el camino de todos aquellos que pretenden trabajar con la palabra, informar, contar, este tiempo en que vivimos.

Patria

Esa mañana el frío no dejaba al niño en paz. No podía controlar su cuerpo. Días antes, con la maestra y sus compañeros habían ensayado hasta el cansancio toda la puesta en escena: cada movimiento, cada parlamento.

Pero ahora el niño, aterido por el frío, no lograba concentrase. En esa mañana de mayo él sentía que no quería estar allí. Para colmo miraba tratando de ver a sus padres y no los encontraba.

Estaba nervioso. Y se repetía una y otra vez la primera oración. La seño le había dicho que sólo se concentrara en el comienzo del texto. Luego vendría todo a su memoria. Pero ahora dudaba de la eficacia de esa técnica. French y Beruti repartían escarapelas. Cuando terminaran sería su turno.

Miró el cielo, las nubes, la bandera límpida flameando. Miró las caras rojas por el frío de Saavedra, Paso y Moreno. Más allá, el virrey Cisneros esperaba para dimitir.

Entonces, en un momento, le tocó su turno. Él era el narrador de la gesta patriótica. Tenía que comenzar. Pero no pudo. No le salían las palabras. Sintió que se hundía en un pozo profundo, con muchísimos ojos puestos en su persona. Un segundo que fue eterno. Entonces los vio. Sus padres estaban ahí, sonriendo. Con ese gesto y seguridad que le daban en los momentos difíciles.

El niño de pronto se halló en casa. Una energía que no sabría explicar llegó a él. La seguridad de que no estaba solo. Y tuvo la certeza y la conciencia de que mucho tiempo atrás alguien dijo esta será nuestra Patria. Que es como decir nuestra casa.

Y el niño comenzó. Enfatizando cada uno de esos parlamentos. Comprendiendo todo. Sin frío. Sin miedo. Con la alegría de sus compañeros ante la representación.

Un momento, allá lejos

Por la tarde, después del ensayo, salimos a caminar rumbo a la heladería. Córdoba en octubre es hermosísima.

El olor a jazmín, a toda clase de vegetación impregna la ciudad. Hemos estado en el teatro San Martin lidiando con las estructuras móviles de la escenografía. Estoy cansado, ya que el personaje que hago en la obra es un maratonista.

Es decir, me la paso corriendo durante todo lo que duran los ensayos. Con Óscar tenemos esa costumbre: terminamos el ensayo y nos vamos a tomar un helado. Luego me voy con mi novia cordobesa a recorrer la ciudad y a sacar fotos durante la tarde noche.

Mientras la ciudad duerme, nosotros la recorremos y registramos imágenes de esas noches maravillosas. Tengo 18 años. Y estoy en la Comedia Federal, un proyecto nacional que estrenará su primer trabajo en el Festival Latinoamericano de Teatro que se lleva a cabo en Córdoba. Nos dirige Antonio Germano, lo asiste mi maestro Óscar Kummel. Y tengo compañeros a los que nunca olvidaré como Enrique Iturralde y Batí Diebel actriz de la cochera de Paco Giménez.

Cuando llegamos a la heladería y mientras tomamos un helado conversamos con Óscar. Le pregunto cómo es que sabe tanto. Estoy maravillado con mi maestro y su concepción del trabajo sobre el cuerpo del actor. La conexión que tiene con grandes escuelas como las de leqoc, Marceau, incluso con la antropología teatral de Barba que por esos días estamos conociendo. Él me dice que aprendió viendo pelis que llegaban al Instituto Alemán o a la Alianza Francesa. Sobre todo aprendí haciendo, me dice. Después la conversación se va hacia las expectativas y sobre la experiencia de lo que estoy viviendo. Todo es gracias a él, que me ha elegido para este trabajo. Yo le digo que mi idea es en el futuro viajar.

Conocer el país de mochilero e ir haciendo teatro mientras viajo. También estudiar teatro en Buenos Aires. Cosa que se cumplirá años después con una beca con Carlos Gandolfo, Luis Pedreira, Justo Gisbert, etc.

Pero en ese momento, el de esa tarde y ese helado, sentimos que a pesar de que en algún momento nos alejaremos uno del otro, estamos viviendo los dos la felicidad de algo que nos sobrepasa, en esa tarde, esa obra y el proyecto, ese festival enorme, esa Córdoba lindísima, en dónde en cualquier lugar y a cualquier hora, hay un grupo de actores llevando a cabo su trabajo.

Las razones de una vida

El gran Stanislavski no sólo fue un gran director, un gran pedagogo, el primero en sistematizar la educación del actor. Además fue un gran ser humano, el único que protegió a Meyerhold de las fauces del stalinismo mientras pudo.

Fue algo más, tuvo una actitud para con su búsqueda que siempre me interesa traer en mis clases sobre él: fue alguien que no se conformó nunca con lo que había hallado.

Enemigo de los dogmatismos, aún los propios, siempre fue un buscador incansable. A él le cabe aquella frase de Picasso: "Yo no busco, encuentro". Y es así. En el último periodo de su vida, Stanislavski, se dio cuenta que todo lo que había investigado podía ser mirado a la luz de una nueva hipótesis.

Entonces crea su "método de las acciones físicas". El que viene a interpelar todo lo descubierto anteriormente.

Para contradecirlo. Para complementarlo. Tener este procedimiento en él, hace del gran pedagogo ruso el enorme maestro que es.

Yo no me canso de estudiarlo. No me canso de asistir a la magnífica luminosidad de su enseñanza.

Camaralenta

a Paco Urondo

Y recién entonces, cuando la ciudad aparece a lo largo de los días sumergida en ese olor acre y dulzón, cuando la soledad se acumula a los tachos de basura; recién, lo podés ver caminando despacio entre todo  el humo de las fogatas mal apagadas.

Camina como en cámara lenta. Alza suavemente un pie, mientras el otro se queda precariamente inmóvil. Después, con ese mismo pie que desciende, corre hacía un lado una lata semivacía o un pedazo de caucho quemado.

Se queda un tiempo así, hasta que llegan ellos y, súbitos, van  a su encuentro. Y mientras los silbatos resuenan hasta en cada uno de los insterticios del cemento, ves como se desploma, con sus pulmones despiden un líquido espeso, compañero (imaginás) de esa última sensación, aquella, la de la ciudad sitiada apagándose diafanamente.

Cierras los ojos y vuelve la inevitable certidumbre del viaje, las prolongadas palabras negándose a ser pronunciadas. Y entonces fue como decir “agua” en lugar de “te voy a extrañar” o aquello otro, posible y verdadero, más que lo marchito que por fin salía: algo mágicamente seco, ya procesado en un fondo vacío, donde esas palabras se disfrazaban de lo que no eran, que nunca habían sido y que pobremente has remachado en tu memoria.

Cierras los ojos y  te ves a vos misma, a tu hijita y a Martín en un día frío y silencioso. Y lo podés ver solo, con una mano tendida al cielo, en esa calle desierta. Y podés verte encontrando las palabras adecuadas, ya agotadas, agolpándose, mezcladas en el ámbito desolado de ese colectivo de vidrios empañados y paisaje difuso.

Cierras los ojos que perciben un rápido destello de la pantalla del televisor. Y en él, la cámara ha paneado suavemente sobre ese otro hombre, evadiendo cualquier objeto para centrarse en su cuerpo baleado.

"Cierro los ojos y pienso, compañera, que la revolución es permanente. Un sueño permanente. Tiene que serlo, amiga mía. Y más en nosotros que somos los portavoces de ella. Y si cierro los ojos es para vislumbrar la mejor estrategia. El enemigo puede habitar en cada uno de nuestros deseos, por eso es allí, donde debemos empezar a hacerle frente. Como bien sabrás, él se desboca ante la manifestación más inocente. Claro que ya en estos tiempos no las hay, inocentes digo, y por esto, debemos ser cuidadosos.

El aparato montado por el poder es implacable y no puede omitir ni las palabras más lavadas y ante la duda ha optado por hacer desaparecer libros, discursos y personas bajo su gran maquinaria. Y entonces ante tanto temor que este provoca, estamos nosotros, con la palabra y el gesto de los oprimidos. El obrero, el estudiante, el poeta son una sola y gran mirada. Son una sola y gran palabra. Y decimos ¡basta!¡aquí estamos nosotros para frenar tanto desenfreno!¡por todos nuestros compañeros caídos!

Cierro los ojos, querida, y mi pensamiento es mi confianza que se apoya en el profundo desprecio por este mundo desgraciado. Y me digo que daré mi vida para que nada siga como está".

Ahora ves a Martín que camina como en cámara lenta. Alza suavemente un pie y en ese instante un viento se levanta abrupto, helando la ciudad oscurecida. Algo de basura liviana rueda indefinidamente. Ya no hay gente a esas horas de la noche. En las calles adoquinadas de provincia, aun sin quererlo, los pasos resuenan con golpes secos. Ves a Martín. Ha cubierto la retirada de unos compañeros, pero ahora está emboscado. Y él lo sabe. Camina como en cámara lenta. Con una de sus manos empuña el arma y con la otra se lleva una cápsula de cianuro a la boca. Mira hacia los costados, arriba, abajo; su mirada puede captar el movimiento mínimo. A unos metros está el auto salvador, pero no tiene ilusiones. No tiene más que el sigilo de un gato y la ferocidad que da la cercanía de la muerte.

Y ves a Martín allí, parado, casi indefenso. Y aunque no querés, lo volvés a ver una y  otra vez.

"Abro los ojos, mi amor, y esta lágrima es por nosotros; por vos chiquita, por mí, por papá. Por esos hombres y mujeres que caminan por la calle, incrédulos.

Toda la vida he pensado que algo tenía que cambiar. En un tiempo, cuando estaba con tu padre, me pareció que el cambio era inminente. Luego sucedió todo. Esa terrible desolación que aún no termina. Y me digo que nunca se hizo lo suficiente para que esto cambie. Y claro, el miedo me acobarda, una vez más, como a todos esos, los de la calle.

Y pienso que por vos algo tendría que valer la pena y sigo, día tras día, llevando a cuestas el fantasma de no saber qué fue de tu padre. Es cuando reflotan sus pensamientos. Su conducta inamovible. Su ética clara...

Abro los ojos y la televisión me muestra al hombre muerto. Y pienso en su familia, en su desdicha. Y también pienso en los asesinos. En sus caras. En la desfachatez de cómo aseguran que todo debe ser así. Desde siempre. Y yo inmóvil como los demás, mirando todo desde nuestros encierros. Y entonces un gran odio me llena, me rebasa y no lo contengo.

Lloro. Y tu padre está aquí nuevamente, acariciándome, llamándome la compañera de sus días, besándome, haciendo un amor dulce y libre, como solo un hombre libre puede hacerlo".

Abre los ojos y ya no volverá a cerrarlos. El frío ha logrado penetrarlo y lo adormece acompasadamente. Más allá, detrás del haz de luz concentrado sobre un sector del camino, el auto.

De pronto lo ves caminar, después, correr. El auto está lejos todavía cuando se abre el fuego desde la amplia oscuridad. Sentís como su carne es perforada, pero aun así, él puede llegar al auto, malherido y probablemente ya sin frío. Los ves venir desde todos lados y es ahí cuando él lleva al paladar y muerde la cápsula que descansaba debajo de su lengua. Cuando le descerrajan dos tiros en la cabeza, tenés la certidumbre de que Martín los está mirando imperturbable y muerto.

Y recién entonces, cuando el viento llega a la ciudad, que a lo largo de los días, se halló sumergida en ese olor acre y dulzón; recién y gracias al aire nuevo que trae consigo, podés respirar mejor. Llega con la noche, cuando los barrenderos municipales tratan de limpiar las calles, después de la huelga general de veinte días. Después de las manifestaciones y de la muerte del obrero.

Poco a poco todo vuelve a su lugar y solo los noticieros tienen las imágenes, suspendidas, interminables, de lo que fueron los sucesos.

Y mientras el viento se levanta suave y helado, y en tu casa preparás el mate y el agua se calienta, pensás en el hombre muerto ese día. Pensás en Martín, en vos misma y en tu hija, quien se encuentra a tu lado. En un momento la joven pregunta por cualquier cosa y, tomando una iniciativa repentina, vas y traes varias carpetas con fotografías.

Te quedás así, mirando fotos y hablando hasta que te inflamás de cansancio, en un amanecer que bulle silencioso por la pequeña ventana de la cocina.