Un solo hombre que de a poco ha desarrollado un plan de liberación continental. Un hombre que mira la inmensa mole de roca, allá a lo lejos y sueña; la cordillera lo espera como un gran animal dormido.
Este hombre está, en ese recuerdo, en el mejor momento de su vida: tiene a su familia con él, por primera y única vez. Su hija acaba de nacer. Tiene casi todo el apoyo del pueblo cuyano para su empresa.
Al hombre, por momentos, una tos bruta lo hace llenar de sangre los pañuelos bordados y le habla de la finitud de la vida, de lo inconmensurable de algunos anhelos imposibles. Este hombre magnífico y demasiado humano, respira el aire límpido de la mañana, alza sus manos y, por una ilusión de su visión, ellas casi tocan los picos nevados.
San Martín, en ese sueño, en ese recuerdo, muchos años después en Boulogne Sur Mer aún siente ese aire frío de la montaña, toda la emoción de su gesta.
Y se dice: "Esto es lo que me llevo. Para esto es que se trazó mi destino: la memoria de los pueblos liberados. El anhelo de un territorio libre. Nada más me importó en esta vida. Asi fue y será. Aunque la patria me olvide. Aunque hoy mi vida termine".
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