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San Martín visitó tres veces San Juan durante su campaña libertadora y su vida política

La relación del Libertador General José de San Martín con San Juan se expresó en tres visitas vinculadas con decisiones políticas, estrategias militares y obras para el desarrollo provincial.

Las tres oportunidades en las que se recuerda el paso del General José de San Martín por San Juan son puntuales, y cada una de las llegadas respondió a distintos objetivos vinculados con la política, la organización militar y el desarrollo de la provincia.

En el marco del 17 de Agosto, fecha en que se conmemora el paso el día de la muerte de San Martín, su presencia en San Juan permite recuperar parte de esa historia.

25 de mayo de 1815: una visita por la situación política
La primera visita oficial de San Martín a San Juan ocurrió el 25 de mayo de 1815, cuando se desempeñaba como Gobernador Intendente de Cuyo. La situación política de la región atravesaba un período de tensiones entre distintos sectores.

Un grupo identificado como los "Independientes" impulsaba la separación de Mendoza. Ante este escenario, San Martín llegó a San Juan con el propósito de aquietar la situación y preservar el orden político.

Su intervención estuvo vinculada también con el respaldo a José Ignacio de la Roza, quien ejercía la conducción política de San Juan. Para San Martín, conservar la unidad y el orden en Cuyo era necesario para sostener el proceso independentista.

9 de julio de 1815: San Juan y el esfuerzo para sostener al Ejército de los Andes
La segunda visita de San Martín a San Juan ocurrió el 9 de julio de 1815, en un contexto marcado por el crecimiento de los gastos destinados a sostener el ejército y preparar la campaña libertadora.

Ante la necesidad de reunir recursos, San Martín estableció un gravamen de dos pesos por cada barril de aguardiente y de un peso por cada barril de vino exportado desde la provincia.

El esfuerzo no se limitó a los recursos económicos. La producción artesanal y agropecuaria de San Juan también aportó elementos necesarios para equipar y sostener a las fuerzas militares.

Los artesanos locales confeccionaron 1.200 monturas, más de 430 ponchillos, 150 cobertores de cuero, 721 camisas y 1.774 pantalones, entre otros elementos destinados al ejército.

El sector agropecuario aportó 2.641 mulas, 962 caballos comunes y 200 caballos serranos. También puso a disposición campos de pasto, barriles de vino y aguardiente, frutas secas y harinas de trigo y maíz.

La preparación también requirió disponer de espacios para alojar y organizar a las tropas. Los conventos de los Padres Agustinos y de Santo Domingo fueron utilizados como cuarteles.

La visita de San Martín permite observar el papel que tuvo San Juan en la preparación de la campaña de los Andes. La provincia aportó recursos económicos, producción local, animales, alimentos y espacios para sostener el proyecto militar.

28 de septiembre de 1818: el inicio de las obras del Canal de Pocito
La tercera visita tuvo lugar el 28 de septiembre de 1818, después de los principales acontecimientos de la campaña de los Andes. En esa oportunidad, San Martín regresó a San Juan para dar comienzo a las obras de apertura del Canal de Pocito.

Esta presencia muestra otra dimensión de su relación con la provincia, vinculada con las obras destinadas al aprovechamiento del agua. El proyecto se incorporó a las necesidades de desarrollo productivo de San Juan.

9 de julio: los sucesos del Día de la Independencia y la declaración de 1816

El Día de la Independencia de Argentina se celebra los 9 de julio de cada año, teniendo su origen en la conmemoración de la firma de la Declaración de Independencia realizada el martes 9 de julio de 1816, en la casa de Francisca Bazán de Laguna, en Tucumán. En 1941, la vivienda fue declarada Monumento histórico nacional.

Hace más de 200 años, un grupo de representantes de las Provincias Unidas confirmó en esa declaración su intención de poner fin a siglos de dominio colonial español.

La Declaración de la Independencia fue un acto soberano y colectivo llevado a cabo en el histórico Congreso de Tucumán, que reunió a diputados para sesionar durante meses y así proyectar una nueva Nación y trazar los primeros lineamientos de lo que luego sería la República Argentina.

La presión de San Martín

Una vez que llegaron los congresales y se dio inicio al Congreso el 24 de marzo de 1816, los primeros temas que se trataron fueron: recursos para el ejército Libertador, acuñación de una nueva moneda, demarcación de límite provincial y organización de las fuerzas.

En mayo, se designó con la máxima magistratura mayor de las provincias a Juan Martín de Pueyrredón, para entender y apoyar a las demandas de San Martín y su empresa libertadora.

San Martín presionaba, desde enero, en la correspondencia que le envía a su amigo Tomás Godoy Cruz, diputado por Mendoza, argumentando que en la base de toda acción de gobierno se necesitaba la Declaración de la Independencia.

Trabajó por la unidad nacional como base de la independencia política con la cual buscaba respaldarse para reconquistar Chile y trabajar por la libertad de América.

La pregunta de Laprida y el Acta de Emancipación

El 9 de julio de 1816, tras nueve horas de debate, el presidente de aquel momento, Narciso Francisco de Laprida realizó la memorable pregunta: "¿Queréis que las provincias de la Unión sean una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?".

Todos los diputados contestaron afirmativamente. De inmediato, se labró el Acta de Emancipación que, desde el punto de vista político, fue el paso previo y necesario para llevar a cabo la ofensiva militar a otras regiones, concretada en la magna empresa de San Martín.

La Declaración fue en todo tiempo observada como la base constitutiva de las provincias rioplatenses, pese a que no concurrieron al Congreso diputados del Litoral, la Banda Oriental, Santa Fe y Paraguay.

El contexto histórico

El contexto internacional era complejo: España se había liberado de los franceses, el Rey Fernando VII había vuelto al trono y se predisponía a recuperar los territorios americanos que estaban en manos de los revolucionarios.

El ejército realista había comenzado a avanzar por toda la región, derrotando a una parte de los movimientos independentistas americanos.

Ante esa situación, las Provincias Unidas se juntaron para decidir qué hacer frente al peligro realista. El Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas en Sudamérica se reunió en San Miguel de Tucumán para limar asperezas entre Buenos Aires y las provincias, ya que las relaciones estaban deterioradas.

El Congreso

Cada provincia eligió un diputado cada 15.000 habitantes y las sesiones del Congreso se iniciaron el 24 de marzo de 1816, con la presencia de 33 diputados de los 34 elegidos.

Finalmente, y después de arduas discusiones, el 9 de julio de 1816 los representantes firmaron la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica y la afirmación de la voluntad de "investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli" y "de toda otra dominación extranjera".

De este modo, después del proceso político iniciado con la Revolución de Mayo de 1810, se asumió por primera vez una manifiesta voluntad de emancipación.

La casa histórica de la independencia

La casa histórica de Tucumán se construyó en 1760 y pertenecía a una importante familia local, la de Francisca Bazán, esposa de Miguel Laguna.

Era una casa con varias habitaciones, patios que las conectaban y su único ornamento eran unas columnas salomónicas ubicadas a los costados de la puerta principal.

Después de ser sede del Congreso donde se declaró la Independencia, fue alquilada para la imprenta del ejército, el servicio de Telégrafo y el Juzgado Federal. En 1869, el fotógrafo Ángel Paganelli, que visitaba San Miguel de Tucumán, registró el deterioro del edificio para llamar la atención de las autoridades.

En 1904, el Gobierno la restauró, pero debido a su pésimo estado tuvo que demoler gran parte de la vieja casa y la única parte que fue salvada fue el Salón de la Jura de la Independencia.

La reconstrucción intentó ajustarse al máximo en cada detalle del edificio original, utilizando los mismos tipos de ladrillos, tejas y baldosas.

En 1941 fue declarada monumento histórico. Actualmente, funciona como museo y es centro tradicional de los festejos por la Declaración de la Independencia.

Cada día 9, el Liceo Militar General Aráoz de Lamadrid realiza el relevo de guardia en el Museo de la Casa Histórica de la Independencia.

Con la intención de resaltar las tradiciones, los soldados del Liceo Militar, con el uniforme del Regimiento de Infantería de Montaña 10 y acompañados por la Banda Militar Sargento Primero Pedro Bustamante del Instituto, realizan esta ceremonia.

Los diputados

Los 29 diputados del Congreso de Tucumán que suscribieron el acta de Independencia declarada por el Congreso de las Provincias Unidas en Sud América fueron:

Presidente: Francisco Narciso de Laprida, diputado por San Juan.
Vicepresidente: Mariano Boedo, diputado por Salta.
Secretarios: José Mariano Serrano, diputado por Charcas y Juan José Paso, diputado por Buenos Aires.

Diputados

Buenos Aires: Antonio Sáenz, José Darragueira, Fray Cayetano José Rodríguez, Pedro Medrano, Esteban Agustín Gascón y Tomás Manuel de Anchorena.

Catamarca: Manuel Antonio Acevedo y José Eusebio Colombres.

Córdoba: Eduardo Pérez Bulnes, José Antonio Cabrera y Jerónimo Salguero de Cabrera y Cabrera.

Jujuy: Teodoro Sánchez de Bustamante.

La Rioja: Pedro Ignacio de Castro Barros.

Mendoza: Tomás Godoy Cruz y Juan Agustín Maza.

Salta: José Ignacio de Gorriti.

San Juan: Fray Justo Santa María de Oro.

Santiago del Estero: Pedro Francisco de Uriarte y Pedro León Gallo.

Tucumán: Pedro Miguel Aráoz y José Ignacio Thames.

Mizque: Pedro Ignacio Rivera.

Charcas: Mariano Sánchez de Loria y José Severo Malabia.

Chichas (incluyendo a Tarija): José Andrés Pacheco de Melo.

En la sesión no estuvieron cinco diputados: el coronel José Moldes (Salta), se encontraba detenido; el coronel Juan José Feliciano Fernández Campero (Chichas) estaba al mando de tropas en el frente de combate; el presbítero Miguel Calixto del Corro (Córdoba), estaba realizando una misión diplomática ante José Artigas; el médico Pedro Buenaventura Carrasco (Cochabamba), que estaba en servicio en el Ejército del Norte y el diputado Juan Martín de Pueyrredón (San Luis), que había viajado a Buenos Aires para asumir el cargo de Director Supremo.

La proclama de la Independencia

Mientras preparaba en Cuyo al Ejército que cruzaría Los Andes, San Martín se mostraba impaciente para que el Congreso proclamara la Independencia.

En una de las cartas que mantiene con uno de los congresales, el representante de Cuyo, Tomás Godoy Cruz, escribía: "¿Hasta cuándo esperamos para declarar la Independencia ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos?".

"Veamos claro, mi amigo, si no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo este la Soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir a Fernandito", escribió José de San Martín en una de sus cartas a Godoy Cruz.

El contexto era complejo, los realistas habían recuperado amplios territorios en América, en Europa, se asistía a la restauración de las monarquías, en la Banda Oriental, podía constatarse el avance portugués; y en el plano interno, las relaciones entre el gobierno central y el litoral estaban quebradas.

Asimismo, las relaciones entre Buenos Aires y provincias que participaban del Congreso no estaban exentas de tensiones.

Finalmente, el acta de la Independencia se firmó el 9 de julio de 1816, donde prevaleció una postura que representaba el mandato de la mayoría de las provincias: investir a las Provincias Unidas del "alto carácter de una nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli".

Quedaba expresamente rechazada toda fórmula intermedia que habilitara algún tipo de protectorado. Se trató, pues, de una manifestación clara, acorde con el pedido de San Martín, de declarar la Independencia absoluta de las Provincias Unidas respecto a la corona española y "de toda otra dominación extranjera", según la fórmula agregada a la proclama días después en las siguientes sesiones del Congreso.

La proclama se publicó en español. También en quechua y aymará con el fin de incorporar al proceso a los pueblos originarios.

Martín Miguel de Güemes, el general gaucho

Fue un hombre fundamental en la historia argentina. También fue ese militar salteño que tuvo un destacado rol en las guerras independentistas del país. Cada 17 de junio se recuerda el día de su fallecimiento.

Cada año se recuerda el valor y patriotismo del General Martín Miguel de Güemes, quien luchó en las guerras independentistas del país para expulsar a los realistas.

¿Quién fue Martín Miguel de Güemes?

Martín Miguel Juan de Mata Güemes Montero de Goyechea y la Corte nació el 8 de febrero de 1785 en Salta, en el seno de una familia de muy buena posición económica.

Su padre, Gabriel de Güemes Montero, era español, y su mamá, María Magdalena Goyechea y la Corte, una jujeña.

Además de educarse como cualquier niño de una familia acomodada, creció entre gauchos y duras tareas rurales. A los 14 años ingresó como cadete a la Compañía del tercer batallón del Regimiento Fijo de Buenos Aires, que estaba destacado en Salta.

Güemes tuvo un notable desempeño en las guerras de la independencia, ya que rechazó 6 invasiones españolas al norte argentino en una constante defensiva, conocida como Guerra Gaucha, lo que ayudó en el éxito de José de San Martín en su campaña libertadora. En su provincia natal, ejerció la gobernación durante seis años.

El 17 de junio de 1821, el general gaucho murió de un disparo tras enfrentar una emboscada en la casa de su hermana. Sus restos están sepultados en la Catedral de Salta.

Las mujeres olvidadas de la Revolución de Mayo

La Semana de Mayo está repleta de nombres de varones: los que repartieron las escarapelas, los que gestaron la Independencia, los que fueron parte de la Primera Junta. ¿Y las mujeres? Acá un repaso por figuras fundamentales de la independencia argentina.

Siempre es saludable para la historia hacer un poco de revisionismo y apuntar adónde las mujeres fueron invisibilizadas o ninguneadas.

Una buena oportunidad es el aniversario de la Revolución de Mayo, allí donde empezó a gestarse la independencia argentina.

Si bien hace algunos años esa lectura se viene haciendo, de manos y ojos de historiadoras e historiadores, todavía las mujeres no terminan de ser reconocidas en la historia de nuestra independencia.

Algunas incluso son nombradas como meras facilitadoras de espacios y servidoras de masitas para las reuniones cumbre en las que los varones blancos y cis planeaban la revolución. O como madres y esposas.

Recordamos sólo algunas de las protagonistas de nuestra historia de revolución e independencia.

Mariquita Sánchez de Thompson

Durante demasiados años (más de 200), la figura de esta mujer nacida el 1 de noviembre de 1786 fue reducida a quien prestaba su mansión de mujer acomodada para que políticos e intelectuales varones discutieran los temas candentes del siglo XIX.

Una versión no confirmada dice que fue en una de esas tertulias donde se cantó por primera vez el Himno nacional Argentino.

Lo que sí está confirmado, es que en esas tertulias, hombres como Juan Martín de Pueyrredón, Nicolás Rodríguez Peña, Bernardo de Monteagudo y Carlos María de Alvear, entre muchos otros, tejieron alianzas políticas en la formación de asociaciones públicas, como la Sociedad Patriótica, o secretas, como alguna que otra logia. Mariquita era parte de esos procesos.

Pero la personalidad de Mariquita se había destacado mucho antes, cuando a los 14 años protagonizó uno de los juicios más famosos de la época. Estaba enamorada de un hombre 10 años mayor que ella y sus padres no aprobaban el matrimonio porque tenían reservado para ella a un comerciante rico.

Mariquita pasó unos años encerrada en un convento y hasta le escribió una carta al Virrey Sobremonte para contarle su caso. El virrey autorizó el casamiento.

Partidaria de la independencia, se convirtió en una referenta de las mujeres de la elite rioplatense.

Por sus obvios privilegios, de los que nunca renegó, tuvo acceso a una educación sin necesidad de ser monja, como sucedía con las mujeres en aquellas épocas.

En tiempos de Juan Manuel de Rosas fue mentora de los representantes de la llamada Generación del 37: integrada por Echeverría, Alberdi, los hermanos Juan María y Juan Antonio Gutiérrez, entre otros. Falleció a los 81 años, el 23 de octubre de 1868.

Juana Azurduy

Si bien la "flor del Alto Perú" tiene un reconocimiento en las páginas de la historia y hasta el historiador Félix Luna le dedicó una canción con música de Ariel Ramírez, tampoco podemos decir que se habla de ella como de otros próceres varones.

Nació el 12 de julio de 1780 en Toroca, una población ubicada en el norte de Potosí perteneciente al Virreinato del Río de la Plata, actualmente territorio de Bolivia.

En 1809, luego de que estallara la revolución independentista de Chuquisaca, un 25 de mayo, Juana y su esposo se unieron a los ejércitos populares y ayudaron a destituir al gobernador y a formar una junta de gobierno que duraría hasta 1810, cuando las tropas realistas vencieron a los revolucionarios.

A través de una organización conocida como Los Leales, combatieron contra el imperio español, pero Juana fue la que más se destacó por su valentía y su capacidad de mando. Fue nombrada teniente coronel en 1816.

Luego Juana se unió a la guerrilla de Martín Miguel de Güemes, en el norte del Alto Perú.

En 1825, Simón Bolívar la ascendió a coronel y le otorgó una pensión que recibió durante cinco años.

Juana murió en la miseria a los 81 años en Jujuy, el 25 de mayo de 1862. Fue enterrada en una fosa común.

Cien años más tarde, sus restos fueron exhumados y trasladados a un mausoleo construido en en la ciudad de Sucre, Bolivia. En 2009 fue ascendida a generala del Ejército argentino y mariscal de la república boliviana.

María Remedios del Valle

Mujer afrodescendiente, nació en 1766 en la capital del Virreinato del Río de la Plata, luchó en las invasiones inglesas y tras la Revolución de Mayo partió junto con su marido e hijos a la expedición destinada al Alto Perú al mando de Ortiz de Ocampo.

Allí combatió en el Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano. Participó además en los principales combates y en las batallas de Tucumán, Salta y Ayohúma, entre otras.

Su marido e hijos no sobrevivieron a las guerras. Ella continuó atendiendo a los heridos y arriesgando la vida. Fue nombrada capitana por Belgrano.

Terminada la guerra, en las calles de Buenos Aires el General Juan José Viamonte la reconoció: estaba pidiendo limosna, harapienta.

Desde su banca en la Legislatura pidió que se hiciera justicia y se le otorgara la pensión por los servicios prestados, lo cual recién se produjo tras siete años de insistencia, en 1828.

Falleció en 1847. Fue declarada de manera póstuma como "Madre de la patria".

Melchora Sarratea

Al igual que otras mujeres de la alta sociedad porteña como Ana Riglos, Casilda Igarzabal y Mariquita Sánchez de Thompson, organizaba tertulias y reuniones políticas en su casa, en las que participaba sin ser una simple anfitriona.

Esas reuniones imitaban los "salonnière" de las francesas que abrían sus espacios a intelectuales y políticos en el siglo XVIII.

Es también una de las mujeres que continuó participando en la vida política a pesar de la oposición masculina.

Macacha Güemes

María Magdalena Dámasa Macacha Güemes nación en Salta, en 1787 y murió en 1866. Fue hermana del caudillo Martín Güemes, provenía de una acomodada familia de la élite de esa provincia.

Desde 1810 los hermanos apoyaron a la revolución organizando milicias de apoyo a los ejércitos del Alto Perú.

En su participación en la gesta llevaron adelante la estrategia de "guerra de guerrillas", conocidos como "los infernales del caudillo", asesinado años después.

Machaca fue la mano derecha de su hermano y como parte de la gesta independentista en el norte cumplió tareas militares, organizativas, auxilió heridos en el campo de batalla y llevó misiones de espionaje junto a otras mujeres contra los realistas.

Participó activamente en la vida política de Salta y apoyó la oposición a la hegemonía del puerto de Buenos Aires. A su hermano lo apodaban "el Padre de los Pobres" y a ella "Madre del Pobrerío".

Ana Riglos

Nació en 1788. Perteneció a una destacada familia de la sociedad rioplatense. El 22 de diciembre de 1809 se casó con su primo el General Miguel de Irigoyen Quintana, quien durante la crisis política de 1820 fue gobernador de la provincia de Buenos Aires e intendente de Policía por unos días.

Fue una de las damas patricias más comprometidas con la causa revolucionaria de mayo de 1810, apoyó la expedición emancipadora al Alto Perú donando parte de sus joyas y fortuna personal para comprar uniformes, alimentos y armas.

Su casa también fue un prestigioso centro de reunión social, animada por veladas y tertulias que concentraban a las mejores familias de la época.

En 1817 esas tertulias fueron el epicentro de los primeros ensayos de la Sociedad del Buen Gusto que congregaba a artistas, músicos y poetas que también se proponían proyectar reformas sociales y culturales al servicio de la naciente revolución de emancipación nacional.

Fuente: Cosecha Roja

Día Internacional de la Mujer: por qué se conmemora el #8M

El Día Internacional de la Mujer, es una jornada de lucha y reclamos por la igualdad de derechos.

Cada 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, fecha establecida para darle visibilidad a los reclamos diarios de las mujeres contra los abusos, desigualdades y femicidios ocurridos en Argentina y el mundo.

Luego de la Revolución Industrial, a finales del siglo XIX, surge esta propuesta. Ante un nuevo período en la historia de la humanidad, con transformaciones económicas y laborales nunca antes vistas, el mundo había cambiado y, tanto los hombres como las mujeres, trabajaban en la industria.

Sin embargo, las mujeres no se encontraban protegidas por ninguna ley y eran explotadas.

La historia comenzó el 8 de marzo de 1857, en Nueva York, cuando las trabajadoras textiles comenzaron a salir a la calle para exigir salarios más justos y mejores condiciones laborales. Sin embargo, aunque las manifestaciones fueron pacíficas, la policía las detuvo.

Dos años más tarde, en 1959, estas mujeres crearon el primer gremio para pelear por sus derechos.

No obstante, 51 años después, en 1908, 15.000 mujeres volvieron a tomar las calles para exigir condiciones más dignas, aumentos salariales, menos horas de trabajo, derecho al voto y prohibición del trabajo infantil.

De ahí surge el histórico slogan: "Pan y Rosas", el pan representando la estabilidad económica y las rosas, una mejor calidad de vida.

Ocurrió que 2 años después, Clara Zetkin propone en Dinamarca la creación del Día Internacional de la Mujer para el 19 de marzo. Este fue aprobado por la asamblea en la que participaron 17 naciones del mundo y al año siguiente, en 1911, la fecha fue festejada por primera vez.

Sin embargo, unos días después, el 25 de marzo, ocurrió una terrible tragedia que marcaría para siempre los derechos de las mujeres en todo el mundo: el incendio en la fábrica de Triangle Shirtwaist, en Nueva York, donde murieron más de 100 mujeres, en su mayoría inmigrantes italianas o de Europa del Este.

123 mujeres y 23 hombres murieron ese día, 70 personas fueron heridas y muchas de las víctimas eran muy jóvenes: la mayor tenía 43 años, pero la menor había cumplido 14.

Este fatídico hecho le otorgó a las mujeres todavía más determinación para continuar con su lucha.

El paro de mujeres del 8 de marzo se remonta al primer ejemplo de un evento así, el cual ocurrió en Islandia, en 1975: las primeras en convocar un paro nacional.

Luego, el movimiento internacional del 8 de marzo, que ya ha sido establecido por organizaciones de 50 países, surgió gracias al paro de mujeres del 2016 en Polonia, cuando estas decidieron no ir a trabajar el 3 de octubre para marchar a favor de la legalización del aborto.

Fue entonces cuando se estableció al 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, en vigencia desde 1975 por las Naciones Unidas, el cual sería de paro alrededor del mundo y en el que se exigiría la visibilización de la violencia machista en todas sus formas: sexual, social, cultural, política y económica.

A partir del 2017, las organizaciones feministas llaman a parar todos los años en la misma fecha.

El día que los peronistas fueron leales al coronel

El 17 de octubre de 1945, una masiva marcha de trabajadores irrumpe en Plaza de Mayo para pedir la liberación del Coronel Juan Domingo Perón.

Es una fecha clave en la escolástica peronista. El Día de la Lealtad se celebra en Argentina todos los años, desde aquel histórico 17 de octubre de 1945, cuando se produjo en Buenos Aires una gran movilización obrera y sindical que exigía la liberación del entonces Coronel Juan Domingo Perón.

Desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, creada a su pedido, Perón había promovido los derechos de los trabajadores, algo que ya era una tendencia en el mundo y que llegaría de todos modos a Argentina.

Aquel 17 de octubre, una gran cantidad de manifestantes, en su mayor parte provenientes del sur del Gran Buenos Aires, ocupó el centro de la ciudad, particularmente alrededor de Plaza de Mayo, logrando la libertad del coronel prisionero.

Fue una bisagra en la historia argentina y un fuerte impulso que le dio vigor a la figura de aquel castrense que había llegado a la Secretaría de Trabajo gracias a un golpe militar contra la democracia.

Unos meses después de aquel episodio histórico, Perón sería elegido presidente de la Nación. Tal como lo relata el notable historiador José Luis Romero, la acción masiva fue organizada por los sectores ya considerados peronistas, quienes con apoyo militar y policial concretaron el movimiento popular para conseguir el retorno de Perón.

El 17 de octubre es considerado como el del nacimiento del peronismo y la fecha se ha convertido en uno de sus máximos símbolos, así como uno de los momentos más importantes de la historia del movimiento obrero argentino.

Más allá del nombre dado por el Partido Justicialista, también es llamado Día de la Lealtad peronista.

Luces y sombras de un militar controvertido

El 17 de octubre fue el primer hito en un camino que comenzó en la Secretaria de Trabajo y Previsión, desde la cual el golpista Juan Domingo Perón estableció un vínculo con los trabajadores y fue concretando derechos como el recordado Estatuto del Peón Rural.

Con Juan Domingo Perón se abrió en Argentina una etapa de corte filofascista, donde aparecieron listas negras, artistas prohibidos y violencia de Estado.

La decadencia económica del país también se profundizó con los sucesivos gobiernos peronistas.

En una jornada de tanta lealtad ciega, tal vez olvidan los muchachos que el líder y creador del movimiento fue un fascista espontáneo que persiguió a tres de los galardonados con el Premio Nobel.

La amnesia persistente del palco sindical se convierte en una herramienta de la patota peronista que siempre vuelve para destruir.

Los restos del coronel

Los restos del exmilitar que fue tres veces presidente de Argentina se encuentran en San Vicente, provincia de Buenos Aires.

Allí, el Museo Histórico 17 de Octubre exhibe desde 2006 el espacio con el monumento dedicado a la memoria de Perón, erigido con el esfuerzo de miles de militantes justicialistas y llevado adelante por el intenso trabajo de peronistas como Eduardo Duhalde, Antonio Cafiero, Manolo Quindimil, Fernando Galmarini, Lorenzo Pepe y los líderes de la CGT, entre otros.

Domingo Faustino Sarmiento recordó cuánto trabajó por la industria vitivinícola

Un video realizado por el Gobierno de San Juan con Inteligencia Artificial mostró lo que hizo Sarmiento por la actividad vitivinícola.

"A veces me llamaban El Loco por mis ideas, pero si algo aprendí, es que hay que soñar en grande", dijo el expresidente, ayudado a volver al presente gracias a la IA.

El homenaje a Domingo Faustino Sarmiento se presentó el jueves 11 de septiembre, para recordar el Día del Maestro.

El audiovisual, creado con Inteligencia Artificial, revive en primera persona los aportes del prócer a la vitivinicultura.

El video se estrenó de manera simultánea en varias provincias de Argentina y también en Chile.

Turismo cultural en San Juan: arte, historia y patrimonio durante este verano

La provincia ofrece opciones culturales en sus espacios con visitas guiadas y muestras.

El Ministerio de Turismo, Cultura y Deporte de San Juan preparó una propuesta cultural para este verano, destinada a residentes y turistas para ser parte de las actividades en sus principales espacios artísticos y culturales.

Cada lugar abre sus puertas con visitas guiadas, exposiciones y actividades interactivas que ponen en valor el patrimonio sanjuanino y ofrecen experiencias para todas las edades.

El Chalet Cantoni Casa Cultural, ubicado en avenida Libertador 3.339 oeste, Rivadavia, ofrece visitas guiadas que recorren la historia de los hermanos Cantoni y su aporte a la política local de los años 30.

Estas visitas incluyen contenido audiovisual que realizan los viernes a las 18 y 20 horas con entrada libre y gratuita.

También se podrá disfrutar de la muestra Lúmen, de Pablo Henríquez, de lunes a viernes de 9 a 13 y de 17 a 20 horas.

En el Auditorio Juan Victoria, ubicado en 25 de Mayo 1215 Oeste, se realizan visitas guiadas todos los días de 11 a 19 horas, permitiendo a los visitantes explorar las características de este complejo cultural.

Las mismas estarán disponibles hasta el 20 de enero con entrada libre y gratuita.

Por su parte, el Teatro del Bicentenario, en Las Heras 430 Sur, realiza recorridos por sus salas y espacios, integrando estaciones informativas y actividades sensoriales.

Las visitas se realizan de martes a sábado en dos horarios: 11.30 y 17.30 horas, con reservas previas a este link.

La Dirección de Patrimonio Cultural, ubicada en el Ferro Urbanístico, expone las Banderas Ciudadana Provincial y de Talavera, piezas clave de la historia sanjuanina y argentina.

Las visitas están disponibles en enero, lunes, miércoles y viernes de 9 a 13 horas y en febrero, de lunes a viernes, de 9 a 17 horas.

La solicitud de turnos se realiza en la Dirección de Patrimonio Cultural, calle España entre San Luis y 25 de Mayo, Ferro Urbanístico ala sur.

Para comunicarse telefónicamente, los interesados deberán llamar al 2644211833 o 2644211790, interno 124, o consultar a través del correo electrónico patrimoniocultural@sanjuan.gov.ar.

El Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson, en avenida Libertador 862 Oeste, exhibe la Bienal Nacional de Dibujo y el Premio Franklin Rawson a las Artes Visuales, destacando a artistas nacionales y locales.

Las muestras podrán visitarse de martes a domingo y feriados, de 12 a 20 horas. Lunes cerrado, excepto feriados.

Entrada general $500, jubilados y estudiantes $300, menores de 6 años gratis. Domingo gratis.

Otros espacios destacados como el Mercado Artesanal Tradicional Luisa Escudero, atiende de lunes a viernes, de 9 a 14 horas y sábado de 9 a 13 horas.

Quienes lleguen hasta allí, podrán conocer el talento local a través de un recorrido gratuito por el espacio. Reservas al 2645814501.

Para más información sobre los espacios y otras actividades culturales, se puede consultar sanjuan.tur.ar

El día que Sarmiento escribió sobre José de San Martín

Las palabras que reproducimos en esta nota fueron escritas por Domingo Faustino para ilustrar el día en que llegaron al país los restos de José de San Martín.

El 28 de mayo de 1880 los restos del Libertador fueron trasladados a Plaza San Martín, frente a su monumento ecuestre. Estas fueron las palabras que Sarmiento dedicó a ese momento:

"Conciudadanos:

Hace veinte años a que la ciudad de Buenos Aires me honró con el encargo de expresar sus sentimientos de bienvenida hacia los restos del ilustre ciudadano que presidió a los destinos de la República, D. Bernardino Rivadavia.

Hoy me cabe igual privilegio al recibir las cenizas del Capitán General D. José de San Martín, que aseguró la Independencia de estas nuevas Repúblicas, y nos dio el rango de Nación, en los hechos, ya que por derecho lo teníamos desde la Declaración de nuestra Independencia en 1816.

San Martín no es una gloria nuestra solamente.

Qué pasó con el cuerpo de San Martín tras su muerte y cuándo lo trajeron a la Argentina.

Reivindicarla como propia cuatro Repúblicas americanas, si bien sus restos mortales pertenecen al país que lo vio nacer, no obstante su acción y la influencia de su alma se extendiesen sobre la mitad de este Continente, como la fama de sus gloriosos hechos trascendió luego por toda la redondez del mundo, y su nombre llena una de las más bellas páginas de la historia moderna, cual es la aparición de los pueblos civilizados que poblaron el nuevo mundo descubierto por Colón.

Washington, Bolívar y San Martín son, por cierto, dignos heraldos para anunciar a la tierra, que en un teatro cuyo escenario se extiende de polo a polo, se presentarían en adelante actores que no sospechó la antigüedad y cuyos progresos los modernos empiezan a mirar con asombro, aun en aquellas adquisiciones comunes a nuestra época. Después de un largo ostracismo vuelven hoy estos gloriosos despojos a reposar en nuestro seno, y serán depositados en el altar de la patria, santificado por la presencia del más ilustre de sus Mártires, el perseguido de veinte años, el rehabilitado de otros tantos, el que hoy, reconoce la historia humana Gran Capitán, y la América del Sur su Libertador, como su patria la más brillante joya de su corona.

La versión popular y la explicación sencilla de tan grande eclipse y anonadamiento, es la moral de la tragedia, un castigo ejemplar de los Dioses o del Destino, según lo requerían las reglas del arte. San Martín era debidamente castigado, y su nombre, al parecer, quedó por sus faltas suprimido de la historia humana.

Otra era la verdad, que era necesario ocultar a los ojos del enemigo, mientras duraba la gigantesca contienda, y que por largos años después, poco interesó conocer, desde que la obra estaba consumada.

Habíase ignorado que un mundo más grande que el Asia y la Europa se interponía entre el extremo Oriente de entonces y el extremo Occidente conocido. Colón, Américo y Caboto, Cortés, Pizarro y Almagro, descubriéronle y trajeron en sus naves o arrastraron tras sí al mundo antiguo a poblar el nuevo.

Tres siglos más tarde, la más joven porción de la especie humana cubría ese mundo nuevo, bosquejando imperios entre altísimas montañas o llanuras y pampas inconmensurables, diseñando ciudades o emporios a orillas de ríos como mares, y revolviendo el oro y las producciones que sirvieron dos siglos para prolongar la existencia a monarquías desahuciadas, como la de los Borbones en España, o a echar las bases de la dominación marítima de la Inglaterra.

Washington aparece como el Josué de aquel pueblo cuyo éxodo habían encabezado los Santos Peregrinos, y a quienes ponía en posesión de la tierra prometida a la libertad y al progreso humano, anunciando al mundo la existencia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Quedaba el Sur de aquella América, removiéndose como se conmueven y surgen los continentes del fondo del mar, cuando las convulsiones internas arrojan una montaña a su superficie.

El gran acontecimiento moderno, era la emancipación de las Colonias.

Sentíase que la civilización, siguiendo su marcha constante, daba un nuevo paso hacia el Occidente. Nuestros padres se agitaban confusamente, desde el antiguo Imperio Mejicano hasta las márgenes del Plata; pero lucha tan grande sobre teatro tan inmenso, requería héroes de la talla de Washington.

Se presentaron dos, San Martín y Bolívar, acaudillando pueblos de los extremos opuestos de continente tan vasto, pues que, salvo el estrépito de las victorias, discurrían años ignorándose en un extremo lo que pasaba en el otro.

Quince años estuvieron dos mundos, la Europa y el ya emancipado Norte de la América, contemplando aquel esgrimir de armas que se llamó la guerra de la Independencia, aquella sucesión de victorias, derrotas, escaramuzas y encuentros, que desde el Orinoco al Plata y todo a lo largo de los Andes, por millares de leguas, venían desgajando uno en pos de otro los florones de que se adornaba la corona de España; hasta estrechar sus fuerzas bajo el Ecuador, en el Imperio antiguo de los Incas y entonces, el Virreinato más poderoso.

Los grandes políticos, los guerreros que acababan de envainar las espadas de Waterloo, los patriotas y los hombres libres de la tierra, vieron llegar el momento supremo del último golpe combinado por los dos grandes Capitanes que llenaban hacía diez años la vasta y doble escena.

Vióseles entrar en una tienda donde debieron pesar los destinos de esta América y trazarle su porvenir, y vióse a uno de ellos, el General San Martín, el que de paso por Chacabuco y Maipo, iba de las Pampas, atravesando los Andes y costeando el Pacífico, salir de aquella conferencia y dirigir luego la proa de alguna nave en busca del destierro, enviando este supremo adiós a la Gloria, a la América, pues ya no tenía patria:

"Yo he proclamado la Independencia de Chile y del Perú… He cesado de ser un hombre público…"

Muchos años el silencio se hizo en torno del héroe que daba la batalla de Guayaquil, como Pringles el combate de Chancay, para honor del vencido.

Bolívar terminó la lucha, anunció con su nombre solo la emancipación del Continente del Sur de la América, permaneció en el teatro de los sucesos, recogió los vítores y los elogios de los pueblos, empezó poco a poco a declinar su grandeza, y murió; en tentativas pequeñas para fin tan grande, cual era conservar un alto puesto en la historia. Bolívar no fue Washington.

Sabéis, señores, que fui el primer confidente a quien comunicó San Martín en 1847, lo ocurrido en la memorable entrevista de Guayaquil. La simplicidad del relato abonó su exactitud; la majestad de la voz y del semblante del anciano narrador, le imprimían el carácter de un hecho histórico, sin las correcciones y embellecimientos posteriores.

No estaban ambos Capitanes para ocuparse de las formas de gobierno futuro, en presencia de un enemigo todavía formidable; porque si la monarquía española se eclipsaba, el valor de los conquistadores, nuestros padres, no había perdido sus quilates en las huestes castellanas.

Hablaron de fuerzas de disponibilidad, y de la incapacidad de cada uno de batir al enemigo separadamente. San Martín, el más débil por el número, aunque sus veteranos pudiesen llamarse la Guardia Imperial de la Independencia, ofrecía sincera, caballerosa y oportunamente ponerse a las órdenes de Bolívar, que evadió explicarse.

Era San Martín alto de talla, mientras que Bolívar era de talla mediana; y acaso la única venganza que tomó San Martín contra aquel sublime egoísmo, fue añadir con desdén al describir la escena:

Estábamos sentados ambos en un sofá.

Mirándolo yo de arriba abajo, pues nunca obtuve que me mirase de frente, pude contemplar el esfuerzo visible para encubrir con subterfugios, escapatorias y sofismas, el plan de apoderarse del mando, aprovechando de las inteligencias que mantenía en el ejército.

La carta que le dirigió después completa la exposición de los hechos.

Tal fue la entrevista de Guayaquil, y nosotros estamos aquí reunidos para recibir las cenizas del que salió de aquella tienda, muerto para la acción.

¿Qué faltó a San Martín para terminar él la tarea gloriosa que Washington llevó a cabo en el otro hemisferio?

¡Ah! Señores, faltóle gobierno en su país, que continuase proveyendo de soldados y de recursos a los combatientes.

El año veinte es célebre en nuestros fastos consulares; y, durante este año y los subsiguientes, se emprendía la conquista del Perú, se daban las batallas de Torata y Moquegua, fatales a nuestras armas.Sírvanos este hecho de lección. Aníbal pudo resistir en el seno de la Italia quince años, como San Martín en el seno de la América, y poner a un dedo de su pérdida a Roma el uno, a la dominación española el otro; puede vivir un ejército de la guerra misma, pero el cuerpo se debilita con el alimento extraño, y el espíritu nacional degenera con la admisión de mercenarios y vencidos en sus filas.

Acabaron por ser los condottieri, habiendo cesado nuestros ejércitos de ser argentinos; y aun lo asegurado de nuestro territorio al norte, fue por nuestras rencillas internas a servir de gloria al nombre de Bolívar, que de él formó Bolivia.

En una de esas largas pláticas sobre el pasado con que me honró en Grandbourg, parecía exclamar como Augusto: ¡Varrus! ¡Varrus! ¡devuélveme mis legiones!

Y debía sentirlo así, porque el General Paz decía que por falta de cuatrocientos hombres de línea, no le fue dado constituir la República en 1831.

¡Cuántos ejemplos de grandes empresas argentinas, iniciadas por el talento del hombre de Estado, ejecutadas por el genio de nuestros guerreros, han servido de gloria final a otros, por ese desorden interno y nuestra falta hasta hoy de gobierno sólido!

¡Ituzaingó es nuestro Maipo y nuestro Suipacha!

Conciudadanos:

Ha sido un gran pensamiento el que con el centenario de San Martín, indujo a nuestro Gobierno a reclamar las cenizas del ilustre Héroe de la Independencia, que como las de Colón yacían en tierra extraña.

A cada paso que damos adelante, siéntese la necesidad de volver los ojos hacia atrás, para no olvidar el punto de partida, o para reparar las faltas y omisiones que la rapidez de la marcha o la fatalidad de los hechos dejaron en pos.

¿Cómo vienen a reunirse con diferencia de días, el aniversario de Mayo, el recuerdo de los más grandes nombres de nuestro país, del que asegura la Independencia por las armas, y del que la hace fecunda, echando los cimientos de nuestras libres instituciones y de nuestra unión nacional?

Estos dos nombres reunidos en el designio de su rehabilitación por actos visibles, ya que en los espíritus estaba de años atrás consumada, recuerdan, sin embargo, una de las más tristes peripecias de las grandes revoluciones, y es la prisa que se dan los pueblos, todavía inexpertos en el difícil arte de gobernarse a sí mismos, por obtener resultados inmediatos, forzando a la naturaleza y rompiendo a cada instante el instrumento de que se servían para introducir otro nuevo, que seguramente dará los mismos resultados.

Rivadavia, que mostraba la mayor preparación para organizar un gobierno, fue interrumpido en los comienzos de su obra; fue su gobierno un programa sin ejecución, a que sucedieron treinta años de descomposición, guerra, atraso y desastres, sin que a él, pobre desterrado en lejanos países, le cupiese la fortuna de presentir la proximidad del día que había de suceder a aquella larga noche polar de nuestra historia.

Más largo ha sido el ostracismo de San Martín, aunque siendo más vasto el campo de su acción, menos de cerca nos toquen los últimos acontecimientos que lo separaron del mando de los ejércitos de la Independencia, y aunque fuese común a toda esta parte de América la responsabilidad. Hasta 1840, no se había levantado una voz en defensa y rehabilitación del nombre de San Martín. Su extrañamiento, lo que se llamó su abdicación, fue seguido de los clamores de triunfo de sus adversarios, clamores que se extinguieron en el espacio, porque no fueron contradichos; y el silencio se hizo durante veinte años, como si en efecto, la acción de San Martín hubiese sido un mero accidente en la historia de la Independencia. ¿Cuáles eran los errores, las incapacidades, los crímenes de San Martín?

Todos los que el mal éxito de una batalla acumulan sobre el General vencido. Todas las consejas que las crónicas han popularizado y revisten forma nueva para adaptarse a cada nuevo personaje. La verdad es que recién por ese entonces, 1820, empezaba a surgir en los ánimos la idea de la posibilidad de la República en esta América. San Martín, como Rivadavia, como Belgrano, proponía diversas dinastías para fundar en 1816 un gobierno monárquico, pues que la única república ensayada en Europa había desaparecido, deshonrada por sus propios excesos a principios del siglo; y la Federación de colonias inglesas al otro extremo de América, era un hecho reputado tan sui generis, que a nadie le ocurría trasplantar la semilla.

Preocupación es esta última, que ha durado en Europa hasta la guerra de secesión, en que por la gigantesca lucha, pudieron medir la robustez orgánica del cuerpo social que así sostenía su preservación.

Cuando cundió en esta América la idea de la posibilidad de la República, los que antes pensaron en la monarquía, fueron declarados traidores a una Patria que no existía todavía.

Bolívar dio las batallas finales de la Independencia, y durante algunos años, Bolívar tuvo infinitamente razón, contra su desfavorecido émulo San Martín, la razón del éxito final, que seduce y satisface.

La principal razón contemporánea para condenar a los grandes hombres, es que la condenación de las grandes figuras absuelve y agranda las pequeñas.

La rehabilitación del hombre histórico de San Martín, fue lenta, larga, y como si de suyo se hiciera en la conciencia humana, sin argumentos, sin panegíricos, sin controversia.

En Chile, por ejemplo, el almanaque olvidaba la batalla de Chacabuco, por la dificultad de averiguar quién la había ganado.

Creían unos historiadores que los patriotas. Para otros, eran los independientes, y no faltó ensayo que la atribuyera al General O'Higgins, con los auxiliares de este lado.

Los celos, la envidia, los ajamientos inevitables de la guerra, habían tenido ya viente años para saciarse, hincando la uña y el diente en aquella gran finura; pero aquellas pasiones hacen para purificar la historia, lo que los insectos para estorbar la infección de la atmósfera. El humus que cubre la superficie del suelo, los abonos que fecundan la tierra, son la obra de siglos de destrucciones anteriores.

En 1840 ya estaba sin duda devorado, triturado, pulverizado por las harpías todo lo que de terreno, de deleznable, de humano, tenía el nombre de San Martín.

Su figura reaparecía en los ánimos, realzada por su significado silencio, pues ni una queja, ni un descargo, habíase escapado de su pluma ni de sus labios.

Viviendo obscuramente en Grandbourg (Francia), parecía pertenecer ya a la historia antigua, sin que su suerte fuese la de Temístocles, o la de Aníbal, huyendo de un partido, o de caer en manos del enemigo.

Con ocasión del aniversario de la batalla de Chacabuco, un escritor novel, a guisa de ensayo de fuerzas, hubo de resucitar con encomio el nombre de tan famoso Capitán, pues por tal era tenido de un cabo al otro del mundo.

Y sin apurar el ingenio en su loor, y con sólo recordar el grande hecho, despertó en todos los corazones el sentimiento de la justicia que se venía haciendo y carecía sólo de forma y expresión.

El primer acto del próximo Congreso fue restablecer en la lista militar de Chile al Capitán General don José de San Martín.

El gobierno del Perú siguió el mismo movimiento de reparación y desagravio; y pasando del desagravio a la aclamación, la estatua ecuestre que se alza hoy en la Cañada de Santiago a las faldas occidentales de los Andes, fue el primer canto de ese himno que el bronce ha repetido en el Retiro, señalando a Chacabuco y Maipo desde la portada del Cuartel donde enseñó el arte de vencer a su regimiento de Granaderos a Caballo.

La repatriación de sus cenizas es complemento de aquel largo y penoso trabajo que se opera en la mente de los pueblos; para dar al César lo que es del César, a San Martín su lugar en la historia de las naciones, disputado largo tiempo por los contemporáneos, hasta que disipado el polvo del combate, y cuando los ruidos de lo que se destruye han cesado, puede tomarse razón de lo que ha quedado de durable, de bello, de bueno y de grande, la Independencia de varias naciones, obtenida sin imponerse el vencedor en cambio de la dominación destruida.

A nosotros argentinos, nos ha dejado el General San Martín en su memoria un don especial.

En nuestras líneas de batalla, si un día hemos de tener que tenderlas contra el extranjero, el nombre y la gloria de San Martín estarán en los labios y en el corazón de nuestros soldados.

Es un legado precioso para una nación el nombre de un Gran Capitán. Federico II ha creado como soldado y no como político la Prusia moderna; y se ha necesitado de la demencia cesárea que atacó a los Bonapartes, para que la Francia perdiese la majestad que le legó el primer Napoleón.

Nosotros los presentes, vosotros ciudadanos, reunidos en torno de esta Urna cineraria, tenéis una gran parte en este acto.

Nuestros padres han seguido a merced de los primeros impulsos de la libertad, y sin la experiencia o las instituciones que limitan y dirigen las acciones, todos los senderos que se ofrecían y parecían conducir al fin deseado.

Han derrochado la fortuna, prodigado la sangre por ser independientes y libres, y en materia de hombres, de reputaciones, de servicios, el despilfarro ha sido inmenso. Si vamos a recorrer nuestra historia, necesitamos ir a escarbar los camposantos del extranjero en busca de los restos de nuestros grandes hombres, porque los más esclarecidos fueron expulsados y desaprobados, y lo que es peor, sin darles el tiempo de mostrarse a sí mismos y completar la obra comenzada.

¿Qué decir contra San Martín, la América de su tiempo, si se le hacía abandonar la obra?

¿Qué de Rivadavia nosotros, si no se le dejaba poner en práctica su sistema?

Vosotros y nosotros, pertenecemos a una época mejor. No hay, por más que parezca, tanta prisa por ir adelante. Harto hemos avanzado desde que vamos despacio.

Hemos avanzado más que todos los otros Estados americanos, con sólo haber dejado sucederse de seis en seis años, tres administraciones más o menos defectuosas, más o menos justificadas, pero todas y cada una señalando un gran progreso en población, riqueza e inteligencia.

Vosotros y nosotros, pues, hacemos hoy un acto de reparación de aquellas pasadas injusticias, devolviendo al General don José de San Martín el lugar prominente que le corresponde en nuestros monumentos conmemorativos.

Podremos respirar libremente, como quien se descarga un gran peso, cuando hayamos depositado en el sarcófago, que servirá de altar de la Patria, los restos del Gran Capitán, a cuya gloria sólo faltaba esta rehabilitación de su propia patria y esta hospitalidad calurosa que recibe de sus compatriotas.

Conciudadanos:

A nombre de la presente generación, recibimos estas cenizas del hombre ilustre, como expiación que la historia nos impone de los errores de la que nos precedió; en el teatro y en la agitada escena estamos hoy nosotros, con las mismas pasiones, sin la misma inexperiencia por atenuación.

Que otra generación que en pos de nosotros venga, no se reúna un día en este mismo muelle, a recibir los restos de los profetas, de los salvadores que nos fueron preparados por el Genio de la Patria, y habremos enviado al ostracismo, al destierro, al desaliento y a la desesperación.

Conduzcamos, señores, este depósito al lugar que la gratitud pública le tiene deparado".

Domingo Faustino Sarmiento, 28 de mayo de 1880.

La Patria no es el hogar de las casualidades

Posiblemente éso escribió el caudillo manso una tarde de abril de 1858 en un papel que luego dobló con puntillosa prolijidad y guardó en el bolsillo de su chaqueta.

¿Escribió Nazario Benavídez una frase profunda que meses más tarde la patria olvidaría con esmerada voluntad y obscena desidia luego de la Batalla de Cepeda? ¿O fue apenas una mueca retórica que la indiferencia se encargaría de sepultar?

El loco masón grado 33, Sarmiento, escribió: "Benavidez es un hombre frío; a eso debe San Juan haber sido menos ajado que los otros pueblos. Tiene un excelente corazón, es tolerante, la envidia hace poca mella en su espíritu, es paciente y tenaz". Y también escribió el viejo loco que al caudillo manso había que matarlo.

Salvador María del Carril, que era dueño de una palabra deslumbrante, fue más preciso y acaso también timorato a la hora de escribir sobre Benavídez: "Usted, en aquella época infausta, estancó la sangre que había corrido a torrentes y dio asilo generoso a los oprimidos sin amparo". Eso dijo en una carta Del Carril, quien durante mucho tiempo había sido enemigo de Benavídez pero finalmente terminó siendo su aliado en épocas en que Urquiza comandaba un país de emancipados con pretensiones republicanas que finalmente nunca se concretaron.

Lo que sigue es lamentable: hasta hoy, los sueños republicanos siguen sin poder cumplirse. ¿Somos los argentinos una legión de fabricantes de sueños memorables que con el tiempo se convierten en episodios infaustos?

Fuiste Gobernador de San Juan durante cuatro periodos. ¿No te parece que se te fue la mano, Nazario? Los gallos no son como los criollos. Los gallos van a fondo. Fuiste capaz de evitar la sangría en tu terruño pero no pudiste evitar ir a las riñas y encenderte con cada picotazo. Gritabas, te ponías nervioso, en ocasiones apostabas. Ganabas, Benavídez, ganabas plata a cuenta de lo que el destino te estaba preparando. ¿Entendías acaso que la cacería contra los tuyos se había desatado y que la presa final de una larga matanza serías vos?

"La Patria no es el hogar de las casualidades", Benavídez. ¿Escribiste esa frase en un papel que doblaste y guardaste en el bolsillo de tu chaqueta durante una tarde de abril de 1858?

No sé.

En febrero de 1855, por un decreto nacional firmado por Salvador María Del Carril, se le otorgó a Benavídez el grado de Comandante en Jefe de la División Militar del Oeste de la Confederación Argentina, con el grado de Brigadier General de los ejércitos de la Confederación. Entonces quedó como jefe de los ejércitos acantonados en San Juan, La Rioja, Mendoza y Catamarca.

Fuera de la gobernación, Benavídez conservaba prestigio y poder político, y era reconocido por partidarios y detractores como el hombre fuerte de la provincia. Esto resintió las relaciones con sus adversarios.

Restaurada la paz en San Juan, el interventor llamó a elecciones. En septiembre fue electo Manuel José Gómez Rufino, reconocido unitario que había participado en un golpe contra Benavídez en mayo de 1852. El nuevo gobernador contaba con la simpatía de liberales y federales opuestos a Benavídez, y mantuvo fluidas relaciones con figuras importantes de Buenos Aires, entre los que se hallaba el loco Domingo Faustino Sarmiento, una de las mejores plumas del país y un pensador inédito en la historia del pago criollo.

Benavídez conservó sus cargos militares, lo que produjo constantes roces con el Gobernador Gómez Rufino, quien creó cuerpos militares fuera del ámbito de Benavídez, cambió los oficiales, persiguió a los partidarios del caudillo y buscó desafiar su autoridad. Ambos pidieron la mediación de Urquiza para que zanjara las diferencias. Y si bien Urquiza, entonces en la presidencia de la Confederación, se inclinó por Benavídez, el apoyo fue tibio y nunca dio instrucciones claras de cómo proceder ante el conflicto.

En la elección para renovar la mitad de la Legislatura provincial, celebrada en agosto de 1858, triunfaron los candidatos de Benavídez, que contaban con un rotundo apoyo popular y la simpatía de un pueblo condenado a la desidia y la sumisión.

El Gobernador Gómez Rufino comenzó a buscar mecanismos para anular las elecciones. Los habitantes percibieron ese abyecto movimiento y la inestabilidad social volvió a las calles de San Juan. El gobernador se incomodó por la situación y ordenó la prisión de los amigos de Benavídez, muchos de ellos jefes y oficiales del ejército.

Más tarde Gómez Rufino hizo correr la voz de que Nazario Benavídez era el responsable de los movimientos cívicos y ordenó su arresto.

Fue un 19 de septiembre de 1858. Nunca vas a olvidar esa fecha. Estabas en una riña de gallos, Nazario. Nadie en la ciudad ignoraba que te gustaban las riñas de gallos. Era tu manera de compensar el apetito ante tanta sangre ahorrada durante tus cuatro periodos de mandato. Fuiste un caudillo manso, pero cuando veías a los gallos picotearse hasta sangrar encendías tus ojos y la pasión te recorría el cuerpo.

Benavídez fue detenido en una riña de gallos, en las intersecciones de lo que hoy conocemos como calle San Luis, entre Sarmiento y Entre Ríos, en la ciudad de San Juan. Hombres armados lo llevaron preso y lo dejaron incomunicado.

Se lo acusó judicialmente por sedición. Esto alteró gravemente la paz social. El secretario de la Comandancia, Santiago Quiroga, informaba al gobierno nacional: "El pueblo de todas las clases pulula por doquiera con conatos de alzamiento, lo que no se verifica solo por el dominante y terrible temor de que en ese paso se presente a los enemigos del orden y de la persona del General encarcelado la ocasión de con sumar su obra nefasta".

La prensa porteña, especialmente La Tribuna y El Nacional, requerían sin rodeos la eliminación del "tirano Benavídez". Así lo llamaban a pesar de que evitó la reguera de sangre. Desde las páginas del diario El Nacional, el loco Sarmiento pedía que lo ajusticien como es debido. Ese hombre merece la muerte, escribía el Maestro de América, dando señales claras de pedagogía y civilización.

El Gobernador Gómez acusó a Benavídez de complotar con los porteños alejados de la Confederación Argentina contra el presidente Urquiza. Su esposa, Telesfora Borrego, buscó apoyo en amigos y enemigos para evitar que lo mataran. Entonces pidió a sus partidarios que se organizaran para liberarlo.

El 23 de octubre de 1858, hombres que respondían a Benavídez asaltaron la cárcel para sacarlo pero fracasarían en el intento. Tomaron la parte baja de la prisión y liberaron a más de sesenta presos, la mayoría por ser partidarios de Nazario. Debían llegar a los altos del Cabildo que servía de prisión. Cuando apenas los separaba una pesada puerta de acero, el coronel Domingo Rodríguez disparó a quemarropa al pecho de Benavídez antes de que pudieran sacarlo. Luego le clavó la bayoneta en el corazón y más tarde arrojaron el cuerpo por una ventana y huyeron. Horas después fue desnudado y expuesto al escarnio en la plaza central.

El historiador sanjuanino, Horacio Videla, relata la feroz cacería contra Nazario Benavídez: "El cuerpo de Benavídez fue arrojado desde la habitación donde fue ultimado en los altos del Cabildo a un patio contiguo. Poco después, un caballero de la alta sociedad sanjuanina, Juan Crisóstomo Quiroga y su hermana, Isidora Quiroga Garramuño de Salas, entraron al Cabildo y vejaron al cadáver".

Tu cuerpo, ya sin vida, quedó en el lugar en que hoy se emplaza la fuente de la Plaza 25 de Mayo, Nazario, en el el centro mismo de la Ciudad de San Juan. La deshonra se compensaría con la gloria póstuma. No todo se puede. Y, lo que es peor, no todo se puede a la vez.

El muerto fue entregado a la familia al día siguiente y la sepultura se llevó a cabo sin ceremonia ni escolta. Recién recibiría honras fúnebres en enero de 1859, luego de la intervención federal en la provincia de San Juan. El decreto que despedía al caudillo decía lo siguiente: "Considerando que el finado Brigadiero General Don Nazario Benavidez, Comandante en Jefe de la Circunscripción Militar del Oeste, fue durante la dispersión de las provincias argentinas el defensor de San Juan, en el furor de las tempestades políticas el protector de todo perseguido, en la era de la regeneración el firme sostenedor de la Constitución Nacional y antes y en todo tiempo la personificación del orden, de la justicia y de todo lo que es recto y noble".

La Patria no es el hogar de las casualidades. Por eso pasó lo que pasó.