Etiqueta: Historia

Juan Manuel de Rosas: Auge y caída

La batalla de Vuelta de Obligado marcó un hito en la reivindicación de la soberanía nacional y demostró el compromiso asumido por el pueblo argentino, liderado por Rosas, en defensa de nuestra tierra, de nuestras tradiciones y del derecho a ser libres.

En 1845 reinaba la paz en Argentina, hasta que, súbitamente, el 2 de agosto, una fabulosa flota anglo francesa impuso un bloqueo sobre los puertos argentinos y uruguayos, con excepción del de Montevideo, ciudad gobernada por su aliado Fructuoso Rivera.

Los invasores denunciaban la intromisión de Rosas en los asuntos internos uruguayos, argumento muy poco creíble al ser esgrimido por las dos potencias que más se involucraban en las cuestiones ajenas a lo largo del planeta.

También se formulaban exigencias económicas, como la libre navegación de los ríos interiores, medida que Rosas había descartado de plano para proteger los intereses de los comerciantes y los productores locales de la competencia foránea y el retraso en el pago de los intereses de la deuda pública a los acreedores británicos.

A las pretensiones económicas y políticas anglo francesas en la región se sumaba una causa adicional para la intervención: la instigación de los exiliados unitarios, cuya prensa, editada en Montevideo, no cesaba de publicar informaciones falaces que generaban preocupación por la seguridad de personas y capitales radicados en el Río de la Plata entre sus lectores parisinos y londinenses.

Ya que la incursión se demoraba, el jefe de los unitarios, Florencio Varela, se trasladó personalmente al viejo continente para conseguir el apoyo de diplomáticos y comerciantes.

Una vez establecido el bloqueo, los gobernadores de Corrientes, Joaquín Madariaga, y de Santa Fe, Juan Pablo López, se aliaron con los invasores y a ellos se sumó el gobierno paraguayo de Carlos Antonio López, que envió una fuerza de 4.000 hombres al mando de su hijo, Francisco Solano López, para respaldar por tierra a los atacantes.

A ellos se sumó un ejército correntino de 5.000 hombres a las órdenes del General Paz, quien, a similitud de su colega Lavalle en tiempos del bloqueo francés (1838 - 1840), se manifestaba orgulloso de ser el escogido para poner a la nación de rodillas ante la civilizada Europa.

El 17 de noviembre de 1845, una flota anglo francesa compuesta por varias decenas de buques de vapor y 113 poderosos cañones partió de Montevideo con la misión de apoderarse del Río Paraná e imponer la libre navegación. La acompañaban más de un centenar de navíos comerciales cargados de mercancías.

Anoticiado de la expedición, el Gobernador Juan Manuel de Rosas encargó al Coronel Lucio Victorio Mansilla la defensa del territorio nacional.

Mansilla escogió un estrecho paso, a la altura de la localidad de Vuelta de Obligado, para montar una batería, al tiempo que colocó una serie de botes encadenados sobre el río, para impedir el tránsito de los atacantes. Apenas se contaba con 35 cañones de pequeño calibre, lo cual impedía abrigar cualquier esperanza de alcanzar una victoria.

La acción significaba una clara señal para los invasores: la Confederación Argentina estaba dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias para defender su soberanía.

El 20 de noviembre se produjo el combate. Los defensores consiguieron causar importantes daños en las embarcaciones enemigas y rechazar un intento de desembarco, con grandes pérdidas para los agresores.

Cuando los patriotas se quedaron sin municiones, los anglo franceses cortaron las cadenas y remontaron el río hacia el norte. Inmediatamente, un decreto de Rosas declaró a la invasión como acto de piratería.

La batalla de Vuelta de Obligado no fue un hecho aislado, sino un movimiento táctico en el marco de la estrategia diseñada por Rosas para expulsar al invasor y garantizar la soberanía nacional.

En vista de la disparidad de fuerzas existentes, el restaurador descartó un enfrentamiento frontal, inclinándose por presentar combates puntuales y desgastantes a lo largo del río Paraná, organizando pequeños emplazamientos armados en sus costas.

El 2 de enero de 1846 se registró un nuevo combate en Vuelta de Obligado, replicado en los días sucesivos en Ramallo, San Nicolás, San Lorenzo y la Angostura del Quebracho, con graves daños para la flota invasora.

El 10 de febrero fue gravemente dañado el vapor inglés Gordon y resultaron aniquilados los refuerzos transportados por los navíos Firebrand y Alecto, en El Tonelero.

Entre marzo y abril, los anglo franceses sufrieron graves pérdidas en Quebracho y El Tonelero. Los resultados, cada vez más favorables a los patriotas, confirmaban el compromiso de los defensores y el acierto de la estrategia diseñada.

Si bien los invasores consiguieron llegar al puerto de Corrientes, las operaciones comerciales fueron mínimas. En tanto, las victorias nacionales se reiteraban.

Mansilla triunfó en Quebracho el 10 de junio, y los invasores fueron puestos en fuga al atacar los puertos de Ensenada y Atalaya.

Las noticias que llegaban a Europa sobre el desenvolvimiento de la guerra en el Paraná causaron desazón y preocupación. El Parlamento inglés condenó la operación, sobre la que no había sido consultado, ya que además había provocado la paralización del comercio con Buenos Aires, generando grandes pérdidas.

Las autoridades inglesas ordenaron que su escuadra abandonara el Paraná, a mediados de 1848, y enviaron un representante para negociar un acuerdo de paz, "en condiciones muy beneficiosas para Buenos Aires", según sus instrucciones.

Ante la defección británica, los franceses suspendieron la ofensiva sobre el Paraná. Sin embargo, las negociaciones se dilataron por lo que el bloqueo se mantuvo por varios meses.

Finalmente, el 24 de noviembre de 1849 se firmó el Tratado Southern Arana, por el cual Gran Bretaña aceptaba su derrota, reconocía la soberanía plena de la Confederación sobre los ríos interiores, devolvía todos los bienes y territorios requisados y se comprometía a realizar un desagravio a la bandera argentina.

Un año después, el 31 de agosto de 1850, se firmó el Tratado Arana Lepredour, en términos similares.

La batalla de Vuelta de Obligado marcó un hito en la reivindicación de la soberanía nacional y demostró el compromiso asumido por el pueblo argentino, liderado por Rosas, en defensa de nuestra tierra, de nuestras tradiciones y del derecho a ser libres. Y también permitió identificar al verdadero enemigo del proyecto de construcción de una nación independiente y soberana en las acciones y los lamentos de unitarios y liberales, que sindicaban a la gesta como un triunfo de la barbarie sobre la civilización.

Durante la gestión de Rosas se sancionó, en 1835, una Ley de Aduanas de carácter proteccionista que puso fin al libre comercio que regía desde su implementación por Bernardino Rivadavia.

Los aranceles implementados limitaron las importaciones de manufacturas textiles y madereras e impulsaron la producción de trigo y maíz, el crecimiento de la industria vitivinícola en Mendoza y la producción de alimentos elaborados en Córdoba.

El fin de una época

La victoria de Rosas parecía terminante. Tenía un amplio consenso interno, contaba con manos libres para resolver la situación uruguaya y había firmado tratados de paz en condiciones inéditas con las dos principales potencias europeas, que lo había provisto de un fabuloso prestigio a nivel internacional.

El restablecimiento de la paz, en tanto, auspiciaba una rápida recuperación de las pérdidas generadas por los años de bloqueo y de guerra interior, y el reconocimiento de la soberanía sobre los ríos interiores le permitía aplicar a voluntad las políticas proteccionistas que beneficiaban a productores y comerciantes nacionales.

Sin embargo, el conflicto incesante parecía ser la clave de la política en América del Sur, y a ello no escapaba nuestro país. Algunos días después de la firma del Tratado Arana Lepredour, una serie de actitudes provocativas del Gobierno de Brasil obligaron a Rosas a disponer la ruptura de relaciones.

Además, durante los años del bloqueo anglo francés, los estancieros entrerrianos se habían enriquecido considerablemente y el poder del Gobernador Justo José de Urquiza se había incrementado de manera exponencial.

Urquiza no estaba dispuesto a resignar su relación comercial con Montevideo, ni mucho menos a aceptar el monopolio del puerto de Buenos Aires exigido por Rosas.

A fines de 1851 el conflicto estalló. Urquiza se negó a renovar la delegación de las relaciones exteriores a Rosas y formuló un pronunciamiento que implicaba una declaración de guerra.

La situación era particularmente grave, ya que Urquiza estaba al mando del Ejército de la Confederación. A continuación, se trasladó a territorio uruguayo para conformar el denominado Ejército Grande, compuesto por tropas entrerrianas y correntinas, batallones brasileños, voluntarios orientales y exiliados argentinos.

Alentado por la diplomacia británica y ambicioso en extremo, Urquiza no dudó en traicionar a Rosas, levantando un programa de organización constitucional que incluía la sanción de la libre navegación de los ríos interiores, cuando la tinta con que se habían firmado los tratados que documentaban el reconocimiento de la soberanía fluvial argentina por parte de Inglaterra y de Francia aún no se había secado.

El 3 de febrero de 1852, la batalla de Caseros puso fin a una época. Rosas tomó el camino del exilio con la misma desilusión con que lo había emprendido algunos años antes su admirado General José de San Martín.

Juan Manuel de Rosas: Política interna y bloqueo francés

A principios de 1835 estalló un conflicto entre las provincias de Salta y Tucumán.

Rosas intercedió ante el Gobernador porteño Manuel Maza para que Facundo Quiroga, quien residía por entonces en Buenos Aires, oficiara como mediador. Durante su trayecto, Facundo sería asesinado en la provincia de Córdoba por encargo de los hermanos Reynafé, el 16 de febrero de 1835. El clima político nacional se volvió explosivo.

Maza renunció el 7 de marzo de 1835 y la Sala de Representantes no tuvo otra opción que ofrecer la gobernación a Juan Manuel de Rosas, con la suma del poder público durante "todo el tiempo que considerase necesario".

Rosas condicionó su aceptación a la realización de un plebiscito, ya que no quería deber favores políticos a la Sala. La consulta se celebró en marzo de 1835 y significó un acto de verdadera aclamación popular, ya que obtuvo 9.713 votos a favor contra apenas 7 en contra.

El asesinato de Facundo colocó al Partido Federal en estado deliberativo. Los Reynafé perdieron todo apoyo externo y fueron desplazados de la gobernación. Rosas, ya repuesto en la gobernación, exigió su traslado a Buenos Aires, donde fueron juzgados y condenados a muerte en 1837.

El Restaurador había decidido catapultarse en la escena nacional, y propició la designación de su aliado, Manuel López Quebracho, como gobernador cordobés.

Las muertes de Quiroga, en 1835, y de Estanislao López, en 1838, eliminaron toda competencia. Incluso los caudillos más consolidados, como Juan Felipe Ibarra, de Santiago del Estero, y José Félix Aldao, de Mendoza, aceptaron su jefatura, y lo designaron encargado de las relaciones exteriores, poniendo en sus manos las negociaciones con el extranjero.

Durante la gestión de Rosas se sancionó, en 1835, una Ley de Aduanas de carácter proteccionista que puso fin al libre comercio que regía desde su implementación por Bernardino Rivadavia. Los aranceles impuestos limitaron las importaciones de manufacturas textiles y madereras e impulsaron la producción de trigo y maíz, el crecimiento de la industria vitivinícola en Mendoza y la producción de alimentos elaborados en Córdoba.

El Presidente boliviano, Andrés de Santa Cruz, apoyado por la monarquía francesa, impulsaba una política expansionista. Tras incorporar a Perú, se aprestaba a sumar territorios en disputa con Chile y a las provincias del NOA. Por esta razón, Rosas declaró la guerra a la Confederación Peruano Boliviana el 19 de mayo de 1837, y puso a su cargo al Gobernador tucumano Alejandro Heredia.

Rosas tenía particular interés en controlar la región, habida cuenta de que Bolivia era uno de los focos desde donde los unitarios exiliados organizaban invasiones con ayuda de las autoridades.

Heredia utilizó el arsenal que envió Rosas para controlar el NOA, reemplazando a los gobernadores de Salta, Catamarca y Jujuy por sicarios militares que le respondían y, en un intento de distanciarse de la autoridad de Rosas, buscó seducir a los unitarios.

Sin embargo, estos no lo consideraban suficientemente confiable y, tal como era su costumbre, encargaron su asesinato a un oficial descontento. También alentaron una invasión de Santa Cruz sobre Jujuy y Salta, sin evidenciar viso alguno de patriotismo.

Sus expectativas se vieron frustradas cuando un ejército compuesto por tropas chilenas y peruanas derrotó definitivamente al dictador boliviano en la batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839.

El 28 de marzo de 1838, la flota francesa bloqueó el puerto de Buenos Aires durante dos años y medio, y ocupó la isla Martín García, con el débil argumento de que Rosas se negaba a exceptuar a sus súbditos del servicio militar y asignarle a Francia el trato de nación más favorecida, como lo hacía con Inglaterra.

La acción francesa significó un acto de intervencionismo explícito ya que trató de aglutinar a los adversarios de Rosas en una fabulosa conspiración, sumando a Uruguay, la Confederación Peruano Boliviana y varias provincias argentinas.

El bloqueo del puerto de Buenos Aires suspendió las exportaciones y trajo aparejados cuestionamientos a la autoridad de Rosas de parte de una oligarquía ganadera siempre dispuesta a privilegiar sus intereses materiales.

Sin embargo, el Restaurador mantuvo el control de la situación y, para equilibrar la recaudación, decidió vender tierra pública, que en su mayor parte se encontraba en situación de arrendamiento bajo el sistema de enfiteusis. Rosas suspendió los contratos y ofreció a los enfiteutas la alternativa de devolución o compra de las tierras.

Para los ganaderos más poderosos, esta decisión significó la posibilidad de acceder a la propiedad de las tierras a bajo costo, e incluso incrementar su extensión. Los medianos hacendados, sin capital suficiente para comprar, debieron malvender sus animales. Este grupo, que había sido el principal apoyo de la gestión de Rosas, se volvió en su contra y se unió a la conspiración de los denominados Libres del Sur, dirigidos por el teniente coronel Ramón Maza, hijo del presidente de la Legislatura.

Ante la crisis política porteña, Lavalle se instaló en la isla Martín García para organizar una acción militar coordinada con los Libres del Sur, las tropas francesas y el ejército del oriental Rivera, a quien había ayudado a deponer al presiente Oribe.

El proyecto de atacar al Restaurador simultáneamente y desde diversos puntos fracasó al ser descubierta la conspiración de Maza, quien fue juzgado y ejecutado el 27 de junio de 1839.

Los Libres del Sur fueron derrotados por las fuerzas provinciales en Chascomús, el 7 de noviembre de 1839, al quedar aislados de sus aliados. Lavalle no tendría mejor suerte: tras conquistar el Litoral fue cercado por las tropas de Rosas, por lo que decidió retirarse del territorio bonaerense.

La conspiración de los Libres del Sur encontró cierto eco en la ciudad de Buenos Aires. La Asociación de Mayo, fundada en 1837 por Esteban Echeverría con el fin de impulsar las ideas románticas y el debate literario, contaba entre sus jóvenes intelectuales a Vicente Fidel López, Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez, que conformaron la denominada Generación del 37.

Las reuniones tenían lugar en el Salón Literario de Marcos Sastre, y fueron el origen de la producción de estos autores, caracterizados por su pensamiento europeizante y colonialista que alcanzaría una gran influencia tras la caída de Rosas.

Naturalmente tomaron partido por el bloqueo y la intervención franceses, ya que consideraban que la derrota de la Patria a manos del invasor europeo significaba el "triunfo de la civilización".

Si bien Rosas toleró durante bastante tiempo sus críticas, el clima conspirativo que imperaba en Buenos Aires lo llevó a impedir su continuidad, razón por la cual los "jóvenes de Mayo" decidieron emprender el camino del exilio.

En 1840, los unitarios consiguieron derrotar al Gobernador cordobés Manuel López e incorporaron a la provincia a la Coalición del Norte, creada a inicios de 1840 por las provincias de Tucumán, Salta, Catamarca, Jujuy y La Rioja. A ellas se sumó Corrientes, debido al enfrentamiento personal que su gobernador, Pedro Ferré, mantenía con Rosas. Solo el santiagueño Felipe Ibarra mantuvo su lealtad al Restaurador. La convención se proponía destituir a Rosas y convocar a un Congreso Constituyente. Su ejército fue encomendado a Lavalle, quien se propuso atacar desde diversos frentes el litoral argentino.

Sin embargo, las disidencias internas minaron su capacidad de acción. El 29 de octubre de 1840, la firma del Tratado Mackau - Arana puso fin al bloqueo francés, dejando manos libres a Rosas para intervenir en el frente interno.

Lavalle fue derrotado por Oribe y el general Ángel Pacheco en la batalla de Quebracho Herrado, en Córdoba, el 28 de noviembre de 1840 y López fue repuesto en la gobernación. En las tropas federales revistaron alrededor de mil indígenas.

El asesino de Dorrego intentó entonces coordinar acciones con el general Aráoz de Lamadrid, aunque ambos resultaron derrotados por las tropas federales. Condenado a una eterna huida, Lavalle murió en una redada en Jujuy, el 9 de octubre de 1841.

Para entonces, la Coalición había desaparecido, Rosas recuperó su control sobre el Litoral y Oribe, vuelto al Uruguay, consiguió controlar la mayor parte del territorio, a excepción de Montevideo.

Se cumplen 200 años de la creación de la Cámara de Diputados de San Juan

El 21 de enero de 1821 quedó constituida la Junta de Representantes del Pueblo, el primer cuerpo legislativo de la provincia.

Hace 200 años se llevó a cabo un hecho histórico que significó el surgimiento en San Juan del Poder que hoy preside el vicegobernador de la Provincia, Roberto Gattoni.

El 21 de enero de 1821 quedó constituida la Junta de Representantes del Pueblo, primer cuerpo legislativo de la provincia. Este jueves se cumple un nuevo aniversario de aquel hecho que significó el surgimiento del Poder Legislativo en San Juan.

Tras el pedido del gobernador José Antonio Sánchez de crear una Corporación Representativa del Pueblo de carácter soberana, legislativa y constituyente, para dictar una constitución para la provincia se llevó a cabo una reunión en el Cabildo.

De la asamblea participaron los capitulares, cinco electores designados popularmente, el Gobernador y designaban nueve Diputados por la Capital, sumado a dos por Jáchal y Valle Fértil. Allí se ofició para su elección inmediata y constituirían la Corporación Representativa del Pueblo.

Días más tarde, el 21 de enero de 1821, se constituyó la primera Legislatura de San Juan. Los padres fundadores de la Sala o Cámara de Representantes fueron los ciudadanos Valentín Ruiz, Francisco Borja de la Roza, Pedro Vázquez del Carril, Pedro José Zavalla, Hilarión Furque, José María Moyano, José Suárez, Francisco de Ozcáriz y Juan José Cano.

En la Legislatura se realizaron importantes eventos internacionales como el encuentro de la Unión Iberoamericana de Municipalistas (UIM) y la celebración de los 30 años de democracia se realizaron apuestas culturales y legislativas que brindaron una fuerte apertura del Poder Legislativo hacia la sociedad.

Algunas de las acciones con la sociedad tuvieron que ver con las visitas guiadas para turistas, escuelas y particulares que se acercaban. Se creó el Concierto de Navidad, que permitía disfrutar de un show previo a la Navidad y se brindó importante asistencia a los clubes deportivos, como así también a instituciones sociales.

En ese marco, se inauguró el Fondo Editorial de la Legislatura que permitió a decenas de sanjuaninos publicar sus producciones contribuyendo a consolidar o ampliar el patrimonio cultural sanjuanino.

Otra de las apuestas fue el café literario con sus muestras artísticas realizadas mensualmente. Además, se puso en marcha el proyecto del edificio anexo que está en construcción sobre calle Laprida ante de Las Heras.

Además, se sancionó la Ley del Digesto Jurídico provincial que luego se digitalizó. Un importante proceso que tuvo como fin garantizar el acceso de manera actualizada y transparente, al conocimiento de la Ley y de su contenido técnico-normativo.

Cabe destacar que la sede legislativa tuvo su primer hogar en la Sala Capitular del Cabildo, ubicada sobre Calle Cabildo (hoy General Acha), frente a la actual Plaza 25 de Mayo. A partir de ese momento, hasta entrado el siglo XIX, la mayoría de las veces las casas de familia cumplieron con esta función.

En 1872, la sede legislativa se trasladó al edificio situado en la intersección de las actuales calles General Acha y Rivadavia, ubicación que mantuvo hasta 1944.

Originariamente la edificación había sido prevista para Casa de Justicia o de los Tribunales por el gobernador José Manuel Zavalla. Por lo que el 29 de noviembre de 1867, mediante una ley de la Cámara fue autorizado a solicitar un préstamo de 6.000 pesos con ese fin.

Este edificio se inauguró en 1870 por el gobernador José María del Carril, pero dadas sus dimensiones no pudo alojar más que unos pocos juzgados. Por lo tanto, se destinó a Sede Legislativa.

Dos años después, el 26 de mayo de 1946 al abrirse un nuevo período constitucional, se trasladó al edificio del "Estadio del Parque de Mayo", residencia en la que permaneció hasta 1984.

En 1984, la sede legislativa fue nuevamente trasladada al edificio ubicado frente al Parque de Mayo, en la esquina de Av. Libertador San Martín y Av. Las Heras, residencia que ocupa hasta hoy.

La efímera tiranía de Uriburu

Tras derrocar a Hipólito Yrigoyen el 6 de setiembre de 1930, el General José Félix Uriburu asumió la presidencia de la Nación.

Aunque aliado a los conservadores, deseaba suprimir el sistema político de representación democrático liberal burgués, y reemplazarlo por un régimen corporativo y aristocrático, modificando la constitución nacional.

Nada hacía por ocultar su admiración por Primo de Rivera y el fascismo europeo, ni escondía su proyecto de facilitar la llegada de Lisandro de la Torre a la presidencia.

Sin embargo, su convicción filofascista generaba cuestionamientos en una oligarquía que, si bien deseaba el desplazamiento de Yrigoyen, no estaba de acuerdo con reemplazarlo por un nuevo orden en el cual el estado cobrara entidad propia, para constituirse en árbitro de la puja entre intereses sociales y políticos, tal como acontecía en Italia o España.

En torno a Uriburu se nucleaban los sectores nacionalistas del periódico La Nueva República, que celebraban la llegada de la "hora de la espada", postulada por el poeta nacional Leopoldo Lugones, y los logros del fascismo en la recuperación económica de Italia, o bien en el "disciplinamiento" de socialistas, comunistas y anarquistas en el sur de Europa.

Con la tiranía de Uriburu se instaló en la vida política argentina un instrumento de tortura destinado a tener una vergonzosa perdurabilidad a lo largo del tiempo: la picana eléctrica, adoptada por el jefe de policía e hijo del poeta.

Mientras tanto, el gran referente del espacio militar, el General Agustín P. Justo, fue más pragmático y, aunque tenía buen trato con los nacionalistas, admitía el concurso de las fuerzas tradicionales con un fuerte apoyo de los militares y del sector financiero internacional.

Los "justistas" buscaban encauzar el golpe hacia una rápida salida electoral, apelando al fraude y a la exclusión del yrigoyenismo, para mantener en apariencia la vigencia de la constitución y la ley Sáenz Peña.

Si bien podían ligarse al liberalismo de la Generación del 80, sobre todo en lo económico y su ligazón servil con Inglaterra, su matriz ideológica estaba más cerca del conservadurismo, que respondía a los intereses de la burguesía terrateniente y de los estratos medios urbanos.

El golpe de Estado septembrino instauró una tiranía militar, cerró el Congreso, encarceló a los dirigentes radicales, impuso el estado de sitio, toleró a la Liga Patriótica Argentina, impulsó las acciones del grupo paramilitar y filofascista Legión Cívica, fusiló a opositores y anarquistas, y se nutrió con un elenco gubernamental de la rancia oligarquía conservadora, proclive a la persecución obrera y la represión policial.

La Unión Cívica Radical personalista, tras el golpe y la reclusión de Yrigoyen en la isla Martín García, se planteó la abstención, mientras que el resto de los partidos políticos que apoyaron decididamente el golpe ya estaban desconfiando de las intenciones de Uriburu y miraban con mejores ojos a Justo, quien se había desempeñado como ministro del expresidente Alvear y no ocultaba sus simpatías por el radicalismo reaccionario.

Los nacionalistas se sentían traicionados por la reaparición de los viejos conservadores y la falta de disposición de Uriburu para adoptar las medidas modificatorias de la matriz liberal del sistema político que había anunciado en los días posteriores al golpe.

En 1931, un intento de consolidar el poder de Uriburu a través de la convocatoria a elecciones provinciales basado en el pensamiento de que el radicalismo había quedado herido de muerte tras el derrocamiento de Yrigoyen, sepultó las aspiraciones del tirano.

Los candidatos radicales, que se presentaron bajo el sello de Unión Popular, se impusieron cómodamente en la provincia de Buenos Aires. Si bien los comicios fueron inmediatamente anulados, el liderazgo de Uriburu se desintegró, viéndose obligado a convocar a elecciones presidenciales de manera apresurada y desprolija, y a descartar la presentación de su candidatura.

Las Invasiones Inglesas y sus consecuencias políticas

A principios del siglo XIX, la Corona británica intentó apropiarse del Río de la Plata aprovechando las condiciones creadas por las Guerras Napoleónicas.

El avance de los ingleses dejó a la vista las deficiencias de la organización militar española y de su administración en el territorio rioplatense.

Si bien con las Reformas Borbónicas los efectivos militares habían aumentado, la fuerza militar instalada no pasó de ser un sector de la burocracia imperial con limitada capacidad para hacer frente al avance de otras potencias europeas.

Por esa razón, en 1806 el Virrey Sobremonte debió convocar en su auxilio a las milicias porteñas, compuestas por civiles de entre 16 y 45 años. Su organizador fue Santiago de Liniers, oficial francés al servicio de los Borbones españoles.

Al fracasar su estrategia defensiva, Sobremonte escapó a Córdoba, llevándose consigo el tesoro real. El súbito alejamiento de la máxima autoridad española en una situación crítica puso en cuestión la continuidad del pacto colonial, ya que el punto central del vínculo entre el monarca y los pueblos sometidos a su autoridad radicaba en la protección que este debía brindarles en casos de ataque externo.

Los ingleses no tuvieron dificultades para apoderarse de la ciudad, a punto tal que el Cabildo de Buenos Aires juró su sujeción a Gran Bretaña.

En vista de la ausencia de autoridades españolas en el Río de la Plata, el Cabildo de Montevideo designó gobernador a Pascual Ruiz Huidobro, y le encomendó la organización de las tareas de defensa en prevención de un posible ataque inglés.

Ruiz Huidobro colaboró con Liniers, quien había cruzado a la vecina orilla con el fin de organizar la reconquista de Buenos Aires. Mientras tanto, los vecinos porteños se organizaban en forma clandestina con el objeto de expulsar a los invasores, y 450 hombres partían desde Tucumán para sumarse a la empresa.

Liniers consiguió armar una fuerza de combate compuesta en su mayoría por gauchos y retornó a Buenos Aires, donde lo esperaban nuevos efectivos rurales, vecinos y los refuerzos llegados del interior.

Luego de duros combates, consiguió la rendición del Gobernador William Carr Beresford, el 20 de agosto. Esta acción le valió su reconocimiento como héroe de la Reconquista y un Cabildo Abierto lo designó como gobernador militar a cargo asimismo de la administración civil.

Liniers tenía en claro que el contraataque británico sería inminente, razón por la cual se dispuso a preparar una sólida defensa de la ciudad, para evitar una nueva invasión.

Organizó una decena de batallones, según la pertenencia territorial o étnica de sus integrantes. Los más destacados serían los patricios, nativos de Buenos Aires, y los arribeños, de las provincias del Noroeste.

También reunió a los batallones de infantería (4538 efectivos), artillería (1142) y caballería (1575), compuestos por españoles, criollos, pardos libres y negros libres, y dispuso la creación de una reserva, compuesta por un cuerpo de esclavos de 200 efectivos, otro de menores de 10 años para ayudar a la artillería, un cuerpo de jóvenes combatientes de menos de 14 años con experiencia en los combates de la Reconquista y un batallón urbano compuesto por 1.200 comerciantes.

Al año siguiente, en 1807, los ingleses intentaron una nueva invasión. Esta vez concretaron primero la toma de Montevideo. En Buenos Aires, un Cabildo Abierto destituyó a Sobremonte y designó a Liniers como virrey.

Se trataba de una determinación inédita, que significaba de hecho el desconocimiento del pacto colonial, el cual solo atribuía al rey la facultad de designar autoridades en América. En un mismo acto se concretaban dos hechos políticos claves: el Cabildo de Buenos Aires asumía atribuciones políticas y extendía su competencia territorial al conjunto del Virreinato, imponiendo una nueva jefatura institucional.

La expulsión de los ingleses constituyó una gesta heroica que dejó expuesta la debilidad extrema de la Corona española para sostener el lazo colonial.

Al año siguiente, en 1808, el rey confirmó a Liniers como virrey, pretendiendo presentar como una decisión soberana lo que en realidad había sido una imposición del Cabildo. Sin embargo, el héroe de la Reconquista no consiguió consolidar su autoridad. Sus veleidades monárquicas y su accionar poco transparente le valieron la acusación de peculado, cohecho y nepotismo.

El gobernador de Montevideo, general Elío, se opuso a su autoridad y fundó una Junta de Gobierno bajo su propio mando, en un nuevo acto de rebeldía contra la decisión de la monarquía de confirmar a Liniers.

La invasión napoleónica a España agravó la situación del cuestionado virrey. Los residentes españoles lo encontraban sospechoso de conspirar contra los intereses metropolitanos, habida cuenta de su origen francés.

El virrey solo contaba con el respaldo de los batallones criollos, al punto que su principal preocupación pasó a ser la de pagar puntualmente sus sueldos. Decisión inteligente, ya que fue precisamente Cornelio Saavedra, jefe del Cuerpo de Patricios, quien consiguió derrotar la asonada al mando de Martín de Álzaga del 1 de enero de 1809, que intentó deponerlo.

La construcción del Estado nacional y los orígenes de la oligarquía argentina

Julio A. Roca durante la "Campaña del Desierto".

Entre 1860 y 1865, se incrementó considerablemente la demanda de lana en el mercado internacional, ante la defección de los Estados Unidos, inmerso en su guerra de secesión.

El alza de los precios favoreció el establecimiento de plantaciones algodoneras en Santiago del Estero, Corrientes y las actuales provincias de Chaco y Formosa.

Bartolomé Mitre (1861-1868) utilizó las rentas públicas para granjearse el apoyo de las dirigencias provinciales, mecanismo que sería aplicado en adelante por sus sucesores. Esta política de cooptación también incluyó numerosas obras públicas, que se convertían en negocios brillantes para los empresarios porteños o extranjeros.

En Buenos Aires se construyó la primera línea férrea durante la gobernación de Mitre en 1857, y bajo su presidencia se avanzó con el trazado nacional, con un sistema de abanico cuya finalidad consistía en comunicar rápidamente los espacios productivos con el puerto, para favorecer las exportaciones.

Sin embargo, las cuentas públicas mostraban un deterioro considerable debido a la tradicional política del liberalismo argentino de "vivir de prestado", pagando altos intereses por un endeudamiento frecuentemente innecesario, y por la incapacidad recaudatoria de un estado diseñado para favorecer la evasión fiscal de los más poderosos.

Nicolás Avellaneda, ante la gravedad de la situación producida por la crisis internacional de 1873 - 1876, lanzó el primer plan de brutal ajuste de la historia argentina: se debía "ahorrar con el hambre y la sed de los argentinos". 

El rojo de las cuentas era tal que la denominada "Campaña del Desierto", organizada por su Ministro de Guerra, Julio Argentino Roca, debió ser financiada con la venta anticipada de las tierras a conquistar, mediante la suscripción de 4.000 bonos de 400 pesos. Cada uno de los cuales daba derecho a 2.500 hectáreas. De este modo, un total de 10 millones de hectáreas fueron vendidas por el Estado nacional a comerciantes y estancieros bonaerenses en forma previa a la conquista.

Las tierras que no fueron objeto de preventa se remataron en Londres y París en 1882, en lotes de a 40 mil hectáreas cada uno, permitiendo así que se filtraran los primeros terratenientes de esos orígenes en los campos argentinos.

Toda esa inmensa superficie pasó a manos de solo 344 propietarios, con un promedio de 31.596 hectáreas cada uno. Así nacía la oligarquía argentina, articulada en torno a la Sociedad Rural Argentina, fundada en 1866, pero que recién comenzó a jugar un papel político corporativo determinante hacia fines de la década de 1870.

2020: año de Manuel Belgrano

Si alguna vez pudiésemos entender que cada uno de los hombres que hoy conocemos como próceres fueron simplemente hombres, entenderíamos también, que esa voluntad que ellos tuvieron podría estar en cada uno de nosotros.

Muchos, aún teniendo en contra todos los avatares de su época, traicionados, vilipendiados, tuvieron la fuerza para seguir con sus convicciones. Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano fue uno de estos hombres.

Hoy su gesto flamea en esa bandera que aquí vemos, movida por el viento. Pero ese gesto es uno, de los muchos que su voluntad de hombre libre nos legó. Manuel, fue uno de los primeros que tuvo ese sueño, que es el sueño maravilloso de nuestra patria liberada.

Patriota fundamental en nuestra Revolución de Mayo, de nuestra lucha por la independencia, nunca dejó de pensar y escribir sobre nuestro territorio liberado. Pero, claro, no sólo lo pensó.

Tomó las armas, aun sabiendo poco de ejércitos y pertrechos militares, y se cargó al hombro el fusil: salió a pelear por nuestra patria. Esa patria que en esos días sólo se vislumbraba en palabras y deseos. No le importaban los honores a Belgrano, ni la paga de sus honorarios como jefe militar: donó siempre lo que pudo.

Él entendía que hay cosas que están mucho más allá de las ambiciones de los hombres. Como el anhelo de un territorio libre, donde puedan crecer hombres libres y honren siempre su libertad. En el año 1816 estuvo en el directorio del Congreso de Tucumán que proclamó lo que tanto persiguió: La Independencia de las Provincias Unidas en Sud América.

Otro, el gran San Martín, padre de nuestra patria, siempre respetó a ese hombre.

Belgrano murió sumido en la pobreza. Dicen que quiso pagar con un reloj que el llevaba siempre consigo al médico por su trabajo.

Hoy cuando un niño o un joven izan la bandera, sueño de colores que Belgrano alguna vez pensó, hay algo de ese gesto suyo con el que él trazó su vida, con el que decidió su vida.

Flamea la bandera y un viento suave o enérgico según el suelo de nuestra nación en donde esté, nos habla de esa gesta, de esos hombres.

Golpea contra sí, contra ese mástil y es como si nos hablara y nos dijese que basta el pensamiento de un mundo mejor para echar a andar y transformar y transformarnos.