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Verano 2023: 13 propuestas para hacer turismo gratis en Capital

Los circuitos y atractivos turísticos gratuitos de la Ciudad de San Juan se renuevan en el inicio de este año. Conocé cómo disfrutar de cada una de las propuestas.

Capital no para, y las actividades turísticas y culturales continúan con nuevas propuestas, contando con la posibilidad de sumar a intérpretes en lengua de señas y a guías bilingües, si este servicio es solicitado al momento de pedir turno.

Las propuestas vigentes para conocer la ciudad de una manera divertida y sustentable en verano son las siguientes:

1. CIRCUITO CATEDRAL Y CRIPTA: Recorrido histórico religioso por la Parroquia San Juan Bautista, Iglesia Catedral de San Juan, que constituye actualmente una de las más modernas del país. Fue inaugurada el 16 de diciembre de 1979, luego de que el devastador terremoto de 1944 destruyera gran parte del antiguo templo, construido en 1712 por la Compañía de Jesús.

La Cripta, inaugurada el 24 de diciembre de 1962 alberga en su interior la Capilla de Fray Justo Santa María de Oro, declarada Monumento Histórico Nacional por contener en su interior los restos mortales del prócer y fundador de la República.

Días y horarios: de martes a sábado, a las 10 y a las 12 horas y a las 17, 18 y 19 horas.

Punto de encuentro: Campanil de la Iglesia Catedral. Mendoza 204 sur, esquina Rivadavia.

Inscripciones y turnos: 2646317574 (solo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar

2. CAMPANIL PUNTO PANORÁMICO: Se accede al mirador, de una altura de 33 m para obtener la vista panorámica de 360° de la ciudad.

Días y horarios: de martes a sábado, de 9 a 13.30 horas y de 16 a 20.30 horas.

Ubicación: Mendoza 204 sur, esquina Rivadavia.

Sin turno previo, por orden de llegada.

3. PASEO POR LA MODERNIDAD DE SAN JUAN: Recorrido a pie por los principales edificios característicos de la nueva ciudad, resurgida luego del devastador terremoto de 1944.

Como parte del Plan de Reconstrucción se contemplaron nuevas reglamentaciones edilicias, un nuevo trazado urbano y un eje cívico.

El mismo integra en su desarrollo a los edificios públicos y/o administrativos de la provincia, recorriendo las edificaciones de OSSE, Banco San Juan, Iglesia Catedral de San Juan, Edificio de Correos, Banco de la Nación, Ex Banco Nacional de Desarrollo, Rectorado de la UNSJ y Municipalidad de la Capital.

Día y horario: miércoles a las 10 horas.

Punto de encuentro: entrada del edificio central de Osse, avenida José Ignacio de la Roza 272 oeste, esquina Catamarca.

Inscripciones y turnos: 2646317574 (solo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar

4. CIRCUITO CÍVICO CULTURAL A PIE: Recorrido por el Eje Cívico, Cultural y Recreativo de la Ciudad de San Juan. El mismo da a conocer la historia de los diferentes espacios, edificios y monumentos que lo integran, como así también, sus principales características arquitectónicas y artísticas: Centro Cultural Estación San Martín, Anfiteatro El Globito, Monumento al Holocausto, Teatro Bicentenario, Centro Cívico, Legislatura Provincial, Museo de Bellas Artes, Parque de Mayo, Monumento al Deporte, Tribunas del Ex Boletín Oficial, Museo de la Historia Urbana y Auditorio Juan Victoria.

Días y horarios: de lunes a sábado, a las 9 y a las 11 horas, y a las 19 horas.

Punto de encuentro: Oficina de Turismo del Centro Cultural Estación San Martín, sobre calle España 301 sur.

Inscripciones y turnos: 2646317574 (solo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar, con reserva previa 24 horas antes.

5. CAMINOS DE LA EDUCACIÓN: Recorrido autogestionado con audioguía. Caminata urbana por ocho puntos de Capital, conociendo la obra educativa del gran Maestro de América, para aprender sobre su primera escuela y la fundación de instituciones educativas. El recorrido finaliza en la Casa Natal de Domingo Faustino Sarmiento.

Incluye 8 hitos: Escuela de la Patria: calle Mendoza esquina avenida José Ignacio de la Roza, Colegio Nacional Monseñor Pablo Cabrera, Escuela Industrial Domingo Faustino Sarmiento, Colegio Santa Rosa de Lima, Biblioteca Franklin, Escuela Normal Sarmiento, Escuela Central de Varones Domingo F. Sarmiento e Instituto Superior Técnico Profesional en Enología e Industria Frutihortícola.

Sin turno previo, autogestionado con tecnología móvil y códigos QR en los hitos.

6. MUSEO HISTÓRICO POLICIAL SUBCOMISARIO GABRIEL EMETERIO GUZZO: Visita guiada para conocer la historia de la Policía de San Juan, a través de una muestra que conjuga un trabajo historiográfico sobre el pasado de la fuerza policial.

Como parte del patrimonio cultural del Museo, ubicado en la Central de Policía, pueden encontrarse algunos objetos tales como el sable del doctor Antonino Aberastain, elementos relacionados a Domingo Faustino Sarmiento y sus últimas visitas a la provincia, así como también del San Juan preterremoto.

Días y horarios: de lunes a viernes de 8 a 21 horas y sábado de 9 a 13 horas.

Sin turno previo, por orden de llegada.

Contacto para instituciones y escuelas: 2644171079 (Relaciones Policiales). Mail: museohistoricopolicialguzzo150@gmail.com.

7. CENTRO HISTÓRICO CULTURAL SANMARTINIANO: Recorrido por el predio de referencia que está situado en la calle Laprida 37 oeste.

Se puede disfrutar en forma gratuita, observando objetos antiguos, uniformes y una biblioteca de gran valor histórico militar.

La gesta Sanmartiniana y su espíritu está entre esas paredes, aún más viva que nunca.

8. CIRCUITO DE NECROTURISMO EN EL CEMENTERIO DE LA CAPITAL: Reanuda en febrero. Declarado de Interés Legislativo y Educativo por Resolución Ministerial.

A través de su recorrido histórico turístico de 32 paradas, se conoce gran parte de la historia de la sociedad sanjuanina y se admira el patrimonio arquitectónico y artístico allí presente. Acompañados por un guía de turismo.

Días y horarios: jueves a las 9 y a las 11 horas.

Punto de encuentro: entrada principal del Cementerio de la Capital, calle Las Heras 550 norte.

Inscripciones y turnos: 2646317574 (solo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar.

9. CIRCUITO HISTÓRICO FERROVIARIO: Este circuito, declarado de Interés Legislativo y Educativo por Resolución Ministerial, pone en valor el contenido histórico ferroviario en nuestra provincia; testimonio y expresión de una época, promoviendo y divulgando la preservación del patrimonio de nuestros trenes, su impronta, su aporte al desarrollo industrial, comercial, cultural y hasta artístico.

Punto de encuentro: Oficina de Turismo del Centro Cultural Estación San Martín, en calle España 301 sur.

Inscripciones y turnos: 2646317574 (sólo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar.

10. MUSEO DE LA HISTORIA URBANA: En su visita guiada podrá conocerse sobre la historia, memoria y vida urbana de los habitantes de la Ciudad de San Juan.

Es un espacio de encuentro, aprendizaje y disfrute, que estimula la participación activa de la comunidad en el desarrollo de sus fines, sus actividades y sus prácticas.

Días y horario abierto al público: de martes a domingo de 12 a 21 hopras.

Punto de encuentro: entrada principal del museo, calle 25 de Mayo 1128 oeste.

Inscripciones y turnos: 2646317574 (solo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar.

11. TEATRO MUNICIPAL: Recorrido por el excine Teatro Estornell, actualmente Patrimonio Cultural y Arquitectónico "por su origen, historia y valor cultural", una joya arquitectónica del art deco, y un espacio de puertas abiertas para todas las expresiones artísticas locales como foráneas.

Días y horario abierto al público: de martes a viernes de 9 a 12 horas y de 17.30 a 20 horas.

Punto de encuentro: entrada principal del Teatro Municipal calle Mitre 99 este.

Inscripciones y turnos: 2646317574 (solo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar.

12. CIRCUITO DEL CENTRO CULTURAL ESTACIÓN SAN MARTÍN: En el mismo, podrá conocerse sobre la Historia de la ex Estación San Juan, Monumento al Holocausto, Anfiteatro El Globito, Monumento a José Ignacio de la Roza, Pirámide de Mayo y Bandera Ciudadana.

Punto de encuentro: Oficina de Turismo del Centro Cultural Estación San Martín, calle España 301 sur.

Inscripciones y turnos: 2646317574 (solo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar

13. CLUB SIRIO LIBANÉS: El edificio reúne la historia de los descendientes de inmigrantes sirio libaneses que comenzaron a llegar a fines del siglo XIX a la provincia.

Es una de las instituciones más tradicionales de San Juan y nació en 1919 con el nombre de Juventud Libanesa. Fue declarado Monumento Histórico, Artístico y Cultural de la provincia en 1996.

Horario abierto al público: lunes a viernes de 9 a 13 horas y de 17 a 20.30 horas.

Punto de encuentro: Entre Ríos 33 sur, Ciudad.

Inscripciones y turnos: al 2646317574 (sólo WhatsApp) o al mail turismo@municipiosanjuan.gob.ar.

Manuel Belgrano y los cambios en el mundo colonial español

Tras el cambio de dinastía, de los Austrias a los Borbones, a principios del siglo XVIII, el nuevo Rey de España, el francés Felipe V, debió hacer grandes concesiones a sus adversarios, entre las cuales se contó el otorgamiento a Gran Bretaña del comercio de esclavos en las colonias de España en América.

Los tratados de Utrecht, además, le permitieron a Inglaterra pasar a controlar el Estrecho de Gibraltar y, con ello, la conexión entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo.

De ahí en más siguió avanzando en la captura de los pasos interoceánicos como hizo con ciudad del Cabo a partir de 1795 y más tarde con las islas Malvinas en 1833.

El 6 de diciembre de 1793, fue designado Manuel Belgrano al frente del Consulado de Comercio.

El Consulado de Buenos Aires era una importante institución creada por la monarquía borbona de España. Curiosamente, el 17 de octubre de 1793, Belgrano le solicitó al monarca Carlos IV un empleo como asesor de ese organismo y le envió su currículum.

El rey, en lugar de darle el puesto que pedía Belgrano, lo puso directamente al frente del importante organismo. El Consulado de Comercio comenzó a funcionar en noviembre de 1794 y tuvo una gran actividad hasta las invasiones inglesas (1806 - 1807), con alguna merma hacia 1800 debido a los problemas que se generaron en el comercio con España, en el marco de los enfrentamientos navales a que daban lugar las guerras napoleónicas.

Belgrano sostenía que la soberanía popular estaba por encima de la monárquica, y de esa manera defendió los derechos de los ciudadanos. También planteó la necesidad de erradicar la pobreza y escribió un valioso ensayo a favor de la independencia americana titulado "Carta sobre lo que debe hacer un príncipe que tenga colonias a gran distancia".

Manuel Belgrano tenía una sólida formación, que lo convirtió en el primer gran economista argentino. Entre sus colaboradores en el Consulado se encontraron varios de los que luego serían protagonistas de la Primera Junta de 1810, como su primo Juan José Castelli y los catalanes Juan Larrea y Domingo Matheu.

El fin del monopolio comercial español, que se concretó en forma progresiva, abrió nuevas perspectivas en la región. Esa nueva política se inició en 1728 con la creación de la empresa vasca Compañía Guipuzcoana de Caracas, autorizada para operar en ciertas zonas.

Continuó en 1765 con el decreto de Libre Comercio, que quitó todo límite para las operaciones con Canarias, Colombia y México. Y, finalmente, el reglamento de Libre Comercio de 1778. Todas estas medidas permitieron equilibrar el tradicional saldo deficitario de las transacciones mercantiles de España por cuanto hasta 1790 los impuestos americanos representaban bastante más del 50 por ciento de los ingresos de la Hacienda Real.

Hacia 1796, la situación se complicó con la guerra y el Consulado debió salir al paso de la crisis con diferentes medidas. Precisamente el peso de los tributos hizo que los comerciantes criollos reclamaran políticas proteccionistas, por un lado, e impulsaran el contrabando, por el otro.

Entre 1796 y 1799 el Consulado centró sus preocupaciones, sin mayores recursos, en la cuestión de las guerras navales en el Atlántico, lo que generó un fuerte estrangulamiento comercial.

Siguiendo ideas fisiocráticas, Belgrano propuso, sin éxito, el cultivo de cáñamo y lino, y hasta en 1796 intentó crear un silo para atesorar trigo y regular su precio. En 1798 estableció subsidios para impulsar nuevas producciones, crear aguadas y otras alternativas para el crecimiento, pero tampoco tuvo éxito.

Finalmente, en 1809, apeló a una apertura total del comercio en circunstancias en las que las tropas napoleónicas ocupaban casi toda España. Entre muchas otras propuestas de diversa índole se destaca el proyecto de una escuela de náutica, a fin de crear una flota propia que diera mayor impulso y autonomía al comercio.

Mucho antes del 25 de mayo de 1810, Belgrano había pasado de ser un observante funcionario de los intereses de la corona a ser un revolucionario transformador de la sociedad, gestando alternativas que el proceso posterior no tendría en cuenta.

Yrigoyen y los "vicios" del "personalismo"

El acceso a la presidencia de Yrigoyen, entre 1916 y 1922, significó la llegada al gobierno de la fracción mayoritaria de la UCR compuesta por sectores medios que por primera vez pudieron acceder a cargos políticos de relevancia.

La burocracia se incrementó significativamente con el fin de aumentar la presencia en el aparato estatal de los sectores sociales en ascenso, y se asignó un trato más considerado a los sindicatos de obreros criollos, que formaban parte de la base electoral del yrigoyenismo.

En tal sentido, se impulsaron algunas leyes obreras, como la jornada laboral de 8 horas, y se asignó al ministerio de Trabajo la función de mediación en los conflictos sindicales que involucraran a los trabajadores argentinos. Por el contrario, los inmigrantes no experimentaron mejora alguna en su situación.

De hecho, durante la gestión de Yrigoyen se registraron las peores masacres obreras que registra nuestra historia: la denominada Semana Trágica de 1919, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires, y la terrible represión y fusilamientos sufridos por los peones rurales en la Patagonia, que sumaron varios miles de asesinatos. Para finales del Gobierno del Peludo, como le decían al líder radical, por su carácter poco sociable e introvertido, el anarquismo había colapsado en nuestro país.

Yrigoyen accedió al Gobierno en situación de minoría en el Congreso Nacional, compuesto en su mayoría por legisladores designados antes de la aplicación de la Ley Sáenz Peña. En la Cámara de Diputados solo cuarenta y cinco escaños eran ocupados por radicales, mientras la oposición sumaba setenta. La situación no era mejor en el Senado, donde los radicales contaban con cuatro bancas de un total de treinta.

Más allá de esta desventaja en el poder de decisión, Yrigoyen mantuvo una actitud antiacuerdista, poco proclive al diálogo y la negociación, no solo con los partidos tradicionales conservadores que controlaban el Senado, sino también con las nuevas fuerzas que adquirieron protagonismo a partir del voto secreto: el Partido Socialista y del Partido Demócrata Progresista.

Por el contrario, y para revertir el desequilibrio legislativo, Yrigoyen llevó adelante una sistemática política de intervenciones a las provincias controladas por la oposición conservadora. Aplicando su argumento de que la UCR no era un partido político sino un movimiento de restauración ética, durante su gobierno realizó una aplicación generosa de las intervenciones federales por decreto, con el fin declarado de garantizar la emisión libre del voto en el orden nacional.

Yrigoyen sostenía que el desplazamiento de aquellas autoridades consideradas a su juicio como "espurias", emergentes de acuerdos intraoligárquicos y no del voto popular, constituía un deber ético, cuyo cumplimiento emprendió sin contemplaciones.

Fueron intervenidas las provincias de Mendoza, San Juan (tres veces), Salta, Jujuy y Tucumán. A Yrigoyen no le molestó la particularidad de que justamente la práctica de la intervención de provincias opositoras había sido instalada generosamente por el régimen oligárquico.

El Peludo apeló a un estilo de conducción personal y directa, que sería criticado severamente por sus opositores tanto dentro como fuera de la UCR.

Paradójicamente, este accionar influenció a miles de seguidores, que dotaron a la Unión Cívica Radical de una doctrina y una mística particulares, traducidas en consignas y discursos donde el civismo y la institucionalidad, haciendo caso omiso de las intervenciones, se complementaron con el ejercicio soberano de las relaciones exteriores.

Si bien la gestión de Yrigoyen se inició con gran vitalidad y decisión para desarmar el andamiaje institucional conservador, a medida que pasaba el tiempo su conducción comenzó a evidenciar contradicciones y signos preocupantes de vacilación.

Los conflictos al interior de la UCR se multiplicaron y la oposición fue adoptando una estrategia conspirativa y crecientemente agresiva, tratando de forzar la conclusión anticipada de la primera experiencia de gobierno popular en nuestro país.

Ante la creciente pérdida de iniciativa del gobierno, Lisandro de la Torre, líder del Partido Demócrata Progresista, afirmó que el radicalismo en el gobierno carecía de programas, ante lo cual Yrigoyen le respondió que su causa era "reivindicadora o reparadora" de los vicios políticos y problemas administrativos que habían caracterizado a los gobiernos anteriores. De alguna manera, la respuesta de Yrigoyen parecía dar la razón al santafesino.

El radicalismo, más allá de impulsar ciertos beneficios a las clases medias, no contaba con un programa económico alternativo al de la oligarquía. En sus discursos, los radicales señalaban orgullosamente que su programa era la Constitución Nacional, pareciendo desconocer que justamente esa Constitución era la expresión de un consenso oligárquico.

Claramente, don Hipólito carecía de propuestas trasformadoras que excediesen una moderada redistribución de los ingresos y el empleo público entre su base electoral.

A esto lo pagaría muy caro: los dos últimos años de su gobierno fueron vacilantes y controvertidos, y el fuego de la prensa oligárquica se ensañó con su figura, a punto tal que a duras penas consiguió terminar su período presidencial, no sin antes decidir que su sucesor sería alguien que no generaba ninguna clase de reticencia dentro del patriciado argentino: Marcelo T. de Alvear.

Un sueño, un recuerdo en la vejez

Un solo hombre que de a poco ha desarrollado un plan de liberación continental. Un hombre que mira la inmensa mole de roca, allá a lo lejos y sueña; la cordillera lo espera como un gran animal dormido.

Este hombre está, en ese recuerdo, en el mejor momento de su vida: tiene a su familia con él, por primera y única vez. Su hija acaba de nacer. Tiene casi todo el apoyo del pueblo cuyano para su empresa.

Al hombre, por momentos, una tos bruta lo hace llenar de sangre los pañuelos bordados y le habla de la finitud de la vida, de lo inconmensurable de algunos anhelos imposibles. Este hombre magnífico y demasiado humano, respira el aire límpido de la mañana, alza sus manos y, por una ilusión de su visión, ellas casi tocan los picos nevados.

San Martín, en ese sueño, en ese recuerdo, muchos años después en Boulogne Sur Mer aún siente ese aire frío de la montaña, toda la emoción de su gesta.

Y se dice: "Esto es lo que me llevo. Para esto es que se trazó mi destino: la memoria de los pueblos liberados. El anhelo de un territorio libre. Nada más me importó en esta vida. Asi fue y será. Aunque la patria me olvide. Aunque hoy mi vida termine".

El nacimiento de la UCR y el suicidio de Leandro N. Alem

Si bien la Revolución del Parque de 1890 no tuvo éxito en el terreno de las armas, tuvo importantísimas consecuencias políticas.

El Presidente Miguel Juárez Celman debió renunciar, en medio del escándalo producido por las estafas de los bancos garantidos, autorizados a imprimir su propia moneda, y los múltiples casos de corrupción avalados por su Gobierno.

En su reemplazo asumió el Vicepresidente, Carlos Pellegrini, con el visto bueno del poder financiero.

Quedaba en claro que no existía voluntad para realizar cambio alguno en la estructura del régimen oligárquico. Sin embargo, algo se había roto: pese al fracaso de la Revolución del Parque, la sociedad ya no estaba dispuesta a seguir tolerando las prácticas aberrantes de la dirigencia oligárquica.

La consigna levantada por la Unión Cívica: "Fin del gobierno corrupto y libre sufragio", mantenía toda su actualidad. No obstante, su composición la inhabilitaba para perseguir tales objetivos. Leandro Alem y Bartolomé Mitre expresaban dos maneras muy diferentes de entender la política.

La ruptura se produjo en ocasión de las elecciones presidenciales de 1892. Tras negociar una fórmula en común con Alem, Mitre deshonró su palabra y cerró un acuerdo con Roca.

Alem, entonces, decidió fundar la Unión Cívica Radical, para impulsar sin condicionamientos su programa de elecciones libres y transparencia en el manejo de lo público.

Poco después, la Convención de la flamante UCR proclamó la fórmula presidencial integrada por Bernardo de Irigoyen y Juan Garro. Consciente de que una nueva política exigía implementar nuevos métodos, Alem abordó la pesada tarea de organizar una estructura partidaria a nivel nacional e implementó la primera campaña electoral de la historia argentina, recorriendo varias provincias.

Al interior de la gestión, el Presidente del Banco Nacional, Roque Sáenz Peña, planteaba la necesidad de emprender una profunda reforma política que permitiera poner fin al fraude electoral y al caudillismo.

Sus puntos de vista fueron ganando adeptos dentro de un naciente sector modernizador oligárquico, que consideraba preferible llevar adelante una reforma preventiva por iniciativa propia, en lugar de llegar a ella como resultado de la presión de Alem y su UCR.

Conservar la iniciativa política, ahí estaba la clave del éxito. Roca se oponía drásticamente a esta iniciativa, y más aún cuando Pellegrini comentó su deseo de promover a Roque Sáenz Peña como sucesor.

Ahí entró a tallar Mitre, quien le ofreció la candidatura presidencial de la alianza PAN-UC a Luis Sáenz Peña, padre de Roque, acompañado de José Evaristo Uriburu como vice. La aceptación de su padre como candidato provocó el renunciamiento de Roque Sáenz Peña. Roca había ganado eliminando la alternativa reformista, y contaría ahora con un presidente dócil y de poco vuelo para imponerle su tutela.

Pellegrini, frustrado en su rol de gran elector, decidió acercarse nuevamente a Roca, y a pocos días de las elecciones denunció un siniestro plan revolucionario de los radicales, implantó el estado de sitio y encarceló a varios de sus dirigentes, incluyendo al candidato presidencial y al presidente del Comité Nacional.

Inmediatamente el radicalismo levantó sus tres banderas: "Abstención, intransigencia y revolución", concluyendo en que su participación electoral en tales condiciones solo servía para legitimar el fraude.

En términos sociológicos, la UCR de Alem pretendía expresar los intereses y expectativas de una numerosa clase media, progresista y educada, que exigía el reconocimiento de su ascenso social a través de su inclusión en la vida política.

Para eso, era indispensable forzar la reforma política a través de la protesta armada, ya que quedaba en claro que la oligarquía, por iniciativa propia, jamás les franquearía el ingreso a la conducción institucional.

Sin embargo, esa clase media que pretendía compartir el poder, no dejaba de profesar su admiración por esa oligarquía principesca que exhibía sin tapujos su riqueza y su decadencia moral.

Distinta era la consideración que, a los ojos de esos mismos sectores medios, merecían los inmigrantes europeos, a los que condenaban por su "ignorancia y brutalidad", por un afán de ascenso social que calificaban de injusto por sus bruscas prácticas huelguísticas.

Arturo Jauretche los definiría más adelante como el "mediopelo argentino", esas clases medias que miraban el mundo a través de la óptica de la oligarquía, pero cuya ilusión se destruía al momento de pagar el alquiler.

En 1893, la UCR intentó transformar en realidad su consigna y apostó a la revolución cívico militar. Si bien Alem era considerado como una figura de culto dentro de la UCR, varios de sus referentes más destacados juzgaban que su tendencia a implementar prácticas participativas al interior del partido debilitaba el liderazgo sólido y ejecutivo que exigía una fuerza revolucionaria.

En 1893, su sobrino Hipólito Yrigoyen y Aristóbulo del Valle, quien se desempeñaba por entonces como ministro de Guerra de Luis Sáenz Peña, decidieron hacer a un lado al fundador de la UCR y tomar a su cargo la organización de la revolución.

A diferencia de lo que sostenía Alem, Yrigoyen y Del Valle consideraban que la estrategia más adecuada para liquidar al régimen oligárquico no consistía en intentar derrocar al Gobierno de un golpe de mano, tal como se había pretendido en 1890, sino mediante la desestabilización de las situaciones provinciales, generando insurrecciones que provocaran la intervención federal y la posterior realización de elecciones libres, respetando la legalidad constitucional.

Alem, en tanto, siguió con su proyecto revolucionario sin plan, tal como era su característica. Después de un comienzo favorable, las revoluciones fracasaron producto de la mala organización y de un internismo autodestructivo, que sería característico de la UCR desde entonces, en adelante.

En 1895, un desolado Alem le confiaba en una carta a un amigo: "Los radicales conservadores se irán con Don Bernardo de Irigoyen; otros radicales se harán socialistas o anarquistas; la canalla de Buenos Aires, dirigida por el pérfido traidor de mi sobrino Hipólito Yrigoyen, se irá con Roque Sáenz Peña, y los radicales intransigentes nos iremos a la mismísima mierda".

El 1 de julio de 1896, Leandro Alem se suicidaba, desmoralizado por la derrota, la división interna del partido y la ambición de su querido sobrino Hipólito Yrigoyen, a quien terminó calificando como un "canalla", comprometido ante todo con su propio proyecto personal.

La batalla de Caseros y el nuevo armado institucional

En 1852, la batalla significó el derrumbe de la Confederación rosista y la clausura de la hegemonía de Buenos Aires.

Sin embargo, las palabras de Justo José de Urquiza: "No hay vencedores ni vencidos", no bastaron para que la dirigencia porteña avalara la firma del Pacto de San Nicolás, por el cual se convocó a una nueva Convención Constituyente.

Los meses transcurridos desde la batalla de Caseros, en febrero de 1852, habían servido para demostrar a las elites porteñas que el proyecto político del caudillo entrerriano iba mucho más allá de la deposición de su antiguo aliado.

Cada vez se evidenciaba con más claridad que Urquiza apostaba a construir un nuevo armado político en torno a su fuerza militar, utilizando en beneficio propio los resortes que habían posibilitado la construcción de la hegemonía de Buenos Aires en las décadas precedentes.

Fue por esa razón que se apoderó de la aduana porteña y utilizó sus recursos para solidificar sus alianzas a lo largo del territorio nacional, designando como Gobernador porteño a Vicente López y Planes, de edad avanzada y propenso a la subordinación.

Urquiza convocó a Alberdi, Vicente Fidel López y Juan María Gutiérrez, miembros fundadores de la Generación del 37, y a intelectuales como Mariano Fragueiro. Sarmiento quedó a un lado: Urquiza desconfiaba de su ambición.

Alberdi dedicó a Urquiza el texto "Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina", que habría de constituirse en guía y paradigma del proyecto oligárquico nacional hasta nuestros días.

Allí recomendaba el exterminio recíproco del gaucho y del indio; desestimó la educación popular, que daría conciencia de su condición de explotados y de sus derechos a los trabajadores, prefiriendo la enseñanza de prácticas laborales a través de la imitación. Asignó el control de las comunicaciones, los servicios y la conducción económica al capital inglés y preservó el derecho a la propiedad latifundista.

Si bien Alberdi era contrario al otorgamiento del sufragio universal, como su práctica estaba instalada desde hacía décadas en la sociedad argentina, se limitó a consagrarla, al tiempo que recomendaba dificultar su aplicación.

De este modo, dispuso la creación de colegios electorales para alejar la designación del presidente y de los senadores del voto directo de las mayorías. En el caso de los senadores, las legislaturas provinciales se constituirían como colegios electorales, sin necesidad de una nueva votación.

Siguiendo el modelo norteamericano, el imperio de la democracia se reducía así a la Cámara de Diputados, elegida por sufragio universal directo. Tras este planteo, los hilos del poder quedaban en manos de la oligarquía.

Las propuestas de Alberdi fueron traducidas al texto constitucional por el Congreso General Constituyente reunido en Santa Fe en 1853.

Allí estuvieron presentes las 13 provincias que habían firmado en mayo el Pacto de San Nicolás, con la excepción de Buenos Aires, cuya Legislatura se había negado a refrendarlo, al considerarlo perjudicial para los intereses provinciales.

La Constitución de 1853 estableció la división de poderes, el sistema bicameral y la creación de un Poder Judicial encabezado por la Corte Suprema. En tanto, los jueces serían designados por acuerdo entre el Ejecutivo y el Senado, excluyendo a la Cámara de Diputados.

Quedó así consagrada la estructura oligárquica recomendada por Alberdi. También se consagró la libre navegación de los ríos, la jurisdicción del Estado nacional sobre la aduana y el establecimiento provisorio de la capital en Paraná, ante la defección de Buenos Aires.

Si bien la nueva Constitución asignaba una mayor participación a las provincias que las de 1819 y 1826, la matriz unitaria y centralizadora se reiteraba.

Disconformes con la sanción del nuevo orden institucional, federales, unitarios y liberales porteños se aliaron para conspirar. La rebelión porteña comenzó en la prensa, en el marco de la firma del Pacto de San Nicolás, e incluyó críticas y descalificaciones al "cacique Urquiza y sus trece miserables tribus", publicadas por Bartolomé Mitre en Los Debates y Dalmacio Vélez Sarsfield en El Nacional.

Tras impugnar los términos del pacto, que eliminaba los tradicionales privilegios de Buenos Aires, ya que todas las provincias designarían dos constituyentes, los liberales porteños organizaron la Logia Juan Juan, con el fin de asesinar a Urquiza, remedando lo sucedido en 1828 con el asesinato de Dorrego, aunque sin éxito.

El exterminio del enemigo a fin de neutralizarlo se convertiría en una práctica habitual del liberalismo argentino.

El próximo paso sería la rebelión directa.

¿El fin de la Economía?

La certeza de este siglo es que, manteniéndose constantes las variables actuales (ceteris paribus para los economistas), los ricos serán más ricos y los pobres serán más pobres.

En el año 1989 en la revista The National Interest, Francis Fukuyama publicó un pequeño artículo llamado "¿El fin de la Historia?". Tanto revuelo causó ese escrito que en el año 1992 lo transformó en libro con más material para justificar su principal argumento: el final de las ideologías con la universalización de la democracia liberal como la forma final de gobierno humano.

Este planteo se sostiene con claras evidencias en el ámbito económico, donde los principales economistas y las más importantes escuelas del pensamiento económico son radicales defensores de los mercados libres.

En tiempos de aceleración histórica, vivimos como una eternidad lo que sucedió hace un puñado de años y eso dificulta cualquier visualización en perspectiva. Es como si mentalmente tenemos incorporado que "siempre se hizo así" y eso no es verdad.

La forma mentis, como dirían los pensadores clásicos, está quedando obsoleta para dar razones que expliquen con sensatez y sentimientos lo que está sucediendo. Es que existen síntomas de la realidad que se pueden interpretar como evidencias de la inviabilidad del actual paradigma económico. Es decir, del actual modo de mirar, leer, interpretar y cuantificar las actividades humanas.

Vaya el siguiente dato como evidencia para darme a entender.

La asociación Oxfam, que es una confederación internacional formada por 19 organizaciones no gubernamentales que realizan labores humanitarias en 90 países, es citada por las Naciones Unidas en su sitio un.org para indicar que si se mantiene el grado actual de desigualdad, la economía mundial tendría que crecer 175 veces para que todos ganaran más de 5 dólares al día. Algo así como $500 pesos al día, es decir $15.000 pesos al mes.

El dato es impactante: la economía mundial tendría que crecer 175 veces para que el monto de los salarios sea equivalente a unos $15.000 al mes. Un crecimiento infinito para ingresos de miseria.

Pero, quédese tranquilo querido lector. Como ya pudo darse cuenta, no existe ninguna posibilidad de que eso ocurra.

La certeza de este siglo es que, manteniéndose constantes las variables actuales (ceteris paribus para los economistas), los ricos serán más ricos y los pobres serán más pobres.

Es una debilidad pensar que no hay otra forma de concebir la vida y la economía, ya que el modus operandi de la economía actual promueve la exclusión. El actual sistema de relaciones económicas genera asimetrías escandalosas.

Otra evidencia: El País de España publicó un informe de la empresa de servicios financieros Credit Suisse, donde se detalla que "el 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto. La brecha, lejos de suturarse, se ha ampliado desde el inicio de la Gran Recesión, en 2008".

Si eso se decía en 2008, imagínese hoy 2021 y con más de un año en pandemia mundial.

Algunas consecuencias de esta exclusión son la escasez de ingresos, empleo inestable, falta de empleo, imposibilidad de tener recursos propios, falta de red de contención personal y comunitaria, autoexclusión, falta de representatividad y las dramáticas consecuencias de todo esto junto. Hay que subrayar que la población infantil corre más peligro que el resto de sufrir pobreza o exclusión social. ¿Le resulta conocido este paisaje?

La pandemia del Covid-19 es un punto de inflexión en la historia de la humanidad y deja en evidencia el apremio por una nueva concepción del sistema económico ya que el actual es insostenible ya que los daños ocasionados no son rumores pasajeros que el viento los lleva a lugares olvidados, son evidencias que gimen con dolor verdades que algunos no quieren ver ni escuchar.

La ideología que triunfó hace unos pocos años quedó obsoleta frente a los síntomas de una realidad aplastante. ¿Vendrán tiempos de generación de ideas para un desarrollo más humano?

Para pensarlo, ¿no le parece?

Los orígenes del movimiento obrero en Argentina

El crecimiento económico en el último cuarto del siglo XIX dio origen a un proletariado urbano cuya pobreza extrema contrastaba con el lujo de los sectores oligárquicos.

Tratándose de una economía agroexportadora, los trabajadores inmigrantes obtenían sus mejores ingresos durante los meses de actividad de la cosecha agrícola.

En su mayoría eran contratados de manera informal y temporaria, ya que se trataba de una actividad estacional, razón por la cual combinaban esa tarea con empleos ocasionales en el sector de manufacturas que abastecía de productos poco complejos al mercado interno.

Otros tenían ocupación más permanente en el naciente sector industrial, que se caracterizaba por la escasa inversión fija y por estar basado, fundamentalmente, en la sobreexplotación de la mano de obra.

Hasta fines del siglo XIX las jornadas laborales masculinas eran extensísimas, de entre 12 y 14 horas diarias, sin descanso semanal y con salarios miserables. En tanto, la explotación de trabajo infantil y femenino se realizaba en condiciones aún más aberrantes.

Los trabajadores no contaban con derecho alguno. Las ausencias o enfermedades implicaban la pérdida del jornal o, directamente, del puesto de trabajo. La vejez, el embarazo, la discapacidad o los accidentes de trabajo no tenían protección ni resarcimiento alguno.

Como los niños de las clases más desfavorecidas no podían estudiar por la situación de pobreza en la que vivían, eran utilizados como la mano de obra más barata.

La vestimenta de los obreros era ordinaria y escasa, invariablemente remendada o rota. El trato de los capataces y patrones era despótico y grosero, y el trabajo se realizaba en condiciones insalubres.

En caso de reclamos, la violencia privada de los patrones o la represión policial no se hacían esperar. El jefe de Policía era el encargado de restablecer el orden en caso de conflicto, ya que la huelga era considerada como delito contra la propiedad privada y el orden público.

Los obreros, generalmente inmigrantes, vivían en conventillos, hacinados y desprovistos de recursos sanitarios suficientes y eficientes, sin ninguna de las comodidades de la época.

Sus ingresos no permitían satisfacer las necesidades básicas, y los costos de las habitaciones, compartidas entre varios, eran elevados: los propietarios aprovechaban la emergencia habitacional que caracterizó históricamente, y hasta nuestros días, a la Ciudad de Buenos Aires, ante la tolerancia e insensibilidad de las autoridades con excepción del Gobierno nacional y popular que se extendió desde 1946 a 1955.

En uno de los escasos avances en materia de defensa de los derechos de los desposeídos, en 1905 se aprobó un proyecto de ley presentado por el Diputado socialista Alfredo Palacios, que dispuso el descanso dominical y la supresión de los medidores de agua de los conventillos.

Esta situación de malestar impulsó a los obreros a organizarse en defensa de sus derechos. Los movimientos ideológicos que predominaban en Europa desembarcaron en Argentina de la mano de los inmigrantes, que formaban parte de una clase trabajadora que vivía en la miseria y era marginada de la vida política.

Para 1887, funcionaban en Buenos Aires alrededor de 10 mil pequeños talleres y fábricas que ocupaban a más de 42 mil personas. Esta cifra aumentaba constantemente mientras el movimiento sindical crecía de manera proporcional, haciéndose más fuerte y poderoso.

El 20 de junio 1887, los maquinistas y foguistas ferroviarios se unieron para formar la agrupación La Fraternidad, primera entidad gremial argentina de alcance nacional. El 1 de mayo de 1890 se celebró por primera vez el Día del Trabajador. La masiva asistencia encendió los temores y los pedidos de represión por parte de la elite oligárquica, abroquelada en sus privilegios.

El 25 de mayo de 1901, 35 sociedades de trabajadores fundaron la Federación Obrera Argentina (FOA), integrada por anarquistas y socialistas. La escisión no tardaría en llegar: un año más tarde se dividieron en la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), anarquista y con más afiliados, y la Unión General de Trabajadores (UGT), socialista.

En 1894, un nuevo reclamo en Plaza Rodríguez Peña reunió a más de 10 mil personas. Pedían la reducción de la jornada laboral a 8 horas, y lo lograron. Mientras las huelgas se hacían cada vez más frecuentes e intensas, trabajadores de distintos sectores se organizaban en nuevos gremios: estibadores del puerto, constructores de carruajes, telefonistas, tipógrafos, operarios de las usinas de gas, mecánicos, relojeros, joyeros, albañiles, cigarreros, hojalateros, ferroviarios, sastres; todos hacían sentir su descontento ante la injusticia social.

Para 1915, la FORA contaba con la adhesión de 51 sindicatos y 20 mil afiliados. Cinco años más tarde, en 1920, las agrupaciones obreras adheridas eran 734 y los afiliados llegaban a 750 mil. Por entonces, los obreros ya organizados se concertaban en torno a tres tendencias: la socialista, que agrupaba a trabajadores criollos y extranjeros de ideas no extremistas; la anarquista, comandada por Pietro Gori, que convenció a sus camaradas de abandonar la actitud individualista y trabajar en conjunto dentro de una organización; y la católica, formada por el Padre Federico Grote, que intentó reunir al proletariado bajo las consignas de la Encíclica Rerum Novarum, organizando para ello los Círculos Católicos de Obreros.

Los más combativos eran, sin duda, los anarquistas, quienes no aceptaban ninguna vinculación con la política institucional y se inclinaban por la acción directa y violenta.

Hacia el fin del régimen oligárquico, la desocupación crecía cada vez más, creando un clima de descontento social permanente que se expresaba por medio de huelgas y manifestaciones.

No obstante, los reclamos obreros fueron considerados como hechos insólitos por la oligarquía agropecuaria y la burguesía comercial porteña, sectores que se negaban a aceptar las consecuencias del violento proceso de explotación social y creciente desigualdad que ellos mismos habían auspiciado.

La economía y la sociedad argentina a principios del siglo XX

Miguel Juárez Celman.

Con excepción de la forzada renuncia de Juárez Celman en 1890, las crisis políticas que vivió Argentina a lo largo de toda su historia no estuvieron basadas únicamente en situaciones económicas adversas.

El fin del régimen conservador oligárquico instaurado en la segunda mitad del siglo XIX fue consecuencia de circunstancias basadas en los cambios políticos y sociales.

Observado desde la macroeconomía, el estado de las cuentas públicas era aparentemente muy bueno: el país vivía una etapa de euforia para los sectores dominantes, que se adueñaban de casi toda la riqueza mientras la industria de la construcción crecía aceleradamente, y en ello jugaban un rol impulsor tanto las nuevas capas medias como una oligarquía que edificaba enormes residencias, como el actual Palacio San Martín, sede de la Cancillería argentina, erigido por la familia Anchorena.

Sin embargo, desde 1900 se volvió a los déficits fiscales con picos en los años 1905, 1910, 1911 y 1914. El fenómeno de los balances de pago con superávits solo era posible por un creciente endeudamiento, sobre todo a partir de 1903.

El ingreso de capitales se reanudó ese año después del freno que significaron la guerra de los Boers en Sudáfrica y la Rebelión de los Boxers en China, que concluyeron en 1902 y 1901, respectivamente.

Como contrapartida, ambos conflictos hicieron que subieran los precios de algunos productos primarios argentinos. Ingresos por exportaciones más la llegada de oro para operaciones financieras aseguraron resultados favorables en la balanza de pagos.

Otro hecho importante que desahogó las cuentas fue el acuerdo con Chile de 1902, conocido como Pactos de Mayo, que descomprimió los temores de los prestamistas. Eso hizo que en 1903 comenzaran a afluir a la caja de conversión mayores reservas que las necesarias para pagar las deudas anteriores y que se acelerase el proceso de emisión monetaria hasta 1914.

Así como en 1909 el precio de los cereales había subido, un año después comenzó a disminuir generando un déficit comercial que fue acentuando un proceso recesivo que incluyó un freno en la industria de la construcción vinculado a la burbuja inmobiliaria que había hecho disparar los precios de las propiedades.

El superávit comercial de 1911 y 1912 no alcanzaba para pagar los servicios de la deuda, y en 1913 ni siquiera la llegada de capitales del exterior, menor a años anteriores por las guerras de los Balcanes, pudo resolver la situación. En 1914 el gobierno no tuvo más opción que dejar sin efecto la convertibilidad de la moneda.

Ya en 1871, como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla, se había impulsado la creación de grandes edificios señoriales en el barrio del Belgrano, que por entonces no formaba parte de la ciudad, adonde se habían trasladado la mayor parte de las familias aristocráticas que abandonaron sus antiguas casonas de San Telmo y aledaños.

Esas viejas casonas abandonadas fueron ocupadas, progresivamente, por inmigrantes, dando lugar a los conventillos. Se trató de un fenómeno similar al de la Florencia prerrenacentista contado por Giovanni Bocaccio en El Decamerón.

Los ricos se trasladaron a Belgrano y sus propiedades en la zona sur de la ciudad pasaron a ser un negocio rentístico que se prolongó por décadas.

El ejemplo, sin pestes mediante, se expandió a Bahía Blanca y Rosario, imitando también a ciudades estadounidenses, como Nueva York y Chicago, o europeas, como Glasgow, Dublín y París. Algo que también había ocurrido en la Roma tardía, desde comienzos del siglo IV, aunque en ese caso más similar a los actuales "okupas".

Los habitantes de los conventillos llegaron a ser algo más del 8 por ciento de la población del país, ya que del 1.726.737 de habitantes registrados por el censo de 1904, los ocupantes eran 138.188, repartidos en 2.462 edificios, es decir, poco más de 56 personas en cada uno como promedio. La situación habitacional era, a todas luces, un problema.

Entre agosto y diciembre de 1907, ante el encarecimiento de las locaciones, se desató la llamada "Huelga de los inquilinos", gigantesco movimiento en el que participaron más de 140 mil personas, que habitaban 2.400 conventillos de Buenos Aires, Rosario y Bahía Blanca.

La huelga duró casi tres meses, y finalmente fue derrotada, apelando a los desalojos y a la represión policial. El Gobierno aplicó generosamente la Ley de Residencia, aprobada en 1902, que disponía la expulsión del país de los extranjeros que se involucrasen en actividades políticas o sindicales, y deportó a numerosos huelguistas.

Como contrapartida, en 1915, el diputado radical Juan Cafferata lanzó un plan de construcción de barrios populares, uno de los cuales, en la zona centro sur de la capital, hoy lleva su nombre. El proyecto Cafferata fue el primer programa público de viviendas para los sectores de menores recursos.

En 1912, cinco años después de que la explotación rentística de los grandes propietarios urbanos desatara la referida "Huelga de los inquilinos", se produjo la reacción masiva de los pequeños productores agropecuarios con una protesta que involucró a más de 120 mil manifestantes en las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe y en el entonces Territorio nacional de La Pampa.

La protesta, que arrancó el 25 de junio de 1912 y se prolongó durante unos tres meses, fue llamada "Grito de Alcorta". De esa surgió la Federación Agraria Argentina (FAA) como alternativa a la oligárquica Sociedad Rural Argentina (SRA) y, como remate, los arrendatarios que trabajaban los predios de los terratenientes lograron avances contractuales en cuanto a valores de las locaciones, libertades para la comercialización de sus producciones y otros puntos reclamados.

Estos campesinos, a los que les quedaba menos de una cuarta parte del resultado de su trabajo, fueron avanzando de esa manera a lo largo de sucesivos gobiernos hasta que, durante la primera gestión de Juan Domingo Perón, pudieron concretar masivamente el acceso a la propiedad.

Las dos décadas transcurridas entre 1893 y 1913 representaron el período más prolongado de crecimiento argentino, aunque desigual. La llegada de la Gran Guerra, luego denominada Primera Guerra Mundial, significó un fuerte sacudón que interrumpió el proceso.

La inconvertibilidad de 1914 fue la tercera en la historia argentina, tras las de 1876 y 1895, curiosamente, entre la primera y la segunda, y entre la segunda y la tercera, transcurrieron, en cada caso, diecinueve años.

El parate, que se prolongó hasta 1917, llegó cuando Argentina había logrado extender su superficie productiva a casi 21 millones de hectáreas, para lo cual fue de mucha importancia la extensión de las líneas férreas, que superaba los 31 mil kilómetros.

La producción primaria superaba el 32%, triplicaba a la industrial y superaba en algo más de seis veces al producto de la construcción y en cinco veces al del transporte, fundamentalmente ferroviario.

En ese marco llegó a su fin la superestructura política del modelo conservador instaurado varias décadas antes.

Boca celebra un nuevo aniversario

El club festeja 116 años de su fundación, con un video institucional en el que une la pasión por los colores y la identidad del barrio de La Boca.

Por su parte, el Presidente de Boca, Jorge Ameal, publicó en sus redes sociales un mensaje en el que saluda a la institución que preside por segunda vez. "¡Feliz aniversario, Boca Juniors querido!", comentó.

"116 años de una pasión. De una identidad. De una manera de entender la vida. De un club que es fútbol pero también comunidad y cada vez más propuestas deportivas para los socios y las socias", agregó el máximo dirigente de la entidad.

Historia del club

Concretamente, su nacimiento data del 3 de abril de 1905, y según la página oficial del club los padres de la institución fueron cinco italianos, Esteban Baglietto, Alfredo Scarpatti, Santiago Sana y los hermanos Teodoro y Juan Antonio Farenga.

La historia relata, que la reunión entre este grupo de futbolistas amateur con el fin de fundar al club, se llevó a cabo en la casa de Baglietto, pero como el contexto atrajo a tantas personas, se decidió trasladar la ceremonia aire libre, concretamente a la Plaza Solís. Allí se fijó el nombre, en honor al tradicional barrio, y además se decidió agregarle el "Juniors" a causa del prestigio inglés de la época.

Su primer partido se llevaría a cabo tan solo unos pocos días después, el 21 de abril de 1905, donde en el campo de juego de Independencia Sud, el recientemente fundado Boca Juniors goleó 4 a 0 a Mariano Moreno en el primer partido de su historia. Poco después los títulos correspondientes al amateurismo no se harían esperar, hasta finalmente, dar el salto al profesionalismo en la década del 30.

En cuanto a sus colores, la hermana de Antonio Farenga, Manuela, les cosió unos listones negros a unas remeras blancas para que pudieran tener un juego de camisetas. Poco después también usarían un modelo celeste, hasta que finalmente un hecho en particular, daría origen al azul y oro.

Una tarde, un barco de origen sueco quedó atracado en La Boca, y Juan Bricchetto, quien trabajaba por dicha zona, compartió su idea con la institución, una camiseta con los colores azul y amarillo, justamente los de la bandera del país nórdico. Con los años los uniformes tomarían varias formas, pero al igual que su escudo, esos serian para siempre los tonos principales del club.