Esa mañana el frío no dejaba al niño en paz. No podía controlar su cuerpo. Días antes, con la maestra y sus compañeros habían ensayado hasta el cansancio toda la puesta en escena: cada movimiento, cada parlamento.
Pero ahora el niño, aterido por el frío, no lograba concentrase. En esa mañana de mayo él sentía que no quería estar allí. Para colmo miraba tratando de ver a sus padres y no los encontraba.
Estaba nervioso. Y se repetía una y otra vez la primera oración. La seño le había dicho que sólo se concentrara en el comienzo del texto. Luego vendría todo a su memoria. Pero ahora dudaba de la eficacia de esa técnica. French y Beruti repartían escarapelas. Cuando terminaran sería su turno.
Miró el cielo, las nubes, la bandera límpida flameando. Miró las caras rojas por el frío de Saavedra, Paso y Moreno. Más allá, el virrey Cisneros esperaba para dimitir.
Entonces, en un momento, le tocó su turno. Él era el narrador de la gesta patriótica. Tenía que comenzar. Pero no pudo. No le salían las palabras. Sintió que se hundía en un pozo profundo, con muchísimos ojos puestos en su persona. Un segundo que fue eterno. Entonces los vio. Sus padres estaban ahí, sonriendo. Con ese gesto y seguridad que le daban en los momentos difíciles.
El niño de pronto se halló en casa. Una energía que no sabría explicar llegó a él. La seguridad de que no estaba solo. Y tuvo la certeza y la conciencia de que mucho tiempo atrás alguien dijo esta será nuestra Patria. Que es como decir nuestra casa.
Y el niño comenzó. Enfatizando cada uno de esos parlamentos. Comprendiendo todo. Sin frío. Sin miedo. Con la alegría de sus compañeros ante la representación.
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