En una de esas noches de este último verano, cuando el coronavirus era algo que sucedía allá lejos en China, salí un momento de la sala en la estación San Martin dónde dicto mis clases de teatro y vi a un hombre mirado fijamente toda la zona donde se mantiene la vieja estación.
Es decir, el gran espacio donde se sacaban los pasajes para el viaje en tren, hace ya mucho tiempo. Esa inmensa boletería. ¿Recuerdos?, le pregunté. Y él, con los ojos húmedos, me dijo que sí. Recuerdo, me comentó el hombre, cuando me fui para siempre de San Juan. Había decidido entrar en marina. Y los recuerdo a mis padres acá, donde estás parado vos, despidiéndome. De esto hace 40 años. Perdoname que llore, pero todo ha vuelto en mí, de repente. Yo me fui a marina, en el 79. Estuve allí varios años. Estuve en la Fragata Libertad. Estuve yendo de un lugar a otro durante la guerra de Malvinas. Estuve cuando todos lloramos a los más de 300 marinos muertos del Crucero General Belgrano...
Luego dejé. Anduve por mil lugares. Y ahora, que he vuelto, que vine a visitar el nuevo teatro del Bicentenario, me he encontrado con este lugar. Con toda mi vieja historia...
El hombre se quedó en silencio. Los dos nos quedamos quietos, mirando la vieja estación. Más allá, jóvenes se sacaban fotos, reían y charlaban. Eran ajenos a todo lo que repentinamente se había congregado en esta conversación.
Una luna límpida, en el cielo, iluminaba toda la noche.
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