Walter Benjamin fue uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX. El hombre que fue capaz de vislumbrar, cuando la tecnología recién comenzaba su largo e increíble camino, la revolución que ella misma traía en sí.
El que llegó a pensar y a conceptualizar que, poco a poco, nos sumergíamos en una época de reproductibilidad técnica, donde el arte se masificaría, donde la copia ganaría su lugar: en la publicidad, en todas las formas de la cultura, en la vida cotidiana de cada persona. Benjamín, el que llegó a teorizar sobre el momento aurático en la obra de arte. El que llegó a ser uno de los intelectuales más respetado en su siglo y que hoy crece, día a día, cuando tratamos de comprender nuestra contemporaneidad. El hombre que padeció como tantos, debido a su condición judía, la furia y el horror en un lugar y un momento en que se desplegaba toda la violencia sobre ese mismo pueblo judío. Donde de una vez y para siempre, se mostró la crueldad a la que podemos llegar los seres humanos…
En 1940, con sólo algunos manuscritos por equipaje, Walter Benjamín escapa de la Gestapo. Sabe que ese lugar en la frontera franco española es su última posibilidad de escapar de los campos de concentración nazis y de una muerte segura. Llega con pocas cosas allí. Entre ellas, una visa española de tránsito (aunque carece de otra visa francesa para salir) y una dolencia cardíaca que hace toda fuga más difícil. Y como decíamos, papeles: textos escritos por él, perdidos ahora para siempre. Esos son, sus últimos textos.
Cuando llega, junto a un grupo de refugiados, se entera que ese mismo día España ha cerrado la frontera. Se le pide que regrese a Francia. Esto, Benjamín sabe, es el fin. Es un día aciago, donde se han concentrado todas las fuerzas de la fatalidad. Probablemente ya hastiado, desesperado, él tomará la decisión de suicidarse. El solo hecho de regresar y terminar en los campos de exterminio, de los que muchos hablan por lo bajo, hace que su convicción sea inclaudicable.
Dejará una nota para la posteridad: Sobre la muerte, nadie tiene potestad. Y esa nota, aún hoy, nos habla de la desolación, de la desesperación, por aquellos días.
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