La batalla final

Por estos días lo virtual y lo real se están empezando a desconocer. Y después de este enfrentamiento no habrá otro más, porque al atacar a lo real se desdibuja lo indeleble.

La grieta más espantosa de la historia es la que aleja lo virtual de lo real. Y ya lo está viviendo toda la humanidad en este primer cuarto del siglo XXI que es mucho más que problemático y febril.

Sentencia categóricamente audaz la mía, como para comenzar un escrito, querido lector. Pero me animo a adentrarme en esta milonga que es intentar describir un signo de estos tiempos que corren presurosos entre tantas exigencias cotidianas, muchas de ellas con efímero destino.

¿Y qué es lo real? Me preguntó un amigo cuando esbozaba estas ideas. Me descolocó, pero igualmente encontré en los archivos de mi limitada memoria una idea de Tomás de Aquino -que él escribió con magistral precisión- que me permitió balbucear diciendo que lo real es todo aquello que tiene existencia.

¿Y lo virtual no tiene existencia? Increpó como razonando por inercia. No, no, lo virtual sí tiene existencia, de hecho se presenta como realidad virtual, le dije poniendo énfasis en el gesto aclaratorio más que en el tono de voz. A lo que agregué que no se entienden enfrentados sino en convivencia, en sana convivencia. Y ese es justamente el nudo del problema.

Es que por estos días lo virtual y lo real, se están empezando a desconocer. Y después de este enfrentamiento no habrá otro más, porque al atacar a lo real se desdibuja lo indeleble, lo que no se puede revocar. Se ataca a lo que no tiene punto de retorno, se ataca a lo que tiene existencia.

La digitalización de las actividades humanas lleva consigo el riesgo de convertirlas en protagonistas y desplazar las actividades reales a un segundo plano. Valores como la amistad transformada en cantidad de likes, me gusta y corazoncitos conlleva un reduccionismo destructivo del sustento, de la esencia y naturaleza de las cosas como es el valor del ser humano tal como es y no como una figuración simulada buscando solamente agradar al otro sin referencia alguna a la caridad o al amor al prójimo.

La cultura de los algoritmos como generación de riqueza también es un signo alarmante de esta batalla final donde se quiere someter a aquello que da sustento al resto de la vida humana: la naturaleza, el trabajo, la producción, la política, lo sagrado, la comunidad, el pueblo. El reemplazo de lo real por lo virtual es decididamente un cercenamiento de las potencias del ser humano y de la naturaleza.

Puedo mostrarme como exagerado y alarmista en este escrito, pero no es ese mi propósito sino el de siempre: invitarlo a pensar, ¿no le parece?

Feliz Navidad y hasta el año que viene.

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