Acaso no sea el mejor momento para hablar del neodecadentismo irreversible en que se encuentra sumergida la República Argentina. Es un día de celebraciones y de máscaras extrañas.
Es notable, tras las máscaras se esconde una mueca triste, solitaria e incierta. Una mueca bien criolla, pletórica de picaresca y fatalmente nostálgica.
Dejemos en claro algo, somos un país éticamente inviable, económicamente deteriorado y socialmente desintegrado. ¿Es eso lo que soñaron aquellos hombres de la historia que hicieron la patria?
Ya pasaron más de 200 años desde que aquellos ilusos coterráneos decidieron llevar adelante la emancipación de las Provincias Unidas del Sud. Este hecho sucedió el 9 de julio de 1816 en la ciudad de San Miguel de Tucumán, en el marco del Congreso Nacional que se reunió en aquella ciudad. Fue en la casa de doña Francisca Bazán de Laguna, hoy conocida como Casa Histórica o Casa de Tucumán.
No soy el más optimista. Argentina tardó 6 años en decidir su independencia: desde 1810 a 1816. Llevamos más de 200 años intentando ser libres, estables y democráticos. Lejos estamos de llegar a ese sueño deseado y boicoteado a la vez por nosotros.
Cómo llegamos al Bicentenario de la Patria
Llegamos al Bicentenario sin ser independientes: nuestra economía es frágil, tambaleante y dependiente.
Llegamos moralmente abochornados: la persona que fue durante 8 años presidenta de los argentinos, Cristina, terminó desfilando por tribunales envuelta en procesos judiciales por corrupción. La señora intenta explicar una fortuna monumental que ella y sus funcionarios supieron amasar con inigualable descaro.
Para colmo de males, quien la sucedió, Mauricio Macri, no fue lo que se dice un ejemplo de ética ciudadana. Fue, en todo caso, un bandido que se acomodó en el poder y abrió el juego a sus amigos y a los grandes capitales que históricamente sólo buscaron saquear el país. Decir que Macri fue un estafador es quedarse corto.
Luego vino un presidente ecléctico y bravucón, Alberto Fernández, un improvisado que se encontró con el poder y que no supo qué rumbo tomar en un país devastado y cuesta abajo.
Sin convicciones, Fernández pasará a la historia como un hombre gris y sin agallas. Un inepto tiempo completo que disparó a las nubes, la inflación, el déficit, la emisión monetaria, la pobreza y la crisis.
Llegamos a este tramo de la historia inmersos en un presente líquido y ambiguo, hundidos en un grado de confusión espantoso e insoportable: los argentinos ignoran al sabio Atahualpa Yupanqui, desconocen a don Arturo Illia, desprecian al genio Borges y tienen como modelo a personajes detestables.
Además, vitorean con esmero incomprensible a una ladrona histórica que saqueó al Estado: Cristina. Como si fuera poco, hacen documentales homenajeando a un ladrón incurable como Néstor Kirchner y votaron hasta el delirio al delincuente de Carlos Menem, quien cuando murió, fue velado en el Congreso con honores.
Despiden en andas a un presidente como Macri, que estafó a la democracia y se robó la buena voluntad de los ciudadanos. Las lista de incoherencias sigue.
Hoy, los distintos gobiernos argentinos se limitan a arrodillarse ante el mundo y manguear dólares al FMI y yuanes a China, a cambio de lo que sea, para seguir viviendo de prestado.
Así las cosas, estamos dispuestos a aceptar cualquier situación y creemos en soluciones mágicas. Esperamos que suceda algo que no implique nuestro esfuerzo. Y, lo sabemos, eso no sucederá jamás.
El sumario enumerado en esta nota ya no importa, porque hoy todos celebran el Día de la Independencia de la Patria.
Quien gobierne el país, contará siempre con la cobardía incondicional de los argentinos.
Así nos va.
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