Caminos de sueños en la obra de Hayao Miyazaki

Desde los comienzos del cine, la animación ha propuesto algo que no se podía medir ni en palabras ni en imágenes: un mundo onírico extraño, enlazado a lo profundo de los sueños en los seres humanos.

Es decir, si tuviésemos que hablar del cine animado, podríamos destacar dos caminos: uno de ellos es el que ha devenido en cine para niños, con magníficas realizaciones técnicas, desde la simple animación a las destrezas que hoy puede aportar la tecnología. El otro camino es más tenue, a veces, inhallable.

Es el que corresponde a los artesanos del arte de la animación, del guión no explicito; a aquellos que desde sus propuestas nos hacen repensar todo el arte cinematográfico.

En los segundos encontramos a Winsor McCay, por ejemplo, con su estupendo Little Nemo. La magia de figuras alargadas e imbuidas de una plasticidad única en el movimiento. O aquel otro, el canadiense Norman McLaren, perforando celuloide o pintándolo cuadro a cuadro, para lograr fantásticas ensoñaciones.

Entre estos últimos, fácilmente podemos ubicar en el podio mayor al japonés Hayao Miyazaki, destacándose tanto en sus dibujos como en el entramado, el tejido de sus historias. Y es que estas narraciones, justamente, se avienen al encuentro de un mundo onírico, salidas de lo profundo del inconsciente.

De un inconsciente colectivo, como el del pueblo japonés, que tiene mucho para dar, mucho para decir. Un pueblo cuya industria cinematográfica quedó totalmente destruida en la segunda guerra mundial; un pueblo que sufrió el horror de Nagasaki e Hiroshima. Un pueblo también que ha dado creadores de la magnitud de Yasujiro Ozu, un cineasta absolutamente preparado para narrar la historia de su nación en imágenes.

Miyazaki, el exquisito creador de obras fundamentales como La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro, El Castillo Ambulante, El viento se levanta, es un maestro indiscutible en el arte de la animación. Es además un cronista de esta época en que vivimos, donde no puede hablarse de discursos estereotipados y maniqueistas si se quiere hablar de la infancia, de la guerra, del individuo y la naturaleza.

Su obra, que comprende tanto lo fantástico como lo realista, se inscribe en las más profundas tradiciones japonesas, logrando desde ahí, un lenguaje absolutamente universal.

Es decir, Hayao Miyazaki ha vivido su historia y la de su pueblo. Desde allí traza y define sus ficciones: dibujos animados que pueden mostrar todas las emociones humanas: Viaja Chihiro hacia un lugar desconocido, como aquella Alicia de Lewis Carrol, donde las cosas y las personas aparecen y desaparecen, transformadas, como en un sueño.

En Mi vecino Totoro, dos hermanitas descubren el espíritu de un bosque. En su última película, El viento se levanta, se narra la historia de un diseñador de aviones desde su niñez.

Y siempre, Hayao Miyazaki, ha unido aquello que se nos presenta en el mundo sensible, con aquello que es territorio de ese otro mundo, el onírico, el del sueño, aquel que también nos pertenece.

Juan Carlos Carta Silva
Juan Carlos Carta Silva
Dramaturgo, escritor y crítico de arte.
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