Cuando lo común no es lo corriente

Nos quedamos distraídos por las diferencias amplificadas y en el ataque personalizado que sólo consigue abortar cualquier proyecto de vida en común.

Querido lector, no me refiero a esa expresión popular que a veces sacamos del armario de la memoria queriendo definir algo como sencillo y lo decimos simplonamente: "es algo común y corriente".

No, me estoy refiriendo a la construcción de la vida en comunidad, que no es algo común por estos días corrientes.

En tiempos de subjetivación como sistema, es tarea heroica esto de construir comunidad, y una comunidad organizada parece ser una visión de tiempos pretéritos.

Es que entramos como invitados y no como protagonistas al siglo XXI, al siglo de la fragmentación social.

La moda es el permanente boicot a la convivencia armoniosa entre los seres humanos.

Se ve con buenos ojos este tipo de exclusión como si estuviésemos caídos bajo un hechizo, con agregado de eufemismos como los de autonomías exacerbadas, libertades sin ningún fin, ingeniería social experimental y toda la demás artillería pesada de la retórica progresista como diría Giovanni Papini.

Al no haber proposiciones en positivo, se rompe todo atisbo de edificar algo en común. Porque sólo se vociferan las ruinas de la vida social y con eso no se pueden hacer alianzas.

Con desacreditación no se edifican comunidades, de la escala que usted quiera. Un país, una región, una familia, un negocio, cualquier proyecto necesita de una apuesta común en la cual creer.

Y estamos tan habituados a la desacreditación que pareciera que ganó el poder de destrucción y lo aplicamos en todos lados. Hasta en los grupos de WhatsApp.

El ensalzamiento y personalización de las diferencias empuja a las consideraciones comunes hacia el margen de la agenda obligándola a quedar sola y en sala de espera.

Nos especializamos en poner obstáculos a los proyectos colectivos. ¡Somos expertos! Que si los rojos contra los blancos, que si los azules contra los amarillos, que si las izquierdas contra las derechas, que de los de por aquí contra los de más allá, que de los nosotros contra los ellos. En definitiva, las partes beligerantes contra el todo apacible.

Así las cosas, la noción de un bien que sea común a todos, del bien de la comunidad, queda como una pretensión anticuada para estos tiempos particularmente fragmentarios y temerariamente violentos.

Cuando lo común no es lo corriente, lo que se deja ver son los vicios más descarnados. Porque a mi lado está el vecino, el que ya conozco, ese "quien viene ataviado con todos los terrores de la naturaleza", como diría Chesterton.

Para pensarlo, ¿no le parece?

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