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Día de la Mujer: ¿Qué ves cuando me ves?

Junto con el hecho de que, como muchas mujeres soy aficionada a todo lo que prometa levantar, abrillantar, corregir o mejorar lo que natura me dio, me permito reflexionar sobre la persistencia de ciertos lastres "machistas" asociados a la exaltación de la apariencia física, enraizados en nuestra cultura nacional.

El pie me lo da otra mujer, la periodista de Página/12, Mariana Carbajal, quien a su vez cita a una tercera, Estela Díaz, secretaria de Género de la CTA: “Los concursos de belleza son una clara expresión de la persistencia de la cultura machista y el patriarcado. El enorme avance en igualdad de las mujeres convive junto con este tipo de certámenes, que se siguen reproduciendo casi igual desde sus orígenes, donde las mujeres son exhibidas como una mercancía y un objeto decorativo. Por más que ahora también hay desfiles de varones, lo cierto es que esto no supone tampoco avances en igualdad. Pero además, muchas preguntas podrían hacerse: quién define qué es bello. La belleza es relativa, es histórica y en contexto. Como dice la canción, la historia la escriben los que ganan, ésta también, es una historia de subalternidades y segregaciones”.

Una cuarta mujer, Verónica Bajo, integrante de organizaciones que vienen manifestándose en contra de los certámenes en distintas localidades del sur de la provincia de Buenos Aires, se indigna: “¿Cómo es posible que desde municipios se hagan campañas por noviazgos sin violencia, y luego se invita a los jóvenes a ver un espectáculo cosificador de mujeres? Yo llamo a esto la ‘tinellización’ de Estado. ¿Hasta cuándo tendremos a funcionarios/as eligiendo traseros de jóvenes y niñas? ¿Hasta cuándo el Estado dejando en letra muerta la Ley 26.485 que ampara a las mujeres de la violencia simbólica?”.

En nuestra bien querida Fiesta Nacional del Sol tenemos que destacar que las candidatas a reina y virreina reciben una “capacitación”. Sin embargo, esto no es suficiente para romper el molde cosificante. Durante el breve paso de las representantes de los 19 departamentos por la maternal tutela de la Comisión de reinas, las candidatas aprenden a limar sus asperezas al caminar, al expresarse, adquieren nociones sobre cultura local, historia, economía regional y muchos otros datos necesarios para representar a San Juan. Esto nutre al evento y es un paso adelante. Pero todavía es poco si a la hora de ser elegida, la cámara insiste con el primer primerísimo plano del rostro de la chica, o hace paneos del cuerpo completo en cada aparición. Un travelling de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, que muestra a la modelo como se exhibe el Empire State en película de King Kong. Un cuerpo imponente, joven, lo más alto y delgado posible. Encorsetado cual Kate Winslet en Titanic. Lo más parecido posible al canon de belleza occidental. Mensaje recibido.

Es cierto que los concursos, desfiles, como las publicidades, películas y en general cualquier ícono pop, no tienen la culpa de todo. Son ínfimos detalles en un sistema que permite a cada persona elegir su camino. Pero reconozcamos: son al menos luces de alerta. “¡El Feminismo extremista no es más que otro caballo de Troya!”, sentencia un amigo en un asado de hombres al que me sumé sin invitación. Concedo que puede ser, mientras apuro mi ensalada y pido que me den una entraña más “sequita”. Entonces, para llevar el análisis a un plano más general o que al menos me permita no salir despedida del atávico convite, opino que elegir una Reina y una Virreina nos sitúa más cerca de un régimen feudal que de una república democrática.

Simbólico o no, tener “soberanas” del Sol nos pone más cerca de María Antonieta o de Luis XIV que de Montesquieu. Sus latinoamericanas y doradas coronas nos amigan más con la imperial corte del Inca Atahualpa que con la pacífica existencia del olvidado huarpe. Los cetros, engastados en símil piedras preciosas, más cerca del corregidor de la Mita que de Tupac Amaru. Mal que nos pese, nos hace más súbditos de Isabel de Castilla que granaderos de San Martín. Quiero decir: son símbolos que reflejan atributos de poder, aunándonos con sujetos más dominados que pensantes y libres. Y más propicios a venerar el sistema de castas que el sueño americano de la movilidad social basada en el esfuerzo individual. Va haciendo que niñas, jóvenes y sus pares varones sean más susceptibles a apreciar el brillo áureo del poder material, la fuerza, la juventud física y el apego a cánones heredados muchas veces de los que llamamos nuestros dominadores, que a valorar el tesón de una curtida Amancay, el arrojo de Juana Azurduy o, sin ir más lejos, el trabajo sinfín de cualquier mujer con empleo dentro y/o fuera de casa.

¿O no quedó comprobado el rechazo a lo “mal presentado” o a lo “poco femenino” en la reacción de repugnancia del 90% de nuestra sociedad local frente al aspecto descuidado de muchas activistas del último encuentro de mujeres? ¿No se escucharon y leyeron palabras como “sucia”, “conchuda”, “lesbiana”, “exhibicionista”, “andá a lavarte el pelo”, empuñadas por las bocas de otras mujeres? Y si lo que molestó más fue la violencia contra la Iglesia Católica: ¿No es acaso el mismo brazo intelectual del gobierno nacional el que denodadamente propició la aversión hacia la curia hasta que Bergoglio se transformó en Francisco I y de represor pasó a ser amigo de nuestra máxima representante? Y si lo que molestó aún más fueron las pintadas: ¿Por qué no molesta a los jueces mucho más ver cuerpos de mujeres pintados de sangre, cincelados a cuchillo por ex parejas que se negaron a ser dejadas, mientras el país piensa en reducir penas por delitos sexuales? ¡Cómo me gustaría que mis vecinas, amigas y parientes se indignaran por el crimen de María Cristina Olivares tanto como por las pintadas! ¡Cómo me gustaría que usaran el mismo fervor revolucionario con que observaban bailar al Che frente a la pantalla ganadora del Guinness, para revertir la falta de timing de la Justicia!

Con seguridad llevaré mi propio sanguchito al próximo asadito de hombres en que intente colarme. Y voy a sacar el tema OVNIS antes que cualquier tópico social o político en mateada de mujeres.

La violencia, la desigualdad, la discriminación, no son sólo las explícitas, las físicas, las tangibles. Son también las verbales, las de aquello que no se toca, no se dice y no se ve. Pero se siente. La violencia simbólica que está en el fondo de estos meros signos es un mercado global de valores que cotiza en términos de proporción física, de rendimiento visual, de eficiencia matemática, con intelectuales que no logran establecer otras matrices de valores comunitarios más “personificantes”. También por parte de un Estado que desoye, una burocracia que abandona, de una Justicia lenta, de una organización policial no preparada para trabajar en pos de una sociedad más igualitaria; de un sistema educativo para todos los niveles bien pago y bien planificado. Todo esto es la causa, la raíz del mal sobre el que nos preguntamos de noche al temer el asalto de un motochorro y de día, al abrir el diario o prender la radio. Es el caldo de cultivo para muchas más Camilas, más Marías Soledad Morales, más Maritas Verón, más Marías Cristinas Olivares. Y para no pecar de sexista yo también, diré con el mismo dolor que todo esto es lo que lleva a que madres ignorantes y padres ignorantes permitan el horror de la multiplicación de muchos más niños que roban, balean y acuchillan para drogarse con paco. Muchos más “Argüellitos” y “Maritos”.

La desigualdad persistente en pleno siglo XXI no es más que fruto de la corrupción, desde mi punto de vista. Es dejar pasar, mirar para otro lado, hacer ganancia acomodándose y siendo testigos mudos de las repeticiones de cosas que en las leyes están prohibidas. O en la convención cultural, desacreditadas hace ya demasiado tiempo.

Para igualar los tantos con los amigos varones me despido con las palabras del psicólogo social, Osvaldo Teodoro Hepp: “Para el tratamiento de la deshonestidad, que no es sólo robar sino también ocupar cargos inmerecidos, parece bueno comenzar por identificar algunos signos de nuestro largo y abundante legado, pero asimismo es bueno recordar que también la herencia puede ser doblegada”.

Se cumplieron 459 años de la fundación de San Juan

El 13 de junio de 1562, Juan Jufré de Loayza y Montese, fundó San Juan de la Frontera, en el valle de Tulum, por orden de Francisco de Villagra, capitán general de Chile.

La ceremonia tuvo pocos testigos: el reducido grupo de españoles que acompañaban a Jufré y algunos habitantes originarios. Se leyó un acta, la cual fue firmada por algunos de los expedicionarios presentes.

El acta de fundación de la ciudad tomó como nombre San Juan de la Frontera en honor del santo patrono San Juan Bautista y por llegar su territorio hasta la frontera con el Tucumán.

El mismo día, Jufré instituyó el primer Cabildo, nombró teniente corregidor y repartió entre su gente los solares de la ciudad y alrededor de 1.500 indígenas en encomiendas.

Hoy recordamos nuestros orígenes como provincia, como comunidad. No festejamos este día, porque la luz de la historia dejó claro que significó el comienzo de una sistemática exclusión de varias culturas, razas y modos de vida por otra mucho más avanzada en su tecnología.

Aún en la actualidad, comunidades descendientes de nativos americanos continúan luchando por el reconocimiento de su identidad, de su lenguaje reconstruido, de su pertenencia en nuestro suelo.

Nos debemos una profunda reflexión y también, el fortalecimiento de nuestros lazos de hermandad, por sobre las diferencias raciales, religiosas, ideológicas, de clase o procedencia.

Hoy sí cumplimos años como pueblo que avanza, construye, investiga y busca superar sus limitaciones día a día. Hoy agradecemos a esta tierra con sus valles, montañas, ríos y glaciares, que nos brinda sustento y nos nutre. Y también, agradecemos por vivir en una comunidad que busca crecer en concordia desde hace 459 años.

Medios que amasan nuevos femicidios

Tal como expresaba Michael Moore en Bowling for Columbine, para que se cometan crímenes aberrantes hace falta una cadena de voluntades diseminadas en la sociedad, que operen a favor.

Muchos medios de comunicación hegemónicos de San Juan trabajan día a día para lograr nuevos femicidios.

El último femicidio ocurrido en la provincia de Mendoza dejó claro que las instituciones del Estado funcionaron mal. No funcionaron.

Y no funcionaron porque las personas encargadas de realizar su trabajo, no actuaron en consecuencia. No estaban correctamente capacitadas o fueron negligentes.

La llamada al 911 de los vecinos, minutos antes del asesinato de Florencia Romano, fue una muestra de lo que puede hacer la solidaridad y el involucramiento de los vecinos frente a hechos que a todas luces aparentan ser violentos. Sin embargo, esta red social sirvió de poco. Tuvo su límite cuando se topó con la responsabilidad de funcionarios públicos. Esos empleados a cargo de nuestra seguridad incurrieron en negligencia o en desinterés total por su trabajo. Y eso nos costó una vida de una chica de 14 años. Nos cuesta vidas cada hora que pasa.  

¿Por qué digo que la negligencia del Estado nos cuesta vidas, y no cargo las culpas directamente sobre las manos que asesinan? Porque  desarmar la inercia natural de un sistema patriarcal fuertísimo y letal, no es algo que podamos hacer como individuos. Ni siquiera con grupos o instituciones. Necesitamos una fuerza equivalente y la única que conocemos, la única a la que delegamos constitucionalmente todo el uso de la fuerza es el Estado. Es esa la fuerza que tiene en su mano el poder de educar, limitar, prevenir e impartir justicia cuando se llega tarde para salvar una vida.

Y en este panorama, la Comunicación de los Medios Hegemónicos tiene mucho que hacer.

En nuestra provincia ocurrió recientemente un nuevo femicidio. Desde el principio, como ciudadana, me sentí desprotegida por la forma en que la Policía filtró datos a los periodistas y estos, fieles a un oficio que no quieren alterar porque vende mucho, espectacularizaron la vida privada de una más de tantas víctimas. Medios como Diario de Cuyo lo hicieron ayer, lo vuelven a hacer hoy.

Llenan sus crónicas con vívidos detalles; revictimizan diseccionando hábitos de víctimas que nada tienen que ver con la intención y  saña de las manos que asesinan; reafirman estereotipos de género, exponen imágenes de víctimas a todo color, exponen a sus familiares, entorpecen la causa judicial brindando multiplicidad de datos de una de las hipótesis. Todo esto no solo atenta contra todas las buenas prácticas recomendadas para el tratamiento de femicidios, por instituciones nacionales e internacionales, sino que además, a través de la práctica reiterada y sistemática, fija sentidos comunes en la población que consume esos mensajes.

Esto tiene un poder multiplicador en la conciencia de quienes formamos parte de esa red de vecindad, de potencial solidaridad sobre la que me refiero al comienzo de la nota: personas que en lugar de actuar con rapidez, podrían, influidas por la manera en que los medios hegemónicos cargan las tintas sobre las víctimas, optar por no meterse, por pensar que quien sufre violencia de género fue una persona descuidada o "se lo buscó".

Así las cosas, lo que se logra es ni más ni menos que volver a ejercer violencia de género. La responsabilidad fue de quien recibió el ataque. Contribuyen debilitar el sentido de responsabilidad social que puede salvar vidas.

Tal como comunicó recientemente la Asociación Civil Mujeres Con Nuevas Raíces, "los medios de difusión hegemonico-machistas- esclavistas sostienen y avalan la cultura patriarcal que genera conductas femicidas.

Según expresa la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) en la Recomendación General N° 35, “las mujeres tienen derecho a una vida sin violencias”. Este medio de comunicación hizo caso omiso a la recomendación de este acuerdo Internacional que tiene carácter constitucional.

El tratamiento periodístico que se da al informe sobre un reciente femicidio vuelve a violentar y agredir a la víctima, dando detalles de su vida íntima totalmente innecesarios, desviando el foco del asesino femicida y colocándolo en la víctima, como un modo de obsequiarle al mismo la justificación de su accionar y sometiendo a la víctima real a un trato cruel, inhumano y degradante.

Así es como intenta sostener y avala el estereotipo del rol sumiso femenino de la cultura asesina de mujeres.

Este accionar ya reiterado en muchas oportunidades es lo que esta Asociación Civil repudia enérgicamente".

Las coberturas de Diario de Cuyo respecto al último femicidio ocurrido en San Juan se enmarcan en lo que la Ley N° 26.485 define como violencia mediática: "Aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva la explotación de mujeres o sus imágenes, injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de las mujeres (…), legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres".

La falta de chequeo, diversificación y verificación de fuentes; la tendencia a culpabilizar, descreer y sexualizar a la víctima; la reproducción de comentarios ofensivos; la difusión de detalles morbosos e innecesarios; la resistencia a hablar de femicidio; el sistemático uso de la incorrecta expresión "crimen pasional" y la incitación constante a la respuesta denigrante por parte del público, fueron parte de los abordajes con gran llegada al público.

Poner el foco en la "vergüenza" de una mujer desaparecida, construir una novela sobre la base del relato único del presunto femicida y de su entorno constituyen formas de violencia mediática, que no solo banalizan el flagelo de la violencia de género sino que también contribuyen a la justificación social del femicidio y a la reproducción de la cultura machista en las diversas audiencias.

Este tipo de coberturas, que buscan desconocer la raíz cultural que promueve y avala el femicidio, ya no pueden ser toleradas.

Como periodista y comunicadora pido al Estado provincial de San Juan la urgente reglamentación y real implementación de la Ley 26.485 de Protección Integral de la Mujer y solicito a las unidades gubernamentales correspondientes que tienen el poder a través de la Pauta Oficial que exijan, en este marco, la formación específica en Comunicación con Enfoque de Género a todo/a periodista y comunicador/a de San Juan de medios públicos y privados.

Por todo lo explicado, estimados periodistas y empresas de comunicación,  las malas prácticas informativas, con la comunicación de los temas en que está involucrada la violencia de género, matan.

Haters, odiadores y personas que piensan distinto

La política nacional, convenientemente para la polarización y para quienes ganan con ella, incorporó el "odio" al debate de lo público con brutal entusiasmo.

Sustantivo, verbo y adjetivo de moda en redes sociales; término legal en países que penan con doble carga "crímenes de odio", por sus características socialmente significativas: entre otras, tener como blanco minorías y activar más discriminaciones y violencias.

Dirán que siempre estuvo. Diré que es cierto. Pero en redes y zócalos, todos los días y a toda hora, es otro el efecto.

Algo así como la minería y la megaminería con cianuro, a cielo abierto y sin controles.

Espirales de violencia

En una sociedad extenuada de ciclos críticos, estrenar un organismo que desde su nombre invoca y convoca, neurolingüísticamente hablando, a un sentimiento o emoción que desgarra pueblos en espirales de violencia, no me suena a distracción de personas tan bien formadas.

La ley de la atracción y el inconsciente no reconocen negaciones o ironías, solo afirmaciones.

Un ejemplo: quienes están conscientes de la energía que nos anima y rodea, aconsejan con razón que cambiemos el #Niunamenos por #VivasNosQueremos
Propongo que se regulen bien las pautas oficiales, se haga funcionar de verdad el Inadi, y se controle que todos los trabajadores de medios estén en blanco. Ese sería un gran comienzo.

A partir de allí, podríamos hacer lo que siempre pedimos: formar mejor a los periodistas a partir de nociones básicas de perspectiva de género y Derechos Humanos.

Medios independientes vs. militantes: el dilema ignorante

"Como los periodistas sufríamos tanto, teníamos que emborracharnos todos los días", Gabriel García Márquez.

Hace poco más de un año tuve la oportunidad de asistir a un foro en la Facultad de Ciencias Sociales de nuestra UNSJ donde se planteaba la discusión: ¿Existe el periodismo independiente o es más sincero asumir que todo periodismo es militante? Más allá de la comodidad que representaba para mí dedicarme a otros asuntos, hacia allá partí, compelida por una imperiosa curiosidad. Verdaderamente buscaba respuestas.

Llegando al aula del Departamento de Ciencias de la Comunicación donde se desarrollaba el foro, encontré un panel de conocidos periodistas locales, moderados por docentes y autoridades del Departamento. La audiencia: un aula llena de inquietos, audaces y muy despiertos estudiantes de comunicación social. Un golpe de vista a estas avispadas caras me entusiasmó. Qué lindo ver que en el futuro desde el periodismo o “la comunicación” se podrán hacer cosas valientes, como las que se trasuntan en la mirada briosa de estos chicos, pensé. Pero con el transcurrir de los minutos, la inquietud me empezó a invadir.

A coro, los panelistas sostenían una cerrada negativa ante la idea de que exista la censura en los medios de nuestro querido terruño. Más aún, en los de la Argentina. Cuando los moderadores abrieron el tiempo para preguntas del público, pedí hablar. Dije que como licenciada en esta carrera, recibida en una universidad pública y periodista en ejercicio (en aquél momento aún trabajaba en un medio privado) pensaba dos cosas. La primera: que la censura existe como el aire que respiramos. La segunda: que la dicotomía planteada no debía ser el centro de la cuestión, menos aún en una carrera que en gran parte de su currícula contiene ciencia social. Que tal paradigma debía permitirnos concebir al acto de informar o de re- presentar un acontecimiento como a un hecho social. Y en este punto, podíamos recordar los aportes del genial Eliseo Verón: “explicitar las condiciones de producción de un discurso, es lo que hace que se dé una situación de objetividad con nuestro objeto; borrar o esconder esas condiciones produce una relación subjetiva".

A días del fallecimiento de uno de los creadores de la semiología de “tercera generación” a nivel latinoamericano, Eliseo Verón, recuerdo estos hechos que aún me desvelan.

“Si hay algo parecido a la censura debe ser por autocensura y no de los periodistas, si no de los entrevistados”, retrucó un respetado panelista. Y otro matizó dándome centavos de crédito. No era ni es importante para mí llamar la atención en un lugar así, pero confieso que el tema me moviliza. El agua de todo ese molino terminó fluyendo hacia una conclusión digna de 6,7, 8: “Hay que militar la nueva ley de medios”. En esto coincidieron todos, rebeldes y prolijos.

No estoy en contra de la actitud de los organizadores de tan jugoso encuentro. Sí de puntuales voceros que con pasmosa solvencia ven oro en todo lo que nos rodea y ningún nubarrón sobre nuestra querida profesión periodística. Pues yo sí, dije en ese momento aunque nadie me preguntó. Y lo repito ahora: yo sí vi la censura. Tiene rostro y cuerpo humano, no fantasmal ni producto de sugeridas paranoias.

Volviendo a la segunda situación: creo que lo equivocado del asunto es la dicotomía, el dilema. Desde mi humilde saber, sostengo que la bifurcación es ignorante. Echa por tierra décadas de estudios académicos sobre medios. Está bien que los profesores la lancen a la palestra como se propone un titular de portada: llama la atención sobre un problema y permite desmenuzarlo. Pero de ahí a retroceder no aclarando que todo el quehacer periodístico puede y debe buscar la objetividad y en todo caso discutir sobre nuevas vías, creo que hay mucho trecho. Yo no renuncio a esa vocación de objetividad. Y me llama la atención que haya tantos colegas dispuestos y tan fervientemente gustosos por “militar” en cuestiones de discurso. Militar, un término sacado un campo netamente bélico, endurecido, ideologizado y parcial, más que de uno científico, dinámico, reflexivo y dialéctico.

En "La semiosis social. Fragmentos de una teoría de la discursividad" (1988), el recientemente fallecido Eliseo Verón situaba a cada discurso como una célula en un tejido discursivo. Cada discurso emitido tiene en sí gramáticas de producción y gramáticas de reconocimiento. Por esto, argumentó que el emisor de cada relato debe hacer constar sus fuentes, intereses, ideologías y objetivos para que podamos leer su texto con toda la información necesaria para interpretarlo como una construcción a la que se pueden anteponer otras. Así, si un diario es afín a un partido político o recibe jugosa pauta, lo mejor sería que lo explicitara para que el lector pueda entender por qué se escribe lo que se escribe allí. Y eso significa admitir que hay varias realidades, varias verdades y dejar elegir al lector en cual o cuales “confiar”. Ni más, ni menos.

Otros semiólogos y argentinos como Lucrecia Escudero demostraron a través de la traición que significó la derrota en Malvinas para la credibilidad general, que existe una relación "afectiva" más que racional de las personas con los medios de información que consumimos. Especialmente con los impresos (históricamente, los más reflexivos). Brindamos un contrato crediticio. Creemos antes de comprobar. Compramos antes de pagar. Claro que esto, escrito en los años 80, puede haber sido ampliamente superado por la interactividad que permiten las redes sociales y la inmediatez de la información digital. Sin embargo, dejar de lado descubrimientos realizados a lo largo de un pasado doloroso por académicos, filósofos y teóricos de la comunicación de masas, es tirar tiempo, dinero y reírnos de la sangre derramada.

Históricamente los escribas, intelectuales, pensadores, incluso los juglares y poetas han juzgado las cosas de su tiempo. Resaltando y exagerando gestas hasta elaborar verdaderas epopeyas; criticando y acentuando zonas grises hasta consignar ominosos dramas. En la modernidad, la ciencia y su método quisieron buscar ante todo "la objetividad". La escuela norteamericana, en sentido de corriente de pensamiento y de oficio, pretendió instaurar el "periodismo puro": la noticia desnuda de opinión y enfoque previo. Apelaba a mostrar y reflejar la realidad "tal cual era". El método: el informador con ropa seria, gesto adusto, despojando su lenguaje de adjetivación y su expresión de sentimiento o color. Sólo se guardaba esto para las notas llamadas precisamente "de color". Ni siquiera para el género editorial.

Pronto se demostró que esta objetividad era una ilusión de la modernidad, como cualquier otra pretensión de verdad absoluta. La omnipotente ciencia occidental enfrentó muy pronto la constancia de que todo depende del cristal con que se mire. O, en términos científicos, del paradigma del que se parta. Incluso sucede en las llamadas "ciencias duras".
Sin embargo, esto no impide que como seres humanos pensantes, pretendamos seguir un método que nos acerque un poco más a lo buscado. En el caso del médico, a curar la enfermedad con uno u otro librito. En el caso del ingeniero, a que no se caiga el edificio. En el caso del periodista, a no hacer operaciones a favor y en contra. A dar aire o tinta a las distintas versiones del conflicto. A no guardarse datos. A hacer lo que hace el periodista entre otras cosas: develar lo que quiere ser ocultado. Ocultado por quienes detentan los hilos de poderosas corporaciones.

Estoy en contra de la dicotomía objetividad vs. militancia, tal como a un médico no se le ocurriría pensar que tal laboratorio, radiólogo o anatomopatólogo es objetivo y el otro militante. Sencillamente un científico puede creer en un método por determinadas pruebas y por coincidir en los pasos y argumentos y en otros, no.

Eliseo Verón debe ser justificadamente uno de los teóricos y analistas de la comunicación más relevantes a nivel latinoamericano, habiendo fundado toda una línea de investigación ligada a la semiótica en Argentina (en conjunto con otro grupo de autores como: Oscar Steimberg y Oscar Traversa) y publicado más de una decena de libros entre los que podemos incluir: Conducta, estructura y comunicación (1968), La semiosis social. Fragmentos de una teoría de la discursividad (1988), Esto no es un libro (1999), Efectos de agenda (1999), El cuerpo de las imágenes (2001), Espacios mentales. Efectos de agenda 2 (2002). Preocupado por la historia y destino de los medios, una de sus últimas preocupaciones ha sido justamente la del “fin de los medios”, incluyendo entre ellos la televisión, otra de sus grandes preocupaciones.

El lenguaje inclusivo en el planeta de los simios

Nuestra especie jamás existió separada de su cultura. El lenguaje, código por excelencia, crea lo que conocemos. Por eso es herramienta de poder y objeto de deseo.

Por Silvia Marcet

Les periodistas se sientan alrededor de la mesa redonda. También algunos invitades. Vuelve el aire luego del corte. Los anfitriones comienzan a desgranar los temas que quieren analizar en vivo y en directo junto a su audiencia. Discuten sobre varios asuntos. El que primero atrapa mi atención es el que analiza el uso del lenguaje inclusivo por hombres y mujeres “académicos”. Plantean que es el comienzo de la anarquía. Dar la venia al “todes” como actualizacipón de un grupo de mujeres y hombres, o de niñas y niños, es un acto tan demoledor del orden establecido, lógico y funcional, como permitir en casa que tu hijo camine de cabeza o tome la comida con los pies.

Es el canal de televisión más tradicional, el primero que tuvo la provincia. Los comunicadores son avezados, respetados. Algunos, definitivamente queridos. Han estado en contacto con el latido de cada barrio y de cada localidad desde que eran muy jóvenes. Tienen derecho a opinar. Claro que sí.

No solo son sus palabras. Sus cuerpos comunican, tocan, llegan y alcanzan soluciones. Tienen derecho a expresar sus personalísimos pareceres sobre todos los temas, más allá de la línea editorial de la empresa de comunicación en que trabajan. También más allá de evidencias o argumentos. Vivimos en democracia. Luchamos cada día por abrir la brecha de la libertad de expresión y por garantizar el derecho constitucional y supraconstitucional a la información. Pero no solo eso. Ellas y ellos  tienen un nombre conocido, una marca registrada, y si hay algo que se han ganado, es el derecho a decir.

Y con cada noción que expresan, construyen.

  • Pero ¿qué construyen?
  • Sentido común.
  • ¿Son en verdad tan poderosos?
  • En realidad, no. Pero no están solos. Todo discurso social es una construcción colectiva.

El violento oficio de escribir

Quienes algunas vez trabajamos en este maravilloso y sacrificado oficio supimos desde el comienzo y desde las entrañas, que el que dice, hace. No necesitábamos el concepto de posverdad – oficializado por la Real Academia Española  en diciembre de 2017, pero en uso al menos desde 2004 - para asegurarlo como realidad tangible. Lo sentimos en la piel cuando ese entrevistado confía en nosotros como su tabla de salvación. Cuando iluminamos lo oculto, despertando de la siesta a los vecinos. Cuando traducimos el lenguaje técnico al coloquial.

¡Si hasta los años noventa éramos Prometeo bajando el fuego sagrado! Luego ingresamos al barro, como todo lo demás. Incluso el más salvaje de los feminismos hoy es abrazado por la voracidad del mercado desde las brillantes publicidades de Nike y Adidas. Como ya hizo antes con la bohemia, la crítica cultural, los movimientos juveniles, luchas raciales, el rock, el punk, el indie y hasta con la guerrilla latinoamericana. Si la maquinaria posmoderna trocó pacifismo, orientalismo y anticonsumismo en artículo hippie chic, ¿por qué habría de respetar al cuarto poder?

Aún así, guardamos en nuestro bolsillo una fuerza indomable. Lo sabemos cuando interpretamos datos. Cuando incomodamos o traemos buenas noticias. Porque hay que estar en los lugares. Hay que ver esos rostros, meterse en esas realidades y volcarlas en un registro masivo. Hacer periodismo es un ejercicio antropológico.

La posibilidad creativa del oficio de comunicar es lo que nos apasiona. Es una de las fuerzas que nos atrajo a la profesión: la cuarta pared teatral que brinda besos e insultos, flores y huevazos; premios y psoriasis; cenas elegantes y atracones de galletas, madrugadas de nicotina, días de trueno. El efecto mariposa que surte de satisfacciones y sufrimientos en ingentes y diarias dosis.

Por eso, no es para cualquiera. Gabo, en sus tiempos de cronista, se emborrachaba cada día. Rodolfo Walsh, por denunciar a la última dictadura militar, terminó fusilado. ¿Quién puede timonear su barco sin ser devorado por Escila o succionado por Caribdis? Solo alguien tan valiente y tan astuto como Ulises Odiseo. El estrecho canal de Mesina es la pura y dura realidad empresarial, económica, política, social. Y cultural, claro. Un palimpsesto donde también incide la academia oficial. Lo decible y no decible en cada momento y lugar.

Apolo hiere de lejos

Enamorada de historias rimbombantes desde muy chica, leí esta frase alguna vez. “Apolo no necesita la proximidad para herir, porque su flecha es como la palabra. Hiere de lejos”. Se refería a lo que el filósofo del lenguaje John Langshaw Austin definió como “performatividad”, una propiedad que establece una obligada conexión entre lenguaje y acción. Para Austin, la performatividad se da cuando en un acto del habla o de comunicación no solo se usa la palabra, sino que esta implica, forzosamente, una acción.

La filósofa y pensadora queer Judith Butler, apoyándose en Austin, formuló la teoría de la performatividad y con ella redefinió este concepto a principios de los años noventa, evidenciando la importancia que tiene la performatividad en relación al género y al cuerpo. Butler retomó también al filósofo francés Jacques Derrida, quien a finales de los años setenta ya señalaba cómo los actos del habla performativos no son ejercicios libres y originales, expresiones de la voluntad individual, sino que necesariamente dependen de acciones repetidas y reconocidas por la tradición o por convención social.

Volver a las fuentes

La famosa alegoría de la caverna ideada por el filósofo griego Platón a principios del VII A. C., explica su visión sobre la situación en que se encuentra el ser humano respecto al conocimiento. Los hombres encadenados en lo profundo de la cueva, no pueden conocer del mundo más que a través de sombras que se proyecta los objetos y sujetos del exterior a partir de la luz de una fogata en el interior. Pero cuando uno de los encadenados logra escapar y regresar para traer noticias de la enorme realidad que existe detrás de esas sombras, los compañeros, aún atrapados en la oscuridad, se ríen de él. No lo hacen por maldad o torpeza. Sencillamente, no cuentan con elementos que les permitan juzgar o clasificar lo que se les cuenta que es real.

¿Cómo poder entender que algo es azul si nunca aprendí qué cosa es el color azul? ¿Cómo poder distinguir tantos tonos de blanco si jamás viví entre esquimales? Sabemos, por nuestra cruenta historia, que los conquistadores tuvieron que enseñar con sangre y fuego a algunas culturas nativas de América, el valor europeo del oro y de la plata.

¿Qué es lo real?

"Solo podemos conocerlo bajo la forma de efectos (mundo físico), de funciones (mundo social) o de fantasmas (mundo cultural); en una palabra, lo real, en sí mismo, es nada más que una inferencia", postuló el filósofo francés Roland Barthes en 1961. La influencia de este autor ha sido fundamental no solo en los estudios semiológicos, sino también en los movimientos literarios, culturales y artísticos del siglo XX.

En 1997, el lingüista Émile Benveniste propuso que "la lengua se convierte en discurso cuando un sujeto se apropia de ella y la pone en funcionamiento para influir en el otro". Para poder ejercer esa influencia, el primer sujeto debe respetar una gramática  compartida con el otro a punto tal, que esta opere como código común. Solo a partir de una codificación compartida se hace posible transmitir sentidos. Hacer intersubjetiva la experiencia subjetiva. Este dispositivo es el lenguaje, la lengua común. Una herramienta. Un marco conceptual que  percibir, nombrar, evaluar, calificar, clasificar y cuantificar todo lo que existe. Un dispositivo que tiene su correlato en la comunicación cibernética. No hay registro o feedback sin códigos compartidos.

Es imposible construir sentido sin código como imposible es existir en el vacío. Por eso, tantos pensadores han dicho: lo que no se nombra, no existe.

Pero el lenguaje no es una tabla inalterable, una piedra Rosetta tallada de una vez y para siempre. Por el contrario, es un dispositivo dinámico, sujeto a permanentes cambios culturales. Por un lado, porque contiene dentro de sí una cantidad muy grande de combinaciones posibles y no posibles de sus propios elementos. Pero, por otro lado, porque es propiedad colectiva. Con o sin Real Academia Española, una lengua es influenciada por todos sus hablantes y en todo momento. El ejemplo más conocido es la constante incorporación de neologismos creados por cada generación de jóvenes. O la innegable incidencia del lenguaje científico y tecnológico.

Rebeldes con causa

¿Por qué llegamos a este punto? ¿Es necesario hilar tan fino para poder asegurar que las presentes incorporaciones del lenguaje tienen motores más importantes que una moda o el capricho de ciertos grupos?

Pocos querrán cuestionar al sistema Braile, el alfabeto Morse, los lectores electrónicos de textos impresos, aplicaciones que escriben textos orales, el lenguaje analógico, el digital, las señales de ultrasonido, el efecto doppler o los múltiples códigos de programación como instrumentos útiles para ampliar las capacidades del ser humano. ¡Esos sí que son lenguajes inclusivos! Por el contrario, incluir signos como la “x” en lugar de la “a” o la “o”; o la más reciente “e”, es snob, provocador, confuso para los más jóvenes y desestabilizador.

Para tranquilidad de muchos, nada más alejado del estallido de la autoridad. Porque la lengua, la matemática, la lógica, la historia, el derecho y tantas otras disciplinas, no reúnen más que instrumentos para entender el mundo y crear. 

“Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción”, decía el fundador de la pedagogía de la liberación a partir de la comunicación, el brasileño Paulo Freire. Y con otra frase, fue más allá: “La educación problematizadora se hace, así, un esfuerzo permanente a través del cual los hombres van percibiendo, críticamente, cómo están siendo en el mundo en el que y con el que están”.

No hay manera de ser en el mundo en el vacío. Siempre se es de un modo u otro. Lo mismo sucede con el sentido. Solo puede no comunicar aquello que no existe.

Ayer nomás

En 1973, el antropólogo estadounidense Clifford Geertz, profesor de la Universidad de Princeton, escribió el libro “La interpretación de las culturas”. En éste analiza cómo y en qué momento se separa el homo sapiens de “su fondo general de primate”:

“De conformidad con la opinión actual, la evolución del homo sapiens –el hombre moderno– comenzó con su inmediato predecesor pre sapiens en un proceso que se produjo hace aproximadamente cuatro millones de años con la aparición de los ahora famosos australopitecos (…)-  y que culminó con el surgimiento del sapiens mismo, hace solamente doscientos o trescientos mil años (…)  Las fases finales de la historia filogenética del hombre se verificaron en la misma gran era geológica –llamada el período glacial– en que se desarrollaron las fases iniciales de su historia cultural. Los hombres tienen días de nacimiento, el Hombre no lo tiene (…) Esto significa que la cultura más que agregarse, por así decirlo, a un animal terminado o virtualmente terminado, fue un elemento constitutivo y un elemento central en la producción de ese animal mismo.

Entre las estructuras culturales, el cuerpo y el cerebro, se creó un sistema de realimentación positiva en el cual cada parte modelaba el progreso de la otra; un sistema en el cual la interacción entre el creciente uso de herramientas, la cambiante anatomía de la mano y el crecimiento paralelo del pulgar y de la corteza cerebral es solo uno de los ejemplos más gráficos. Al someterse al gobierno de programas simbólicamente mediados para producir artefactos, organizar la vida social o expresar emociones, el hombre determinó sin darse cuenta de ello los estadios culminantes de su propio destino biológico. De manera literal, aunque absolutamente inadvertida, el hombre se creó a sí mismo (...)

Si bien se produjo una serie de importantes cambios en la anatomía global del género homo durante este período de su cristalización –forma craneana, dentición, tamaño del pulgar, etc.–, mucho más importantes y espectaculares fueron aquellos cambios que evidentemente se produjeron en el sistema nervioso central, pues en ese período el cerebro humano y muy especialmente el cerebro anterior alcanzaron sus grandes proporciones actuales. Lo que separa más distintamente a los verdaderos hombres de los protohombres es aparentemente, no la forma corporal general, sino la complejidad de la organización nerviosa (…)

Lisa y llanamente esa evolución sugiere que no existe una naturaleza humana independiente de la cultura (…) Como nuestro sistema nervioso central –y muy especialmente la corteza cerebral, su coronamiento de calamidad y gloria– se desarrolló en gran parte en interacción con la cultura, es incapaz de dirigir nuestra conducta u organizar nuestra experiencia sin la guía suministrada por sistemas de símbolos significativos (…)

En suma, somos animales incompletos o inconclusos que nos completamos o terminamos por obra de la cultura, y no por obra de la cultura en general sino por formas en alto grado particulares de ella: la forma dobuana y la forma javanesa, la forma hopi y la forma italiana, la forma de las clases superiores y la de las clases inferiores, la forma académica y la comercial. La gran capacidad de aprender que tiene el hombre, su plasticidad, se ha señalado con frecuencia; pero lo que es aún más importante es el hecho de que dependa de manera extrema de cierta clase de aprendizaje: la adquisición de conceptos, la aprehensión y aplicación de sistemas específicos de significación simbólica (…)

Los hombres construyen diques o refugios, almacenan alimento, organizan sus grupos sociales o encuentran esquemas sexuales guiados por instrucciones codificadas en fluidas cartas y mapas, en el saber de la caza, en sistemas morales y en juicios estéticos: estructuras conceptuales que modelan talentos informes”.

Monos con navaja

 “Vivimos, manifiesta Geertz, en una brecha de información. Entre lo que nuestro cuerpo nos dice y lo que tenemos que saber para funcionar hay un vacío que debemos llenar nosotros mismos, y lo llenamos con información (o desinformación) suministrada por nuestra cultura (…) La frontera entre lo que está innatamente controlado y lo que está culturalmente controlado en la conducta humana es una línea mal definida y fluctuante”.

Michel Foucault  durante su famosa  lección El orden del discurso, dictada en 1970, se pregunta: "¿Qué hay de peligroso en el hecho de que las gentes hablen y de que sus discursos proliferen indefinidamente? ¿En dónde está por tanto el peligro? Y propone: "en toda sociedad, la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad". Esos dispositivos son lo prohibido, la exclusión del “loco”,  el comentario, la legitimidad del autor y la distribución de lo decible en disciplinas.

Hace demasiado tiempo existen cuerpos que cuestionan el género que la cultura les asigna por nacer con órganos genitales de uno u otro sexo. Hace demasiado tiempo que existen conciencias “fuera de época” o “fuera de lugar”. Surge a la palestra la existencia de más de dos sexos. Nos reímos, y sin querer, actualizamos a Foucault con su noción de “locura”. Se visibilizan  maneras diversas de vivir la sexualidad y de asumir roles sociales asociados tradicionalmente a uno u otro género, a una y otra clase social. La biología descubre nuevas combinaciones de cromosomas. Las masas sacan de la clandestinidad realidades antes innombrables. Y por tanto, se pone voz a lo sordo y a lo mudo.

Por qué marchamos

Foucault mostró que el discurso no es solo un medio para conseguir al objeto de deseo sino también el objeto de deseo en sí mismo. Y en tanto herramienta, lo tasó con el precio de un arma: “el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse”.

Estamos muy lejos de nuestros hermanos astralopitecus. Mejor dicho, de nuestres hermanes australopiteques. Pero no olvidamos que comenzamos a separarnos de ellos cuando empezamos a simbolizar. Y que, a pesar de nuestra celebrada neocorteza cerebral, nos mueve el deseo.

Con pastillitas, entré en gladiador

Nos legó Albert Einstein entre muchas de sus genialidades: "Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”. ¡Oh, musas de la razón humana! Díganme: ¿Cuántas veces reverenciamos el lúcido destello del canoso brillante y cuantas más - ocupados en nuestro frenético accionar diario - lo dejamos pasar? Todo para volver al viejo juego del ensayo y error, como nuestros ancestros pre - sapiens: buscando inventar la rueda, el fuego, o siquiera oponer nuestros pulgares, una y otra vez, generación tras generación. Dejamos pasar esta verdad tantas veces revelada, como pisoteada por el tiempo y la estupidez.

Hablo de la violencia juvenil, que se absorbe desde la cuna, como el “muchas gracias”, el “por favor” y las simpáticas “malas palabras” que tan rápido aprenden los bebotes de dos años de los tíos y amigos de la familia. Hablo de todo lo que se mama desde el ambiente vital primario. Lo que natura sí da y Salamanca sí presta.

Azorados frente al caso de Carolina, la chica ferozmente atacada por un grupo de compañeros, discutimos en cada lugar pasillo, café y en sus hogares: qué hacer, cómo evitar esto, por qué la justicia no puede actuar, qué es lo que está fallando. Como decían en mi barrio: “Si seguimos así… donde vamos a ir a parar”.

Unos dicen que la culpa es de los medios, de los cobardes detrás de las redes sociales, que viralizan con desvergüenza lo que sucede en el mundo de los menores. Que prejuzgan con tiempos ajenos a los de la real justicia y cometen algo ilegal y por cierto antiético. Otros aseguran que estamos muy lejos del pensamiento holístico, que debemos predicar con el ejemplo, dar la otra mejilla y desear el bien a los chicos malandras que planificaron todo esto de antemano. Algunos que entienden de Derecho, se avienen a explicarnos con santa paciencia y pulcritud de laboratorio por qué los jueces están atados de manos y no cuentan con elementos legales para ofrecer un esclarecimiento tranquilizador. Y también están esos varios que reaccionan con toda su humanidad: van a los actos más viscerales- que le guste a quien le guste, son fuentes históricas del derecho natural: ofrecen rechazo y segregación social a los supuestos culpables y sus padres.

Respecto a la lógica de los medios de comunicación, masivos y voraces, concedo algo. Es cierto lo que escribió una intelectual hoy señalada como vocera de “la Corpo”, Beatriz Sarlo: “Comparada con la velocidad de la toma directa documental, la justicia es intolerablemente lenta. Los medios se colocan del lado de las víctimas en el sentido de que ellas, las víctimas, no están interesadas en la construcción de un caso judicial con todas las garantías procesales y probatorias para los presuntos delincuentes, si no que reclaman un castigo directo y sumario. Así lo expresan cuando afirman, frente a las cámaras, que los delincuentes son bestias fuera de todo derecho. Este discurso de las víctimas es comprensible porque sobre el dolor de la pérdida o la humillación de la violencia padecida, no se apoya una perspectiva de justicia para todos. Es precisamente desde afuera de ese dolor, y sólo desde afuera, que sería posible garantizar la imparcialidad del juicio (…) La peor justicia, la más lenta y torpe es preferible a un veredicto populista, donde la agitación demagógica del crimen implica una ausencia total de garantías”1. Y sí, acepto también que, en parte, hay certeza en lo que dice Jesús Martín Barbero: “Los medios viven de los miedos” 2.

Resultado: nadamos en el mar de la anarquía, sin un norte, sin un protocolo de reducción de daños, sin garante, hoja de ruta o noción interior que nos indique: esto sí, por aquí no. Peor que el pueblo israelita bailando alrededor de un ídolo prefabricado, en medio del desierto y en auténtico vacío existencial, antes de la bajada de Moisés.

Está bien. La imagen retrasa dos milenios. No aceptemos viejos dogmas tallados en piedra. Si no lo hacemos nosotros, qué esperar de los chicos. Pero la realidad sigue empujando a buscar hacer algo… o a dormirnos esperando que San Juan llegue a ser tal como la Catamarca de María Soledad, el Chaco de los aborígenes masacrados o el Santiago del Estero de los disidentes desaparecidos. Total, ya tenemos tantas manchas y desaparecidos propios, que una más no nos hundirá tanto trecho hacia abajo en el fango. La ley de la clase media, reza en cada pasillo: Hay que cuidarse, preservar el quiosco que supimos conseguir. No hacer lío, salvo que sea Messi. Todo lo contrario de lo que dijo nuestro laureado papa argentino.

En el fondo, desde mi perspectiva de ciudadana común, hemos y seguimos fallando en lo más obvio: en todo y desde el principio.

Un sistema planetario orientado a presionar adultos ricos y pobres a correr como disciplinados Forest Gump. Corremos por la mejora económica, social, profesional o al menos por el pasto y la herradura. Un estado muchas veces ineficaz. Una Policía y una Salud Pública que no alcanzan para dar abasto. Frente a lo que todos sabemos: que la ambulancia nunca llegó al lugar de los hechos, que hubo negligencia policial, etc, etc, es mucho más tranquilizador decirnos: los padres de la menor atacada no debieron bañarla sin antes llevarla al hospital Rawson o a una seccional de policía. Pero pregunto: ¿Acaso saben ustedes cuando hay que esperar en cualquier seccional para hacer una denuncia? ¿Cuánto tarda el 911 en enviar ayuda? Haga la prueba, señora, señor, señorita. Le costará mucho más denunciar un hecho grave como violencia de género e infantil, que pedir un certificado de domicilio en la primera o en la cuarta.

En tanto, cuando el agua llegó al río, ¿qué sucede en los hospitales públicos? ¿Hay Kits de violaciones o de atención a víctimas como en la serie “La ley y el Orden”? ¿Existe al menos un profesional de guardia especializado casos especiales? Volviendo a la realidad nacional: ¿Existe disponibilidad real y suficiente de médicos, enfermeras, camas, insumos básicos?

Y si la culpa es de las “operaciones mediáticas” preguntaré: ¿Cuántas veces se han bajado notas sobre noches en la guardia del Rawson, por dar un ejemplo, en las redacciones de los medios con robustas pautas oficiales? Los conflictos médicos, sanitarios y de obras sociales están a la orden del día. No es novedad.

¡Ah, no! Lo que pasa es que la culpa es de las escuelas. Las maestras ya no son las de antes, no se preparan, no sirve la escuela pública, explica el manual de la polémica en el bar. Pero recordemos coterráneos, recordemos lo básico antes de buscar que las maestras sean profesoras universitarias con doctorados en Psicología de la Educación: hoy existen cientos de profesionales de gabinetes interdisciplinarios escolares, maniatados y desaparecidos de sus puestos de trabajo por obra y gracia ¿de qué? de la Ley de Emergencia Económica que no se derogó desde la época de Menem, y que viene al pelo si de seguir vulnerando la educación pública se trata. Meta programa aquí, meta subsidio allá. Hacen falta como las aspirinetas. Claro que alivian. Son pastillitas. Pero las maestras dicen a los periodistas: “Acá, el porro se ve a diario, la violencia doméstica es moneda corriente, el hambre está en el centro, no solo en escuelas urbano- marginales o rurales. Necesitamos gabinetes psicopedagógicos, educación emocional todo el tiempo, no a modo de antibiótico durante cinco días, cuando la sangre ha llegado al río”.

Sí, sí, señora, señor. En este gobierno nac & pop, la ley de hierro que dice: profesionales en las escuelas NO, es un regalito que atesoramos desde los nunca bien justipreciados años '90. A quejarse a la Cámpora, perdón, al campito.

Por último, para completar el cuadro, hace tanta falta bucear un poco en el indescifrable mundo que les toca vivir a los jóvenes: rápido, digital, brutal. Un paraje donde todo valor es relativo y todo lo que es profundo huele a naftalina. La moda del vacío entretenido, del consumo exprés que expelen los medios y su cerebro descarnado: el mercado, parece abarcar todo: la música que exuda sexualidad agresiva, la ropa anoréxica, los recorridos febriles, el lenguaje fragmentario, las comunicaciones mediatizadas, la ensalada mixta de roles familiares, el entronizamiento del placer. No sé lo que quiero pero lo quiero ya, dijo con toda razón Luca Prodan.

Estamos de este lado del péndulo. Este lugar que, luego de épicas luchas que tuvieron que dar nuestros abuelos para romper con petrificados fascismos y repugnantes modelos de autoridad patriarcal, nos legó el conocimiento de los traumas de infancia que descubrieron Freud y tantos otros. Y su contraparte, la iluminación de la inteligencia emocional y social que otorga la libertad y el aliento positivo hacia las actitudes naturales de los niños y jóvenes. Mayo del ’68, el mayo francés, perdió su batalla política y económica contra el ancient régime. Pero ganó la pulseada cultural. Estamos en el extremo más libertario y livianito del recorrido del péndulo. Y como se sabe, todos los extremos son malos.

A propósito de este vaivén: el sociólogo polaco Zygmunt Bauman y el argentino Gustavo Dessal explican en su reciente libro: “El retorno del péndulo”: “Lo que atormenta a los jóvenes de nuestros días ya no es el exceso de restricciones y prohibiciones insidiosas, temibles y demasiado reales, sino la abrumadora y vasta expansión de las opciones aparentemente abiertas por el don de la libertad consumista. Hoy, las ansiedades de los jóvenes y sus consecuentes sentimientos de inquietud e impaciencia, así como la urgencia por minimizar los riesgos, emanan por un lado de la aparente abundancia de opciones, y por otro del temor a hacer una mala elección, o al menos a no hacer "la mejor disponible"; en otras palabras, del horror a pasar por alto una oportunidad maravillosa cuando aún hay tiempo (fugaz) para aprovecharla.
A diferencia de lo que ocurría con sus padres y abuelos, que se criaron en el estadio "sólido" de la modernidad, orientado a productores y soldados, ahora las opciones recomendadas no adjuntan códigos de conducta perdurables o acreditados (por no hablar de perdurables y acreditados) que guíen a los electores por un itinerario infalible una vez que hacen su elección o aceptan obedientemente la opción recomendada. Nunca cesa de atormentarlos la idea de que el paso dado pueda (por poco) ser un error y que quizá sea (por poco) demasiado tarde para disminuir las consecuentes pérdidas, y mucho más para revocar la opción desafortunada. De ahí el resentimiento que suscita todo "largo plazo", ya sea la planificación de la vida propia o los compromisos con otros seres vivos”. 3

Desde la cancha mundialista nos lo explica en pocas palabras Adidas: Allin or nothing. O su variable más conocida de Nike: Just do it.

Está claro que el sistema legal debe aggiornarse a las nuevas redes sociales y a la inmediatez de las interacciones. Que la escuela debe incorporar los nuevos descubrimientos de la lingüística, las neurociencias, la psicología holística, la educación emocional y hasta el pensamiento espiritual de antiguas religiones revisitadas. Pero lo que no es posible, si con una mano en el corazón queremos obtener resultados diferentes, es seguir ignorando lo que estamos ignorando: resortes ya inventados, que como la rueda, podemos pasar como antorcha de padres a hijos. Resortes del Estado con sus instituciones, como un gabinete con una psicopedagoga en cada escuela primaria y secundaria. Como el valor de la amistad, del respeto. Uf, otra vez el olor a rancia naftalina, dirán. Y sí, es que si no tenemos un piso donde pararnos, nada tenemos como sociedad. No suena progresista, ni cool ni mucho menos moderno. Pero sin esto, programas aislados, campañas de cinco meses, cartelería, botones de pánico en el celu, son pastillitas para cuando la enfermedad tocó la puerta. Pildoritas de todos colores para dormir, para trabajar, para curar o para entonar las previas.

1- Beatriz Sarlo, Tiempo presente. Notas sobre el cambio de una cultura. Segunda Edición. Buenos Aires. Siglo Veintiuno Editores, 2010, págs. 64-65.

2- Jesús Martín Barbero, Pretextos; Conversaciones sobre la comunicación y sus contextos. Cali, Editorial Universidad del Valle, 1996, p. 80.

3- Zygmunt Bauman y Gustavo Dessal, El retorno del péndulo. Sobre psicoanálisis y el futuro del mundo líquido. Fondo de Cultura Económica, 2014.