Nuestra especie jamás existió separada de su cultura. El lenguaje, código por excelencia, crea lo que conocemos. Por eso es herramienta de poder y objeto de deseo.
Por Silvia Marcet
Les periodistas se sientan alrededor de la mesa redonda. También algunos invitades. Vuelve el aire luego del corte. Los anfitriones comienzan a desgranar los temas que quieren analizar en vivo y en directo junto a su audiencia. Discuten sobre varios asuntos. El que primero atrapa mi atención es el que analiza el uso del lenguaje inclusivo por hombres y mujeres “académicos”. Plantean que es el comienzo de la anarquía. Dar la venia al “todes” como actualizacipón de un grupo de mujeres y hombres, o de niñas y niños, es un acto tan demoledor del orden establecido, lógico y funcional, como permitir en casa que tu hijo camine de cabeza o tome la comida con los pies.
Es el canal de televisión más tradicional, el primero que tuvo la provincia. Los comunicadores son avezados, respetados. Algunos, definitivamente queridos. Han estado en contacto con el latido de cada barrio y de cada localidad desde que eran muy jóvenes. Tienen derecho a opinar. Claro que sí.
No solo son sus palabras. Sus cuerpos comunican, tocan, llegan y alcanzan soluciones. Tienen derecho a expresar sus personalísimos pareceres sobre todos los temas, más allá de la línea editorial de la empresa de comunicación en que trabajan. También más allá de evidencias o argumentos. Vivimos en democracia. Luchamos cada día por abrir la brecha de la libertad de expresión y por garantizar el derecho constitucional y supraconstitucional a la información. Pero no solo eso. Ellas y ellos tienen un nombre conocido, una marca registrada, y si hay algo que se han ganado, es el derecho a decir.
Y con cada noción que expresan, construyen.
- Pero ¿qué construyen?
- Sentido común.
- ¿Son en verdad tan poderosos?
- En realidad, no. Pero no están solos. Todo discurso social es una construcción colectiva.
El violento oficio de escribir
Quienes algunas vez trabajamos en este maravilloso y sacrificado oficio supimos desde el comienzo y desde las entrañas, que el que dice, hace. No necesitábamos el concepto de posverdad – oficializado por la Real Academia Española en diciembre de 2017, pero en uso al menos desde 2004 - para asegurarlo como realidad tangible. Lo sentimos en la piel cuando ese entrevistado confía en nosotros como su tabla de salvación. Cuando iluminamos lo oculto, despertando de la siesta a los vecinos. Cuando traducimos el lenguaje técnico al coloquial.
¡Si hasta los años noventa éramos Prometeo bajando el fuego sagrado! Luego ingresamos al barro, como todo lo demás. Incluso el más salvaje de los feminismos hoy es abrazado por la voracidad del mercado desde las brillantes publicidades de Nike y Adidas. Como ya hizo antes con la bohemia, la crítica cultural, los movimientos juveniles, luchas raciales, el rock, el punk, el indie y hasta con la guerrilla latinoamericana. Si la maquinaria posmoderna trocó pacifismo, orientalismo y anticonsumismo en artículo hippie chic, ¿por qué habría de respetar al cuarto poder?
Aún así, guardamos en nuestro bolsillo una fuerza indomable. Lo sabemos cuando interpretamos datos. Cuando incomodamos o traemos buenas noticias. Porque hay que estar en los lugares. Hay que ver esos rostros, meterse en esas realidades y volcarlas en un registro masivo. Hacer periodismo es un ejercicio antropológico.
La posibilidad creativa del oficio de comunicar es lo que nos apasiona. Es una de las fuerzas que nos atrajo a la profesión: la cuarta pared teatral que brinda besos e insultos, flores y huevazos; premios y psoriasis; cenas elegantes y atracones de galletas, madrugadas de nicotina, días de trueno. El efecto mariposa que surte de satisfacciones y sufrimientos en ingentes y diarias dosis.
Por eso, no es para cualquiera. Gabo, en sus tiempos de cronista, se emborrachaba cada día. Rodolfo Walsh, por denunciar a la última dictadura militar, terminó fusilado. ¿Quién puede timonear su barco sin ser devorado por Escila o succionado por Caribdis? Solo alguien tan valiente y tan astuto como Ulises Odiseo. El estrecho canal de Mesina es la pura y dura realidad empresarial, económica, política, social. Y cultural, claro. Un palimpsesto donde también incide la academia oficial. Lo decible y no decible en cada momento y lugar.
Apolo hiere de lejos
Enamorada de historias rimbombantes desde muy chica, leí esta frase alguna vez. “Apolo no necesita la proximidad para herir, porque su flecha es como la palabra. Hiere de lejos”. Se refería a lo que el filósofo del lenguaje John Langshaw Austin definió como “performatividad”, una propiedad que establece una obligada conexión entre lenguaje y acción. Para Austin, la performatividad se da cuando en un acto del habla o de comunicación no solo se usa la palabra, sino que esta implica, forzosamente, una acción.
La filósofa y pensadora queer Judith Butler, apoyándose en Austin, formuló la teoría de la performatividad y con ella redefinió este concepto a principios de los años noventa, evidenciando la importancia que tiene la performatividad en relación al género y al cuerpo. Butler retomó también al filósofo francés Jacques Derrida, quien a finales de los años setenta ya señalaba cómo los actos del habla performativos no son ejercicios libres y originales, expresiones de la voluntad individual, sino que necesariamente dependen de acciones repetidas y reconocidas por la tradición o por convención social.
Volver a las fuentes
La famosa alegoría de la caverna ideada por el filósofo griego Platón a principios del VII A. C., explica su visión sobre la situación en que se encuentra el ser humano respecto al conocimiento. Los hombres encadenados en lo profundo de la cueva, no pueden conocer del mundo más que a través de sombras que se proyecta los objetos y sujetos del exterior a partir de la luz de una fogata en el interior. Pero cuando uno de los encadenados logra escapar y regresar para traer noticias de la enorme realidad que existe detrás de esas sombras, los compañeros, aún atrapados en la oscuridad, se ríen de él. No lo hacen por maldad o torpeza. Sencillamente, no cuentan con elementos que les permitan juzgar o clasificar lo que se les cuenta que es real.
¿Cómo poder entender que algo es azul si nunca aprendí qué cosa es el color azul? ¿Cómo poder distinguir tantos tonos de blanco si jamás viví entre esquimales? Sabemos, por nuestra cruenta historia, que los conquistadores tuvieron que enseñar con sangre y fuego a algunas culturas nativas de América, el valor europeo del oro y de la plata.
¿Qué es lo real?
"Solo podemos conocerlo bajo la forma de efectos (mundo físico), de funciones (mundo social) o de fantasmas (mundo cultural); en una palabra, lo real, en sí mismo, es nada más que una inferencia", postuló el filósofo francés Roland Barthes en 1961. La influencia de este autor ha sido fundamental no solo en los estudios semiológicos, sino también en los movimientos literarios, culturales y artísticos del siglo XX.
En 1997, el lingüista Émile Benveniste propuso que "la lengua se convierte en discurso cuando un sujeto se apropia de ella y la pone en funcionamiento para influir en el otro". Para poder ejercer esa influencia, el primer sujeto debe respetar una gramática compartida con el otro a punto tal, que esta opere como código común. Solo a partir de una codificación compartida se hace posible transmitir sentidos. Hacer intersubjetiva la experiencia subjetiva. Este dispositivo es el lenguaje, la lengua común. Una herramienta. Un marco conceptual que percibir, nombrar, evaluar, calificar, clasificar y cuantificar todo lo que existe. Un dispositivo que tiene su correlato en la comunicación cibernética. No hay registro o feedback sin códigos compartidos.
Es imposible construir sentido sin código como imposible es existir en el vacío. Por eso, tantos pensadores han dicho: lo que no se nombra, no existe.
Pero el lenguaje no es una tabla inalterable, una piedra Rosetta tallada de una vez y para siempre. Por el contrario, es un dispositivo dinámico, sujeto a permanentes cambios culturales. Por un lado, porque contiene dentro de sí una cantidad muy grande de combinaciones posibles y no posibles de sus propios elementos. Pero, por otro lado, porque es propiedad colectiva. Con o sin Real Academia Española, una lengua es influenciada por todos sus hablantes y en todo momento. El ejemplo más conocido es la constante incorporación de neologismos creados por cada generación de jóvenes. O la innegable incidencia del lenguaje científico y tecnológico.
Rebeldes con causa
¿Por qué llegamos a este punto? ¿Es necesario hilar tan fino para poder asegurar que las presentes incorporaciones del lenguaje tienen motores más importantes que una moda o el capricho de ciertos grupos?
Pocos querrán cuestionar al sistema Braile, el alfabeto Morse, los lectores electrónicos de textos impresos, aplicaciones que escriben textos orales, el lenguaje analógico, el digital, las señales de ultrasonido, el efecto doppler o los múltiples códigos de programación como instrumentos útiles para ampliar las capacidades del ser humano. ¡Esos sí que son lenguajes inclusivos! Por el contrario, incluir signos como la “x” en lugar de la “a” o la “o”; o la más reciente “e”, es snob, provocador, confuso para los más jóvenes y desestabilizador.
Para tranquilidad de muchos, nada más alejado del estallido de la autoridad. Porque la lengua, la matemática, la lógica, la historia, el derecho y tantas otras disciplinas, no reúnen más que instrumentos para entender el mundo y crear.
“Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción”, decía el fundador de la pedagogía de la liberación a partir de la comunicación, el brasileño Paulo Freire. Y con otra frase, fue más allá: “La educación problematizadora se hace, así, un esfuerzo permanente a través del cual los hombres van percibiendo, críticamente, cómo están siendo en el mundo en el que y con el que están”.
No hay manera de ser en el mundo en el vacío. Siempre se es de un modo u otro. Lo mismo sucede con el sentido. Solo puede no comunicar aquello que no existe.
Ayer nomás
En 1973, el antropólogo estadounidense Clifford Geertz, profesor de la Universidad de Princeton, escribió el libro “La interpretación de las culturas”. En éste analiza cómo y en qué momento se separa el homo sapiens de “su fondo general de primate”:
“De conformidad con la opinión actual, la evolución del homo sapiens –el hombre moderno– comenzó con su inmediato predecesor pre sapiens en un proceso que se produjo hace aproximadamente cuatro millones de años con la aparición de los ahora famosos australopitecos (…)- y que culminó con el surgimiento del sapiens mismo, hace solamente doscientos o trescientos mil años (…) Las fases finales de la historia filogenética del hombre se verificaron en la misma gran era geológica –llamada el período glacial– en que se desarrollaron las fases iniciales de su historia cultural. Los hombres tienen días de nacimiento, el Hombre no lo tiene (…) Esto significa que la cultura más que agregarse, por así decirlo, a un animal terminado o virtualmente terminado, fue un elemento constitutivo y un elemento central en la producción de ese animal mismo.
Entre las estructuras culturales, el cuerpo y el cerebro, se creó un sistema de realimentación positiva en el cual cada parte modelaba el progreso de la otra; un sistema en el cual la interacción entre el creciente uso de herramientas, la cambiante anatomía de la mano y el crecimiento paralelo del pulgar y de la corteza cerebral es solo uno de los ejemplos más gráficos. Al someterse al gobierno de programas simbólicamente mediados para producir artefactos, organizar la vida social o expresar emociones, el hombre determinó sin darse cuenta de ello los estadios culminantes de su propio destino biológico. De manera literal, aunque absolutamente inadvertida, el hombre se creó a sí mismo (...)
Si bien se produjo una serie de importantes cambios en la anatomía global del género homo durante este período de su cristalización –forma craneana, dentición, tamaño del pulgar, etc.–, mucho más importantes y espectaculares fueron aquellos cambios que evidentemente se produjeron en el sistema nervioso central, pues en ese período el cerebro humano y muy especialmente el cerebro anterior alcanzaron sus grandes proporciones actuales. Lo que separa más distintamente a los verdaderos hombres de los protohombres es aparentemente, no la forma corporal general, sino la complejidad de la organización nerviosa (…)
Lisa y llanamente esa evolución sugiere que no existe una naturaleza humana independiente de la cultura (…) Como nuestro sistema nervioso central –y muy especialmente la corteza cerebral, su coronamiento de calamidad y gloria– se desarrolló en gran parte en interacción con la cultura, es incapaz de dirigir nuestra conducta u organizar nuestra experiencia sin la guía suministrada por sistemas de símbolos significativos (…)
En suma, somos animales incompletos o inconclusos que nos completamos o terminamos por obra de la cultura, y no por obra de la cultura en general sino por formas en alto grado particulares de ella: la forma dobuana y la forma javanesa, la forma hopi y la forma italiana, la forma de las clases superiores y la de las clases inferiores, la forma académica y la comercial. La gran capacidad de aprender que tiene el hombre, su plasticidad, se ha señalado con frecuencia; pero lo que es aún más importante es el hecho de que dependa de manera extrema de cierta clase de aprendizaje: la adquisición de conceptos, la aprehensión y aplicación de sistemas específicos de significación simbólica (…)
Los hombres construyen diques o refugios, almacenan alimento, organizan sus grupos sociales o encuentran esquemas sexuales guiados por instrucciones codificadas en fluidas cartas y mapas, en el saber de la caza, en sistemas morales y en juicios estéticos: estructuras conceptuales que modelan talentos informes”.
Monos con navaja
“Vivimos, manifiesta Geertz, en una brecha de información. Entre lo que nuestro cuerpo nos dice y lo que tenemos que saber para funcionar hay un vacío que debemos llenar nosotros mismos, y lo llenamos con información (o desinformación) suministrada por nuestra cultura (…) La frontera entre lo que está innatamente controlado y lo que está culturalmente controlado en la conducta humana es una línea mal definida y fluctuante”.
Michel Foucault durante su famosa lección El orden del discurso, dictada en 1970, se pregunta: "¿Qué hay de peligroso en el hecho de que las gentes hablen y de que sus discursos proliferen indefinidamente? ¿En dónde está por tanto el peligro? Y propone: "en toda sociedad, la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad". Esos dispositivos son lo prohibido, la exclusión del “loco”, el comentario, la legitimidad del autor y la distribución de lo decible en disciplinas.
Hace demasiado tiempo existen cuerpos que cuestionan el género que la cultura les asigna por nacer con órganos genitales de uno u otro sexo. Hace demasiado tiempo que existen conciencias “fuera de época” o “fuera de lugar”. Surge a la palestra la existencia de más de dos sexos. Nos reímos, y sin querer, actualizamos a Foucault con su noción de “locura”. Se visibilizan maneras diversas de vivir la sexualidad y de asumir roles sociales asociados tradicionalmente a uno u otro género, a una y otra clase social. La biología descubre nuevas combinaciones de cromosomas. Las masas sacan de la clandestinidad realidades antes innombrables. Y por tanto, se pone voz a lo sordo y a lo mudo.
Por qué marchamos
Foucault mostró que el discurso no es solo un medio para conseguir al objeto de deseo sino también el objeto de deseo en sí mismo. Y en tanto herramienta, lo tasó con el precio de un arma: “el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse”.
Estamos muy lejos de nuestros hermanos astralopitecus. Mejor dicho, de nuestres hermanes australopiteques. Pero no olvidamos que comenzamos a separarnos de ellos cuando empezamos a simbolizar. Y que, a pesar de nuestra celebrada neocorteza cerebral, nos mueve el deseo.
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