Yo escribí contra Gioja cuando el periodismo local fue cómplice de todo

Escribí contra Gioja cuando supe que vendería a la Patria. Lo hice cuando era el patrón de San Juan y estaba armado con todo el poder del feudo que gobernó.

Enfrenté y denuncié desde el periodismo y las letras a ese hombre alto, adusto e intolerante, que manejó durante una década el Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, más los medios de comunicación, los gremios, las empresas y las hinchadas de fútbol.

Lo hice sin temor, aún a riesgo de ser segregado, atacado o lo que fuera que pudiese hacer en mi contra un cobarde con poder. Sé lo que es enfrentar a Gioja mientras el periodismo vernáculo agachaba su cabeza y sepultaba el oficio hasta nuevo aviso. Hubo excepciones, fueron pocas. Muy pocas.

Convertidos en lisonjeros pagos, los periodistas locales fueron la peor calaña, el mal ejemplo, la ralea putrefacta y la prueba del miedo.

Hoy veo a los periodistas de la aldea golpear a ese pobre veterano acabado y frágil, que desvaría en política y reboza en plata pública confundida en cuentas privadas. Veo con lástima a ese pueblo ovejuno y sumiso atreverse a opinar luego de haberlo votado una y otra y otra vez, haciéndolo poderoso y abusivo, y a veces cruel.

Escribí contra Gioja sin saber cuál sería mi destino. Lo hice sin contar con la previsibilidad de un puesto en la administración pública y sin la tranquilidad de la pauta oficial. Escribí y dije al mandamás que era un vendepatria cuando el hombre atravesaba su mejor momento. Fui censurado en los medios, arrojado al ostracismo e ignorado por los colegas que se volvieron partisanos de la canallada y cómplices del robo al Estado. Parásitos bien pagos que arrojaron su honra a los perros inescrupulosos de vaya a saber qué ministerio.

Él era el hombre más poderoso de la comarca y yo uno de los más insignificantes. Pero alguien, acaso otro loco como yo, me enseño que con la pluma se puede ir al frente de batalla. Incluso a veces hasta se tiene chances de ganar. Gracias, Sarmiento, fuiste el loco más audaz e irremediable de este país emancipado que alguna vez quiso ser una república.

Escribí contra Gioja y lo volvería a hacer. Soy ese hombre rudimentario e iluso que enfrentó desde el periodismo escrito al hombre más poderoso del pueblo, aunque otros me creyeran loco y suicida. Lo hice mientras los colegas me miraban confundidos y sucios, esbozando con impudicia una sonrisa desagradable y grotesca, que dejaba al desnudo la cobardía mediocre que los impregnó para siempre.

Una legión de inmorales e hipócritas me vio caer y levantarme, y volver a caer. Pero fui testarudo y avancé sin reparo, sin dejarme llevar por el fervor apabullante de un hombre poderoso y ladrón a quien siempre creí cobarde y mentiroso. Un vendepatria siempre es, en el fondo de sus entrañas, un mentiroso avaro. A ése sujeto combatí sin temor.

Fui librepensador y entusiasta, aún en los peores momentos, y esa actitud me modificó para siempre. Fui, en adelante, más insensible y duro, menos humano. Agradezco la lección que la vida me ha dado. Aprendí mucho durante esa década de cacos en el Gobierno que dejó al país esquilmado y a la provincia saqueada. Supe de mis límites y cavilaciones y fui aquel inconsciente temerario que trocó miedo por escritura.

Escribí, escribo y escribiré para no tener miedo.

Fui, poco a poco, convirtiéndome en anarquista involuntario, librepensador desenfrenado, crítico infatigable y adversario inesperado. Quisieron desaparecer mis ideas y mi desgarbada letra escrita a fuerza de ilusiones, aún hoy algunos mediocres intentan fatigar mis esfuerzos. Pero no pueden. Fueron y son impotentes e ineficaces.

Esta nota ya no es una nota, es acaso una confesión tardía o una memoria anticipada. Quién sabe.

Quienes quisieron silenciarme terminaron por darme la lección más grande de mi vida: me mostraron cómo son ellos. Así supe que nunca quisiera ser como ellos. Me enseñaron a saber quién no quiero ser. Entonces por fin fui el que escribe inquebrantable hasta convertirse en lo mismo que está escribiendo.

Creyeron en el silencio los que permanecieron mudos. Alguien les hizo pensar que callando se está bien. La quietud de la palabra no lastima, dijeron mientras curaban en secreto sus abominables llagas invisibles.

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