En el juego casi infinito de símbolos y algoritmos que es el lenguaje, la Y, enuncia una idea imprescindible para la vida en sociedad: la unidad.
Participé, hace poco, en el Encuentro Nacional de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino. Algunos eminentes en su expertise y varios aprendices, escuchamos con deleite la lectura guiada de un joven de los nuestros, que se está doctorando en filosofía en la prestigiosa Abat Oliva de Barcelona.
A partir de la sólida exposición pude dimensionar la importancia social de la integración. Ese sentido de unidad en el conjunto, impulsa a reconocer una historia común, a formar parte de una misma cultura y a buscar un destino que es inevitablemente compartido. Todo esto hace de sustento para forjar identidad, tanto individual como colectiva.
Y así es que la letra Y irrumpe en este pequeño ensayo, querido lector.
Es que en el juego casi infinito de símbolos y algoritmos que es el lenguaje, la Y, enuncia una idea imprescindible para la vida en sociedad: la unidad.
Profesores y Alumnos. Titulares y Suplentes. Empresarios y Trabajadores. Ricos y pobres. Negros y blancos. Celestes y verdes. Esclavos y hombres libres. Izquierdas y derechas. Gauchos y aborígenes. Todos somos un todo.
Y ese conjunto no viene dado por naturaleza. "La Patria es un don, la Nación una tarea", señalaban los obispos argentinos, remarcando la responsabilidad que nos cabe a cada uno en esto de edificar comunidad a partir de la Terra Patrum. Hay responsabilidad indelegable en el uso de la palabra que hace cada uno.
En estos tiempos de polarización infinita, de individualismo exacerbado, de anarquismos en las relaciones, somos pobres en unidad. Mendigamos gestos de unidad. Hay abandono de expresiones amigables en los ambientes que frecuentamos. Abundan los matones de palabras que humillan. Faltan "Íes". No es "unos contra otros", no es un "versus", no es "O", no es "contra", no es "frente".
Cabe reflexionar, querido lector, si a partir de las palabras usadas no modificamos la realidad de las cosas. Y detenernos, aunque sea un instante, a dimensionar las implicancias del uso de palabras violentas y tratar de proyectar cuál sería el destino en la realidad de esas expresiones cargadas de agresividad.
Y... para pensarlo, ¿no le parece?
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