Estabas igual que siempre, ahí sentado, en la puerta de tu casa. Más solo que nunca.
En las calles vacías, no sólo faltaban personas, faltan ideas, ¿te diste cuenta? Te lo pregunté y me dijiste que sí, que habías notado una pobreza de ideas apabullante.
Nos miramos en silencio. Me atreví y te abracé tímidamente, casi como pidiéndote permiso. No dijiste nada. Eramos dos locos perdidos en un mundo aturdido y desencantado, decadente.
¿Te conté que estoy trabajando en una nueva corriente filosófica? No respondiste nada.
Sí, te dije entusiasmado, estoy trabajando en algo que he denominado Neodecadentismo Irreversible. ¿Cómo te suena?, te pregunté.
Te reíste, viejo loco. Viejo loco y masón. Apasionado, inquebrantable, genial.
¿Te acordás cuando te me aparecías por las noches y me asustabas? Apuesto a que sí. Siempre fuiste así de loco, no cambiás más.
Te comenté sobre la pandemia que nos aqueja, te hablé del coronavirus e intenté hacerte un análisis geopolítico de lo que sucede en este mundo enfermo y lastimado, casi en terapia.
Me miraste serio, acomodaste tu chaleco, y me dijiste algo que me gustaría contarle a todas las personas que me conocen. ¿Puedo?
Me dijiste que la peor pandemia es la ignorancia, que el Covid-19 pasará pero que las batallas culturales perdidas se convierten en epidemias que duran siglos.
Volvimos a abrazarnos y nos despedimos. Me alejé caminando lento por estas calles vacías y tristes, casi muertas.
La ciudad, agónica, esperaba por mis pasos perdidos. Sentí, como nunca, la incertidumbre penosa y cruel, casi terminal, de estos días que recordaré para siempre como la antesala del fin.
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