Cada vez que iba a empezar un partido de la selección argentina, su viejo metía unos troncos en el hogar que había en el living.
Apuntaban el televisor, se sentaban en un sillón largo y esperaban a que empiece. Afuera, las bestias comían personas y destrozaban cuerpos. Y aunque nadie decía nada, todos sabían que algo estaba pasando. En secreto, la vida intentaba sobreponerse a la muerte. Él tenía 9 años y con esa edad aprendió algo: todo lo que se oculta, más tarde o más temprano, sale a la luz.
Emociones encontradas, eso dicen todos que sentían. Él no. Era muy niño para dimensionar de qué manera se expresaba el mal. Después aprendió que la vida es enrevesada. Te enseña todo de golpe, se encontró diciendo un día. Y también entendió que el mal está en cada cosa que nos toca.

En la calle, en ciertas personas, en algunas comidas, en los malos gobiernos. Un día, conversando, le dijo a un amigo: El mal es la sustancia que más densidad tiene.
En cada casa, en cada oficina, en cada barcito, latía secretamente una esperanza. Pero también, y esto sí que fue triste, en cada rincón había una historia amarga que sucedía sin remedio.
Su viejo era médico. Trabajaba en la morgue del hospital público. Una vez contó que veía pasar camillas con muertos que venían de no se sabe dónde y que luego salían del hospital blanqueados con el certificado de defunción.
Una siesta, su padre sufrió el primer infarto. Argentina había pasado a los cuartos de final. Antes había denunciado el episodio de los muertos. "Vamos, vamos, Argentina...", decía un cantito que la tele repetía hasta el hartazgo. Parece que vienen de las camas de tortura, acusó su viejo ante no se sabe quién. Probablemente, fue ante las autoridades.
Una noche lo detuvieron durante dos días. Después lo soltaron.
Cuando llegó la democracia ya no tenía 9 años. Tenía más. Y la Historia le había dado una lección: desconfiar de todo. Quedarse o irse. Jugar o no. Luchar o salvarse. Siempre estamos en medio de dos opciones extremas, pensó. Y se preguntó por qué nunca nos abrazamos. Nunca nos ponemos de acuerdo. Cada tanto, cuando un gol argentino estalla en la televisión, nos olvidamos un rato de eso que arrastramos desde la Conquista de América a esta parte. Luego, todo sigue.
La tarde del infarto, a su viejo lo internaron. A los pocos días se recuperó. Salió. Corazón fuerte en una patria injusta y débil, pensó él, que apenas tenía 9 años y nunca se quitaba la remera de la selección argentina.
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