Es un tema de culpa que gran parte del periodismo vernáculo no ha resuelto y lo deposita sobre mis espaldas.
Consideran que debo ser yo el que enfrente al poder, a gobernadores, a intendentes, a diputados y senadores.
Entienden que debo ser el portador de una navaja cuyo destino será degollar a la corrupción imperante.
Mientras tanto, ellos se frotan las manos, hablan en los pasillos, afilan sus colmillos, hacen negocios, se vuelven multimillonarios y se compran pantalones chupines para pasear en su ostentosas naves de cuatro ruedas.
"Haciendo crítica social me perfumé de valiente, creyeron que era disidente, y no era más que natural", escribe Silvio en una bella canción que podría sintetizar esta rudimentaria nota que ahora escribo.
El poder de la minería trasnacional ha logrado instalarse en la provincia como una suerte de cartel narcoinvencible. Si bien no trafican droga, manejan algo parecido a la merca: dólares.
Los argentinos mueren por conseguir dólares. Es por eso que el poder de las compañías mineras extranjeras es tan avasallante, demoledor. Porque en el estado de descomposición que hoy atraviesa la Casta Política, la Casta Judicial, la Casta Gremial, la Casta Empresarial y la Casta del Periodismo, es fácil comprar voluntades y llevarse todo.
El "vamos por todo" de Cristina bien puede trasladarse hoy a la minería metalífera a gran escala. Vinieron por todo y desde hace décadas se están llevando ese "todo" del que todavía queda bastante.
En la cordillera de Los Andes está la solución a la falta de dólares en el Banco Central de la República Argentina.
Solo resta saber si alguien se anima a pisar las riquezas criollas y hacerlas valer lo que realmente valen.
Mientras tengamos funcionarios públicos y no patriotas, estamos fregados, jodidos hasta el tuétano. El periodismo de San Juan quiere que me inmole. Los colegas, casi todos, quieren que degüelle a los poderosos mientras ellos le sacan chispas al monotributo o al responsable inscripto.
Todo es negociable en esa multipartidaria legión de comunicadores dispuestos a ceder para sobrevivir. Y en parte es entendible. Renunciaron a la verdad y a la decencia. La dignidad está tirada en el piso y es difícil que podamos hacer algo por levantarla.
Vivimos épocas de Neodecadentismo irreversible, esa suerte de pensamiento brutal y miserable que se está llevando puesta a una civilización completa.
Mientras tanto, el día a día nos acelera y nos agita, nos provoca mareos y la pulseada sigue siendo un ejercicio cotidiano y perverso. El poder que otorgamos a nuestros políticos a través del voto es nuestro poder. El Estado es nuestro, porque somos todos quienes sostenemos al Estado.
Asumamos de una vez nuestra responsabilidad cívica y dejemos el miedo para una ocasión menos complicada que esta.
Dejemos de recitar el versito de la libertad. Paremos con esa declamación espantosa y mecánica que muchos vinieron a conocer en la película de San Martín.
Seamos libres en serio, sin falsas posturas y sin especulaciones financieras. Seamos libres, porque de lo contrario estamos renunciando a la democracia y estamos aceptando un sometimiento que no merecemos y del cual ya nos liberamos hace siglos.
Si vamos a vivir en un país libre, seamos libres de verdad y para siempre. No tengan miedo, sepan que en el camino siempre habrá una mano amiga y una mirada cómplice.
Ojalá que sí.
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