Como en una partida de ajedrez, la Reina se fue comiendo las piezas y ahora buscará darle jaque mate al Rey

Como si la vida toda de un país fuese un juego que se disputa en un reducido y secreto tablero de ajedrez, la Reina Cristina hizo la jugada previa al jaque mate.

El Rey Alberto, ya casi sin peones para sacrificar, cuenta todavía con un par de alfiles y un caballo dispuesto a sacarlo del foco de conflicto en caso de que la partida se ponga peliaguda.

El Ministro de Economía, Martín Guzmán, se va de su cargo sin pena ni gloria. Decir que fracasó es usar un eufemismo imperdonable. No sólo fracasó, sino que se encargó, junto con Fernández y Cristina, de hundir al país en la más menesterosa pobreza, provocando recesión, desempleo, hambre, desabastecimiento e inflación.

Por mucho menos, a un gobierno no peronista le hubiesen puesto el helicóptero en la puerta, o para decirlo con rigor histórico: en la terraza de la Casa Rosada.

En el accionar delincuencial de la Reina Cristina se refleja lo peor de la herencia peronista. La cría ladrona y destructiva que dejó el Pocho Perón ha mostrado crecimiento vigoroso y capacidad de daño.

Con el peronismo Argentina no puede ni podrá salir adelante, y sin el peronismo tampoco. La trampa es perfecta, y los entrampados somos los ciudadanos y ciudadanas de un país frío y siempre gris.

Tres definiciones imprescindibles para entender la política criolla

Para ser claros: Kirchnerismo es peronismo sofisticado. Macrismo es kirchnerismo moderado y tibio. Radicalismo es diletancia dialéctica y pragmatismo oportunista e inocuo. Liberalismo es como un estado de levitación que en Argentina se vuelve impracticable porque, de prosperar, sería sofocado por el populismo de derecha que a su vez equivale a kirchnerismo ladrón.

Conclusión: estamos fregados, complicados, sumergidos en un océano de confusión. La batalla cultural, que comenzó a gestarse durante el Gobierno del Furia Néstor Kirchner, está todavía dando sus réditos y por eso Cristina tiene tanto poder.

Los cambios culturales persisten por décadas y para revertir una cultura viciosa y fútil debería darse una batalla cultural con contenidos opuestos a los que triunfaron durante las dos últimas décadas.

El esmero, la meritocracia, la cultura del trabajo, la educación como herramienta para el progreso y la desregulación de una economía parchada hasta el abuso no se arreglan con un hombre ni con una gestión. Pasarán años para que esto suceda, si es que en realidad alguna fuerza cívica o política intenta dar esa batalla cultural.

Por ahora se advierte un país ensimismado y obsesionado con resolver el dilema de la Reina Cristina. Mientras tanto, un inútil atolondrado juega en Casa Rosada a la política de cuarta, hablando de una lapicera que ni siquiera sabe dónde está.

Del otro lado, la ladrona psicópata le responde con el mismo juego dialéctico de la birome, mientras la gente sale a revolver contenedores de basura para vender cartón, vidrio y conseguir algo de comida que otro tiró por considerarlo desperdicio.

Argentina produce alimentos para 400 millones de habitantes, pero más de la mitad de los coterráneos vive en la pobreza y pasa sus días agudizando la imaginación para poder comer al menos tres veces en el día. Ya ni siquiera las cuatro comidas diarias son posibles en un país condenado al olvido y la violencia.

El problema no es la Reina

En Argentina el problema no es la Reina Cristina, tampoco el Rey Alberto, el gran nudo del asunto somos todos.

La cultura del facilismo se convirtió en idiosincrasia: los argentinos y argentinas esperan una solución ligada al realismo mágico que cultivó Gabriel García Márquez en los fulgurantes años 80. Pero no, esas cosas sólo suceden en la literatura fantástica.

Esa clase de soluciones no llegará nunca: ningún país ha salido a flote sin sacrificio, sin ajuste, sin cerrar el déficit y sin trabajar. Y he aquí uno de los problemas: vivimos en una patria donde la gran mayoría quiere ganar plata sin trabajar.

Verán que la quimera se ha convertido en un imposible, eso no sucederá. No existe en el mundo una economía capaz de mantener a sus habitantes sin que se trabaje y se produzcan bienes, servicios y mercancías exportables para el mundo.

Ya el maestro Borges se encargó de explicarnos algo acerca del ajedrez:

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

Macondo ha quedado lejos, tan lejos que ya ni el propio García Márquez, premio Nobel de Literatura, podría traer a la modernidad.

Mientras tanto, perdemos nuestros días entre discusiones anodinas, discursos atolondrados y premisas impracticables que nos sumergen en un juego político en el que sólo cumplimos un triste rol de espectadores descartables de una partida que no elegimos.

Así nos va.

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