La última adquisición del Gabinete del Tío Beto es criticada por diferentes sectores de la maltrecha economía criolla.
Sin apuro y casi sin estrés, Silvina Batakis se ha convertido en la protagonista de un fracaso esperable y prematuro. No se dio cuenta, no vio la fosa y le pasó lo mismo que a Sergio Denis.
Desde la City porteña le hacen bullying, Cristina la mata con indiferencia grotesca y los movimientos sociales la enfrentan con arrogancia petulante.
Pobre Batakis, pensaba que iba a dar el batacazo pero se desinfló de golpe: desde la CGT y el sector duro del kirchnerismo cuestionan el ajuste anunciado por la ministra, mientras los economistas pronostican una emisión descontrolada y un espiral inflacionario indomable.
El sector financiero avizora señales confusas que difuminan el horizonte hasta convertirlo en una borrosa imagen del surrealismo sofisticado en el que decantará la agonizante situación del país.
En tanto, los piqueteros se movilizan para reclamar ayuda al Estado argentino que ya muestra signos preocupantes de escualidez inédita.
Grabois agarró a la ministra para la chacota y la comparó con Domingo Cavallo, exigiéndole el Salario Básico Universal para todos y todas. Y en los medios de comunicación se burlan porque mientras recomienda no viajar al exterior su hijo living la vida loca en Inglaterra, a lo Ricky Martin.
Las medidas anunciadas por la ministra no distan mucho de la inercia en la que se había enfrascado el eyectado Martín Guzmán: mantener el acuerdo convenido con el FMI, aplicar un tarifazo que ya había sido anunciado sin anestesia, e implementar un recorte fiscal que, es probable, caerá sobre empleados públicos y jubilados de todo el país.
Desde el Campo también emitieron un alerta contra Batakis. El anuncio de una posible suba en el impuesto inmobiliario nacional conduce, sin hesitación, a un revalúo sobre los propietarios de campos productivos. Esto puede traducirse en un aumento del Impuesto a los Bienes Personales, aparte de las ya altísimas retenciones que pagan por exportar granos.
Mientras tanto, la remarcación de precios, la bicicleta financiera, la falta de algunos productos, el impedimento de importar para fabricar y vender, y la incertidumbre, dibujan en la cara de los argentinos una mueca adusta que poco a poco se degrada a tristeza.
Así nos va.
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