En Knockin on heaven's doors, Bob Dylan le dice a su madre que "se está poniendo oscuro, demasiado oscuro para ver". Alberto Fernández, guitarrero y cantor, conoce bien a Dylan. De hecho, su perro se llama como se llama en homenaje al cantautor americano.
La canción parece un presagio de todo lo que vendría, un espectáculo lamentable y bochornoso, rayano en el sainete y colindante con la sátira política.
El esperpento mayor de la política criolla fue presidente gracias a Cristina, y también gracias a los millones de Pablos Echarris, Florencias Peñas y Dadys Brievas que lo votaron.
Ya se ha dicho muchas veces, pero no cuesta nada repetirlo: en la escolástica peronista, una de las razones que se doblega ante la fe es la chequera del Estado.
Es decir: quien maneje la plata del Estado, será ponderado y bancado por toda la tropa. Eso sí, a cambio de por lo menos un jugoso contrato, un cargo en planta, una concesión, una compra directa, o una licitación generosa.
Los de abajo, comúnmente considerados la tropa, que suelen ser fieles votantes de un peronismo descarrilado y codicioso, votan por mucho menos. Se sabe, en la escolástica, lo último que se pierde es la fe.
El escándalo humillante al que nos han sometido a los argentinos en el último tiempo, solo tiene su correlato en la dimensión de la corrupción y la mediocridad de una Banda de Cacos que agarró las riendas de este país desbocado allá por el año 2003, poco después del "que se vayan todos".
Sucede que volvieron mejores y volvieron para quedarse por largos años, y saquearon el país, se robaron todo lo que pudieron y nos dejaron plantado en Casa Rosada a un porteño chanta y vicioso, un inepto. Decir que Almermo Fernández tenía todos los vicios, es quedarse corto.
El destino suele ser severo, y los errores se pagan casi siempre, sobre todo en una sociedad buchona y vigilante que todo lo graba, todo lo fotografía y todo lo sube a redes, como si la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, se hubiese convertido en una realidad mundial que amenaza con dominarnos por largo tiempo.
Almermo Fernández jugó a ser el pelotazo en contra, no se privó de nada y casi que le salió bien. Los videitos de una sociedad que ha renunciado a la privacidad, ahora lo persiguen con virulencia infamante.
Alberto corre sin destino buscando escapar de una calamitosa pesadilla que lo acosa como una nube oscura que cae sobre él.
Sobre el final de aquella emblemática Golpeando las puertas del cielo, canción de Dylan, el cantante, no del perro, dice: "Esa larga nube negra está bajando. / Siento que estoy llamando a la puerta del cielo. / Tocando en las puertas del cielo".
Así nos va.
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