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Tres microrrelatos de Juan Carlos Carta

El dramaturgo y escritor sanjuanino ofrece tres ficciones cortas para compartir con los lectores de El País Diario.

Ancianos mirando el viento

Afuera el viento, su bramido y la tierra alzada en toda su furia. Adentro todas las cosas cubiertas por una espesa capa de polvo.
Toda la tarde estuvo el pueblo asediado por los elementos. Cuando llegó la noche, trajo la oscuridad y la luz tenue de las velas. Los dos ancianos sólo miraban por la ventana, en silencio. Uno de ellos pensó que tal vez eran fantasmas de un pueblo perdido en la cordillera, atrapados por el viento caliente. Espectros que aún no se daban cuenta que lo eran. Quiso mencionarlo. Dar cauce a una conversación… Pero el silencio siempre se imponía; sólo el bramido y la tierra venían hablando. Ganándole a la vida.

Cambios

Estuvo un año entero usando la ropa de su padre. Sus amigas en el colegio no podían entenderlo, tan estrafalaria la veían. Su padre había muerto de repente, de un día para otro. No le dejó palabras, un gesto, algo a lo que aferrarse cuando llegaba toda esa melancolía. Por eso, ella, decidió apropiarse de su ropa. Fundamentalmente se ponía sus pantalones y sus sweaters. También sus camperas. En el colegio, en los bares, en los teatros, siempre se la veía vestida con esa ropa demasiado holgada. Así iba por la vida. Todo esto le duró más o menos un año. Tiempo suficiente para terminar preguntándose si era por su padre o sencillamente le gustaba esa ropa de hombre.
Entonces comenzó a tomar otras decisiones. Otros caminos se abrían. Y en su trayecto, ella se encontraba.

Bolero

Me dijo…
"Esa noche bailamos al ritmo de un bolero. Sabíamos que era nuestra última noche. Que la vida nos separaría para no volvernos a encontrar más. ¿Podés imaginarte la tristeza, la melancolía, al compás de esa música? La música. De nuestros corazones. La noche…
El lago, el enorme jardín. Todos esos invitados, esos músicos de congoja. Y el alcohol que nos iba llevando hacía ese momento donde el tiempo se expandía.
Nos besamos.
Nos dijimos adiós.
Y yo, después de cuarenta años aún no he olvidado un solo gesto.
Fue el amor de mi vida. Algo que sucede sólo una vez. Algo en donde nos quedamos para siempre".

El joven Bertolt Brecht busca su lugar en el mundo

El joven Bertolt Brecht, desde muy temprano en su vida, sabía lo que quería.

Quería, por ejemplo, aprender el arte que a Karl Valentin se le daba a manos llenas. Ese payaso metafísico del que tanto aprendería: su "Hombrecito" era un personaje que al joven Brecht le despertaba ganas de crear. Por esa época, Bertolt, recorría todos los bares de Munich con su guitarra y sus canciones. Y a partir de allí, comenzó a relacionarse con el grupo de Valentin. Hay fotografías en que aparece sentado junto a Liesl Karlstadt, compañero actor del gran cómico.

En esos años, también, Bertolt comienza a escribir:
"Yo, Bertolt Brecht, vengo de la Selva Negra…".

Las ciudades de asfalto, el humo de los puros en los bares, las canciones y el teatro, su enorme dramaturgia, comienzan a formar a una de las personalidades más importantes del siglo XX.

También los años oscuros en donde se gestaba una de las mayores catástrofes del siglo pasado, el nazismo, hacen de Bertolt uno de los intelectuales con formación política más sólidos de la época. Perseguido por Hitler, perseguido más tarde por el macartismo en Estados Unidos, Bertolt sabe perfectamente lo que quiere. Y lo lanzará al mundo, a lo largo de los años, en forma de textos dramáticos que se inscribirán en la historia de la literatura como uno de los momentos más destacados del siglo.

Crece tanto que se mide con Aristóteles y su poética.
Crece tanto que se mide con Shakespeare y sus dramas y comedias.
Crece tanto que elabora una teoría estética que hoy muchos de sus conceptos rigen las propuestas de vanguardia.

Yo me quedo con ese Bertolt Brecht joven. Llevando su guitarra a cuestas, cantando y riendo junto a Kar Valentin. Entendiendo que está en el momento justo y en el lugar apropiado para desarrollar su maravillosa creatividad.

Narrativas de verano: Amigos

Ese día había llovido toda la tarde. Al llegar la noche se quedaron junto a la estufa. Habían caminado por el bosque y estaban empapados.

No se tenían más que a ellos, en toda la soledad del lugar. El viejo y su perro. El perro y su viejo.

El hombre preparó la cena para los dos y luego se quedaron junto a la estufa a leña: uno echado cerca del fuego, el otro mirando un libro antiguo y roto.

Habían pasado más de diez años así. Acompañándose. Creando una amistad que es difícil describir con palabras.

Alguno de los dos moriría primero. El otro, seguro, lo haría un tiempo después. Pero eso no importaba. Lo que se tenía era ese instante en que estaban vivos.

Ahora junto al fuego. Mañana ante la luz resplandeciente del día. La tierra blanda y oscura. Y el bosque cobijando.

Juan Carlos Carta despide a Reyna Domínguez

La poeta sanjuanina murió este miércoles 1 de septiembre durante la mañana.

A mis 18 años conocí a esta enorme poeta sanjuanina. Estaba deslumbrado por tanta poesía al comienzo de la democracia en nuestro país.

Reyna, José Campus, Chiquito Escudero alumbraban esas noches maravillosas llenas de poesía, canciones, teatro. Noches que parían amaneceres luminosos.

Hoy, con ella, se va un pedacito de esos momentos, pero ellos están ahí, en la memoria o en sus palabras.

Con Reyna, la última vez que nos vimos fue de jurados en el San Juan Escribe. Allí pudimos premiar a ese otro enorme poeta que fue Adrián Campillay.

Hoy pienso que nosotros estamos un poquito más solos. Pero en el cielo de los poetas hay fiesta. Ellos están juntos y creando belleza: las noches eternas les pertenecen.

Acá nos dejaron sus libros y sus palabras. Esas que hablan de la vida, del amor, de la lucha, de la niñez de la humanidad. Nos honra saber que esta tierra es tierra de poetas. Y es por ellos.

Siempre estará esa luz que no se apaga. Es la que se enciende cada vez que los nombramos. Es la que se desliza por cada rendija de nuestro corazón.

La luz de un tenue día lluvioso, la luz y el viento que arrastran, la luz que nos dice que este será un día más en esta tierra.

La luz.

Un sueño, un recuerdo en la vejez

Un solo hombre que de a poco ha desarrollado un plan de liberación continental. Un hombre que mira la inmensa mole de roca, allá a lo lejos y sueña; la cordillera lo espera como un gran animal dormido.

Este hombre está, en ese recuerdo, en el mejor momento de su vida: tiene a su familia con él, por primera y única vez. Su hija acaba de nacer. Tiene casi todo el apoyo del pueblo cuyano para su empresa.

Al hombre, por momentos, una tos bruta lo hace llenar de sangre los pañuelos bordados y le habla de la finitud de la vida, de lo inconmensurable de algunos anhelos imposibles. Este hombre magnífico y demasiado humano, respira el aire límpido de la mañana, alza sus manos y, por una ilusión de su visión, ellas casi tocan los picos nevados.

San Martín, en ese sueño, en ese recuerdo, muchos años después en Boulogne Sur Mer aún siente ese aire frío de la montaña, toda la emoción de su gesta.

Y se dice: "Esto es lo que me llevo. Para esto es que se trazó mi destino: la memoria de los pueblos liberados. El anhelo de un territorio libre. Nada más me importó en esta vida. Asi fue y será. Aunque la patria me olvide. Aunque hoy mi vida termine".

Siesta

Siesta. Adentro, en la casa vieja, el calor se pega a la ropa, a la respiración, que se vuelve más lenta. Afuera el desierto resplandece como un gran chapón metálico.
Y ellos, que buscan aquellas palabras inalcanzables.

En el sopor, buscan desesperadamente aquello que los transforme, que los haga comenzar de nuevo.

Todos hemos bebido, fumado. Hemos confrontado nuestras ideas sobre la política, el arte y la vida. Pero ahora, sólo ellos se han quedado hablando. Casi en un murmullo. Dirimen algo que en sí, hoy, es una aporía en su historia: el dilema del amor que se desvanece.

Han llegado casi juntos, pero no juntos. Y después, de inmediato, se han ido a un rincón apartado y se han puesto a discutir sin levantar la voz. Él se sorprende cuando ella le dice que se va a Europa. No lo puede creer. Vemos como su mirada se pone vidriosa. De repente, él también dice que se va a otro lugar también lejos. Al carajo. Donde pueda olvidarla, olvidar todo. Ahora es ella quien se desmorona y llora.

Así están todo el tiempo. Tratando de entenderse, hablando bajo, cansados y lejanos.

Uno de nosotros dice, en un susurro: "El lento aprendizaje del amor, día a día lo perdemos, día a día lo encontramos".

La siesta. El calor insoportable.

Si hasta el vino se ha ido terminando.

Arlt, la invención de la rosa de cobre

El 26 de Julio de 1942, a las 10 de la noche, fallecía de un infarto múltiple a los 42 años uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina: Roberto Arlt.

Cuentan que debido a lo estrecho de los pasillos de su edificio, tuvieron que sacar el ataúd por una ventana. La visión de roldanas y sogas sosteniendo ese ataúd en el aire, ha quedado en la memoria de toda la literatura nacional.

Como una metáfora de aquel hombre increíble, como lo que él viene a significar en las letras nacionales: el outsider, aquel que llegaría con sus palabras como el boxeador llega a su oponente, con un cross a la mandíbula.

Pero hay otras metáforas. Por ejemplo, aquella, la del significado de la rosa de cobre en Los siete locos. Esa rosa que brillará eternamente en su fulgor, en la locura de su alquimia. Como el mismo cine, que brillará eternamente.

Y es que Arlt, se conecta con la literatura, el teatro y el cine desde ese lugar: el de una invención enloquecida, transustanciada de angustia. Cuando el teatro o el cine toman esa sustancia, lo primero que aparece es una maquinaria inusitada, hecha de demencia, deseo y de furia.

Los siete locos y la continuidad de la primera Los lanzallamas, son novelas que han alimentado durante mucho tiempo al teatro y al cine. Su personaje principal, Remo Erdosain, ha quedado inscripto para siempre entre los grandes personajes de la literatura universal.

El hombre de las ciudades, el inventor de la rosa de cobre, aquella que lo sacará de la pobreza. Erdosain, el ser angustiado e incapaz de alguna acción que no sea la de llevar la desolación y la muerte a su alrededor, es quizás el prototipo de lo que vendría, años después, a inscribirse en los postulados del existencialismo.

El argumento es simple: siete locos, comandados por el Astrólogo (tan importante como Erdosain en la novela) deciden organizar una revolución violenta.

La obra fue llevada al cine de la mano de Leopoldo Torres Nilson, en 1973, con un magnifico Alfredo Alcón en el personaje de Erdosain. Lo acompañaron Norma Leandro, Héctor Alterio, Sergio Renán, entre otros. La película se puede ver en Youtube y es una pieza fundamental del cine argentino de los setenta, ha quedado como una muestra de lo que fue Nilson como director.

Pero quisiera también hacer referencia a otro trabajo sobre la obra de Arlt: Los siete locos y los lanzallamas, que emitió la TV Pública hace unos años. Sobre una adaptación del gran Ricardo Piglia, se trabajaron 30 episodios para las dos novelas.

Con dirección de Fernando Spiner y Ana Piterbarg y protagonizada por Diego Velázquez, Carlos Belloso, Daniel Fanego, Belén Blanco, entre otros. Este trabajo fue maravilloso. Un gran esfuerzo de la TV argentina. Utilizando la extensión en el tiempo que da el hacer una serie, esta serie pudo ir conformando de a poco el denso laberinto que es la mente de Erdosain.

La locura de una revolución conformada por seres delirantes en ese momento histórico en que se inscribe la historia, 1929. Es decir, un año antes del comienzo de la Década Infame.

Arl, como el profeta de lo que sería el porvenir, del devenir de un pueblo que se preparaba para una larga noche de golpes de Estado, del temblor y la furia en cualquier sombra que se agazapara en la oscuridad.

Arlt entonces, como aquel que propone siempre material para adaptar en teatro y cine, tal es su extenso y rico imaginario. Como esa rosa de cobre cuya metáfora es de una invención desmesurada y permanente.

Murió Juan Forn, escritor indispensable de la literatura argentina

Escritor, editor, periodista, dueño de un estilo único, la muerte de Forn es un baldazo frío, inexplicable, que enluta a la literatura argentina.

La noticia es un baldazo frío, inexplicable: este domingo, a causa de un infarto y con sólo 61 años de edad, murió Juan Forn, escritor, traductor, editor, fundador del Suplemento Radar y columnista de Página/12, figura ineludible de la literatura argentina desde el lanzamiento de la novela Corazones cautivos más arriba (1987) y sobre todo de Nadar de noche, la brillante colección de cuentos publicada en 1991.

En la década del 90, Forn fue uno de los representantes de una nueva generación que vino a romper con varios estereotipos asociados a lo que "debía ser" el escritor en la Argentina.

Capaz de repartir su tiempo sin descanso entre la edición y la escritura, imprimió un nuevo curso a las publicaciones de las editoriales Emecé y Planeta, donde creó las colecciones Espejo de la Argentina y Biblioteca del sur, mientras brillaba en novelas como Frivolidad Puras mentiras e iba elaborando el material de uno de sus grandes libros de la década siguiente, María Domecq.

Pero en el itinerario de Juan Forn es inevitable señalar el brillante trabajo periodístico que lo llevó a encabezar en 1996 el Suplemento Radar de Página/12, fuente esencial de consulta para entender el devenir de la cultura en estas tierras.

En ese diario, además, entregó cada viernes una serie de imperdibles crónicas, resumen perfecto del cruce entre el olfato periodístico y la sensibilidad de un escritor de estilo lúdico pero siempre preciso, en el que cada frase encuentra la síntesis de historias cotidianas, sucesos ocultos de la Gran Historia, pequeños detalles de gran observador, con un vuelo literario que convertía a la lectura en una aventura única cada vez. No es casual que esas contratapas estén compiladas en varios volúmenes para atesorar y releer con auténtico apetito de saber y disfrutar.

Quizás convenga decirlo con sus palabras, siempre justas: "Lo que traté de hacer fue invertir la actitud habitual que tienen los escritores, que suelen hacer columnas fijas en un diario o una revista. En lugar de tomarlo como un laburito secundario, una rutina laboral, me pregunté qué pasaría si lo convertía en el centro de mi actividad literaria. Si conseguía poner ahí todos mis desvelos, toda mi libido, todas mis lecturas. Cuando me preguntaban en todos estos años qué estaba escribiendo, yo contestaba: ¡Las contratapas, loco!"

Fuente: Página/|12

Lescano, el escritor sanjuanino que agradeció la vacuna con un poema emocionante

Manuel Lezcano escribió un "agradecimiento al personal de Salud afectado al Operativo Vacunación", según relató a este medio.

El reconocido poeta contó que el "viernes 16 de abril" le tocó ponerse la vacuna en el Polideportivo de la Escuela San Martín, situada en Capital.

Destacó el trabajo del personal afectado al plan de vacunación y les dedicó un profundo poema al "personal de Salud que lucha diariamente para combatir el virus y resguardar nuestras vidas", según explicó en diálogo con El País Diario.

La vacuna

Muy cerca del mediodía,
en un centro deportivo,
me citaron gentilmente
a un encuentro curativo.

Colocar vacuna china
con indoloro pinchazo,
ofreciendo mansamente
mi parte arriba del brazo.

Muchas personas como yo
vivieron esta experiencia.
Entregarse mansamente
a las resultas de la ciencia.

Con un personal afable,
muy atento y comedido,
nos fueron organizando
al necesario cometido.

Todos ellos con sonrisa,
bien predispuestos al trabajo,
atendiendo con esmero
al de arriba o al de abajo.

Aplausos fuertes surgían
de algún grupo agradecido
al ver la muy buena forma
con que fueron atendidos.

Brindaban a cada grupo
muy claras exposiciones.
Si surgía alguna duda
te ampliaban explicaciones.

Con tu carnet documento
te extendían un certificado
dónde allí hacían constar
que ya estabas vacunado.

Después de esperar un rato
controlando tus reacciones,
te consultaba como estabas
de todas tus sensaciones.

¡Cuánta paciencia Señor
la de estos servidores!
Fueron en ese momento
ejemplo de trabajadores.

¡No parecían empleados públicos
por cómo se comportaban!
Nos hacían sentir humanos
por como ellos nos trataban.

¡Reciban felicitaciones
por su ideal comportamiento!
¡Se lo expresamos ahora
con profundo sentimiento!

Manuel Lescano, 17 de abril de 2021.

El escritor argentino César Aira ganó el Premio Formentor

El jurado, presidido por Basilio Baltasar y compuesto por Anna Caballé, Francisco Ferrer Lerín, Juan Antonio Masoliver Ródenas y Gerald Martin, decidió conceder a Aira este premio dotado con 50.000 euros, con el que se reconoce anualmente "la calidad e integridad de los autores cuya obra consolida el prestigio y la influencia de la gran literatura".

El escritor argentino César Aira fue distinguido con el Prix Formentor de las Letras 2021, destinado a reconocer la obra completa de un escritor, según el fallo del jurado difundido hoy en el que se destaca "el frescor, la versatilidad y la ironía de la abundante obra novelística, teatral y ensayística del autor de Los fantasmas, Los tilos, Cómo me hice monja, El mago y La guerra de los gimnasios, que lleva más de cien libros publicados.

El jurado, presidido por Basilio Baltasar y compuesto por Anna Caballé, Francisco Ferrer Lerín, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Gerald Martin, decidió conceder a Airaeste premio dotado con 50.000 euros, con el que se reconoce anualmente "la calidad e integridad de los autores cuya obra consolida el prestigio y la influencia de la gran literatura".

En el fallo se destaca del escritor nacido en 1949 su "infatigable recreación del ímpetu narrativo, la versatilidad de su inacabable relato y la ironía lúdica de su impaciente imaginación".

A su vez, entre los fundamentos del premio, se reconoce también que "la constelación laberíntica de su obra es un inmenso crisol literario para las figuras de la cultura popular, los personajes de la gran ficción narrativa y los motivos visuales de las bellas artes".

Para el jurado, "la escritura de Aira adopta técnicas cuyo rigor, frescura y soltura recuerdan las claves jazzísticas de la improvisación artística. Sobre las estructuras invisibles de la inspiración, el autor levanta escenarios y voces que desconciertan y alimentan la perplejidad del lector".

Es la cuarta vez que este premio, instituido para reconocer la gran literatura más allá de los cauces comerciales, viaja a Argentina: Jorge Luis Borges en 1961, compartido con Samuel Beckett, Ricardo Piglia en 2015 y Alberto Manguel en 2017 lo tuvieron antes que Aira.

El galardón, que a partir de ahora será conocido como Prix Formentor, es una de las herramientas con las que se mantiene viva la herencia de la Fundación Formentor, sostenida con el apoyo de la Familia Barcel.

Nacido en Coronel Pringles en 1949, Aira se dio a conocer en 1981 con la novela Ema, la cautiva, después de ejercer la traducción y otras tareas editoriales. Entre sus muchos reconocimientos, ha sido distinguido por el Gobierno francés como Chevalier dans l'Ordre des Arts et Lettres. Además, ha obtenido el Premio Roger Caillois 2014 y el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2016.

Entre su prolífica obra se destacan títulos como Un sueño realizado, Cómo me hice monja, El mago, La noche de Flores, El santo, El sueño, Eterna juventud o El gran misterio, entre otras.

En octubre pasado, publicó la novela Lugones, la número ciento seis de su abultada producción, en la que a través de un misterioso narrador traslada al lector desde una vigilia disparatada con la llegada del autor de Cuentos fatales y Lunario sentimental a la isla que elige para suicidarse hasta un mundo surrealista y onírico.

Eterno candidato al Nobel de Literatura, varias de las obras de Aira funcionan como variaciones bromistas que parten de temas sencillos y reconocibles y se acaban dislocando en algo diferente y transgresor.

La voz del autor es bien reconocible: historias cortas, escenarios provincianos centrados en su ciudad natal, General Pringles, relatos de voz sencilla en los que la fabulación aparece sin avisar.